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Caracas / Venezuela -
 


Chávez y Narciso: La Presidencia como espectáculo
Herbert Koeneke R. - VenEconomía* / Soberania.org - 06/08/08

Diagnósticos psiquiátricos realizados “a distancia” presentan a Hugo Chávez como una personalidad histriónica y narcisista. Aunque el trastorno fuese objetivamente incapacitante en este caso, es casi nula la probabilidad de que se produzca un diagnóstico oficial que conduzca a su remoción de la Presidencia, de acuerdo con lo previsto en la Constitución y como lo han sugerido voceros del MAS



(VenEconomía, Octubre de 2001) La buena salud física y mental de un Presidente es condición necesaria, aunque no suficiente, para un desempeño exitoso al frente de un gobierno democrático. Algo parecido a lo que puede afirmarse, en sentido contrario, con respecto a una enfermedad o desequilibrio que incapacite: que sienta las bases para su eventual fracaso como gobernante. Por esta razón, los textos constitucionales que norman la vida política de las democracias establecen procedimientos para remover del cargo a quienes se ven súbitamente incapacitados para seguir ejerciéndolo. La Constitución de los Estados Unidos lo prevé en la sección primera de su artículo 2, mientras que la Constitución venezolana vigente hace lo propio en su artículo 233.

No obstante esta previsión legal, su efectividad ha sido cuestionada debido a las dificultades que a menudo se presentan cuando se intenta demostrar que un Presidente en ejercicio se halla física o psicológicamente incapacitado para mantenerse en el poder.

Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos durante dos períodos sucesivos (1913-1917 y 1917-1921), sufrió en septiembre de 1919, en el clímax del proceso para asegurar la ratificación parlamentaria del Tratado de Versalles, un ataque hemipléjico seguido de un infarto que lo alejaron inevitablemente del debate político. En lo que constituyó una derrota personal para él -pues fue quizás el más importante propulsor del mecanismo internacional de la seguridad colectiva, que encarnaría en la Liga de las Naciones- Wilson resultó un perdedor en su intento por lograr la ratificación por el Senado de ese tratado, con lo que se frustró la incorporación de su país a la Liga.

El conocimiento público de la enfermedad del Presidente fue minimizado gracias a la acción concertada de su médico personal, Cary Grayson, de su secretario privado, Joseph Tumulty, y de su segunda esposa, Edith, quien aisló a su postrado cónyuge en la Casa Blanca y actuó como filtro de las comunicaciones que entraban y salían del despacho presidencial. Gracias a ello, Wilson logró concluir, con sus habilidades muy menguadas, su segundo período en 1921.


En otras ocasiones, menos frecuentes, la incapacidad del Presidente queda en evidencia ante los ojos de todos, con lo que se hace posible su remoción. Tal fue el caso, según la opinión de observadores y analistas, del mandatario ecuatoriano Abdalá Bucaram, apodado “El Loco”, quien, habiendo sido elegido presidente en 1996, fue sacado del cargo unos meses después. En cualquier caso, tanto por las dificultades envueltas en la detección de la incapacidad de un gobernante -gracias a la ocultación cómplice de sus validos- como por los elevados costos políticos, financieros y de tiempo que implica su eventual remoción, se ha propuesto desde hace años la aplicación de procedimientos preventivos o de filtro de los aspirantes a la Presidencia de un país, que permitan inhabilitar electoralmente a quienes estén aquejados de alguna enfermedad o desequilibrio que los pueda incapacitar.

El método más expedito sería el de exigir un diagnóstico médico y psiquiátrico confiable sobre el estado físico y mental de los candidatos, pero ello supone decisiones difíciles de aplicar por diferentes razones, entre las que sobresale el hecho de que la realización y divulgación de esos exámenes tiende a ser vista como una violación inaceptable de la privacidad de los políticos y funcionarios que aspiran a cargos electivos.

Por esta razón, el New York Times propuso en 1987 a los precandidatos a la Presidencia de Estados Unidos que pusieran a disposición del público, en forma voluntaria y no compulsiva, tanto sus historias médico-psiquiátricas como sus antecedentes personales contenidos en los archivos del FBI.
Algunos enviaron al periódico la información solicitada, pero otros no, incluyendo uno que se negó en forma pública y rotunda a hacerlo con el alegato de que no estaba solicitando un empleo en ese medio de comunicación social.

