Síndrome de Venezuela turbulenta:
el conflicto del petróleo (2002-2003)
Héctor Malavé
Mata* / Analítica.com
(Venezuela) - 25/07/03
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Las
organizaciones laborales son en la actualidad junto al Estado, los
únicos sujetos de derecho a quienes se concede un derecho
a la violencia. Puede objetarse que la abstención de actuar,
el no hacer, implícito en la huelga, no puede de manera alguna
caracterizarse como violencia. Y no debe olvidarse que, cuando ya
no supo evitarlo, esta consideración facilitó la labor
de la violencia de Estado para retirar el derecho de huelga.
Walter Benjamin
Para una crítica de la violencia
El conflicto del petróleo
La huelga
petrolera (1) iniciada el 2 de diciembre de 2002, en
el contexto del paro cívico nacional que realizara la sociedad
civil en oposición al régimen de Chávez, parecía
no prevista con claridad en la estrategia del gobierno. En una perspectiva
más concreta se creía que esa huelga, declarada en
una coyuntura de manifiestas tensiones sociales y políticas,
explicaba el sentido de la firme reacción que la gestión
petrolera del gobierno, con perfil ideológico que desmerecía
el tenor corporativo de Petróleos de Venezuela S.A.
(PDVSA), suscitaba en la masa laboral de la propia industria.
La reivindicación de la meritocracia
en esa actividad, desde antes erigida en emblema de la inteligencia
y capacidad del trabajo profesional, constituía una importante
razón esgrimida reiteradamente por Unapetrol
y Gente del Petróleo, las dos asociaciones
gremiales que protagonizaban el conflicto, en contra de los vicios
y desviaciones que las cargas de la politización oficialista
causaban en la gestión de la actividad petrolera.(2)
Al día siguiente el presidente Chávez, que deprisa
negaba la posibilidad de decretar un estado de excepción,
ordenó reprimir el “paro activo”
acordado extensivamente el mismo día por la Confederación
de Trabajadores de Venezuela, la Coordinadora Democrática
y Fedecámaras. Así se acentuaba el
temperamento conflictivo de la inmovilización. La inactividad
casi total en áreas de operaciones de la corporación
estatal y el descenso brusco del abastecimiento de combustibles
significaron que la paralización muy pronto alcanzaba niveles
críticos que incidían en el deterioro de los indicadores
financieros externos del país – caída en la
cotización exterior de los bonos Brady, alza en la calificación
de riesgo país percibida por los inversionistas extranjeros...
– debido principalmente a la incertidumbre que surgía
en cuanto al suministro de hidrocarburos a los mercados internacionales.
En el orden interno, a más abundamiento, los principales
protagonistas de la confrontación mostraban a la vez una
creciente sensibilidad, tanto en razón de los movimientos
masivos con los que la sociedad civil realizaba el despliegue de
su opugnación, como en virtud del vigor represivo con que
el gobierno respondía a los actos multitudinarios de sus
opositores.
Aquella huelga, que se mantendría dos meses como experiencia
de inéditas repercusiones nacionales e internacionales, enfrentaba
la urgente movilización de fuerzas y recursos que el gobierno
aplicaba sin control ni medida para conjurarla, conforme a un guión
de diligencias y actuaciones con las cuales se proponía desmontar
cuanto antes la organización del conflicto, activando al
respecto el plan de contingencia que había
sido previsto para situaciones emergentes o accidentales(3) . Ese
plan condenado a resultados precarios o contraproducentes en tales
circunstancias, muy poco lograba reactivar operaciones en áreas
críticas de la explotación, pero en cambio ocasionaba
paradójicamente accidentes, incendios, derrames
y contaminación ambiental que sumaban enormes pérdidas
patrimoniales de la nación, para así revelar no sólo
la temeridad e improvisación en restablecer a toda costa
la actividad petrolera, sino además el empeño en demostrar
la presencia activa del poder con una combinación del aparato
táctico de la contingencia y el aparato escénico de
la represión.
El paro petrolero, estimado como respuesta inevitable a procuraciones
esencialmente políticas que turbaban el clima laboral de
PDVSA, contaba desde el comienzo con amplio apoyo de la sociedad
civil, aunque no parecía suscitar expectativas precisas en
su tendencia, porque las partes en conflicto – una menos dispuesta
a la conciliación que la otra – ni siquiera sugerían
el diálogo sobre la necesidad de concluirlo. Por esto mismo,
según podía notarse, el paro continuaría como
disputa carente de arbitraje, sin negociación ni búsqueda
efectiva de acuerdo, en el ámbito recesivo de una coyuntura
afectada por una crisis política que vulneraba las condiciones
de gobernabilidad del país; mientras la economía,
entonces con ritmo desandante, se aproximaba al umbral de un colapso
que algunos analistas pronosticaban como ineluctable, puesto que
una visión prospectiva – con escenarios que contemplaban
regresión e incertidumbre en el horizonte del futuro inmediato
– vislumbraba pérdidas costosas que la depresión
económica luego consignaría en las cuentas nacionales
de corto y mediano plazo.
