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El primer problema que planteó la incorporación de Cuba a la comunidad económica de los países socialistas (COMECON) en 1972, fue que no producía nada o casi nada, que fuera de interés para el mercado de los otros países miembros. La oferta única de "finos tabacos" exhibe, como un libro de texto, la paradoja central de su llamada economía socialista: sólo algunos aristócratas británicos y gangsters de Chicago demandaban un producto así, que sólo se ve en los stands de algunos duty-free de los aeropuertos internacionales.
Pero esto es sólo una parte de la paradoja, la otra, más grave, es que dañan la salud. De manera que el mismo Fidel Castro terminó admitiendo que el tabaco es pernicioso y que no recomendaba su consumo, con lo que comenzaron a desaparecer silenciosamente las propagandas que mostraban al Che Guevara y otros líderes revolucionarios fumando habanos, orgullosamente.
Así que el producto bandera de las exportaciones cubanas siguió la suerte del azúcar, que ya había sucumbido a las campañas contra el consumo excesivo de calorías y el ascenso de edulcorantes artificiales, mucho más rentables, que invadieron el mercado de los alimentos (Light).
Mientras los miembros del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), como Alemania Oriental (RDA), Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Rumania, hacían conmovedores esfuerzos por incorporar al mercado productos de línea blanca o marrón, automóviles, químicos, ópticos o algo que se pudiera comer o beber, Cuba sólo podía exportar discursos de Fidel Castro, con lo que se redujo a un paria entre los parias que parasitaban la economía de la Unión Soviética.
El resultado de esta aventura es tan notorio y tan indiscutible que no valdría la pena insistir en ello, sino fuera porque en este momento Venezuela está embarcada en un proyecto semejante cuyo destino augura ser mucho peor, sobre todo considerando que a falta de un liderazgo soviético, Cuba misma se ha erigido en portaestandarte de esta vieja y fracasada propuesta económica socialista, anti capitalista y anti liberal.
¿En qué cabeza puede caber una alianza con los países más paupérrimos de una región ya de por sí atrasada como Latinoamérica para enfrentarse con los grandes poderes económicos del mundo, esos que se resumen en la palabra "globalización"? ¿Es que Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela, saben algo que no supieron Alemania y Rusia, por no hacer más larga la lista?
Con motivo de la celebración de los 15 años de la caída del muro de Berlín, el presidente de Alemania reunificada, Horst Köhler, levantó una tormenta cuando dijo que había que abandonar la ilusión de que Alemania Occidental y Oriental podrían volver a ser iguales. Esto es sumamente grave, porque significa que el subdesarrollo puede fabricarse, incluso en Alemania, con alemanes. No es, pues, un problema racial. El reto lo plantea el avance del Partido del Socialismo Democrático (PDS) de los neo comunistas, que insurgen contra el sistema de libre competencia a favor de un sistema que llaman de protección social.
El eterno problema de la antítesis entre productividad y subsidios económicos, entre recompensar la eficiencia o promover el parasitismo paraestatal, entre la aversión contra la competitividad y la afición por las medidas protectivas.
Si traemos el problema alemán a un escenario latinoamericano, cambiando lo cambiable, es como preguntarse porqué Nicaragua está entre los países más atrasados de Latinoamérica, que ya es bastante decir, y Costa Rica (CR) entre los más adelantados. ¿Cómo es posible que con menos de la mitad del territorio y mucho menos población, CR más que duplica el PIB per cápita de Nicaragua? No hablemos del índice de escolaridad, eficiencia y transparencia en el manejo de los servicios públicos, democracia, libertad y alternabilidad en el gobierno.
Como tampoco se trata de un asunto racial, hay que fijarse en datos como que CR ni siquiera tiene FFAA, mientras que Nicaragua es un país devastado por las guerras civiles, la insurgencia guerrillera, las dictaduras militares, la falta de libertad en todas sus expresiones, pero sobre todo por la ideología socialista, anti americana y pro castrista, una tara que ellos llaman "sandinismo".
El racismo cubano es otra paradoja. Una revolución hecha para la negritud hace que los negros brillen por su ausencia en la elite dirigente. No solo la familia Castro Ruz y su entorno son blancos peninsulares, sino que el gobierno y en particular la cancillería, desde Felipe Pérez Roque hasta Germán Sánchez Otero, el procónsul imperial en Venezuela, son todos blancos-blanquitos. No debe ser casualidad que apodaran "el negro" al general Arnaldo Ochoa, fusilado tras un juicio sumarísimo en 1989, acusado de narcotráfico. Así como fusilaron a los "tres negritos" que secuestraron una gabarra llena de turistas franceses procurando escaparse a Miami.
Una vez más, el problema está en las ideas. ¿Qué otra explicación puede tener el hecho de que países hermanos monocigóticos como Venezuela y Colombia tengan un desempeño económico y político tan catastróficamente opuesto?
Colombia ha sabido sacar partido, hasta excesivo, de sus handicaps más atroces. Por ejemplo, el narcotráfico ha traído un doble provecho para el país. Por un lado, los ingresos provenientes de la exportación de narcóticos ha superado con creces los que provienen del café; pero por otro lado, el gobierno consigue ayuda en EEUU y Europa, los más afectados por el flagelo, con el fin de combatirlo.
Al margen de las distorsiones que haya podido introducir en la política y la economía, que son imposibles de negar, lo cierto es que ha servido como una forma de "acumulación originaria de capital", si se permite la expresión, para el desarrollo de formas legales de industria, comercio e infraestructura.
