Somos Los Patriotas
Gore Vidal
/ Indymedia
- 01/06/03
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Pertenezco a una minoría que es una de las más
pequeñas del país y cada vez se vuelve más.
Soy veterano de la Segunda Guerra Mundial. Y puedo recordar
haber pensado, cuando salí del ejército en 1946, bueno,
ya estuvo. Ganamos. Y los que vengan después ya no
tendrán jamás que volver a hacer esto. Luego
vinieron las dos guerras dementes de vanidad imperial, Corea
y Vietnam. Fueron amargas para nosotros, ya no
digamos para el llamado enemigo. Luego nos embarcamos en una guerra
perpetua contra lo que parecía ser el club del enemigo del
mes. Esta guerra permitía que fluyeran grandes recursos
monetarios hacia el aparato persecutorio militar y la policía
secreta mientras nos retenían el dinero a nosotros, los contribuyentes,
con nuestro mezquino interés por la vida, la libertad y la
búsqueda de la felicidad.
Pero, por muy corrupto que se haya vuelto nuestro sistema
en el siglo pasado -y yo viví tres cuartas partes de él-,
aún nos sujetábamos a la Constitución y, sobre
todo, a las garantías individuales.
Por mucho que empeoraran las cosas, jamás creí ver
a buena parte de la nación -de nosotros el pueblo, que no
estuvimos representados ni fuimos consultados en un asunto de guerra
y paz- manifestarse en tales números contra un gobierno arbitrario
y secreto, que preparaba y dirigía guerras para nosotros,
o por lo menos para un ejército reclutado entre los desempleados
para librarlas. De manera perceptible, ahora dejan la mayor
parte del combate a los excluidos, a los que no recibieron educación.
George
W. Bush, durante Vietnam, se refugió
en la Guardia Aérea Nacional de Texas. Cuando se
preguntó a Dick
Cheney por qué evadía el servicio militar
en Vietnam, contestó: "Tengo otras prioridades".
Bien, otros 12 millones de nosotros también las teníamos
hace 60 años. Prioridades que 290 mil personas ya
nunca pudieron atender.
¿A quién culpar, entonces? ¿A nosotros?
¿A ellos? Bueno, podemos sin temor a equivocarnos culpar
a ciertos
traficantes
de petróleo y gas que secuestraron al
gobierno desde la presidencia hasta el Congreso y de ahí,
en forma por demás ominosa, al aparato judicial. ¿Cómo
lo hicieron? Curiosamente los medios siempre han estado allí.
Se requirió de la mayor ambición y de otros intereses
para que este golpe de Estado funcionara.
Fue nada menos Benjamin Franklin quien allá
por 1787 visualizó nuestro futuro con la mayor claridad,
cuando como delegado a la Convención Constitucional
de Filadelfia se leyó por primera vez el proyecto
de Constitución. Estaba viejo, casi moribundo, no estaba
en condiciones de leer, pero preparó un texto para que lo
leyera un amigo. Es una declaración tan oscura que la mayoría
de los libros de historia omiten las palabras claves.
Franklin apremiaba a la convención a aceptar la Constitución
pese a que en su concepto adolecía de grandes fallas, porque,
dijo, podía sentar las bases para un gobierno a corto plazo.
"No hay forma de gobierno que no sea una bendición para
el pueblo si se administra bien, y creo además que éste
puede ser bien administrado por algunos años, y sólo
puede desembocar en el despotismo, como otras formas han hecho antes,
cuando el pueblo se vuelva tan corrupto que requiera un gobierno
despótico, pues sea incapaz de cualquier otro."
Pensemos en Enron,
Merrill Lynch, etcétera, en perforaciones de
tarjetas electorales y en urnas de mariposa, en el hijo del juez
Antonin Scalia exponiendo alegatos en la Suprema
Corte ante su padre, quien no fue objeto de recusa, mientras Clarence
Thomas, quien tampoco fue impugnado, escucha en silencio
y su esposa trabaja ya para el próximo gobierno de Bush.
Pensemos, por último, en el Colegio Electoral, pieza
de maquinaria poco confiable y antidemocrática que sin duda
Franklin vio como fuente de la más profunda corrupción
y subsecuentes males para la república, como ocurrió
no sólo en 1876, sino también en 2000.