Existía una cierta expectativa de que el paro, a poco tiempo
de su comienzo, pudiera ser resuelto mediante esfuerzos de flexibilización
que minimizaran la sobrecarga del enfrentamiento para evitar las
pérdidas mayores que luego ocurrirían. En este sentido
se consideraban, a falta de un trato de restitución, los
efectos del mantenimiento de la huelga, no sin insistir en advertencias
y razones que aconsejaban la concertación efectiva de las
partes. Pero siempre se interponían, decimos parafraseando
a Hirschman, los obstáculos blandidos por la retórica
de la intransigencia(4) . El presidente Chávez, en vez de
reducir las tensiones inherentes a la polarización del conflicto,
agitaba en todo caso el tono de hostilidad y desafío, con
frecuencia endilgando amenazas o condenas sumarias a los opositores,
en un discurso fútil que identificaba la fuerza con el poder
y donde a cada instante elevaba su predicamento a posición
de ofensiva, creyendo acaso que la política, ya en el plano
de la beligerancia, debía hablar únicamente con la
palabra de la contienda, con respecto a lo cual mostraba no entender
que una batalla, como dijera Glucksmann, sólo es grande en
cuanto es concluyente(5) .
Para el primer mandatario parecía estratégico acompañar
el ejercicio del poder con una eficaz administración de la
violencia. Así, como los trabajadores en paro recibían
demostraciones masivas de solidaridad, y el presidente temía
que la agitación de la sociedad civil desencadenara mayores
tensiones de ingobernabilidad, la actitud del gobierno pasaba de
la franca intolerancia a la violencia instrumental, no aceptando
gestiones de mediación, ni denuncias sobre la impunidad de
sus violaciones, sino asumiendo apenas una vaga dialéctica
que los mentores oficiales tornaban casi siempre en maniqueismo.
Violencia y poder actuaban entonces como elementos complementarios:
cuando éste se desalentaba, aquélla se apresuraba
a reafirmarlo. A ello se añadía que el desempeño
gubernamental, por causa de la anomia institucional y de los graves
problemas no resueltos, transcurría entre los límites
de un orden poco coherente, pues la política del régimen,
carente de plan y programas que contemplaran realizaciones verosímiles,
operaba por encima de sus recursos a la vez que por debajo de sus
objetivos. De allí la incongruencia entre las procuraciones
del poder y la ineficacia de sus actores principales. De manera
que la violencia, aludida por Arendt como “la manifestación
más flagrante del poder”(6), constituía
el supremo recurso del gobierno para afrontar situaciones de emergencia
o de sumo desacuerdo, como aquella conflictiva situación
laboral – sin precedentes en la historia contemporánea
del país – que prometía prolongarse por el repudio
a los medios ilegítimos que se empleaban para inhabilitarla.
A los seis días de iniciado el paro, cuando la disputa seguía
anclada en las mismas razones, se radicalizaba la posición
de ambas partes, aproximando la actividad petrolera a la inmovilización
casi total (7), al tiempo que el presidente Chávez, aconsejado
por los factores más impenitentes de la gestión petrolera
del gobierno, ya parecía convencerse de que su permanencia
en el poder dependía del control político absoluto
que mantuviese sobre PDVSA. En esa perspectiva se tornaba más
remoto el desenlace pacífico del conflicto. El primer mandatario,
a tono con el estilo de su vocación castrense, descartó
el expediente de una solución negociada del paro y ordenó
prontamente la militarización de las instalaciones petroleras(8)
, encargando a la Guardia Nacional el allanamiento y la custodia
tanto de las plantas de producción y procesamiento como de
los equipos de distribución y transporte, a fin de que éstos
y aquéllas comenzaran a operar con efectivos de ese componente
armado, como desestimando la necesidad de la pericia requerida en
el manejo de la planta productiva de esa industria. Pero todo ello,
incluyendo el emplazamiento de la fuerza en los lugares de operación,
no podía superar el grave atasco de la actividad porque sólo
los trabajadores del sector, entonces sumados masivamente al paro,
sabían maniobrar aquellas instalaciones con la destreza profesional
o técnica que aseguraba su integridad operativa.
En tales circunstancias, la explotación de hidrocarburos,
así desguarnecida en materia de seguridad industrial, quedaba
expuesta a las consecuencias de erráticas decisiones adoptadas
por el gobierno para ofrecer la imagen de un pronto restablecimiento
de las operaciones. La intervención de efectivos militares
como operarios de las plantas y la incorporación de trabajadores
no calificados en las instalaciones petroleras, ya en la fase crítica
del paro en que el gobierno advertía malos resultados de
su plan de contingencia, dejaban sin efecto los contratos de seguros
y reaseguros suscritos por PDVSA para proteger tanto el valor de
sus activos(9) , como su responsabilidad en caso de que sus operaciones
causaren siniestros, accidentes mayores, daños a terceros
o perjuicios ambientales. La magnitud del aparato productivo de
la industria y la escala de sus propias actividades, por ser tan
amplias, imposibilitaban contratar la cobertura total de los seguros
petroleros con empresas del país, porque ninguna de ellas,
estimando el enorme valor de las indemnizaciones concernientes,
estaba en capacidad de resarcir siniestros y daños en las
instalaciones de esa industria. Las compañías internacionales
reaseguradoras se comprometían a indemnizar a la corporación
estatal en caso de siniestros, daños o accidentes, siempre
que ésta cumpliera con rigor las cláusulas atinentes
a las normas de seguridad en las operaciones de la planta productiva,
pero tales normas no eran observadas en aquellas circunstancias
de azaroso relevo laboral, al punto de colocar la industria al descubierto
en materia de seguridad industrial.
