La “solución militar” de Álvaro Uribe
Orlando Ochoa Terán* / Semanario Quinto Día (Venezuela) - 11/07/08
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A semejanza del presidente Chávez no han sido pocos los que han celebrado la operación estrictamente militar que liberó a los secuestrados en Colombia pero que solían condenar este medio como inadecuado para resolver conflictos.

Apropósito del encuentro de hoy entre los presidentes Uribe y Chávez, no es posible pasar por alto que el mandatario que recibe a su colega “con los brazos abiertos y como un hermano” hace sólo unas semanas lo denostaba con epítetos y calificativos sin precedentes en la historia de la diplomacia continental.
No obstante, Uribe regresa a Venezuela inmutable, exhibiendo seguramente ese extraño rictus de sorna que esboza en cada abrazo con el presidente Chávez. La Lengua Española cuenta con un verbo que bien pudiera traducir el melifluo estado de ánimo que adoptará el mandatario colombiano en Coro: refocilar. “Regodearse, recrearse en algo grosero” es la acepción. Regocijarse o solazarse con malicia. “Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo refocilarse con las señoras jacas…” apuntaba Cervantes.
Como la visita fue acordada cuando la Operación Jaque estaba ya decidida, existen razones para pensar que la diplomacia neogranadina debió anticipar el incómodo predicamento en el cual colocarían al presidente Chávez quien, por algún tiempo ha acusado al presidente Uribe de “guerrerista” y de estar obcecado con la “solución militar” en contra de los muchachos de las FARC. Una actitud pacifista que no se compadece con la belicosa que advierte con frecuencia a los “enemigos y traidores” de la oposición venezolana con un guerra en virtud de su “revolución está armada”.
Sin embargo, esto es lo anecdótico. En lo sustancial, Uribe demostró que después de décadas de violencia con paralelos esfuerzos de pacificación, que la “solución militar” era una opción realista pese a la cerrada oposición y el escepticismo de muchos de sus colegas que hoy lo glorifican. Veamos.
La violencia
Como se sabe el conflicto de Colombia no se circunscribió a los espacios de su propio territorio. En este largo proceso sus fuerzas insurgentes devinieron, después de la caída del imperio soviético, en una suerte de bandoleros con una “causa marxista” que se han financiado con secuestros y tráfico de drogas. Esta circunstancia involucró al Estado venezolano en el conflicto con resultados algunas veces positivos, moderados otros o definitivamente desastrosos como es el caso de la diplomacia bolivariana matizada con las destempladas reacciones del presidente Chávez que no dejaban dudas acerca de qué lado estaban sus lealtades.
La solución negociada, iniciada durante el período presidencial de Belisario Betancourt y reclamada por casi todo el continente, era cada vez más cuestionable en la medida que las capacidades bélicas de las FARC y del ELN crecían como resultado del lucrativo trafico de drogas y secuestros. Mientras se negociaba las fuerzas insurgentes se fortalecían hasta el punto que ya amenazaban a la capital.
No importa cuantas veces se reclame que la Operación Jaque fue “made in Colombia”, este es el resultado de una “solución militar” desarrollada paralelamente con todas las propuestas negociadas que surgió de un acuerdo del ex presidente Pastrana y la administración demócrata del presidente Bill Clinton, que se tradujo en el denostado Plan Colombia, magistralmente ejecutado por Uribe.
Como Chávez, quien por años había amenazado con dos, tres o cuatro Vietnam en el continente, las FARC comprendieron tarde que la insurrección estaba “fuera de orden”. Lo asombroso de Colombia es que la violencia no ha sido obstáculo para el fortalecimiento de sus instituciones y de un desarrollo económico sostenido, un factor clave de este triunfo.
El futuro

A pesar de estos serios reveces militares las FARC no serán destruidas. El narcotráfico responde a un mercado y este no se derrota militarmente. Estas organizaciones subversivas, como sus contrapartes policiales, despojadas de una causa y acorraladas, con frecuencia se mimetizan en organizaciones meramente criminales como ocurrió durante la transición del socialismo a una economía de mercado en Rusia. La actual Mafia Roja o rusa la integran en gran medida ex miembros de la KGB y del GRU (inteligencia militar soviética).
Las FARC, se podría anticipar, adquirirán un perfil de renegados y bandoleros del narcotráfico o brazos armados de mafias internacionales. Lo dramático de esta nueva realidad que surgirá con el triunfo de la solución militar en Colombia sobre la guerrilla es que el deslizamiento de estos grupos hacia Venezuela resulta tan obvio que el escenario provoca pánico.
Ningún país del continente, además de la proximidad geográfica, reúne las condiciones que ha creado el régimen bolivariano para que las FARC mimetizadas se instalen en Venezuela como las señales sugieren. Un crecimiento exponencial del tránsito de la droga sin parangón en el continente, instituciones judiciales y funcionarios administrativos venables, porosidad fronteriza, un resguardo militar desmoralizado que desfila en las fechas patrias con lastimosas dificultades, extraordinarias facilidades para su legalización o nacionalización y una admirable simpatía en las cúpulas del gobierno y del poder legislativo como se demostró recientemente.
La historia de Colombia ha estado caracterizada por un extenso ciclo de conflicto consigo misma que aparentemente está próximo a cerrarse al tiempo que en el nuestro la espiral de violencia se encuentra en su fase de desarrollo y, como los vecinos en su tiempo, ninguna institución parece notarlo.
[*] Orlando Ochoa Terán / E-mail: o.ochoa@att.net
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