La profecía de Franklin se cumplió en diciembre
de 2000, cuando la Suprema Corte pasó como bulldozer sobre
la Constitución para seleccionar como presidente al perdedor
en la elección de ese año. El despotismo
está ahora sentado sin riesgos en la silla. La vieja república
es la sombra de sí misma, y ahora estamos en el umbral de
un imperio nuclear mundial, con un gobierno que
ve su verdadero enemigo en "nosotros el pueblo",
despojado de nuestra franquicia electoral. La guerra es la meta
usual de los tiranos, y guerra en serio es lo que vamos a tener,
a menos que -con ayuda de los bienintencionados de Europa y de nosotros
mismos, despiertos por fin- podamos persuadir a este peculiar gobierno
de que actúa totalmente por su maligna cuenta y en contra
de nuestra historia.
La otra noche en CNN hice al admirable Aaron
Brown detenerse de golpe, citando esa vez no a Franklin
sino a John Quincy Adams, quien en 1821 dijo, en
un debate sobre la posibilidad de que entráramos en guerra
para liberar a Grecia de Turquía, que Estados Unidos "no
va al extranjero en busca de monstruos que destruir".
Si la nación tomaba a su cargo todos los asuntos del extranjero
"podría volverse la dictadora del mundo. Ya
no sería la gobernante de su propio espíritu".
Si en 2004 se nos permite realizar una elección
presidencial aquí en nuestra patria, sospecho que nos daremos
cuenta de que el único cambio de régimen con el que
requiere ocuparse nuestro espíritu recobrado es el de Washington.
El presidente Adams murió hace mucho tiempo. Y hemos estado
en el negocio imperial desde 1898: habíamos prometido dar
a los filipinos su independencia de España. Luego
cambiamos de parecer y ma-tamos a unos 200 mil de ellos en el proceso
de someterlos a nuestro dominio.
Hace unos años hubo un significativo intercambio entre el
entonces general Colin
Powell y la entonces funcionaria Madeleine
Albright. Como tantos civiles, ella estaba ansiosa de usar
nuestras tropas contra nuestros enemigos: ¿de qué
sirve tener todo ese aparato militar si no se usa? No son
soldados de juguete, respondió él. Sin embargo, en
aras de combatir el comunismo gastamos billones de dólares
y ahora estamos en peligro de quedar sepultados bajo el peso de
tantas armas.
Por lo tanto, supongo que es inevitable que, tarde o temprano,
a una nueva generación se le ocurrirá la brillante
idea: ¿por qué no dejamos de hacernos tontos
con la diplomacia y los tratados y simplemente usamos nuestro poderío
militar para dar órdenes al resto del mundo? Hace
uno o dos años, un par de neoconservadores
planteó precisamente esa noción. Respondí,
en letra de molde, que si lo hacíamos tendríamos una
guerra perpetua por la paz perpetua. Y eso no es
bueno para los negocios. Luego la junta Dick Cheney-Bush
se adueñó del poder. Aunque lo que más
les interesa son las reservas petroleras, les gustó también
la idea de jugar a los soldaditos.
En septiembre pasado el Congreso recibió del Ejecutivo
un documento llamado Estrategia Nacional de Seguridad de Estados
Unidos. Como observó el historiador Joseph Stromberg, "hay
que leerlo para creerlo". La doctrina predica que sería
deseable que Estados Unidos se vuelva, para usar las palabras de
Adams, la "dictadora del mundo". También da por
sentado que el presidente y sus lugartenientes están moralmente
facultados para gobernar el planeta. Declara que nuestra "mejor
defensa es una buena ofensa". Luego expresa la doctrina de
la prevención: "Como asunto de sentido común
y autodefensa, Estados Unidos actuará contra las amenazas
que surjan antes de que se formen por completo (cursivas mías)".
Sin duda el general Ashcroft
anda ahora por Utah arrestando a todo varón mormón
antes de que pueda secuestrar ocho jovencitas para hacerlas sus
esposas.
El artículo uno, sección 8, de la Constitución
señala que sólo el Congreso puede declarar la guerra.
Pero el Congreso entregó ese gran poder al presidente en
1950 y jamás lo ha recuperado.