En el ámbito académico, distintos investigadores han propuesto esquemas para tratar de diagnosticar a distancia (es decir, sin el contacto cara a cara) posibles afecciones de incapacitación de candidatos presidenciales, utilizando para tal fin la información biográfica disponible sobre ellos. Ya en 1930, Harold Lasswell había sostenido en abono de esa propuesta que la “ciencia política sin biografía es una forma de taxidermia” (Psychopatology and Politics). Cuatro décadas más tarde, en 1972, James Barber publicó su obra The Presidential Character. Predicting Performance in the White House, en la que sostenía que si Richard Nixon resultaba reelecto para un segundo período en noviembre de ese año, conduciría su país a una crisis constitucional. De acuerdo con Barber, el carácter activo-negativo de Nixon (mucho trabajo sin disfrute del mismo) revelaba una búsqueda y ejercicio compulsivo del poder como fórmula para realzar su baja autoestima.

Según este enfoque, Nixon sería capaz de desplegar cualquier tipo de comportamiento, ya liberado de las formalidades que deben guardar quienes aspiren a un segundo mandato, incluyendo la violación de la Constitución y de las leyes, con tal de hacerse obedecer y adular. Nixon fue reelegido de manera abrumadora (61% del voto popular), pero el 9 de agosto de 1974 debió renunciar al cargo ante su inminente sometimiento al impeachment y su eventual remoción por su responsabilidad en el caso Watergate. La materialización de la predicción hecha por Barber legitimó en gran medida esta perspectiva psicodinámica para analizar y pronosticar el desempeño de un Presidente.


El caso de Hugo Chávez Frías

Para el 2 de febrero de 1999, momento en el que Hugo Chávez Frías asumió la Presidencia de la República, ya existían datos biográficos e indicios suficientes como para formular algunas hipótesis en torno a su carácter y estilo de conducta dominante, así como sobre las posibles repercusiones políticas de esas facetas de su personalidad. De hecho, el psiquiatra Luis José Uzcátegui, en trabajo publicado en febrero de 1999 (Chávez, Mago de las Emociones), planteó, con base en evidencias de ese tipo, que elementos de la personalidad chavista podían estar “cerca de estados narcisistas, histriónicos y rozan la paranoia” (p. 31).

Hoy, luego de haber ejercido el poder durante treinta meses (febrero 1999- octubre 2001), el perfil psicológico de Hugo Chávez se ha hecho más nítido, no sólo por la reiteración ostensible de ciertos patrones de comportamiento, sino además por la revelación de datos hasta hace poco inéditos sobre su vida.

De este modo, a mediados del año pasado, la doctora en psicología María J. Bustamante publicó en la revista Cambio, dirigida por Gabriel García Márquez, los resultados de una investigación que sugieren que Chávez padece el desorden de personalidad histriónico-narcisista. De acuerdo con este trabajo, que emplea los criterios de diagnóstico de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA), el desorden se hace reconocible al comprobarse la presencia de más de diez de los siguientes síntomas:

1) sentido grandioso de la propia importancia,

2) exageración de aciertos y talentos,

3) preocupación con las propias fantasías de poder,

4) demanda excesiva de admiración,

5) sentido de ungido, de benemérito,

6) conductas dirigidas a la exclusión de quienes no estén con él,

7) carencia de empatía,

8) sentimientos de incomodidad cuando no se es el centro de atención,

9) conductas frecuentemente teñidas de intentos seductores,

10) despliegue de expresiones cambiantes y superficiales de emoción,

11) uso de la apariencia física o del atuendo para llamar la atención,

12) empleo de un discurso excesivamente impresionista, carente de lógica y precisión,

13) despliegue de autodramatización teatral y de exageración de emociones,

14) tendencia a sentirse herido con facilidad,

15) conferimiento de carácter íntimo a relaciones y situaciones que carecen de él.


La investigación aporta numerosas evidencias sobre la presencia de tales síntomas en la conducta exhibida recurrentemente por Hugo Chávez Frías (El Nuevo País, 16 de mayo, 2000).