Al quinto día, en un clima político que aumentaba
las expectativas de turbación, creció súbitamente
el tamaño de aquel conflicto porque los tripulantes de doce
de los trece buques tanqueros que transportaban combustibles para
PDV marina decidieron fondear sus embarcaciones
en diferentes aguas de las costas venezolanas, en manifestación
de apoyo a la tripulación del barco “Pilín
León” – convertido en emblema del paro
solidario de la Marina Mercante – que había ancorado
en aguas del Lago de Maracaibo para sumarse a la huelga petrolera,
tanto como al espíritu del paro nacional declarado en oposición
al régimen de Chávez. El cierre de seis puertos de
embarque, por añadidura, interrumpió esa vez las exportaciones
venezolanas de un millón de barriles diarios de crudo.
De suerte que la crisis del petróleo, al afectar sin resolución
las operaciones del quinto país exportador mundial de hidrocarburos,
repercutía de inmediato en los mercados internacionales,
con efectos alcistas ocasionales en los precios de los crudos marcadores.
El primer mandatario, además de ordenar la militarización
de las instalaciones petroleras, abría instruido a Alí
Rodríguez Araque, presidente de PDVSA, no invocar
la cláusula de fuerza mayor establecida para justificar el
incumplimiento de compromisos de exportación cuando se interrumpiesen
por siniestros, huelgas o accidentes. Desde entonces, en
consecuencia, Venezuela perdía casi enteramente el control
de sus negociaciones en el mercado petrolero internacional y se
convertía en objetivo de sumo interés para empresas
intermediarias no conocidas y poco
escrupulosas que a la sazón actuaban
en la diligencia de acuerdos de suministro de los hidrocarburos
venezolanos.
Las reacciones del gobierno al desencadenamiento de los hechos
demostraban que el presidente Chávez, aconsejado por mentores
que magnificaban la franquía ideológica en la conducción
del negocio petrolero, poco comprendía la compleja trama
de la crisis y dejaba sin respuesta a no pocas interrogaciones del
conflicto. Por eso relegaba la posibilidad de negociación
e insistía en el enfrentamiento como duelo, desafío
o prueba de resistencia, allí donde la visión absoluta
del duelo añadía hostilidad a la renuencia. Una percepción
más política que económica, fundada en una
ideología que postulaba la violencia de los aparatos del
Estado para reducir la actuación del adversario a la abjuración
forzosa, predominaba en la manifiesta estrategia que asumía
el gobierno para extremar a toda costa la ventaja de los recursos
del poder en la confrontación. Bastaba prescindir de los
excesos del discurso presidencial para entender que el gobierno,
en vez de transar una solución democrática del paro,
se empeñaba en buscar la capitalización política
de la crisis, apuntando la reiteración de una prédica
que pretendía descalificar a los timoneles de la huelga y
legitimar la actuación de los comisarios políticos
de la “nueva PDVSA”.
La politización de esta empresa, que había adquirido
gran importancia estratégica en el plan del régimen
de Chávez, obedecía a la providencia política
que asignaba a la industria petrolera un rol clave en el proyecto
de la llamada revolución bolivariana. Algunos aportes de
esa industria, proporcionados con criterios no estrictamente fiscales,
debían destinarse al financiamiento de actuaciones y realizaciones
incluidas en la agenda discrecional de aquel proyecto. Por esto
mismo, los factores ideológicos de esa politización,
que buscaban establecer la cogestión de los trabajadores
en la dirección de PDVSA e introducir los principios de la
democracia participativa en el manejo y control del sector petrolero,
se esmeraban en restringir el espíritu laboral no identificado
con las inspiraciones doctrinales del gobierno, ni en particular
con aquel supuesto experimento de “capitalismo de
los trabajadores”, cuestionando las instancias directivas
y gerenciales que instituían el arquetipo de la meritocracia
en los desempeños profesionales de tal corporación.
Lo que dejamos dicho contribuye a explicar el sentido de las opiniones
de la llamada “junta directiva paralela de PDVSA”(10)
– de inmediato negada oficialmente – cuando días
antes del paro proponía la refundación de esta empresa.
Las imputaciones de esa “junta” trascendieron
muy pronto al percibirse el contenido de un documento que revelaba,
según información periodística un tanto posterior,
la celebración de una “asamblea originaria,
general y extraordinaria de accionistas de Petróleos de Venezuela”,
bajo la dirección atribuida a Adina Bastidas, exvicepresidenta
de la República que esa vez se arrogaba la condición
de “miembro del nuevo directorio”, en donde se planteaba
como objetivo revisar la política petrolera aplicada en los
últimos veinte años, se establecían las bases
para una “nueva reconquista” de esa corporación
y se pedía el relevo de Alí Rodríguez Araque,
presidente de tal empresa, tanto como la del directorio en ejercicio,
porque “no intentaron el dominio político de PDVSA,
y menos aún, la disciplina financiera de sus actividades
mercantiles”(11) .
