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Caracas / Venezuela -
 


Referéndum, ¿para qué?
Luis Marín* / Soberania.org - 20/09/07


Ya fue aprobada y se encuentra en plena aplicación la nueva constitución que sustituye a la de 1999, por lo que es lícito preguntarse para qué es todo este ingente desperdicio de recursos materiales, humanos y desgaste psicológico.

Ciertamente, para qué debe agregarse a la constitución un nuevo apartado que diga que son atribuciones del presidente de la república: "Ejercer la iniciativa constitucional y constituyente"; si es completamente palmario que este proceso es producto del ejercicio de esa atribución.

Que el período presidencial es de siete años, con reelección inmediata para un nuevo período, siendo que el interesado directo ya ha sido reelegido dos veces en forma inmediata y ha repetido tantas veces que va a estar hasta el 2021 que esa ya es una consigna voceada por sus áulicos.

Hace años que el Banco Central de Venezuela perdió "hasta el más mínimo vestigio de autonomía" y que las reservas internacionales se encuentran "bajo la administración y dirección del presidente de la república".

Las milicias fueron creadas y se encuentran plenamente operativas, son un componente, quizás el principal, de las FFAA que desde hace años se llaman a sí mismas "bolivarianas" y han adoptado como propia esa pintoresca consigna cubana: "socialismo o muerte".

Hace demasiado tiempo que el régimen no reconoce la propiedad privada de nada que no sean bienes de uso y consumo, así como ejerce la facultad de "ocupar previamente" los bienes ajenos, previo a cualquier proceso judicial o administrativo. El caso más insultante es la reciente confiscación de equipos que RCTV había instalado a todo lo largo y ancho del país en más de medio siglo de desarrollo, para ser transferidos a un ente de propaganda oficial.

Será necesario decir que ahora la soberanía no reside en el pueblo y que ésta "no nace del sufragio ni de elección alguna"; cuando todo el mundo sabe que el voto ha sido esterilizado hasta el punto que no tiene ningún sentido participar en esos simulacros electorales; salvo que se quiera hacer bulto en los llamados centros de votación, para que el régimen pregone ante el mundo que goza de amplísimo apoyo popular.

Y esto nos trae al meollo de la pregunta inicial, que no es una simple pregunta retórica. ¿Para qué sirve el referéndum? También lo sabe todo el mundo: para que el régimen se invista de cierta legitimidad, porque se supone que si el pueblo lo vota, cualquier extravagancia queda bien, no se sabe si por aquel viejo adagio de que "el pueblo siempre tiene la razón" (odiosamente parecido al cliente siempre tiene la razón) o por aquel otro más sacro: " vox populi, vox Dei".

Lamentablemente para sus promotores, las votaciones no sirven para legitimar exabruptos jurídicos ni políticos, por ejemplo: es un contrasentido que mediante el voto se establezca que el poder popular "no nace del sufragio ni de elección alguna", porque si así fuera ¿cómo es que llegaron allí mediante el voto?

Una "anticonstitución" tampoco sirve para abolir los principios constitucionales.  Hasta ahora, las cartas constitucionales siempre se han establecido para ponerle límites al poder, para garantizar los derechos de los ciudadanos y no existe evidencia de que con ellas se pueda hacer lo contrario: establecer un poder omnímodo y abolir los derechos individuales. En ese caso, como ya lo previeron los revolucionarios franceses, se considera que
"no hay constitución":

Por ejemplo, se ha pretendido mediante una reforma a la propuesta eliminar el famoso artículo 350, que era una justificación ex post al intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992; pero ocurre que el tal artículo puede encontrar antecedentes incluso en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, que pone entre los derechos naturales e imprescriptibles, "la resistencia a la opresión". De manera que poco se gana con reformar el artículo para hacerlo inútil para la oposición al régimen, porque la resistencia siempre será legal, aunque pretendan proscribirla.

Hasta ahora los constitucionalistas serios se habían limitado a "garantizar" los derechos humanos, porque todos, incontestablemente, han asumido que estos derechos son inherentes a la persona humana por el solo hecho de serlo, son derechos anteriores a la constitución y por tanto no son una concesión del Estado ni de ningún monarca absoluto, quien sólo se obliga a respetarlos.

La libertad en todas sus manifestaciones, sea de conciencia, de opinión, de expresión, de desplazamiento, de organización; la propiedad de los bienes en toda su extensión, de uso, disfrute y disposición no puede ser abolida mediante normas constitucionales, porque pretender algo así es ir en dirección contraria al sentido de la existencia misma del instrumento, por lo que bien dicen los constitucionalistas que en un caso así simplemente no habría constitución.