El narcisismo: Dinámica y orígenes


El narcisismo puede ser entendido primeramente, como se desprende de lo dicho por los autores citados, como un trastorno de la personalidad con potencial incapacitante para quienes deban desempeñar un trabajo en equipo. Una segunda manera de entenderlo es como un rasgo de la personalidad que se distribuye en forma normal dentro de una sociedad, es decir, como una característica personal distribuida simétricamente entre la población, con valores medios mayoritarios y con valores extremos (altos y bajos) minoritarios. Las personalidades narcisistas, de acuerdo con esta conceptualización, son aquellas que se ubican en el extremo alto de la distribución, o sea, las que obtienen la puntuación más elevada en escalas de medición del rasgo, como el Inventario de Personalidad Narcisista (NPI).

Independientemente de la definición que se emplee, es preciso señalar que existe un alto grado de coincidencia acerca de la dinámica subyacente al fenómeno narcisista. De este modo se acepta, en primer lugar, que las relaciones narcisistas son puestas al servicio del auto-engrandecimiento. Segundo, que los narcisistas carecen de la capacidad para establecer relaciones de verdadera intimidad. Y tercero, que el auto-engrandecimiento se canaliza, por una parte, buscando ser incondicionalmente admirado por los demás, y por la otra, asociando su figura con la de algún personaje idealizado (W.K. Campbell, “Narcissism and romantic attraction”, Journal of Personality and Social Psychology, 1999, vol. 77).

En cuanto al origen, una perspectiva teórica lo ubica en una infancia desprovista de afecto, que conduce al desarrollo del narcisismo como una defensa frente al sentimiento de abandono, a la vez que como una expresión de ira ante dicho abandono. Ya como adulto, el sujeto tenderá a experimentar de manera recurrente, no obstante su inflada o exagerada autoimagen, sentimientos intensos de temor, de abandono y de dudas sobre sí mismo, que promueven la alternancia de comportamientos de euforia y de agresión usualmente injustificados.

¿Cuáles son las consecuencias de esa dinámica para quien ejerce un cargo como el de Presidente de la República? La primera, y probablemente la más importante de todas, es la dificultad que se presenta para integrar un gabinete coherente y de alto nivel profesional. Para un ejecutivo narcisista, lo fundamental es contar con colaboradores que lo admiren verdaderamente o que, aunque sólo finjan hacerlo, lo aplaudan cada vez que se presenta la ocasión. El funcionario que pretenda “hacerle sombra”, o que sea percibido de esa manera, cae en desgracia y es generalmente “purgado” de su entorno. En pocas palabras, un Presidente narcisista tiene dificultades para jugar en equipos de alto desempeño, es decir, integrados por especialistas de prestigio y criterios propios.

En segundo lugar, un Presidente narcisista supedita a menudo lo necesario a lo accesorio, lo central a lo tangencial con tal de que lo realizado sirva para llamar la atención. Este patrón, que también se expresa como una tendencia a la mitomanía, obedece a su necesidad de ser el centro de atracción donde se encuentre, a su afán de auto-engrandecimiento.

Finalmente, la falta de empatía, la propensión a sentirse herido con facilidad y la tendencia a excluir y demonizar a quienes no estén con él, hacen que un gobierno presidido por un narcisista sea poco dado al diálogo y la negociación. Y este patrón contradice, obviamente, las normas de la convivencia democrática.


Repercusiones en la Venezuela de hoy

Hugo Chávez encarna, como se desprende de los estudios revisados, una personalidad narcisista, que busca compulsivamente la admiración y el aplauso de los demás y que asocia invariablemente su propio yo con la figura idealizada de El Libertador, Simón Bolívar.

Sus inclinaciones atrabiliarias, excluyentes y exhibicionistas lo han llevado recurrentemente a la ruptura con algunos de sus colaboradores y aliados, el último de los cuales ha sido Alfredo Peña, así como al intento de “poner en escena” eventos superficiales pero llamativos, que a menudo se frustran por su evidente inviabilidad. Los ejemplos más recientes de este fracasado showmanship han sido la dramatización de la Batalla de Carabobo el 24 de junio, con motivo de su aniversario 180, y el envío a Pakistán de 200 “bolivarianos”, entre militares y miembros de Defensa Civil, para ayudar a los refugiados afganos.

