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Si no está de acuerdo con el contrato, no lo firme. Esa es la única conducta recomendable para un cliente indeciso. Si el que le propone el nuevo contrato le ha estafado varias veces en el pasado, huelga toda recomendación. Debería saber muy bien qué hacer.
El verdadero problema consiste en cómo dejar bien clara, de forma inequívoca e indiscutible, cuál es su verdadera declaración de voluntad; porque el reto que plantea el trato con interlocutores deshonestos es que no tienen escrúpulo alguno en tergiversar los hechos de manera de hacerle aparecer declarando lo contrario de lo que dijo, firmando lo que no ha firmado o bien no firmando lo que sí firmó. ¿Qué hacer ante quien no teme falsificar y mentir, con tal de cubrir las apariencias?
Ciertamente, el que es estafado sabe que lo fue. La profunda insatisfacción que experimenta el que sufre el fraude es una prueba fehaciente de la manipulación de que fue objeto, ante la que no valen las racionalizaciones y argumentos consoladores, que generalmente también forman parte del juego sucio.
El defraudador no puede convencer al estafado, ni darle ninguna satisfacción sustitutiva, simplemente hace pasar la relación a otro plano, harto más difícil de manejar para la víctima, que suma al empeño de no dejarse engañar otra vez el reto de cómo desenvolverse en el futuro ante las patrañas que le impone un contrincante malicioso.
Es parte del trabajo del estafador parecer honrado y tanto más humillante para las víctimas que se les presente como malos perdedores. Si todo esto fuera poco, el despojado tiene la carga de que sus acciones no lo hermanen con los bandidos, porque nada da mayor satisfacción al delincuente que pensar que los demás también son como él y así como el mentiroso se justifica diciendo que todo el mundo miente o "cada ladrón juzga por su condición", un dictador mendaz y cínico se solaza imaginándose sumergido en un mundo de infamias y bajezas, justo el mundo que pretende construir a su imagen y semejanza.
En este punto se confirma que no sólo la mejor política es la honradez sino que es la única política posible. Decir la verdad y que caiga el mundo; pero el reto sigue siendo cómo hacerlo con voz alta, clara e inteligible. A veces, las ausencias se notan tanto como las manifestaciones y en ciertas circunstancias, son más contundentes. En un pueblo con tanta cultura electoral como tiene el venezolano, no votar puede ser un acto de suprema conciencia cívica. Además de ser absolutamente inocultable, si es masivo. Al contrario del voto que se traga una máquina, que pone una barrera entre la manifestación de voluntad del elector y el resultado. Luego, no puede verificarse en qué medida coinciden.
Es falso de toda falsedad el argumento de la oposición colaboracionista según el cual la abstención ya se intentó y fue un completo fracaso en las elecciones parlamentarias y que lo único que se logró fue una asamblea "roja-rojita". El argumento es falso en sí mismo, porque los demás poderes públicos también son rojos sin que se le pueda echar la culpa a la abstención.
Con este argumento más bien se oculta el hecho de que es una política deliberada del régimen tener un control totalitario de todos los poderes públicos, de las empresas del Estado y últimamente, de todas las instituciones incluso privadas. Esto por no insistir en que las asambleas nacionales en Cuba e Irán no tienen representantes de la oposición, como se estila en occidente, en las democracias liberales.
En realidad, la llamada Asamblea Nacional no es un parlamento, porque allí no se debate nada, sino que todo se aprueba por unanimidad, sin discusión; ni es tampoco nacional, porque los supuestos diputados no representan, no digamos a ninguna circunscripción electoral o colectividad de electores, ni siquiera se representan a sí mismos porque siempre votan según se les instruye.