Lo demás es una simple constatación de que no se puede hacer, lo que no se puede hacer. Por ejemplo: establecer "medios de producción socialistas", una "economía socialista", "estado socialista" y "democracia socialista", entelequias que no existen en ninguna parte, ni nunca han existido.

Es conmovedor oír a periodistas bien intencionados poniendo como ejemplos de socialismo bueno a países como España, Chile y Uruguay, cuando no se necesita conocer historia para saber que precisamente en esos países la izquierda fue derrotada en una sangrienta guerra civil, en el primero y mediante intervenciones militares en los segundos. España no es un país socialista, es una monarquía constitucional, así como Chile y Uruguay son democracias representativas, todos con economías capitalistas, de libre mercado.

Lo que ocurre en estos países es que los partidos socialistas aparentan haber aprendido la lección y ahora hacen gala de una supuesta moderación. Han accedido al poder usando las oportunidades que el régimen de libertades les permiten, incluso a ellos, que son enemigos de la libertad. Pero nunca han renunciado a sus fines últimos, solo que llegan a la conclusión de que estos fines no se pueden alcanzar a troche y moche, sino de un modo progresivo y gradual, como ellos dicen, por etapas.

Nunca el juego estuvo más claro: La misma "oposición" colaboracionista ha definido nítidamente su papel y lo ejecuta abiertamente. Ya han señalado que su enemigo principal es la abstención y que todos sus esfuerzos se dirigen a derrotarla.  No se puede decir más alto: su enemigo no está en el gobierno.

Es fácil distinguir el coro colaboracionista porque acusan a la abstención de ser apátrida, de traición y de estar aprobando la nueva constitución, cosas de las que no acusa al régimen y sus seguidores.  O es uno quien la hizo, ni el otro quien la vota, sino que la culpa de todo la tiene la abstención.

Esta postura es extremadamente curiosa porque según ellos mismos la anterior constitución se aprobó con un 80% de abstención, lo que "no le quita un átomo de legitimidad". Asimismo, la llamada asamblea nacional es "legítima", pese al 90% de abstención con que fue electa.

No hay sino que observar la actitud de los mismos supuestos diputados de la llamada Asamblea Nacional para darse cuenta de la increíble falsedad de estas proclamas de legitimidad que les regala la oposición colaboracionista, que ni ellos mismos se las creen.

¿Porqué han echado mano de esa vulgaridad que llaman "parlamentarismo de calle", que no está en la constitución ni en ley alguna, y que no se practica en ningún país civilizado, sino es para salir al encuentro del pueblo y tratar de darle siquiera un barniz de legitimidad a sus ejecutorias?

Pese a lo que diga la nueva constitución, el consentimiento de los ciudadanos sigue teniendo un peso esencial y si no se toma en cuenta, allá quien lo haga, pero sus actos arrastran un vicio que no pueden subsanar con ninguna pirueta.

La única actitud correcta es no participar en la farsa, hacer un vacío inocultable en los centros de votación de manera que la trampa jaula del CNE no funcione. La falta de consentimiento de la ciudadanía produce un vicio originario que no se puede subsanar.   El verdadero problema es que esa falta de consentimiento se manifieste claramente y eso, en las condiciones actuales, sólo se puede lograr no votando, que es como no firmar el documento.

Tiene razón la oposición colaboracionista cuando dice que su mayor enemigo es la abstención, porque ella es la que le resta representatividad frente al régimen y frente a sí mismos. Lo que pretenden es reducir al mínimo el espacio de la verdadera oposición, para que nada quede entre ellos y el régimen. Un mundo ideal en el que los tres mosqueteros postularan un candidato de relevo, hasta el 2021. No es para nada casual que en la reunión entre los socialistas José Miguel Insulza y Teodoro Petkoff, éste objetara la reelección indefinida, pero no dijera ni una palabra en defensa de la propiedad privada. Tratándose de precandidatos socialistas, bien se puede concluir que cada quien arrima la brasa para su sardina, pero tanto, que al final se les queman.

 

 

(*) Luis Marín, Abogado y politólogo venezolano. Graduado en la Universidad Central de Venezuela (UCV) - Caracas en 1981. Profesor de la UCV (1988-1998) / E-mail: lumarinre@gmail.com

 

 

Artículo del autor:

Constituciones
Luis Marín* / Soberania.org - 19/09/07

 

 

 

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