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A juzgar por los anuncios y noticias de fin de semana sobre
petróleo y gas desde USA por nuestras autoridades del ramo,
que conforman una nueva apertura hacia el Norte y el gran capital,
la línea de Alí Rodríguez se ha impuesto en
el gobierno.
Las promesas iniciales de más
y más hidrocarburos para satisfacer
los requerimientos de USA se han convertido ahora en compromisos
oficiales abiertos y explícitos del Jefe del Estado. Chávez
ha decidido asumir su respensabilidad por esta jugada audaz y de
doble filo, obviamente destinada a convencer al mando supremo del
Imperio de que para obtener lo que más requiere –petróleo
y gas- puede confiar en el abastecimiemto venezolano, porque es
abundante y creciente, y por la garantía ofrecida por sus
líderes a través de una larga historia, y ahora ratificada
explícitamente, en circunstancias dramáticas, en que
se juega el destino de nuestro país, en su eterno dilema
de soberanía o dependencia.
Esta nueva política comporta una rectificación
implícita de la línea dura atribuida a Chávez,
pues implica limitaciones y sacrificios respecto al ejercicio pleno
de la potestad total del Estado en la administración de sus
principales recursos, mas no se diferencia gran cosa de la política
real que se venía aplicando en la práctica por Alí
Rodríguez y Alvaro Silva, la
cual se expresó además en las leyes de gas y de petróleo,
así como en su actuación en la OPEP. Hay que
reconocer que aquél nunca ocultó su acuerdo con la
apertura petrolera, enfatizando que sólo difería en
la forma que revestía.
Su involucramiento en el ALCA fue activo y entusiasta.
Todo ello era previsible, como lo mostré en mi artículo
del 31-1-99 en “La Razón”:
“¿ Política petrolera de la Causa Rosa?”,
basado en su libro. Lo que se anuncia no es, pues, un retorno por
el camino de Giusti, a la privatización y desnacionalización
obscenas, sino quizá una aproximación al enfoque de
“realismo geopolítico” de Betancourt,
en una versión tal vez mejorada a lo Pérez
Guerrero.
Lo que a la postre sea, está por verse, pues hasta ahora
son decisiones y negociaciones entre camarillas, sin la
mínima consulta al soberano. Ojalá el congreso
de trabajadores petroleros que se vislumbra sea la primera instancia
para esta consulta vital.
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