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Caracas / Venezuela -
 


Israel en América
Luis Marín* / Soberania.org - 11/03/08

La afirmación de que Colombia pueda convertirse en "la Israel de América" no debe pasar desapercibida, sobre todo porque puede servir de punto de partida para develar una intrincada red de falsificaciones.

Lo primero es el contexto en que se produce la afirmación, que es un creciente alud de insultos y descalificaciones, por lo que la comparación debe entenderse en un sentido peyorativo, como si todo un país fuera una grosería en sí mismo, que sirve para ofender a otro.

Dejando a un lado las exigencias diplomáticas, el decoro y respeto mutuo entre Estados y la dignidad de sus pueblos; que el colectivo de un país no deba ser  utilizado como símbolo negativo para denostar a otro, consideraciones que, por cierto, no se aplican al Estado de Israel, que puede ser insultado a discreción por cualquiera a quien se le ocurra, sin despertar la menor protesta; es válido preguntarse qué quiere expresarse realmente con la comparación.

Aquí no vale decir simplemente que si alguien declara: "Venezuela es el Israel de América", nosotros nos sentiríamos muy orgullosos, pensando en una democracia libertaria, modelo de desarrollo científico y cultural, en medio de monarquías semi feudales, tiranías teocráticas o socialismos árabes tan arbitrarios y corruptos como aquellas.

Que "Uruguay es la Suiza de América", se ha dicho tradicionalmente, sin intención de ofender a ninguno de los dos, porque parece que hay una suerte de consenso tácito en que decir "Suiza" es una maravilla; pero es inaceptable que se quiera contrabandear un nuevo consenso tácito de que decir "Israel" es una porquería. El insulto es de doble filo, pero más contra Israel, el anti modelo.

Entonces empecemos destacando las diferencias.  Hasta ahora nadie ha dicho que haya que "borrar a Colombia del mapa", ni planteado la necesidad de "echar a todos los colombianos al mar", ni que la solución del problema colombiano se producirá cuando todos estos inmigrantes indeseables vuelvan a sus países de origen, ni se considera al territorio colombiano como "territorio ocupado", ni que haya que matar a los colombianos "donde quiera que estén". Frases individualmente abrumadoras, no dirigidas contra ningún país, salvo Israel, contra quien se dirigen todas, en su conjunto y combinadamente, con la mayor complacencia del mundo.

Pero la ideología bolivariana apunta en una dirección diametralmente opuesta. El proyecto de la Gran Colombia, más bien implica la desaparición de Venezuela, Ecuador y eventualmente también de Panamá, a favor de una sola confederación de provincias en la que todos tendríamos que llamarnos "colombianos".

Siria, en cambio, nunca ha reconocido las fronteras del Líbano, ni de Israel, porque ambos serían parte de lo que ellos denominan la "Gran Siria". Extinguir a Israel es lo contrario de la dirección bolivariana respecto a Colombia, que es expandirla, bajo un mando único y dictatorial (Bolívar dixit).

Después del apotegma del hermano Ahmadinejad de borrar a Israel del mapa, la izquierda latino americana ha procedido en consecuencia y ahora no hablan de Israel, sino de "la palestina ocupada".  El truco es obvio: quieren convertir al terrorismo palestino en una guerra de liberación contra un invasor extranjero. Como se sabe, la lucha por la independencia justifica cualquier atrocidad, bajo el manto de la libertad y la dignidad de la patria.


Un pequeño problema es que no hay ningún movimiento insurgente dentro de Israel. Los árabes israelíes, que son tanto como el 20% de la población, tienen los mismos derechos que los demás israelíes, votan en las elecciones y hasta tienen representantes en la Knéset, el parlamento israelí, al que incluso se presentan algunos como Lista Árabe Unida. Mucho más que lo que tienen sus congéneres, por no hablar de lo que tienen los judíos, en el mundo árabe (o los venezolanos que no tenemos derecho a representación alguna).

¿Puede decirse lo mismo de Colombia? ¿Contra qué ocupación luchan estas llamadas fuerzas insurgentes? El argumento de la lucha contra el imperialismo es insostenible incluso para izquierdistas recalcitrantes, porque lo que tienen delante es al ejército y la policía de Colombia, que son anteriores y más nacionales que el castro-guevarismo.

El pretexto de la lucha contra la dictadura militar que es el favorito de Castro, de los sandinistas y otros insurgente latino americanos, no le es aplicable ni de lejos a Colombia, que es una democracia, con defectos, casi como debe ser, pero siempre el menos malo de los regímenes. Ahora, ¡qué mal les cuadra este argumento a unos militares golpistas y despóticos como los que depredan a Venezuela en la actualidad!


