Léxico para antinacionalistas
Mario Briceño-Iragorry
/ Soberania.info
- 1953
|
Y eso de pitiyanqui, ¿qué significa, don
Mario?”, me preguntó en días pasados
un modesto hijo del pueblo con quien tropecé al doblar una
de las tantas angustiosas esquinas del centro de nuestra pompeyana
y babilónica capital. Inquiría el amigo sin nombre
(porque en esto de la defensa de la nacionalidad topo con numerosos
e imprevistos amigos), acerca del calificativo que en algunos escritos
he dado a los compatriotas prestados a hacer juego a los
intereses norteamericanos, en perjuicio de los sagrados intereses
de Venezuela.
La palabra pitiyanqui no la he inventado yo. La palabra
es puertorriqueña. La acuñó
el alto poeta Luis Lloréns Torres. Su origen semántico
quizá tenga algo que hacer con la florida imaginación
del poeta. La voz piti, como alteración del francés
petit, entra en la palabra pitiminí, recogida por la Academia,
y con la cual se designa el rosal de ramas trepadoras que
echa rosas menudas y rizadas. Lloréns Torres, más
que en las rosas, debió pensar en la actitud trepadora
de los compatriotas que se rindieron al nuevo colonialismo.
El pueblo puertorriqueño ha sido un pueblo ejemplar en lo
que dice a defender la estructura de su conciencia. No lo ha sometido
ni la fuerza ni el halago. En el fondo de su espíritu resisten
los viejos valores fraguados bajo los altivos signos de la hispanidad
sin tiempo y sin política. Sin haber gozado las libertades
de la República, Puerto Rico se ha sentido en unión
permanente con la América de Bolívar, de San Martín,
de Morelos y de Martí. La torre del homenaje de
su cultura sigue ocupándola Eugenio María
de Hostos. Posee el pueblo del pequeño gran país
insular un plano secreto, muy diverso del plano que aflora a la
realidad. Como toda nación oprimida, se ha dividido en dos.
La parte que goza y ríe; la parte que medita y sufre. El
patriota callado miró que los hombres risueños buscaban
parecerse a los nuevos amos. Que imitaban sus costumbres
y tomaban de prestado sus pensamientos. Se parecieron, mas no llegaban
al nivel de los dominadores. Pero con imitarlos y sonreírles,
aseguraban derecho al gozamiento. A la gozadera, quedaría
mejor expresado. Era necesario dar un nombre nuevo a esta fácil
y liviana actitud. Claro que en el léxico antiguo
existen palabras apropiadas al caso. Pero precisaba algo nuevo.
Algo que connotase directamente la posición del nativo
carente de escrúpulos para plegarse a la voluntad del yanqui.
Los poetas saben el secreto de las palabras. Lloréns Torres
hizo el maridaje de los dos voquibles. Del francés tomó
la palabra petit y la dio forma aún más menuda y humillada.
Piti todavía es menos que petit. Pitiyanqui resulta
algo así como yanquicito, yanquito, yancuelo. Algo que pretende
ser yanqui, pero que no llega jamás a serlo. Una manera de
larva con alas tan rudimentarias que no alcanzan para el vuelo,
pero que tiene, sin embargo, derecho a comer los manjares que sobran
de la abundosa ración de la mariposa multicolor.
Cuando yo he usado la palabra como determinativo de quienes
irreflexivamente puedan servir al imperialismo sin mirar los perjuicios
que su conducta ligera acarrea al país, lo he hecho en orden
a advertir el riesgo de que nuestra nación se pueda convertir
en pueblo de resignados yanquicitos. Es peligroso optar
posiciones que a la postre lleguen a crear un hábito social,
capaz de desfigurar nuestra integridad de pueblo. Un país
como el nuestro, que ha dado en la flor de afirmar en inglés,
terminará por rendir su conciencia al reclamo forastero.
Chóferes de plaza, al igual de doctores pintiparados, han
dejado de usar nuestros adverbios antiguos para responder yes, oké,
olray. El papiamento verbal puede tornársenos en
papiamento de conciencia.