Esta es la razón de que hayan inventado ese adefesio del "parlamentarismo de calle", que no existe en la Constitución ni en ley alguna; pero tampoco puede encontrarse en ninguna tradición parlamentaria, sencillamente porque es contradictorio con el mismo sentido de ser "representante del pueblo", que es lo que significa ser diputado. Si esa bizarra institución existe es porque nadie es más consciente que los mismos miembros de la cámara de que carecen de representatividad y tienen que salir a buscarla, poniendo en un grupo de personas ajenas al congreso (que no cobran los sueldos que ellos cobran) un supuesto ejercicio directo de representación popular.
Ni a Teodoro Petkoff se le ha ocurrido una frase más benévola que decir que esa asamblea "le arruga el paltó" al régimen ante la comunidad internacional. En el noticiero de la Televisión Española (TVE) han dicho que esta curiosa configuración de la asamblea es consecuencia de que la oposición saboteó las elecciones parlamentarias. Llama la atención la expresión que utilizan, porque el sabotaje, tanto aquí como en España, es un delito.
También es por lo menos un refrito que se diga que se va a participar en el proceso electoral para ganar "músculo político", porque la fuerza real se logra mediante una política correcta, no engañando a los ciudadanos, reduciéndolos a simples votantes sin criterio, ni intereses, ni valores. Es falso que sólo se pueda intervenir en un proceso electoral llamando a votar o reconociendo a las supuestas autoridades electorales: el vacío electoral junto con la protesta cívica han dado resultado desde Perú hasta Ucrania. Visto que la nueva constitución elimina las elecciones como expresión del poder popular, seguir el punto de vista electoralista conduce a la más absoluta impotencia.
No se ignoran los problemas prácticos de los políticos que enfrentan el desafío de las elecciones de gobernadores y alcaldes el próximo año; pero también ellos deberían detenerse a pensar que, de acuerdo con la nueva constitución, están obligados a transferir los servicios públicos que regentan a los llamados "éntes del poder popular", por lo que están disputándose cáscaras vacías.
Para las personas que tienen una concepción contractualista de la Constitución, la falta de consentimiento es un vicio que no puede subsanarse. Pero incluso los elementos más positivistas dentro o fuera del régimen tendrán que llamarla "Constitución de facto" aunque parezca una contradicción en los términos, pero ajustado perfectamente a la realidad. Una constitución no votada por nadie; pero que ya fue aprobada con el único voto que cuenta en un régimen personalista y absoluto, de hecho, ya se imprimieron millones de ejemplares del libro rojo y está en plena aplicación. Ya se oyen, como si hicieran falta, las amenazas de que se va a reprimir a los que estén "fuera de la constitución".
De manera que quienes todavía sucumben al misticismo del voto tienen que agregar al servilismo la más absoluta inutilidad. Si fuera necesario desvirtuarlos legalmente debería bastar una somera interpretación del artículo 252 de la Constitución, del Consejo de Estado, antes presidido por el vicepresidente, con representantes del ejecutivo, legislativo, judicial y los gobernadores. El nuevo Consejo de Estado lo preside el Presidente de la República y está además conformado por el Presidente de la Asamblea Nacional, el del Tribunal Supremo de Justicia, el del Poder Ciudadano y ¡el Presidente del Consejo Nacional Electoral! Imposible decirlo más alto, ni más claro.
Votar o no votar ya no es un dilema. La verdadera cuestión es, una vez despojados del mecanismo del voto, ¿cómo se expresa la soberanía popular? El vacío electoral mostrará ante el país y el mundo de manera inequívoca e inocultable el rechazo del pueblo al libro rojo, a la constitución comunista. Para los leninistas, "la dictadura es un gobierno que no está sometido a ley alguna", por lo que el reto es ¿cómo imponer el imperio de la ley sobre el despotismo?
(*) Luis Marín, Abogado y politólogo venezolano. Graduado en la Universidad Central de Venezuela (UCV) - Caracas en 1981. Profesor de la UCV (1988-1998) /
E-mail: lumarinre@gmail.com
Artículo del autor:
Constituciones
Luis Marín* / Soberania.org - 19/09/07
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