La “junta paralela”, constituida en grupo oficialista
que invariablemente extremaba el enfoque económico y político
del sector energético, denunció que el presidente
y el directorio de PDVSA actuaban de modo remiso y vacilante en
el desempeño que debía subordinar los factores y recursos
de ese sector a los requerimientos de la denominada revolución
bolivariana(12) . El contenido de su documento, tildado
como “acta espuria de una junta paralela”,
insinuaba una inclinación inquisitiva que encarecía
el espíritu de adhesión a todas las razones y ejecutorias
del gobierno, sugiriendo la convicción del mismo grupo en
cuanto al planteamiento de una depuración política
en estamentos laborales de la actividad petrolera, que permitiese
habilitar en ésta el interés clientelar en el reclutamiento
de personal, y disminuir asimismo la fuerza de trabajo considerada
redundante que influía, según viejo diagnóstico,
en el aumento de los costos de producción(13) .
Si había que aportar ideas que sirviesen al gobierno
para deshacer el conflicto unilateralmente, descartando la negociación
como medio de dirimirlo, estaban miembros de aquel grupo que proponían
drásticas medidas al respecto. Algunos de ellos, cuando con
apremio se planteaba la intervención y reorganización
de PDVSA, aconsejaron reducir la nómina laboral de esta empresa
a menos de 9.000 trabajadores, sin perder mínimo tiempo en
escrutar sus consecuencias, ni imaginar la devastación que
infligirían a esa industria con la brutal mutilación
de su fuerza productiva. Nada hubiera resultado entonces
más grotesco que el extremismo de tal propuesta. Esa idea
fue luego acogida sin vacilación ni demora. De manera que
a los seis días de la huelga, cuando las operaciones petroleras
se habían reducido en un 60%, comenzaron los despidos masivos
en cadena que desalojaron de la actividad a más de 18.000
trabajadores – con un promedio de 320 a diario – durante
los dos primeros meses del paro.
Días después, a un tiempo que miembros de la junta
directiva de PDVSA junto con directores de negocio y gerentes corporativos
rechazaron los despidos de trabajadores petroleros y marinos mercantes,
el presidente Chávez proclamó con júbilo que
le había correspondido “hacer una limpieza”,
en esa corporación, cuando parecía no observar que
una industria de operaciones integradas, con alta densidad de capital
y especial calificación de la fuerza de trabajo, como precisamente
aquélla, no podía soportar la descapitalización
de los recursos humanos a que era sometida esa vez sin experimentar
la caída abrupta de su capacidad productiva, su rendimiento
y competitividad, con los consiguientes efectos depresivos en la
ya quebrantada economía del país y, particularmente,
en la renta fiscal proveniente de la explotación de hidrocarburos.
Todo eso, con la prolongación de su desastrosa incidencia,
era imputado no sólo a los indoctos designios del autoritarismo
establecido, sino también a la obstinación con que
actuaban el presidente de PDVSA y el ministro de Energía
y Minas en obsecuencia al albedrío irrestricto del primer
mandatario.
La medida de “limpieza” o depuración
política de la nómina directiva y gerencial de PDVSA
permitía entender que el gobierno colocaba algunos principios
de la Constitución entre paréntesis, como relegados
al ámbito de una hermenéutica inservible, para alegar
razones convencionales a tenor de su propia intransigencia, pues
al respecto orientaba sus actuaciones a la intimidación y
la violencia coactiva, con la subterfugio de aludir a dogmas constitucionales
que a menudo esgrimía con medios que no lo eran. En aquel
contexto se percibía que la ley, el derecho o la
soberanía, invocados por los mentores del gobierno
para desmerecer las razones de la huelga, eran aducidos artificiosamente
con la intención de refrendar acciones represivas contra
los trabajadores en paro, no sin recurrir a juicios de valor que
obedecían a un discurso presidencial de reparo y condena,
cuando toda crítica a los excesos gubernamentales era reputaba
como conspiración contra el régimen, y toda diferencia
con la ideología del poder era considerada tan reluctante
como violatoria. Ante los intereses comprometidos en los opuestos
móviles del enfrentamiento, sabía el gobierno por
qué optar, qué camino elegir, qué medidas tomar,
pero confiriendo poca importancia a las secuelas de su inminente
disposición a destruir, como pronto quedaba demostrado en
las evidencias del desmantelamiento que causara a la principal industria
del país.
Una noción de la intensidad productiva del trabajo en la
explotación de los hidrocarburos se percibe con sólo
conocer que 39.354 trabajadores petroleros(14) generaban, en promedio
anual del lapso 2000-2002, un producto territorial equivalente al
27% del producto interno bruto, con una creación de plusvalía
que participaba en el proceso de acumulación de capital en
tal industria. El despido de 18.756 trabajadores en paro, que representaban
el 48% de la fuerza de trabajo total en esa actividad, significó
una considerable destrucción de su capacidad gerencial, técnica,
administrativa y operacional, calculada aproximadamente en US$ 2.200
millones como pérdida de la inversión en 21 millones
horas-hombre de adiestramiento profesional(15) . Los despidos por
áreas operacionales afectaron el 79% de los trabajadores
en exploración, el 68% en comercio y suministros, el 59%
en mantenimiento y el 45% en operaciones productivas(16). Afectaron
también, por áreas de apoyo, el 87% de los trabajadores
en finanzas, el 84% en relaciones humanas, el 80% en planificación,
el 62% en auditoría(17) ... con destrucción de desempeños
productivos diversos que aseguraban tanto el manejo de las áreas
de exploración, producción y suministro, como la eficacia
y transparencia en la administración de los recursos humanos,
financieros y materiales.
