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Caracas / Venezuela -
 


Licuefacción del Estado y el estado de los negocios
Colette Capriles* / El Nacional (Venezuela) - 27/12/07


Lo que tenemos ante nuestros atónitos ojos es esto: en definitiva, la puesta en operación de una corporación transnacional, fino ejemplo de la ubicuidad y eficiencia de la globalización de los mercados, dedicada a la compra y venta de ideología, produciendo no solamente ganancias fabulosas sino, fundamentalmente, creando un modelo de negocios que ya debería figurar en los estudios de caso del Harvard Business Review.

Este modelo se sustenta en la licuefacción o, más bien, la hemólisis de las instituciones políticas (es decir, de las convenciones normativas que regulan las relaciones entre las distintas partes de la sociedad) y su sustitución por una serie de "unidades de negocio" o centros de comando, y ejecución paralelos y autónomos que se encargan de desarrollar líneas de trabajo estratégicas para la conservación del poder, y que en definitiva sólo se articulan en la figura de un
capo di tutti capi.

Estas unidades de negocio, de estructura fácilmente replicable, gracias a un funcionariado portátil (ligado por lo general al estamento militar) se ocupan de crear unos pocos programas de alta visibilidad social que (paradójicamente) dejan en la más total oscuridad y aseguran la más amplia opacidad a las operaciones financieras y políticas que las sostienen. Mientras la atención del espectador se ve distraída y abrumada por las buenas intenciones de los gerentes de estas unidades de negocio, las extraordinarias ganancias derivadas del trading de la hacienda pública quedan ocultas al fondo del escenario.

Las buenas conciencias suspiran aliviadas, mientras consumen los distintos episodios del "combate contra la pobreza" que desfilan ante sus conmovidos ojos, sus conciencias críticas adormecidas por la ilusión de la definitiva reivindicación del excluido.

Esta monstruosa empresa, que a primera vista se puede descodificar como la epifanía del populismo latinoamericano (un gran aporte de nuestra América a la política del siglo XX), se está revelando como algo más que eso: esta
TIG (Transnacional de la Izquierda Global, inc.) se ha instalado bajo la premisa de que, borrando las fronteras entre fondos públicos y privados (por efecto del incremento del control estatal sobre la actividad privada y sobre la sociedad en general), la fortuna de los países en los que opera puede administrarse como patrimonio corporativo y personal de quienes han sido elegidos en cargos públicos. Pero así como la gran habilidad del diablo es convencernos de que no existe, la de la TIG es lucrar con la idea de erradicar el lucro, es extraer plusvalía de la idea de revolución, convirtiendo a ésta en el más sofisticado producto del capitalismo global.

Bandadas de maletas voladoras atraviesan los cielos de la patria grande siguiendo la emigración estacional de los ciclos electorales; asambleas constituyentes pret a porter y constituciones virtuales que se "customizan" al gusto del usuario; una izquierda reblandecida que celebra satisfecha con whisky bien añejado y su inteligencia entregada a las alabanzas del Supremo: esos son los heraldos de esta última encarnación del imperialismo moribundo.



(*) Colette Capriles / E-mail: colettecapriles@hotmail.com

 


 

 

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