Lo que resulta realmente doloroso en esta controversia que debería ser obvia, es que los colombianos, ante una comparación con Israel, seguramente que no dirán: "Sí, a mucha honra".  Y es que el antisemitismo se ha venido abriendo paso furtivamente en Latinoamérica, en la misma medida que avanzan las ideologías totalitarias, de inspiración nacional socialistas.

La izquierda post muro de Berlín, huérfana de estandartes y de escrúpulos, echó mano del más raído y desprestigiado de todos y que quizás sea su último recurso ante el modernismo y la liberalización de la sociedad: el antisemitismo.

Cierto que, como en Europa, el antisemitismo ya tenía el terreno abonado por el conservadurismo católico, que asumió el antagonismo de la secta cristiana contra la religión judía tradicional como un cisma entre el bien y el mal, lo que condujo a considerarlos como una raza maldita, de deicidas.

Lo realmente desconcertante es que la izquierda enarbole como si fuera nuevo este viejo antisemitismo de siempre, robándole su bandera al conservadurismo católico, después que el Papa Juan Pablo II en persona, liberó a los judíos del cargo de "deicidas" y pidiera de rodillas perdón por los desvaríos de la Santa Inquisición.


El antiamericanismo tiene la misma estructura y responde a los mismos reflejos de manera que es un fenómeno idéntico. Es aborrecible la insistencia con que Fidel Castro culpa a los americanos de todo lo malo que pase en el mundo y desalentador ver como sus herederos no pueden inventar nada nuevo.

Gabriel García Márquez, que ha logrado la proeza de ser al mismo tiempo un Pope de la izquierda latinoamericana y de la conservadora cultura colombiana, hace gritar al Coronel Aureliano Buendía, con toda la carga de odio que ya no podía soportar en su corazón: "¡Un día de estos voy a armar a mis muchachos para que acaben con estos gringos de mierda!"


Más ilustrativa es su imagen del Judío Errante: "Lo describió como un híbrido de macho cabrío cruzado con hembra hereje, una bestia infernal cuyo aliento calcinaba el aire y cuya visita determinaría la concepción de engendros por las recién casadas".

El Judío Errante fue ensartado en una trampa de estacas: "Pesaba como un buey, a pesar de que su estatura no era mayor que la de un adolescente y de sus heridas manaba una sangre verde y untuosa."

Finalmente: "Lo colgaron por los tobillos en un almendro de la plaza, para que nadie se quedara sin verlo, y cuando empezó a pudrirse lo incineraron en una hoguera, porque no se puede determinar si su naturaleza bastarda era de animal para echar en el río o de cristiano para sepultar".

Estas piadosas expresiones del Gabo, que menciona varias veces "el sacrificio del Judío Errante" en su obra "Cien años de soledad", no lo privan del aplauso general, como no le impidieron ganar el premio Nóbel, quizás hasta le dieron mayor impulso; así como nunca se lo otorgarían a Jorge Luis Borges, estigmatizado como un escritor "de derechas".

Otro ícono de la cultura popular colombiana, Shakira, se negó a contestar las preguntas de una admiradora porque era judía y mal podía tener ella entre sus admiradores a "cerdos judíos". El canal Mtv en que ocurrió el incidente se deshizo en desmentidos, pero la estrella pop no ha considerado necesario conceder ninguno.

El caso de Benjamín Khoudari, un empresario judío secuestrado entre octubre y diciembre de 1998, torturado,  luego asesinado pese a que su familia pagó un rescate millonario, desató una comprensible diáspora de la judería, porque para más infortunio, no fue victima de grupos subversivos, como podía esperarse, sino de oficiales de las FFAA colombianas.

La comunidad judía de Venezuela no pasa de 12 mil almas y la de Colombia, con el doble de población, nunca ha llegado a 10 mil. Es inexplicable que países con comunidades judías tan pequeñas le den entrada al antisemitismo, contra toda evidencia de que no son una amenaza para nadie, sino todo lo contrario, personas distinguidas, cultas, útiles y pacíficas; pero la racionalidad nunca ha sido óbice para las mentalidades totalitarias.

La identificación del caso Colombia con Israel es una traición del inconciente. Se quiere ver un país aislado, rodeado por una alianza de países hostiles, acosado por los cuatro costados. Los otros ingredientes son la agresión, la incomprensión y la injusticia inconcebible de las imputaciones que se les hacen, lo que nos hace extrañar una liga anti difamación, pero para Colombia.

En estos tiempos oscuros el único gesto decente es ponerse del lado de Israel, defender su derecho a existir, pacíficamente, entre los pueblos. Vestir la Magen David, como dicen que hizo el Rey de Dinamarca, ante la invasión nazi.

Por mi parte, podré declararme judío; pero nunca, nunca seré gran colombiano.



(*) Luis Marín, Abogado y politólogo venezolano. Graduado en la Universidad Central de Venezuela (UCV), Caracas, en 1981. Profesor de la UCV (1988-1998) / E-mail: lumarinre@gmail.com

 

 

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