Esta patética carencia del sentido de realidad ha sido justificada por los seguidores de Chávez con el alegato de que esas acciones revelan su calidad humana, sus intenciones altruistas y generosas para con los necesitados. A lo que cabe replicar que, en un nivel preconsciente, la motivación del narciso es claramente egoísta: ser admirado y adulado, sin importar los costos en que deba incurrir para ello.

¿Debe y puede ser inhabilitado Hugo Chávez Frías como Presidente de la República? El balance del desempeño de Hugo Chávez en sus primeros treinta meses de gobierno es más negativo que positivo. Pese al poder que ha logrado concentrar en sus manos, el desempleo ha alcanzado cifras récord, la capacidad industrial ociosa también ha llegado a niveles históricos, la criminalidad desbordó las 7.000 muertes violentas el año pasado, los ahorristas e inversionistas han perdido la confianza en el país y el clima social ha sido enrarecido por invasiones de tierras y propiedades y por un discurso excluyente y revanchista.

Ante esta peligrosa situación económica y social se impone una rectificación. De no producirse, las condiciones del país se agravarán. Por sus antecedentes, resulta difícil pronosticar que Hugo Chávez rectificará. Hasta ahora, ante los asomos de crisis, su comportamiento ha sido el de desaparecer súbitamente del escenario para reaparecer con algo mediáticamente impactante, pero de obvia irrelevancia para resolver los problemas o enfrentar el fondo de la situación. Durante el escándalo del caso Montesinos, en julio de este año, por ejemplo, el Presidente reapareció en cadena nacional como cavador del túnel ferrocarrilero Caracas-Cúa, con un trabajo de perforación de rocas y tímpanos que duró hora y media.

En todo caso, el artículo 233 de la Constitución de 1999 establece que se considerará falta absoluta del Presidente de la República su incapacidad física o mental permanente, certificada por una junta médica designada por el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) y con aprobación de la Asamblea Nacional. Y la declaratoria de falta absoluta conlleva inevitablemente su salida del cargo. Esperar, sin embargo, que con el control ejercido por Chávez sobre el TSJ y la Asamblea Nacional se podría lograr esa declaratoria, se presenta como un ejercicio ilusionista.



¿Es la de Hugo Chávez una personalidad narcisista?


Los trabajos mencionados de María J. Bustamante y Luis José Uzcátegui sugieren que sí. El Dr. Edmundo Chirinos, psiquiatra personal de Chávez y de su esposa Marisabel, ha admitido, por su parte, en entrevista con Jon Lee Anderson para The New Yorker, que si bien el Presidente tiene rasgos narcisistas y de autoritarismo incontenible, es, sin embargo, “una persona mentalmente saludable, un hombre totalmente normal”. Aunque no señalado expresamente así por el Dr. Chirinos, de su declaración parece desprenderse que Hugo Chávez se ubicaría, para él, alrededor del punto medio en la distribución normal del rasgo narcisista entre la población. Chirinos, por cierto, fue candidato presidencial en 1988, postulado por el Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), organizaciones de izquierda que también postularon a Hugo Chávez Frías diez años después.

¿Es, en definitiva, Hugo Chávez narcisista? Y de serlo, ¿resulta incapacitante esa personalidad para poder seguir ejerciendo la Presidencia? Como lo demuestra ampliamente la investigación de María J. Bustamante, Hugo Chávez exhibe de manera ostensible la sintomatología narcisista, según los criterios de la OMS y la APA. Otra investigación, realizada por la profesora Adriana Bolívar, de la UCV (“El personalismo en el discurso político venezolano”, 1999), encontró que en el discurso de toma de posesión, Hugo Chávez utilizaba de manera abrumadora el pronombre personal en primera persona (“yo”, “mí”, “me”, “uno”) y con mucho mayor frecuencia que Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera en sus respectivas segundas proclamaciones presidenciales. Este “yoísmo” discursivo, este uso pervasivo del pronombre personal en primera persona, denominado “auto-foco atencional”, ha sido asociado por especialistas con el síndrome narcisista (Campbell, 1999).