Otras cifras de la muestra de profesionales despedidos revelan
también el alcance de la destrucción del capital humano
en la industria petrolera. Los trabajadores desincorporados de la
nómina de PDVSA, de acuerdo con estadísticas confiables
de UNAPETROL, tienen en promedio 41 años
de edad y entre 15 y 20 años de servicio ininterrumpidos
en la corporación. Entre los despidos, según la misma
fuente, figuran 272 ingenieros de mantenimiento, 260 geólogos,
203 ingenieros de producción, 120 ingenieros de procesos,
87 inge-nieros de operaciones, 26 geofísicos, 205 marinos
mercantes, 495 profesionales en recursos humanos, 377 en procesos
de planificación y 156 en presupuesto(18) .
A estas cifras de descapitalización de los recursos humanos
de PDVSA, que permiten cuantificar aproximadamente la destrucción
de su fuerza productiva, se añaden otras que revelan el cercenamiento
de instancias dedicadas, en las disciplinas de inteligencia creadora
de la propia empresa, a la generación de conocimientos y
destrezas profesionales. Fueron despedidos el 60% del personal en
INTEVEP (instituto de investigación) y el 64% en
el CIED (centro de adiestramiento), con lo cual
se mutiló el laboratorio intelectual creativo de la corporación,
indispensable como instructor de la acción y forjador de
la habilidad competitiva, allí donde la formación
de capital humano – valor económico creado por la mayor
calidad productiva del factor trabajo - contempla la enorme relevancia
de la economía del conocimiento en la tendencia manifiesta
a la tecnificación y desmaterialización del proceso
productivo. La destrucción de PDVSA, además de las
deplorables evidencias antes reseñadas, puso de manifiesto
la percepción nebulosa de quienes propusieron y ejecutaron
la medida de desmantelamiento como réplica y vindicta.
La impericia y el defectuoso desempeño en la gestión
corporativa, sobre todo en su más alto nivel de dirección,
impidieron el manejo de la industria con criterio de restablecimiento.
No hubo entonces una visión providente que ordenara
el repertorio de las obligaciones externas e internas que debía
cumplir PDVSA en el corto y mediano plazo. La devastación
de esta empresa, que ocurrió sucesivamente en las cuatro
primeras semanas del conflicto, configuraba seis meses después
una realidad todavía más desconcertante, sin iniciativas
eficaces de restauración ni funciones de control, sin pruebas
oportunas de solvencia ni mecanismos de evaluación, a juicio
tanto de analistas nacionales como de expertos extranjeros que en
conjunto observaban que la corporación estatal incurría
en incumplimiento de sus compromisos internacionales.
Entre estos compromisos, el de más graves consecuencias
para esa corporación y el gobierno venezolano, figuraba el
concerniente al retardo del informe anual que debía
presentar – antes del 31 de marzo de 2003 – a la Security
and Exchange Commission (Comisión de Supervisión
de Bolsa y Valo-res de Estados Unidos, SEC), con inclusión
de los estados financieros consolidados y debidamente auditados,
el diagnóstico de la gerencia operacional y financiera, el
movimiento de la deuda corporativa a largo y corto plazo, las inversiones
y los gastos de operación, la cuantificación de los
riesgos y daños ambientales, sin que hasta el 15 de julio
de 2003 – fecha de vencimiento de la prórroga solicitada
para enviar los recaudos a aquella Comisión - existieran
o se hubieran procesado informaciones disponibles y confiables sobre
esos aspectos, como se infería del reconocimiento de la junta
directiva de PDVSA cuando notificaba oficialmente, con la insistente
imputación al paro laboral, no haber iniciado sino en mayo
de 2003 el proceso de cierre de sus registros contables correspondientes
a 2002, para dar cuenta del costo de la improvidencia en que incurrían
el primer mandatario y el presidente de esa empresa al decidir de
modo imprevisor la destitución del personal con competencia
en tales desempeños. A seis meses y medio del cierre del
ejercicio económico 2002, ya vencida la nueva prórroga
solicitada por el presidente de la corporación estatal el
1° de julio de 2003, la Asociación Civil Gente
del Petróleo manifestó públicamente
a las comunidades nacional e internacional que “PDVSA
no ha sido capaz de hacer debida entrega de la información
a sus accionistas, ni a la SEC” , lo cual pudiera
ocasionar, entre otras, las consecuencias siguientes:
• Aumento de la percepción de riesgo PDVSA
y país • Pérdida de interés por parte
de terceros en adquisición de bonos de PDVSA y de deuda venezolana.
• Pérdida de valor monetario de los títulos
venezolanos.
• Dificultad para acceder a nuevas fuentes de financiamiento
externo.
• Elevado costo de las limitadas fuentes de nuevos
financiamientos.
• Reducción de las inversiones necesarias
para la operatividad y el cre-cimiento de PDVSA y el país.
• Debilitamiento de las relaciones con socios y terceros.
• Riesgo de exigencias de pagos de deudas, por parte
de los acreedores, de manera temprana(20) .