Nuestra verticalidad de nación está por eso
más reñida con el pitiyanqui que con el yanqui. El
hombre venezolano puede y debe trabajar con el
extranjero de América y con el extranjero de Europa, de Asia
o de África que vengan a ayudarle en su tarea de crear riqueza
y cultura. El mundo pide la pacífica colaboración
de los pueblos. El norteamericano tiene una experiencia
técnica que nos es útil y sobreabunda en riquezas
que necesitamos para acrecentar el bienestar común. Pero
el hecho de su poder extraordinario no justifica nuestro achicamiento.
Colaboración no es subordinación ni olvido de la personalidad.
Colaboración es igualdad. Claro que es en
extremo difícil la sociedad del gato con el ratón.
El ratón corresponde al pitiyanqui. Puede, en cambio, haber
sociedad de gatos grandes y de gatos pequeños. Yo
sólo aspiro a que en nuestra relación con el país
del Norte hagamos el papel de gatos magros y no de ratones gordos.
Grandes ellos, pequeños nosotros, podemos hablarnos y entendernos
en el común idioma felino. Pero como ratones quedamos a merced
de que al cansarse el gato de jugar con nosotros, resuelva injerirnos
como alimento complementario. Siendo todos gatos, podemos, en cambio,
llegar a querernos colectivamente sin recelos.
La atribución de pitiyanqui usada por mí para
calificar una conducta antinacional, no implica, tampoco, bandera
ni de guerra ni de odio contra el yanqui. Apenas determina una actitud
de defensa de lo nuestro. Ayer, y justamente al pie de
la estatua de Bolívar en nuestra plaza principal, un correcto
caballero estadounidense me felicitó por la manera de presentar
yo el caso de nuestra reacción latinoamericana frente a los
errores de la política imperialista en su país. Sabe
él cuánto admiro a su patria y cuánto me encantaría
que fuera distinta la política que pusiera en práctica
con relación a nuestra América hispánica. Él
sabe que es la mía actitud de defensa de lo nuestro.
El pequeño tiene derecho a conservar integro su patrimonio
moral. Nosotros, como nación, debemos cuidar por la conservación
de nuestros valores sustantivos. Lo contrario sería un acto
de inconsciente lentejismo. El lentejismo, con el cocacolismo,
con el esfialtismo, con el mulanegrismo, con el prestonismo, con
el andresotismo, tiene aplicación en el léxico y en
la conciencia del antinacionalismo. Son variaciones cromáticas
de una misma actitud de entrega, de resignación, de complicidad
frente a las fuerzas del imperialismo.
Bueno es recordar también que una cosa es el imperialismo
del Pentágono, de la Casa Blanca y de Wall Street y otra
cosa son los Estados Unidos como pueblo. En el fondo de
la gran nación del Norte viven y pululan las contradicciones.
Allá, como acá, existe una corriente que se mantiene
fiel a la tradición de respeto y de dignidad que crearon
los hombres antiguos. Ese pueblo y esa nación americana que
pinta García de Sena en la primera entrega
de la Fundación Mendoza no coinciden con el Pentágono,
con la Casa Blanca y con la Wall Street del presente angustioso
momento del mundo. Si bien es cierto que la aspiración
a dominar nuestro hemisferio se abulta desde los años cabeceros
del siglo XIX, también es cierto que entonces era otra la
América romántica que tomó por símbolo
la campana de Filadelfia. Desgraciadamente, la mayoría
de quienes forman la América que se embarca en los firmes
muelles neoyorquinos no son de la América admirable de Jefferson,
de Lincoln y de Whitman. Vienen, en cambio, en grueso número,
ciudadanos de la América de Walker, de Sam Zamurray y de
los Rockefeller. Contra esa América esclavista y negada a
la expansión de los grandes principios donde se afincan las
repúblicas, debemos mantenernos en actitud de vigilantes
centinelas. Suaves y cordiales, acogedoras, han de estar
nuestras manos para el apretón debido a quienes como amigos
vengan a tratarnos. Para aquellos, en cambio, que se presenten
con intentos de adulterar nuestros credos y de borrar del libro
de nuestra Historia el acta de Independencia que firmaron los patricios
de 1811, debemos tener, en lugar del vino y de la sal en mesa de
amistad, la ceniza y la sal que hagan estéril la intención
conquistadora.......
Aviso a los navegantes 1953
Obras Selectas de Mario Briceño-Iragorry
Ed. Edime Madrid - Caracas 1966
pp 1082 a 1085
| |
|
Arriba |
 |
Portada |
|