Otro ejemplo es la guerrilla, que no sólo sirve para ocupar primeras planas en los medios mundiales, sino que también ha servido para hacer imperativas las ayudas que han conducido a que sus gastos militares prácticamente sean sufragados por los contribuyentes norteamericanos.
En cambio Venezuela, que no tenía estos handicaps y tiene recursos naturales suficientes para atraer todo el interés de los EEUU a su favor ¿por qué tira sus ventajas comparativas por la ventana y se empeña en enemistarse con los que serían sus socios comerciales privilegiados? ¿Cómo es posible que habiendo derrotado militarmente a la guerrilla ahora tenga a los guerrilleros en el poder?
¿Qué razón humana o divina puede explicar que un país supuestamente rico prefiera hacer sociedad con los más depauperados del continente y por ende del mundo, para enfrentarse a los mayores poderes que jamás haya conocido la historia universal?
Solo hay dos respuestas posibles. Una, que en realidad Venezuela nunca ha sido un país rico, sino que es tan pobre como Cuba, Bolivia y Nicaragua; pero con la diferencia del petróleo, que no es poca cosa, aunque confirma que la riqueza de una nación está en su desarrollo humano y no en un recurso natural completamente fortuito.
La otra respuesta no es menos dolorosa y está en la mentalidad que, a falta de mejor término, vamos a llamar "pobrista". El pobrismo está menos desarrollado como concepto que el conocido populismo del que se ha hecho toda una teoría política muy latinoamericana y cuya máxima expresión es el "justicialismo" o peronismo argentino.
La raíz filosófica, si cabe el término, está en una muy mal entendida y peor aplicada doctrina cristiana que postula la conocida "opción por los pobres". En verdad esas encíclicas papales a favor de los pobres están dirigidas a los países ricos, super industrializados como EEUU, Gran Bretaña, Alemania, Japón y Rusia que, no por casualidad, no son países católicos.
De manera que el filo moral de las exhortaciones papales es política exterior del Estado Pontificio, a favor de países, en su mayoría católicos, que requieren asistencia de los siete grandes. No está dirigida a los mismos países pobres, para que hagan ningún frente común para enfrentarse, ni mucho menos, a los que serían sus potenciales benefactores.
Este es el mismo sentido de la caridad cristiana en el ámbito interno, que está dirigida a los ricos para que asistan a los más pobres; pero no está dirigida a los pobres mismos, que serían sus beneficiarios. La caridad, de algún modo presupone que haya personas pudientes que puedan ejercitarla, sin ricos no tendría ningún sentido. La opción por los pobres no es ningún instrumento de la lucha de clases, como se la ha querido ver en Latinoamérica.
De manera que el pobrismo no puede postularse cristiano y al menor análisis se revela como profundamente anticristiano, porque se basa en el odio y no en el amor, en la mezquindad y no en la caridad, en el conflicto y no en la fraternidad, en la iniquidad y no en la justicia, en la guerra y no en la paz.
La alianza con países pobres para enfrentar a países ricos no sólo es un error estratégico y táctico, sino también político y moral. No existe ninguna razón que pueda justificar que Venezuela pretenda liderar ningún frente anti americano, ni eso puede corresponder a ningún interés nacional. Al contrario, promover un conflicto tan desigual es una traición a los más altos intereses nacionales.
Como todo hay que decirlo, el anti americanismo es un dispositivo político e ideológico del que ha usado y abusado Fidel Castro para perpetuarse en el poder; pero no hay ninguna garantía de que pueda darle el mismo resultado a cualquiera que trate de utilizarlo con el mismo fin, sobre todo porque ya es un estropajo conocido y deshilachado en el que sólo creen quienes se empecinan tercamente en hacerlo.
No debería ser necesario recordar que el embargo económico contra Cuba tuvo también su origen en las expropiaciones arbitrarias y abusivas perpetradas por Fidel Castro al inicio de la mal llamada revolución cubana. Las primeras acciones legales fueron promovidas por los mismos cubanos, que no encontraron atención a sus demandas en la isla y optaron por recurrir a los tribunales norteamericanos, que procedieron a embargar bienes del Estado cubano en el exterior para resarcir a los afectados por el régimen castrista.
Aunque se empecinen en llamar bloqueo a lo que en EEUU se llama embargo, para darle una connotación de conflicto internacional, en realidad se trata de un problema de simple resarcimiento, que debería proceder a lo interno si hubiera justicia en la isla.
Esta es otra paradoja de la revolución. Por un lado dicen que el bloqueo es un fracaso, que es EEUU quien se encuentra "aislado", periódicamente consiguen condenas de la ONU y se ufanan de que más de 140 países tienen relaciones económicas normales con ellos; pero al mismo tiempo se quejan de que las carencias de la población se deben al bloqueo, o sea, que si la economía de la isla se encuentra postrada en por culpa de ese bloqueo ineficaz.
La revolución se ha hecho por la independencia y dignidad de Cuba; pero medio siglo más tarde todavía argumentan que la escasez y el racionamiento es culpa del bloqueo, o sea, que la economía de Cuba depende de lo que haga o deje de hacer EEUU. Entonces, ¿cuál es la independencia que han logrado?
El anti americanismo disfrazado de anti imperialismo es una entelequia del pasado más inconfesable de la llamada revolución cubana y es completamente impracticable en el siglo XXI, porque ya nadie cree en esas antiguallas.
Nadie cae en una trampa conocida, lo que no significa que no haya quien todavía pretenda ponerlas en el camino.
(*) Luis Marín, Abogado y politólogo venezolano. Graduado en la Universidad Central de Venezuela (UCV), Caracas, en 1981. Profesor de la UCV (1988-1998) /
E-mail: lumarinre@gmail.com
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