También era motivo de objeción el manejo inconducente
de los recursos del Fondo de Inversiones para la Estabilización
Macroeconómico (FIEM)(21) , a juzgar por la rápida
contracción que el financiamiento del déficit fiscal
y la emergencia financiera de PDVSA – ambos relacionados con
el brusco descenso de las exportaciones petroleras – causaban
a las disponibilidades de ese Fondo. Al inicio de 2002, el FIEM
enteraba recursos por US$ 4.072 millones, no incluyendo US$ 1.044
millones por aportes correspondientes a lapsos trimestrales de los
años 2000 y 2001, mas no entregados. En junio de 2002, apremiado
por el limitado acceso a la financiación crediticia y por
necesidad de cumplir obligaciones puntuales, como el pago del servicio
de la deuda pública con gran concentración de vencimientos
en ese mismo año, el gobierno dispuso que PDVSA efectuara
el retiro de US$ 2.445 millones – equivalentes al 1,6% del
PIB – de los recursos depositados en el FIEM, desadvirtiendo
el espíritu fundacional de la normativa que regía
las operaciones de ese Fondo.
Al 28 de febrero de 2003, después de que el gobierno central
y PDVSA retiraran del FIEM los montos de US$ 1.850 millones y US$
2.840 millones respectivamente, el patrimonio de este organismo
financiero disminuyó a US$ 1.980 millones. La situación
deficitaria del sector público indujo a que el ministro de
Finanzas planteara que esos recursos fuesen erogados de “la
manera más rápida” para atender los
requerimientos de la economía en estado recesivo. Asimismo
el presidente de PDVSA manifestó que esta empresa necesitaba
la totalidad de sus disponibilidades en el fondo de estabilización
para financiar inversiones en mejoramiento de la infraestructura
petrolera. Al término del primer semestre de 2003, cuando
el gobierno agotaba casi todas las diligencias de financiación
para reducir su brecha deficitaria, sólo aproximadamente
US$ 1.000 millones quedaban de los US$ 4.300 millones acumulados
por PDVSA en el citado fondo. Esta corporación tenía
una ejecución erogativa tan poco rigurosa que había
gastado, en algo más de un año, el 75% de los recursos
que acumulara en el organismo financiero mencionado.
La destrucción de PDVSA no significó únicamente
la supresión de casi la mitad de su fuerza de trabajo, puesto
que el desmantelamiento limitado a este factor produjo de inmediato
sus efectos en otros desempeños de la industria petrolera.
De modo que un inventario de las calamidades causadas en esta industria,
tal como lo revelan las evidencias de aquel estrago, se relacionaba
con la ausencia de la fuerza laboral calificada. La corporación
estatal, a fines de julio de 2003, ostentaba como balance
un funesto cuadro de incumplimientos, irregularidades y omisiones:
i) no se había practicado el cierre del ejercicio
anual correspondiente a 2002; ii) no se había realizado la
asamblea general de accionistas sobre la gestión de 2002;
iii) no se había presentado el Informe Anual 2002; iv) no
existían informaciones sobre los resultados de auditorías
financieras ex-ternas; v) no se conocía la declaración
definitiva del Impuesto sobre la Renta del año 2002, ni la
estimación relativa al 2003; vi) no existía control
sobre las operaciones bancarias; vii) no se habían escrutado
los daños y las contingencias ambientales; viii) se habían
contraído obligaciones por financiamiento a elevado costo;
ix) fueron otorgados contratos sin las debidas licitaciones; x)
no existía información fiable sobre los proveedores
y el valor de las importaciones de combustibles durante la huelga;
xi) no había información sobre lo pagado a intermediarios
que actuaron en la venta del petróleo venezolano por haber
sido desmantelada la gerencia de comercio y suministro...
Todo esto no completaba aún la imagen de preterición
e inadvertencia que mostraba el más alto elenco directivo
de la “nueva PDVSA” en el acontecimiento del desastre.
Alí Rodríguez Araque, presidente
de esta empresa, imitaba el estilo despótico del presidente
de la república asumiendo la actitud arbitraria de no informar
sobre su gestión como si hubiera decidido no atender las
consecuencias de sus actos. La junta directiva de PDVSA,
en acatamiento al criterio inflexible de su presidente, actuaba
en flagrante violación de los derechos de los trabajadores
desincorporados de la empresa, reteniéndoles más de
medio billón de bolívares que les correspondían
legalmente por los conceptos de salarios caídos, prestaciones
sociales, caja de ahorros y fondo de pensiones al 31 de diciembre
de 2002(22) , desconociendo el dictamen de la Corte Primera de lo
Contencioso Administrativo de junio de 2003, que declaraba procedente
la pretensión de amparo cautelar solicitada por la UNAPETROL,
y decidía la suspensión de los efectos de las providencias
re-feridas a la declaratoria de culminación de la inamovilidad
prevista en la Ley Orgánica del Trabajo para aquellos trabajadores
promoventes del mencionado sindicato.
Este veredicto, dictado seis meses después de iniciado el
paro petrolero, derogaba el espíritu de algunas actuaciones
oficiales que habían cercenado los derechos de los trabajadores
en huelga. El monto de aquel pasivo laboral, que por mandato de
la ley debía retribuirse a más de 18.000 trabajadores
de la industria, se reconocía como derecho restituible constituyendo
prueba de legitimidad del paro. El violento despliegue de las
“acciones revolucionarias” – en atención
a la praxis de aquel proyecto político tan difuso como borrascoso
– era aún más contrastante cuando declinaba
la manifestación de desobediencia legítima a la que
el paro se afiliaba. Los huelguistas observaban, ya cuando concluía
el paro cívico nacional, la tendencia al estancamiento del
conflicto en una cierta desasistencia motivada por la explicable
fatiga de la sociedad civil; mientras que el gobierno, como en imprevisión
de otros retos y obstáculos del futuro inminente, no estimaba
la posibilidad de negociar ni siquiera en consideración de
las dificultades de restablecimiento operativo de la industria petrolera.
