Se necesita oligarquía con negocio propio y buena presencia
Luis Britto García*
/ Últimas Noticias (Venezuela) - 27/07/03
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El poder tiende a concentrarse en pocas manos, reza la
ley de hierro de Michels sobre las élites. Según la
categoría de esas manos, distingue Aristóteles dos
formas de gobierno. Aristocracia, según el filósofo,
es la única dominación conveniente para un Estado
regido por los mejores.
Hay oligarquía cuando los ricos, pocos o
muchos, son los que gobiernan.
Aristocracia y oligarquía no es lo mismo ni se escribe igual.
Inútilmente la segunda trata de pasar por la primera.
Aristócrata es quien tiene cualidades, aunque no tenga dinero.
Oligarca es quien fuera del dinero no tiene nada.
Bolívar adolescente se avergüenza de ser “un
rico, lo superfluo de la sociedad”, Enterrado como pobre de
solemnidad con una camisa ajena, funda la aristocracia de los Libertadores,
la única posible en América.
La aristocracia se hace a sí misma; una oligarquía
hereda.
La aristocracia cumple una función necesaria para
el surgimiento de la sociedad. Una oligarquía la parasita
hasta consumirla.
La aristocracia tiene un proyecto.
Rapaz, oscurantista y atrabiliaria fue la española, pero
expulsó a los moros, conquistó América y rigió
una hegemonía planetaria que abarcó dos siglos.
La oligarquía que la hereda no urde más plan que vender
en dos décadas el continente que recibió en legado.
La aristocracia encarna una concepción del mundo. La ibérica
personifica el plan ecuménico de la Monarquía Universal.
Una oligarquía caletrera tiene alergia al pensamiento: lo
recibe por correo de los positivistas franceses o por e-mail de
los neoliberales gringos, sin entender que ambos le remiten su sentencia
de muerte.
La aristocracia abarca un dominio de su propia talla.
La hispana organizó América en cinco virreinatos y
dos capitanías.
Una oligarquía parroquial la dividió en una
veintena de repúblicas, subdividió las ocho provincias
de Venezuela en veintidós estados que luego pulverizó
en tres centenares de municipios, distritos y conucos, cada uno
bajo un Emperador aldeano que pretende contratar deuda pública,
cobrar impuestos y dirigir ejército propio.
La aristocracia tiene autoestima.
Nunca Hernán Cortés quiso parecer inglés,
Walter Raleigh pasar por francés ni Montaigne por holandés.
Sólo la oligarquía vernácula quiere lucir mayamera
y no llega ni a inmigrante ilegal.
La aristocracia se forja mediante rigurosas pedagogías. El
mandarinato chino sembró escuelas hasta la última
aldea, y usó el sistema educativo como vasta criba de reclutamiento
de administradores mediante concursos de ingresos y ascenso en los
cuales sólo valía el mérito. Así mantuvo
un imperio durante dos milenios y medio. Una oligarquía
montaraz como la vernácula rechaza toda forma de Educación
Pública y Gratuita, desde la alfabetizadora hasta la universitaria.
La aristocracia hace funcionar un sistema productivo. Los despotismos
hidráulicos encauzaron los torrentes sobre los cuales germinaron
las grandes civilizaciones de la antigüedad; el capitalismo
inglés desencadenó la revolución industrial.
La oligarquía monta trampajaulas para subsidios,
bancos fantasmas que desvanecen ahorros, subastas de la industria
petrolera para correr con la comisión.
La aristocracia es el recurso de una civilización
para proteger a los hacedores de cultura.
Los demagogos atenienses financiaron el Siglo de Oro, los rapaces
príncipes italianos pagaron el Renacimiento, los absolutistas
franceses abonaron el terreno de la Ilustración. Una oligarquía
pichirre confunde con mecenazgo el secuestro de los recursos dispuestos
por el Estado para los creadores, el hurto de obras maestras de
museos y plazas, la rebatiña con los honorarios de los artistas.
La aristocracia crea. Reverón pinta, Villanueva diseña,
Oscar D’ León compone. Una oligarquía los hambrea,
les roba las obras, los expolia, los veta.
La aristocracia es fecunda. Las grandes épocas
creativas acompañan su nacimiento y desenvolvimiento:
susfrutos son el genio, la clarividencia, la obra maestra.
Los géneros de la oligarquía son el infundio, el amarillismo,
el plagio.
La aristocracia comparte sacrificios.
Alejandro Magno derrama el agua que le llevan en un casco hasta
el desierto: sus macedonios deciden morir por el caudillo que no
prueba la gota que no pueden beber sus soldados. La familia real
inglesa se somete al parco racionamiento d ela Segunda Guerra Mundial.
Una oligarquía faramallera cierra los automercados
mientras cena en restaurantes de lujo, convoca a recibir el Año
Nuevo a la intemperie mientras vuela hacia Aruba.
La aristocracia representa las fuerzas del progreso de su época.
El emperador Meiji moderniza al Japón en un mandato.
Los soviéticos impulsan a Rusia del arado de palo al primer
Sputnik en cuatro décadas.
Una oligarquía conuquera retrotrae a Venezuela de
la modernidad al feudalismo y al paludismo en tres endeudamientos.
La aristocracia sublima la violencia de la barbarie en fuerza constructiva
mediante los modales. La oligarquía japonesa sojuzgó
el Asia con una etiqueta que castiga la grosería con el harakiri.
Ni la urbanidad de Carreño basta para que una oligarquía
ordinaria adivine la diferencia entre los modales suficientes para
una gallera en Machiques y los requeridos para un funeral, una clínica,
una recepción diplomática.
La aristocracia tiene instinto de conservación: surge
destruyendo una oligarquía que decae, y degenera en oligarquía
cuando consciente en entregarse a otra aristocracia emergente.
Hubo aristocracia en España hasta que se sometió a
los Borbones y luego a los napoleónicos. Quizá
la hubo en Venezuela hasta que se regaló a franceses, ingleses
y estadounidenses como criada oronda porque la pellizca el amo.
La aristocracia agoniza con gracia en las decadencias.
El Ancient Règimese despide con Sade; la Belle Epoque con
Proust. Lo único que sobrevive a la oligarquía
es su mal gusto: el único legado que dejará para Venezuela.
* Luis Britto García* - luisbritto@cantv.net
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