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Caracas / Venezuela -
 


Visión retrospectiva del 4-F
Humberto Decarli* / El Mundo (Venezuela) - 09/02/08

Mirando retrospectivamente al movimiento del 4 de febrero de 1992 no queda la menor duda de haber sido una iniciativa del orden establecido para mantener el modelo de dominación instaurado desde hace más de 500 años, pero con efectiva vigencia desde la asunción del Benemérito y la experiencia de la democracia representativa.

La anterior aseveración la efectúo porque indudablemente que el puntofijismo tenía sus días contados. A partir del viernes negro y del Caracazo se veía venir su decadencia. Los factores de poder del mundo apelaron a un sector nacional fundamental, las fuerzas armadas, para la pervivencia del estatuto de dominio.

Hay quienes sostienen que Hugo Chávez ha traicionado los postulados del movimiento fracasado con su rendición. Nada más incierto, porque se trataba de un esfuerzo tendiente a enmendar los entuertos del puntofijismo a través de una figura nueva, no contaminada por la corrupción intrínseca al pacto alcanzado después de la caída de la dictadura perezjimenista. El programa propuesto en la asonada no contemplaba cambios esenciales sino gatopardianos.


No es accidental la escogencia de un cuadro del ejército dada la tradición castrense del país, atemperada por el acuerdo de Betancourt, Caldera y Villalba, un esquema cuasipretoriano como lo señala el coronel Machillanda en su texto Poder Político y Poder Militar en Venezuela.

El apuntalamiento de un cuerpo simbolizando disciplina y ejecución es muy viable para concretar el concepto de gobernabilidad disipada por la crisis de los partidos. El populismo adeco-copeyano hacía tiempo la había perdido por el desarrollo de su descomposición. Además, el aditivo electoral le otorgaba mayor legitimidad dentro del significante al nuevo militarismo.


Luego de 9 años de gobierno se atisba diáfanamente la saga de la democracia clientelar. La corrupción, la ineficacia, el acaparamiento castrense de la dirección del Estado y el rentismo petrolero, caracterizan la gestión encabezada por un uniformado. Efectivamente no han ocurrido cambios porque el hecho de haber triunfado un oficial de las fuerza armada no significa transformación alguna porque la estructura de poder ha quedado incólume.

Quiero señalar la imposibilidad de metamorfosis si se mantiene el mismo esquema de control. Un enjambre de dispositivos desde otrora constituyen prácticas sociales que recubren la precaria institucionalidad venezolana. No son entidades autónomas sino inmanentes a la red de relaciones de orden-obediencia construidas desde la conquista y la colonia pasando por el proceso de independencia, la oligarquía conservadora-liberal, la guerra federal, el liberalismo amarillo, la revolución restauradora, el período gomecista con sus extensiones andinas inmediatas (López Contreras, Medina Angarita y Pérez Jiménez) hasta culminar con la pentarquía encabezada por el líder de Guatire.

El gran pensador Michel Foucault, quien dejó una extensa obra sobre el poder, hablaba de la evolución desde su operación disciplinaria hasta la de control. La primera era coercibilidad pura y la segunda mecanismos persuasivos capaces de neutralizar a la gente, siempre con el telos de sostener los vínculos despóticos hacia los gobernados. Puedo decir que esta experiencia neomilitarista cumple el rol de control a pesar de ser la faz de coacción expresada por ser los administradores de la violencia del Estado. Es la continuación del paradigma de poder en Venezuela.

 

 

[*] Humberto Decarli / E-mail: hachede@cantv.net



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