Hasta esta vez las secuelas del conflicto se prolongaban en perspectiva
de una imprecisa culminación de la huelga. Entonces el rígido
desacuerdo de las partes arribaba al punto muerto de la confrontación.
Si en aquel conflicto, la acción del gobierno se convertía
en elemento sobrepujante, no por ello pasaba de la violencia al
derecho, sino de la fuerza que se afirmaba de inmediato a la razón
que al cabo se impondría.
...............................................................................
*H. Malavé Mata es Profesor titular
de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV.
Individuo de Número de la Aca-demia Nacional de Ciencias
Económicas (Venezuela).
Notas
(1) En la preceptiva del derecho social son diferentes
los conceptos de conflicto y huelga. El conflicto es tanto la causa
que suscita el paro como el procedimiento consecuente; mientras
que la huelga es el acontecimiento que sobreviene efectivamente
sólo cuando faltan el diálogo, la mediación
o la conciliación, ante la intransigencia patronal, el arbitraje
o la paralización. En esta última fase, considerada
la más crítica porque es la única alterna-tiva
del trabajador, el conflicto se convierte en huelga. En este trabajo,
por licencia de una gramática conven-cional, empleamos los
dos términos indistintamente.
(2) En la preceptiva del derecho social son diferentes
los conceptos de conflicto y huelga. El conflicto es tanto la causa
que suscita el paro como el procedimiento consecuente; mientras
que la huelga es el acontecimiento que sobreviene efectivamente
sólo cuando faltan el diálogo, la mediación
o la conciliación, ante la intransigencia patronal, el arbitraje
o la paralización. En esta última fase, considerada
la más crítica porque es la única alterna-tiva
del trabajador, el conflicto se convierte en huelga. En este trabajo,
por licencia de una gramática conven-cional, empleamos los
dos términos indistintamente.
(3) Al cuarto día de la huelga, la paralización
de la industria petrolera alcanzaba a casi 70%, con perspectiva
de una suspensión casi total en los tres días siguientes.
El plan de contingencia que Petróleos de Venezuela había
pre-visto para situaciones de emergencia, tales como huelgas y accidentes,
contemplaba un número de 1.500 traba-jadores para mantener
las operaciones en condiciones de seguridad durante una o dos semanas
a lo sumo. Pero en aquellas circunstancias, con los trabajadores
del sector sumados al paro cívico nacional, el gobierno no
lo-grabalograba activar plenamente el plan mencionado, ni siquiera
con la incorporación de fuerza de trabajo ajena a la propia
industria.
(4) Cf. Albert O. Hirschman: Retóricas de
la intransigencia, pp. 183-189.
(5) Cf. André Glucksmann: El discurso de
la guerra, p. 35.
(6) Hannah Arendt: Sobre la violencia, p. 36.
(7) El paro
cívico nacional parecía estrechamente atado a la inmovilización
del sector petrolero. En este sentido, en los cuatro primeros días
del paro, se había dejado de exportar aproximadamente un
millón de barriles diarios de petróleo. El
5 de diciembre, como esa vez se informara, los trabajadores en huelga
decidieron paralizar las ope-raciones del Centro Refinador de Paraguaná
– considerado el más grande del mundo con una generación
de 954.000 barriles diarios de derivados del petróleo, equivalentes
a 34% de la capacidad de refinación mundial y a 72% de la
capacidad nacional – en una acción que imponía
emergencias de abastecimiento al gobierno, no sólo con respecto
al suministro de combustibles en el mercado interno, sino también
en cuanto al flujo de ex-portaciones (especialmente de gasolina
reformulada) a clientes importantes del mercado estadounidense.
(8) El 10 de diciembre de 2002, representantes
de las compañías Shell, Exxon-Mobil, Chevron-Texaco,
BP-Amoco, Deltaven, Trebol Gas, Llanoven, Petrocanarias, Corporación
Monagas y Betapetrol, agrupadas en la Cámara Venezolana de
Empresas de Hidrocarburos, expresaron al ministro de Energía
y Minas, Rafael Ramírez, su de-sacuerdo con la resolución
N° 333 del MEN y el decreto N° 2.172 de la Presidencia de
la República, según el cual el gobierno garantizaba
el suministro de combustible mediante la intervención de
la Fuerza Armada. Tales empresas manifestaron que no asumirían
responsabilidades en lo concerniente a entrega, calidad y cantidad,
origen y destino, seguridad industrial y ambiental de “los
productos suministrados bajo estas condiciones ex-cepcionales”,
no sin declarar las serias reservas que tenían sobre “los
fundamentos de constitucionalidad y lega-lidad de dichas normas”,
y señalar su “alta preocupación por la situación
operativa, financiera y contable de los despachos realizados de
manera excepcional” (Cf. El Nacional, Caracas, 11 de diciembre
de 2002, p. B-1).
(9) Al término del año 2001, a pesar
del decrecimiento en el producto petrolero del país, PDVSA
mantenía su ubica-ción en el ranking mundial entre
las mayores corporaciones internacionales del petróleo. Sus
activos, al 31 de diciembre de ese año, se evaluaban en US$
57.542 millones que incluían el valor de propiedades, plantas,
equi-pos, inversiones en compañías filiales, efectivo
restringido y otros activos. Su infraestructura productiva estaba
formada por 20.000 pozos operativos en un total de 2.400 yacimientos,
300 campos petroleros y 6.000 kilóme-tros de oleoductos.
