Lealtad y traición en tiempos de revolución
Orlando Ochoa Terán* / Semanario Quinto Día - 23/05/08
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“La lealtad es una gran virtud, pero en exceso llena los cementerios políticos” – Neil Kinnock – Ex líder del Partido Laborista Británico.

Martin Heidegger, el prominente filósofo alemán, se une al partido Nazi en 1933. Mas tarde afirmaría que “el Führer y sólo él es la realidad alemana, presente y futura, y su ley.” Asombrado por esta transformación, Karl Jasper, su mejor amigo, le preguntó cómo aceptaba que un hombre tan inculto como Hitler gobernara a Alemania. “La cultura no importa” -respondió Heidegger- “mira esas maravillosas manos.”
La referencia nos viene a la mente con las declaraciones a El Universal de Diosdado Cabello, el supuesto líder del chavismo sin Chávez o de la derecha endógena, para quien también (a años luz de Heidegger, por supuesto), la esencia y la fuente del poder del presidente Chávez, como en el personaje ET, es su “dedo”. Diosdado habla poco, pero sabe lo que debe decirle al jefe y cuándo debe decirlo.
No es pues una sorpresa que en víspera de que ese maravilloso dedo designe a los “bolivarianos inamovibles”, advertido como está de su debilidad política, consustancial con su obsecuencia, deje sentado “que ni aquí ni allá arriba, en la región abierta de la infinita bóveda estrellada, nada hay más grande, nada más grande” que el dedo del presidente Chávez.
Con una desfachatez que habría hecho sonrojar al mismísimo Idi Amin, Diosdado sostiene públicamente que “como el dedo de Chávez fue electo por siete millones y medio de personas (ese dedo) es superior a cualquier otro método” (de elección). De acuerdo a esta curiosa “doctrina” Venezuela sería el único país en el mundo en donde el “dedo del presidente” sustituiría los principios de elecciones libres, universales y secretas, aceptados por todas las constituciones de los estados modernos del mundo. Para poder validar ese dedo como el único elector del país Diosdado advierte en otra declaración que buscará “meter de nuevo la reelección indefinida”.
Lealtad y traición
Ambos son conceptos abstractos tan relativos en sus acepciones que el primero, como hemos visto, es usado como una forma de presumir de una extrema pero sospechosa lealtad. La traición, originalmente un delito que implica una seria deslealtad a la soberanía de una nación, ha devenido, en tiempos revolucionarios, en un epíteto político tan abusado que, como casi siempre ocurre, los que hoy se erigen en jueces de “traidores”, terminarán, muy probablemente, como reos del mismo delito juzgados por los “traidores” de ayer.
Con frecuencia la lealtad, como les ha ocurrido a personas cercanas al presidente Chávez, entra en conflicto con la conciencia y se rompe cuando el objeto de ella no lo amerita. Mark Twain solía decir que “decidir en contra de nuestras propias convicciones es una incalificable e inexcusable traición a uno mismo y a su país”.
Si la historia es una buena referencia estas hiperbólicas protestas de lealtad y sumisión en los círculos de poder encubren una debilidad de carácter que no pocas veces ha conducido precisamente a la traición. En los estudios de contrainteligencia anglosajones se resumen las motivaciones de los traidores con las siglas MICE, Money, Ideology, Coertion, Ego.
En el siglo XVII el dramaturgo inglés John Webster describía una sociedad que se asemeja a la que ha surgido en la Venezuela en estos tiempos bolivarianos: “La corrupción era tan vasta y profunda que no había lugar para las convencionales nociones del bien y el mal. Personajes y eventos parecían buenos en apariencia pero en realidad eran perversos, cualquiera de estos personajes era capaz de hacer el bien y el mal, de ser leal y traicionar, honesto y deshonesto”.
La mentalidad
En 1945, Jean Paul Sartre calificaba de “curiosa metáfora” la relación política de los traidores franceses que colaboraron con los nazis y la describió como un juego sexual. La mentalidad del traidor, decía Sartre, es femenina, reconoce su debilidad y usa las mismas armas de una mujer; es taimado, encantador y seductor. Como las relaciones del señor feudal con una sierva, la fuente del poder de aquel es la fuerza.
Se cuenta que cuando Stalin estaba intoxicado de vodka obligaba a colocarse en “cuatro patas” y por turnos a Malenkov, a Beria y a Kruschev. Los tres fueron sumisos del dictador pero también cómplices de su envenenamiento, según nuevas e históricas revelaciones.
“Quiero a Diosdado como a un hijo” declaró Chávez en octubre de 2004. Ninguna garantía. Los más emblemáticos traidores de la historia se distinguieron por ser obsecuentes. Es el caso de Brutus, hijo adoptivo de Julio César o el de Judas.
El Dante reserva los círculos más profundos de su Infierno a los traidores que solían compartir lazos de amor y confianza.
Una de sus subdivisiones la llama Caína por Caín, el verdugo de su hermano.
[*] Orlando ochoaa terán / E-mail: o.ochoa@att.net
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