Como dijo en forma tan encantadora el ex senador Alan Simpson
en la televisión la otra noche, "el comandante
en jefe de las fuerzas armadas decidirá cuál es la
causa. No será el pueblo estadunidense". Así
que en los temas importantes no estamos guiados por la ley, sino
por la fe en el presidente, cuyas poderosas creencias
cristianas predican que "la fe es la sustancia de las
cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven".
En respuesta a las cosas que no se ven, la Ley Patriótica
de Estados Unidos pasó como de rayo por el Congreso
y fue firmada 45 días después del 11 de septiembre
de 2001. Se espera que creamos que sus 342 páginas cuidadosamente
confeccionadas fueron escritas en ese breve lapso. En realidad se
lee como una continuación de la ley antiterrorista que promulgó
Bill Clinton a raíz del atentado en Oklahoma
City. La Ley Patriótica posibilita que agentes del
gobierno allanen la casa de cualquier persona en su ausencia, realicen
un cateo e impidan por tiempo indefinido al ciudadano averiguar
si se emitió una orden judicial para ello. Pueden obligar
a los bibliotecarios a revelar qué libros han sido solicitados
en préstamo. Si el bibliotecario o bibliotecaria se niega,
puede ser sujeto a cargos criminales. También pueden recoger
los reportes de crédito y otra información confidencial
sin aprobación judicial ni permiso del ciudadano afectado.
Por último, toda esta actividad anticonstitucional no tiene
la menor conexión con el terrorismo. A principios de febrero
el Departamento de Justicia filtró la Ley
Patriótica II, conocida como Ley de Refuerzo de
la Seguridad Interna, con fecha 9 de enero de 2003. Un Congreso
que no debatió apropiadamente la primera ley aprobará
en forma abrumadora esta ex-pansión ilegal.
Algunas disposiciones: si un ciudadano estadunidense ha
sido acusado de apoyar una organización considerada terrorista
por el gobierno, puede ser privado de su ciudadanía aun si
no estuviera enterado de que la organización tenía
vínculos con terroristas. En la ley II también se
incluyen normas que permiten más búsquedas y espionaje
telefónico sin orden judicial, así como arrestos (sección
201). Si un ciudadano trata de defenderse para conservar
la ciudadanía con la que nació, los agentes federales
que llevaron a cabo la pesquisa ilegal con la bendición de
los altos funcionarios del gobierno son inmunes a toda acción
legal. Es de suponerse que a un estadunidense nativo privado de
su ciudadania se le podría deportar, como se puede hacer
con un extranjero. También, de acuerdo con un veredicto reciente
de un tribunal federal, esta nueva atribución del procurador
general no es susceptible de revisión judicial. Puesto que
el estadunidense privado de su ciudadanía no puede, por supuesto,
obtener un pasaporte, los considerados maquinadores de la agencia
de seguridad doméstica autorizan al procurador general a
deportarlo "a cualquier país o región
independientemente de que ese país o región tenga
un gobierno". Los casos difíciles en los que
no haya un lugar donde ir pueden quedar en suspenso indefinidamente.
Mientras que la Ley Patriótica I sólo negaba
a los extranjeros el derecho a un proceso justo y los sujetaba a
deportación arbitraria, la Ley Patriótica II incluye
ahora a los estadunidenses en la misma categoría, con lo
cual elimina de un plumazo todas las garantías individuales.
Nuestro gran historiador Charles Beard escribió
en 1939: "El destino de Europa y Asia no ha sido confiado
por Dios al cuidado de Estados Unidos, y sólo el engaño,
los delirios de grandeza, las fantasías vanas, el hambre
de poder o un deseo de escapar de nuestros peligros y obligaciones
domésticos puede hacernos suponer que la Providencia nos
ha designado su pueblo elegido para la pacificación de la
tierra".
"Los estadunidenses que se niegan a saltar a ciegas
hacia la vorágine de la política europea y asiática
no son derrotistas o neuróticos. Dan prueba de cordura, no
de cobardía, de pensamiento adulto en oposición al
infantilismo. Intentan preservar y defender la república.
Estados Unidos no ha de ser Roma o Gran Bretaña: ha de ser
Estados Unidos."
*Gore Vidal. Ensayista, historiador y novelista
estadunidense. Su libro más reciente: Dre ming War: Blood
for Oil and the Cheney-Bush Junta (Sueños de guerra: sangre
por petróleo y La junta Cheney-Bush). - Traducción:
Jorge Anaya - Publicado también en La Jornada.
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