Esa infraestructura también comprendía 6 refinerías
con una capacidad conjunta de 3.08 mi-llones de barriles diarios
de combustibles y otros derivados. Los activos incluían además
una compleja red para el manejo y la distribución del gas
y los líquidos derivados, integrada por 18 plantas compresoras,
11 plantas de líquidos de gas natural (LGN), 5.720 kilómetros
de gasoductos para gas metano, 344 kilómetros de poliductos
para líquidos de gas natural, y un activo intangible de 1.046
patentes en 24 países (Cf. PDVSA: Informe Anual 2001, pp.
6, 7 y 47). Después, a partir del paro petrolero, la corporación
estatal incurrió en considerables pérdi-das materiales
e inmateriales que asimismo se reflejarían en sus estados
financieros consolidados.
(10) Así era denominada esa junta en las
informaciones de prensa, sin referencia, en tal caso, a un grupo
identifica-do como de “expertos petroleros”, no legitimado
expresamente por el gobierno, pero influyente en elevadas instancias
gubernamentales relacionadas con la industria de hidrocarburos.
(11) “Con el petróleo
no se juega” (editorial), El Nacional, Caracas, 6 de diciembre
de 2002, p. A-10.
(12) Sin embargo, el presidente
de PDVSA, con una formación profesional más política
que económica, actuaba en realidad de una manera que denegaba
el sentido del cuestionamiento que le hiciera aquel grupo radical,
cuan-do en tal desempeño empleaba el mismo lenguaje incriminador
de algunos portavoces oficiales, para imputar a los gerentes en
paro los cargos no sólo de criminalidad, conspiración
y sabotaje, sino también el de compli-cidad con los partidos
políticos de oposición para subvertir el orden instituido.
(13) Sobre esto se opinaba destacando
la participación de la remuneración salarial en el
costo de producción, pero no tomando en cuenta, al parecer,
que la acumulación de capital en esa industria tiene su fuente
primaria en el aumento de la productividad del trabajo, la cual
genera la plusvalía que allí mismo revierte al capital.
Hablar del incremento del costo de producción, de la manera
que se hacía, carece de sentido si tal incremento no se coteja
con la productividad de la fuerza de trabajo en esa industria.
(14) Esta cifra de empleo, correspondiente al mes
de noviembre de 2002, incluía 1.230 trabajadores de la nómina
ejecutiva (gerentes), 18.245 de la nómina mayor (profesionales,
técnicos y supervisores), 12.670 de la nómina menor
(operadores y artesanos) y 7.209 de la nómina diaria (operadores
y mantenedores). Cf. Asociación Civil Gente del Petróleo:
Destrucción de PDVSA. Su capital humano (copia), pp. 3 y
5.
(15) La cifra total de despidos
comprendía 726 trabajadores de la nómina ejecutiva,
12.371 de la nómina mayor, 3.705 de la nómina menor
y 1.954 de la nómina diaria. De la cifra de despidos, el
56% correspondía a trabaja-dores con nivel de instrucción
profesional, el 32% con nivel técnico y el 12% con nivel
básico. La elevada cali-ficación calificación
y el alto rendimiento no impidieron la ola de despidos: el 69% de
los empleados de las nóminas ejecutiva y mayor, con sobresaliente
perfil de desempeño, fue destituido (Cf. Ibid., pp. 3, 5
y 6).
(16) Cf. Ibid., p. 11.
(17) Cf. Ibid., p. 12.
(18) Estas y otras informaciones sobre los despidos
masivos en PDVSA fueron suministradas por UNAPETROL y aparecieron
en El Nacional, Caracas, 13 de julio de 2003, p. B-1.
(19) Asociación Civil Gente del Petróleo:
“Alerta al País: PDVSA incumplió entrega de
estados financieros de 2002”. El Nacional, Caracas, 16 de
julio de 2003, p. B-8.
(20) Idem
(21) Este Fondo fue creado en 1998 y reformado en 1999
para minimizar los efectos desfavorables de la caída de los
precios del petróleo en la economía venezolana, particularmente
en el presupuesto nacional y en el mercado cambiario. Los aportes
de PDVSA a ese Fondo se efectuaron en base del 50% de los ingresos
petroleros de ex-portación en exceso sobre los US$ 9 por
barril, y aumentaron de US$ 2.406 millones al 31 de diciembre de
2000
(22) Cada día que transcurría sin
la reincorporación de los trabajadores despedidos se incrementaba
la cifra de los pasivos laborales que el gobierno les adeudaba.
A mediados de julio de 2003, más de siete meses después
de iniciada la huelga, la junta directiva de PDVSA le retenía
a los trabajadores desincorporados más de Bs. 540 mil millones,
distribuidos en Bs. 257 mil millones de salarios caídos,
Bs. 171 mil millones de la caja de aho-rros y el fondo de pensiones
al 31 de diciembre de 2002, Bs. 100 mil millones de prestaciones
sociales, y Bs. 22 mil millones en poder de la propia corporación,
no incluyendo los intereses devengados por los depósitos
de tales adeudos en varias instituciones bancarias bajo el concepto
de fideicomiso (Cf. Información de UNAPETROL publicada en
El Nacional, Caracas, 13 de julio de 2003, p. B-1).
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