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Caracas / Venezuela -
 


Educación y Socialismo: Una crítica desde la izquierda
Rafael Uzcátegui* / Soberania.org - 16/05/07

(Conferencia dada en el foro "Educación y Socialismo del Siglo XXI, una crítica desde la izquierda", realizado en la Sala E de la Universidad Central de Venezuela el lunes 14 de mayo del 2007)

En principio debo agradecer a los amigos que organizaron esta jornada y que tuvieron la gentileza de invitarme a compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el tema que nos convoca. Entiendo que la intención de los foros es conversar algunos asuntos, construyendo una postura despolarizada de los dos bandos de poder en pugna durante los últimos siete años, y que a su vez reivindica banderas de libertad y justicia social. Aplaudo dicha iniciativa.

Mi intervención se centra en la situación del conocimiento en la construcción socialista realmente existente en Venezuela. No tenemos tiempo ahora para ocuparnos de la demagogia, de las declaraciones aéreas y gaseosas que no tienen hechos que las validen. Hubo un tiempo en el que los socialistas, especialmente los de la tendencia Bakuninista y antiautoritaria, ponían su propia vida como ejemplo. Eran sus acciones las que hablaban, las mismas que después construían ladrillo a ladrillo la ideología que defendían. Tras 8 años de gobierno y una de las mayores bonanzas económicas de la historia venezolana, son días de confusión, soberbia, cinismo y mitomanía. Uno de los elementos que contradice la existencia de una revolución entre nosotros, es la aridez y la absoluta falta de innovación en el campo del conocimiento y las ideas. Por ello afirmamos que el chavismo realmente existente es una continuación, y no una ruptura, de la matriz sociocultural venezolana.

Entendemos a la educación como un proceso infinito de aprendizaje entre iguales. Esta dinámica trasciende las paredes de la academia instalándose en todos los quehaceres e intereses de lo humano. Un camino diferente lo constituye la relación unidireccional de la obediencia, que para nosotros conforma el alma del socialismo de cuartel. Hace medio siglo atrás, el escritor Albert Camus indicaba el fenómeno que parece haber encontrado asidero en el país: el abandono por parte del movimiento revolucionario de los valores de libertad, y la progresiva regresión del socialismo de libertad ante el socialismo cesáreo y militar. No es el socialismo que problematiza el mundo y eleva la dignidad de los seres humanos, sino es aquel que tiene como respuesta a las ordenes del Olimpo el "rodilla en tierra" o "a la orden mi Comandante".

La igualación por debajo, la homogeneización del pensamiento, el respeto sacrosanto a la jerarquía, la criminalización del disenso y la demonización de lo diferente. Estas son algunas de las características del socialismo de cuartel, un espacio ajeno a cualquier pedagogía que merezca realmente ese nombre.


Hemos afirmado que el chavismo realmente existente no es un accidente sino un producto legítimo de nuestro contexto. Cualquiera que haya sido protagonista de las movilizaciones sociales realizadas durante la década de los 90´s, por ejemplo en esta misma universidad, debe reconocer sin autocomplacencias la orfandad cualitativa y cuantitativa de que hacíamos gala. La efervescencia social de aquella década era producto de un tejido social en ebullición que no respondía, por lo menos en buena medida, a las directrices de las escasas organizaciones que levantaban las banderas del socialismo. Los grupos herederos de la tradición revolucionaria del país se decantaban en sus pugnas intestinas y la revalorización de una ortodoxia venida a menos con la caída del Muro de Berlín. Se encontraban, literalmente, desarmados ideológicamente y con una escasa influencia en la reproducción de la vida social. Estos son los mismos que hoy, frente a un auditorio que nunca pudieron construir por meritos propios, ofrecen ruidosas demostraciones de servilismo y pragmatismo estéril.

En este punto recordamos la historia del movimiento obrero mundial y especialmente en Latinoamérica. Durante la génesis del sindicalismo revolucionario, las asociaciones gremiales construyeron pacientemente una serie de espacios como los Ateneos Obreros o las Sociedades de Socorro Mutuo, en dónde se desarrollaba la solidaridad de clase. Eran los sitios en dónde, tras jornadas agotadoras de 12 ó 14 horas de trabajo, los obreros asistían para aprender a leer, escuchar charlas científicas, encontrar servicios médicos gratuitos y conocer las obras teóricas de los revolucionarios. Estos espacios cimentaron su identidad como oprimidos y cincelaron una cultura obrera, claramente diferenciada de la dominante. Era, en síntesis, una labor paciente de pedagogía colectiva que arrojó frutos fecundos, como la conquista de las ocho horas de trabajo. Hay quienes han dicho, con justicia, que los eventos ocurridos en España a propósito de la Guerra Civil y revolución de 1936 fueron posibles por un siglo de arraigo y desarrollo de una cultura contrahegmónica entre los españoles y españolas de abajo.


Recordamos esto para compararlo con la situación venezolana de la década de los 90´s, el contexto que dio origen al chavismo realmente existente. La década fue testigo de la imbricación de un tejido social en desarrollo, compuesto por movimientos estudiantiles, de derechos humanos, diferentes contraculturas, ecologistas y vecinales. Dicha sociedad civil tuvo su bautizo de sangre durante los hechos de febrero de 1989 y su propia adolescencia fue el principal punto de apoyo de la candidatura presidencial de un desconocido militar, cuya popularidad radicaba en la protagonización de un golpe de estado. Estos movimientos sociales, cooptados y estatizados hoy en día, carecían de espacios propios y su pedagogía, el aprender haciendo y difundiendo, apenas daba sus primeros pasos. Por su parte, la izquierda histórica adolecía también de la existencia de espacios físicos donde se desarrollara incesantemente una labor pedagógica que decantara, a su vez, en una cultura de ruptura diferente de la establecida. Ese vacío existe hasta el día de hoy: si alguno de ustedes desea conocer la historia del Partido Comunista o los entretelones del período de la lucha armada, constatará la inexistencia de un centro de documentación revolucionario atendido por revolucionarios, valga la coletilla, funcionando de manera revolucionaria. Y si es que por Revolución entendemos la transformación de lo establecido, esto significaría que, en caso de que existiese, sería sin los subsidios ayer del Conac, hoy del Ministerio del Poder Popular de la Cultura.

Esta ausencia de espacios y dinámicas de cimentación de una cultura propia, de unas prácticas propias transformadoras de abajo hacia arriba y de la periferia hacia el centro, también se explican porque los restos del movimiento revolucionario histórico,
recuerdo que estoy hablando de la década de los 90's, centraba su accionar en la conquista de puestos en el poder estatal o universitario. Como consecuencia, por poner un ejemplo cercano, se desarrollaron tendencias que no respondían a una pedagogía de lo hecho y aprendido, sino a su capacidad de sumar cargos a la burocracia universitaria. Recuerdo, en este caso, lo que se conocía como "fuenmayorismo" o "trinismo". La UCV de los noventas, que el padre de su parroquia el cura Gazo afirmó orgulloso en una entrevista de la época como autora intelectual del chavismo, era una casa vencida por las sombras. En ella, su intelectualidad "de izquierda" hibernaba complacientemente dentro de las mieles de la burocracia académica y sus prebendas, sin generar, ni siquiera dentro de sus aulas de clase, una pedagogía transformadora de ninguna índole. La UCV de los noventas lejos de ser un laboratorio era un cementerio. Y esta UCV, de la cual hicimos parte, fue en palabras de Gazo la vanguardia intelectual del chavismo realmente existente. Esto nos debe motivar a una profunda reflexión y a una actuación en consecuencia.

Hemos afirmado antes que el chavismo realmente existente no es un accidente sino un producto legítimo de nuestro contexto.
Debemos preguntarnos, entonces, cuánta de su lógica y de su razonamiento incorporamos nosotros a nuestra visión de mundo. No solamente porque seamos hermanos de un mismo país, sino porque somos también hijos de un pensamiento revolucionario construido en la modernidad, modelado en base al positivismo, el culto a la racionalidad y la promoción del voluntarismo ciego. Si creemos como Castoriadis que las crisis son una oportunidad, tenemos la posibilidad de mirarnos en el espejo del chavismo realmente existente, para reconocernos en él e iniciar una ruptura de formas y fondo con lo que ello significa. En resumen, aprender y difundir el conocimiento, lo bueno y lo malo de la experiencia.

Creemos que el socialismo de cuartel no es un espacio para la pedagogía, sino un sitio en el que las ordenes de arriba, sin ser cuestionadas, son aceptadas con el sonete "patria o muerte venceremos".
Por ello y en contraposición, defenderemos una educación sin adjetivos, una pedagogía que trasmita a los seres humanos la capacidad de pensar y decidir por si mismo. De compartir y recrear las herramientas que posibiliten, si los argumentos no poseen la magia del convencimiento, el refutarlas con un "No" o un "Por qué". Y estas respuestas, posibles en una sociedad de iguales, son impensables dentro de un cuartel.

En este sentido, abogamos por una pedagogía que:


- Construya los espacios y las condiciones que la hagan posible.

- Afirme que no hay palabras revolucionarias, y que sólo los hechos lo son.

- Complejice las afirmaciones infantiles y facilite las explicaciones complejas.

- Reconozca a los otros como actores en igualdad de condiciones, con argumentos que deben ser escuchados e incorporados a los nuestros.

- Entienda como condición indispensable de la creación de conocimiento la existencia de puntos de partida y enfoques encontrados, nutriendo la masa crítica de la serie de diferencias y disensos del conjunto.


Para terminar, apelo que la construcción de nuestra autonomía presupone una agenda política y de reivindicaciones, una acción pedagógica, decidida por nosotros y nosotras. Y que nuestra acción política cotidiana no debería jamás olvidar las palabras de Ernesto Sábato, cuando plantea que no se odia por mucho tiempo a un enemigo sin terminar por convertirse en lo que él mismo es. Esto le pasó a los conserjes del chavismo realmente existente. Que no nos pase a nosotros y nosotras.
 




[*] Rafael Uzcátegui es coordinador de medios de la ONG en Derechos Humanos Provea (www.derechos.org.ve) y miembro de la redacción de El Libertario (www.nodo50.org/ellibertario) / E-mail: uzcategui.rafael@gmail.com

 

 


 


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