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Caracas / Venezuela -
 


Significado del poder popular venezolano
Humberto Decarli* / Soberania.org - 06/05/08

Hablar de “poder popular” implica entrar en una interpretación semántica dada la complejidad de su significado. Es una expresión genérica empleada reiteradamente en Venezuela durante los últimos años porque la actual administración la ha llevado a ser un lugar común.

En efecto, se habla con frecuencia de esa entidad como si fuese una palabra mágica capaz de contener la esencia del poder. Se utiliza en el lenguaje oficial para añadirlo a los nombres de los ministerios y hacer de sus cognomentos unas frases extremadamente largas.

Evidentemente es un vocablo importado de
Cuba donde se ha convertido en un lema del régimen estalinista. En la mayor de las Antillas se insiste mucho en las denominaciones para cabalgar sobre eslóganes el reemplazo de la realidad. Erich Fromm en un memorable libro, “¿Podrá sobrevivir el hombre?, afirmaba que el estilo soviético expresaba algo ajeno a las condiciones políticas de vida en ese país y terminaba reivindicando algo sólo existente en un mundo ficticio. Era como el Topus Urano platónico sin descender al universo de los hechos o de la naturaleza.

El intelectual palestino Edward Said manifestaba en su tesis sobre Orientalismo que Occidente a través de pensadores y eruditos como Bernard Lewis imponía en sus textos análisis distintos a la vida social pero terminaba generando una versión eminentemente occidental de oriente.

El marxismo también habló de la ideología como una visión falsa del orbe impuesta por la clase dominante. Se traducía como una mirada del mundo incrustada en la sociedad dando como verdadero un enfoque que solo interesaba al estamento ubicado en el vértice de la pirámide.


Terry Eagleton ha analizado muy bien la evolución del término ideología e incluso llega a concluir que en la actualidad el poder no necesita deformar el mundo porque la dirección de los medios tiende más bien a neutralizar a las personas o en el peor de los casos, a determinar la convicción de la imposibilidad e inutilidad de cambio.

Hago las anteriores apreciaciones para introducirnos mejor en el tema debido a su existencia en la Venezuela contemporánea. Se repite hasta la saciedad que estamos en una revolución a través de un poder popular, reivindicando a fin de cuentas el criterio emanado de la Revolución Francesa de que el mismo reside en el pueblo quien lo ejerce por intermedio de sus mandatarios. Es un artilugio verbal y escrito para esconder la esencia del modelo político impuesto en la actualidad, la democracia representativa, y en definitiva de quien efectivamente gobierna: el Estado, el aparato despótico por el cual se introducen las directrices de imposición.

Igualmente se ha hablado de “poder popular o comunal” como uno de los poderes públicos previsto en el frustrado proyecto de reforma constitucional. Ciertamente allí se introducía uno nuevo para añadirlo a los cinco recogidos por la constitución del 99 (ejecutivo, legislativo, judicial, electoral y moral republicano) y se difuminaba en un enjambre de organismos como los Consejos Obreros, Estudiantiles, Campesinos, Ciudades Socialistas, Comunas, Comunidades y paremos de contar, unos de naturaleza territorial y otros de carácter funcional. Además, ni siquiera tenían génesis comicial.

En el fondo no era más que una suerte de variación de los delatores Comité de Defensa de la Revolución (C.D.R.) cubanos que controlan formidablemente la vida de los moradores de la isla y así mantienen el esquema impositivo allí vigente desde hace 50 años. Si algo funciona en la patria de Martí es el aparato policial y el militar sin los cuales no hubiese sido posible el control milimétrico de la actividades de la gente.

Se presumía que era la instancia inferior territorial dentro de la organización estatal y por ende, la básica y fundamental por emanar de abajo. En vista del rechazo en el referéndum a la propuesta de reforma de la cima de la pirámide jurídica de todas maneras queda tanto la idea como su función cumplidas realmente a través de los Consejos Comunales porque muchas de las propuestas de dicha modificación constitucional preexistían fácticamente o en el rango legal. En todo caso se van a implementar porque su existencia no dependía de su inclusión en la máxima ley sino de cumplirse en la práctica (como las funciones policiales de la fuerza armada) o de estar presente en las hipótesis normativas de las leyes, decretos, reglamentos y otros actos administrativos proferidos por las entidades del Estado.

