El país de las manifestaciones
Domingo Alberto Rangel* / El Mundo (Venezuela) - 17/07/08
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La escena se repite todos los días de un extremo a otro del territorio
nacional. Veinte, cincuenta o cien vecinos bajan o afloran a la
autopista o a la avenida cercana a su barrio y allí permanecen un rato
obstruyendo o clausurando el tráfico automotor. Luego de comunicarles
sus problemas a los conductores de los vehículos cuyo tránsito ellos
han interferido o retardado, siguen su marcha. Van a un ministerio si
el acontecimiento ocurre en Caracas, a la gobernación, si el hecho
acontece en una capital de estado, o a la alcaldía si las cosas
suceden en un municipio.
Cuando llegan a su destino alguno de ellos pronuncia unas palabras
solemnes en las cuales reclaman el cumplimiento que les hicieran y no
cumplieran. ¿Quién o quiénes hicieron aquellas promesas? Las
autoridades frente a cuyo despacho terminó aquella pequeña
manifestación.
Por lo general las promesas no cumplidas son de dos tipos. Una de
ellas promete enganchar o colocar a gentes que hayan perdido su
empleo, sea en el sector público, sea en el privado de la economía. La
otra promesa reza con alguna prestación que se haya ofrecido al grupo de vecinos.
No hay día sin que en cada ciudad venezolana se registre no una, sino
varias y muchas manifestaciones de este tipo, casi siempre pacíficas,
pero algunas veces violentas. Estas minúsculas expresiones, que casi
nunca rebasan las cien personas, se producen a diario y las más de las
veces hay varias realizándose al mismo tiempo. Ellas parecen revelar
ciertas cosas que la crónica de prensa, la facción política y hasta la
preocupación intelectual de los círculos dominantes o consagrados,
olvidan o suelen pasar por alto. Ante todo, este desfile, suerte de
gota de tinajero, pequeña pero que no cesa, revela el hondo malestar
que vive el país. Al régimen bolivariano se lo está tragando la crisis
social.
Impera en la Venezuela de nuestros días un desempleo que no es del 15%
como expresan las estadísticas oficiales. Entre el desempleo, el
subempleo y el trabajo ocasional deben absorber cerca del 30% de la
fuerza laboral del país. La inmensa mayoría de las pequeñas
manifestaciones que gotean a diario piden o reclaman trabajo.
Pareciera una ironía muy fina, digna de un genio de la literatura, que
la Venezuela del petróleo a casi 120 dólares el barril, con una Pdvsa
buchona, registre semejantes cifras de desocupación. Sólo el
despilfarro y el desorden fiscal de un país que es administrado por
unos Mujiquitas -ministro de Hacienda y ministro de Energía- cuyo único talento consiste en complacer al presidente de la República en
sus caprichos de príncipe feliz. El desorden y el despilfarro sin
límites explican que Pdvsa haya tenido que endeudarse en tiempos recientes.
La carestía, el otro motivo socorrido de las manifestaciones
espontáneas, pero numerosas, que se producen a diario, es producto de
la quiebra estrepitosa de la producción nacional. Sin agricultura, con
una industria muy reducida, el país se ve forzado a importar cuanto
artículo exija la necesidad o la fantasía. En el mercado internacional
media hoy una inflación, transitoria, pero a ratos, aguda, que eleva
los precios de los productos que suele importar más Venezuela.
Por más repleta que lleven la cartera los militares, que el régimen
bolivariano ha convertido en émulos de los portugueses de los
supermercados, tienen que pagar precios recargados por la inflación
para hacerse de los productos que urgen en el país. Y aunque el
régimen aplica o apela a los subsidios para rebajar un poco esos
precios, cuando se ofrecen los artículos importados en el país, las
alzas resultan severas. Como aquí se necesitan, por lo menos, 20 años
para tener otra vez agricultura, seguiremos comiendo caraotas
provenientes de Santo Domingo y arroz traído de Brasil.
[*] Domingo Alberto Rangel / E-mail: darangel@cantv.net
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