En cuanto a la inclinación mitómana de Hugo Chávez, las evidencias abundan. Por citar un solo ejemplo, a Gabriel García Márquez le contó que el 27 de febrero de 1989 (27F) se había detenido en Fuerte Tiuna en vía hacia la universidad, donde pudo observar la movilización de las tropas que a la postre reprimirían la protesta callejera que se inició en la mañana de ese día (“El enigma de los dos Chávez”, El Universal, 31 de enero, 1999). Otra versión de los hechos fue la que ofreció el 5 de agosto de 1999 en su discurso de instalación de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC): “Yo la vi con estos ojos [a la multitud en la calle] desde ahí, desde el Palacio de Miraflores”. Pero a César Miguel Rondón, en su programa de radio, se vio obligado a confesarle que el 27F se encontraba de reposo médico en su casa de San Joaquín, estado Carabobo (País de Estreno, p. 299). Por lo demás, la movilización de las tropas y la suspensión de garantías constitucionales no tuvieron lugar el 27 sino el 28 de febrero en la tarde, cuando se había hecho evidente la incapacidad policial para contener la protesta popular y frenar los actos vandálicos de saqueo de comercios y negocios. La represión de ese estallido de ira popular, por lo demás, ha sido empleada reiteradamente por Hugo Chávez como coartada para justificar el fallido alzamiento militar del 4 de febrero de 1992 (4F). Sin embargo, su conspiración en el seno de las Fuerzas Armadas ya se había iniciado, según Pablo Medina, en 1977 cuando apenas era un subteniente (Rebeliones, p. 93-95). El compulsivo afán de protagonismo, en pocas palabras, ha llevado a Hugo Chávez a tergiversar una y otra vez la historia reciente del país, pues parece sentir que sin su presencia, aunque sea ficticia, en el centro del escenario, los eventos carecen de toda significación.

Con respecto a la génesis del narcisismo chavista sólo es posible realizar algunas conjeturas. Según él mismo ha referido, su nacimiento tuvo lugar el 28 de julio de 1954 en la casa de su abuela en Sabaneta, estado Barinas, donde su madre se trasladó para dar a luz, pues ella y su marido vivían en una zona rural en la que ni siquiera había electrificación. Hugo y su hermano mayor, Adán, vivieron de pequeños con la abuela, pues sus padres trabajaban como maestros rurales en otra parte del estado (Estampas, 8 de agosto, 1998). Desde un punto de vista material, parece haber tenido una infancia limitada pues, según ha confesado recientemente, debía vender dulce de lechosa para ayudar económicamente a su abuela (El Nacional, 30 de septiembre, 2001) y, más tarde, debía pescar con su padre en “el río Boconó para poder comprar las alpargatas” (Quinto Día, 4 de agosto, 2000). No está claro si la privación material estuvo acompañada de privación afectiva; sólo se sabe que estuvo por un tiempo separado de sus padres. Al concluir tercer año de bachillerato presentó examen de admisión en la Escuela Militar, pero fue rechazado. Lo intentó de nuevo al año siguiente y en esta ocasión resultó admitido (El Carabobeño, 6 de septiembre, 1999). Su decisión de ingresar a esa institución, según ha dicho, se basó en el deseo de formar parte del equipo de béisbol de la Escuela Militar, que contaba con prestigiosos entrenadores. Sus padres sólo se habrían enterado de esa decisión una vez que fue aceptado en su segundo intento de ser admitido en la academia, lo que pone de manifiesto que no existía una comunicación fluida entre ellos (Estampas, 8 de agosto, 1998).

Como buen narcisista, Chávez le ha conferido un halo de gran trascendencia a la fecha en que ingresó formalmente a la Escuela Militar, el 8 de agosto de 1971. Así, en una cadena de radio y TV, el 8 de agosto del presente año, se regodeó recordando los 30 años de su ingreso a esa institución, que coincidió con el arranque del programa Andrés Bello, el cual incorporaba un nuevo plan curricular y contemplaba conferir a quienes egresaran cuatro años después no sólo el grado de subteniente, sino además el de Licenciado en Ciencias y Artes Militares. