Vox Dei (II)
Walter Martínez (Dossier)
/ Últimas Noticias (Venezuela) - 15/06/03
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A todas las personas de buena voluntad (*)
“Todo país dividido en bandos enemigos se destruye
a sí mismo” (Lucas 11,17 )
La confrontación política sigue en primer
plano en la Venezuela cargada de tensiones. Los grandes problemas
estructurales siguen vigentes y actuales: desempleo, inseguridad,
deterioro ambiental... El camino constitucional abre espacios
para que, con la participación de la comunidad organizada
en corresponsabilidad con el Estado democrático, nacional
y local, civil y militar, se ofrezcan cauces de solución
real.
La confrontación política llegó a
niveles de altísima tensión durante el golpe de abril
de 2002 y en los sucesos posteriores, como el paro petrolero de
diciembre-enero 2003. La exacerbación política,
fruto de factores tanto internos como externos, llegó a niveles
tales que estuvo a punto de hundir la economía del país
y la convivencia social. El rescate constitucional, más que
un hecho político, manifiesta una voluntad de ética
social que es necesario valorar en los actuales momentos. No
se puede justificar éticamente el incremento de la conflictividad
política fomentada con la finalidad de desprestigiar o hundir
al adversario.
La sociedad venezolana, tanto civil como militar, dio una
demostración asombrosa al lograr bordear los límites
éticos de la confrontación y regresar a la vía
constitucional para el tratamiento de los conflictos.
Pero este enorme esfuerzo requiere complementarse con la recuperación
y reorientación de la actividad social, económica,
política, cultural, que permita alejar la conflictividad
de los límites de ruptura. El cauce constitucional
se ha recuperado y valorado, pero ahora urge avanzar en un acuerdo
político común entre los actores sociales de verdadera
vocación democrática, para superar los problemas que
requieren un esfuerzo de unidad nacional.
Cuánto se podría hacer en orden a lograr la unidad
en la diversidad para resolver los graves problemas que agobian
a la población del país, como la producción
de insumos para la seguridad alimentaria, la dinamización
de la economía social para la generación de empleo,
el esfuerzo común para superar la insalubridad humana en
nuestras grandes ciudades...
La vía constitucional requiere la unidad consciente
de la comunidad nacional para aislar los extremos sociales -sectarios
o fanáticos, capaces de hundir el barco por querer asumir
su dirección. A nivel de la sociedad organizada
y sus líderes políticos, parece tenderse a cumplir
lo que observadores extranjeros aprecian en la espiritualidad de
las comunidades cristianas inmersas en los medios populares: sus
líderes formales, como los obispos o jerarquías institucionales,
tendrán mucho que correr para alcanzarlas en su
discernimiento y compromiso por la paz y el avance social.
Las comunidades cristianas y las personas de buena voluntad
que se forman en el espíritu de solidaridad con criterio
maduro, sin ingenuidades pero con esperanza, tienen un rol decisivo
en la reconstrucción de la unidad nacional. Y ayudar
así a contestar preguntas vitales para la vida de la gente,
como las formuladas por el teólogo Leonardo Boff
en su libro La Dignidad de la Tierra:
"¿Qué educación necesitamos para
rehacer una alianza con simpatía, reencantamiento y veneración
hacia la naturaleza? ¿Cómo serán nuestras ciudades
a escala humana para que favorezcan las virtudes sociales y refuercen
los lazos de la convivencia y de la comunión? ¿Qué
tipo de poesía ayuda a redescubrir el misterio del mundo
y a tornar sensibles a las personas ante los fenómenos de
las interrelaciones de todos los seres? ".
La firma de un acuerdo político entre representantes del
gobierno y de la oposición democrática, con la facilitación
del Pnud, el Centro Carter y la
OEA, representa un paso adelante para rescatar
la convivencia social. Sin embargo, los hechos violentos ocasionados
con motivo de una manifestación opositora en la popular zona
de Catia y su tratamiento mediático exacerbador de la confrontación,
hacen necesario no perder la actitud de alerta. En este
sentido, el debate planteado en la Asamblea Nacional en relación
al Proyecto de Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión,
resulta clave para el avance hacia una sociedad democrática
responsablemente participativa.
El debate final que lleve a la sanción de esta Ley, debe
ser de un intenso contenido espiritual en el marco histórico
que le toca vivir a la gente de la Venezuela en transformación.
Como lo plantean el obispo brasileño Pedro Casaldáliga
y el padre claretiano José María Vigil:
"La espiritualidad no es patrimonio exclusivo de personas
especiales, profesionalmente religiosas, o santas; ni siquiera es
privativa de los creyentes. La espiritualidad es patrimonio de todos
los seres humanos. Más aún, la espiritualidad es también
una realidad comunitaria; es como la conciencia y la motivación
de un grupo, de un pueblo. Cada comunidad tiene su cultura, y cada
cultura tiene su espiritualidad ".
Las comunidades deben estar alerta sobre el avance o deterioro
espiritual que producen cotidianamente los medios de difusión
masivos. En medio del conflicto, atentos a la sentencia de Jesús,
todos estamos llamados a construir la unidad nacional sobre una
base ética que permita avanzar en la transformación
pacífica de Venezuela".
Caracas, 31 de Mayo de 2003. (*) In Memoriam.
Mis primeras lecciones sobre lo que Juan Pablo II
define como "Capitalismo Salvaje", las
recibí de los profesores de mi Colegio Pío, en Uruguay,
centenaria y elitesca Casa Salesiana (CX1-CP) formadora de futuros
líderes políticos. Los seguidores de la Obra
de Don Bosco llenaban inteligentemente el vacío histórico
dejado por los Jesuitas expulsados del Sur por ser, alguna vez,
"revolucionarios".
Tan solidaria era nuestra formación, que nuestras famosas
instalaciones deportivas, y nuestro Teatro de tres niveles, eran
compartidos los fines de semana con los muchachos de los barrios
marginales, como el famoso "Mediodía",
con los cuales obligatoriamente jugábamos al fútbol
y al básquet, y no pocas veces terminábamos fajados
a puñetazos mientras los curas trancaban las puertas y se
remangaban la sotana, repartiendo tortazos de igual a igual. Entre
nuestros curas profesores, la mayoría procedentes de las
potencias europeas, catiritos todos, se destacaba por su aire de
santidad en el Altar y por su furia contenida en la Cátedra
de Sociología Cristiana, uno de piel latinoamericana:
El Padre Mola, de origen paraguayo, "Capellán
de Asalto" en la Guerra del Chaco. Significaba avanzar
en primera línea junto con la Infantería, sin más
protección que una camisa anudada a la cintura y los santos
óleos, para ir dando la extremaunción, o recibiendo
confesiones y absolviendo in articulo mortis bajo el fuego de los
morteros "Stockbraun". Su gran dolor,
me confesó alguna vez quien era mi Confesor, era haber formado
en Asunción a la crema de la heroica juventud paraguaya,
para verla morir enfrentada a la no menos heroica juventud boliviana,
en la Guerra del Chaco. Una guerra entre hermanos, en la
que detrás estaban, de un lado la Standard Oil Company, y
del otro, la Royal Dutch Shell. El Padre Mola, viviendo
en Uruguay, no comía carne. Una vez, un mortero que le perdonó
la vida, destripó a su lado a uno de sus ex-alumnos. Sus
intestinos quedaron en un árbol, y en una macabra comunión,
un pequeño trozo de su cuerpo quedó en la boca de
mi Profesor.
(*) Fundalatin. Organización Ecuménica
creada en Caracas (1978) en un continente bajo dictaduras militares
practicantes del Terrorismo de Estado, para “salvaguardar
-decían- la civilización occidental cristiana amenazada
por el marxismo”.
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