En el caso de estos consejos hay la ley respectiva cuya vigencia no tiene dudas y se vienen aplicando desde hace cierto tiempo. Son órganos controlados desde Miraflores por una Comisión Presidencial que fiscaliza, vigila, supervisa y otorga el financiamiento correspondiente. En los hechos se trata de una verticalidad absoluta llevada a cabo desde la presidencia de la república.

De tal manera que el manido “poder popular” forma parte del rito de eufemismos para designar situaciones ideales capaces de disfrazar las imperantes. No puede ser popular un poder emanado de un arbitrio del máximo órgano del Estado como es la presidencia del ejecutivo. La dinámica es desde arriba hacia abajo y no desde las bases como debiera ser una iniciativa democrática.

No existe iniciativa alguna del “proceso” chavista con origen de base. Siempre es el caudillo quien analiza, valora y decide lo conveniente. La gestión responde a los criterios propios del líder cuya esencia favorece a las élites mundiales y nacionales. Los demás sólo tienen un deber, cumplir con las órdenes porque la participación no existe y como muestra tomemos al movimiento social penetrado por el soborno de un Estado poderoso financieramente y cuya desarticulación es ostensible. El movimiento obrero y gremial está en la misma situación, totalmente desmantelado.

El régimen chavista aspira implantar la fórmula materializada en las experiencias del socialismo autoritario. Nos referimos a los fetiches presentes en grafemas y fonemas repetidos goebbelianamente con la intención de sembrarlos e internalizarlos como valores aunque sean vacíos en su contenido. “Revolución, contrarrevolución e imperialismo”, son algunos ejemplos de esta tendencia motorizada por la nomenclatura.

Igualmente el modelo populista nacional instaurado luego del 23 de enero de 1958 logró establecer conceptos en forma de continente y no de llenado. La palabra democracia es promovida indefinidamente para justificar cualquier tropelía así como otras (concertación, instituciones, fuerzas armadas garantes de la civilidad, libertad de expresión, las decisiones en nombre de Simón Bolívar y el voto, como temas enunciativos porque habría que hacer un glosario). Es un esfuerzo del control poblacional por la vía de la intangibilidad de los símbolos escriturales y prosódicos sin recurrir a la fuerza bruta.

Las otras experiencias parecidas a la actual venezolana pero efectuadas en plena confrontación Este-Oeste acudieron a la senda del uso de significantes para cohesionar a los seres humanos bajo su tutela. El gobierno egipcio del coronel Gamal Abdel Nasser insistió en el panarabismo y el nacionalismo como ejes de su proposición doctrinal amén de edulcoraciones religiosas. El peronismo tuvo igual actitud al defender a los “descamisados y arrabaleros de la oligarquía” apoyados en las mafias sindicales de las 62 organizaciones y unos administradores de la violencia del Estado cuya única función ha sido la de torturar y reprimir. Sobre ello se ha escrito mucho pero a nivel visual basta atisbar las escenas de la ópera rock “Evita” para percibir la variante de Robin Hood invertido representado por la pareja del general con su bataclana.

En definitiva son las consabidas abstracciones propias de la democracia populista venezolana donde un nuevo nombre tendría la potestad de hacer funcionar a una institución. Y en nuestro caso se da por esa alianza conceptual entre las entidades estalinistas cubanas, las representativas nacionales y las experiencias nasseristas o peronistas que hoy por hoy constituyen el fundamento del nuevo militarismo con el mismo telos, de organizar las relaciones de dominación, sin los traumas de la guerra fría. Es la apuesta del poder mundial por avanzar en la sumisión de los hombres y las mujeres mediante el sistemático mensaje a través de los medios de difusión de masas.

 

Nota: Artículo a publicarse en el periódico El Libertario No. 53

 

 

[*] Humberto Decarli / E-mail: hachede@cantv.net            



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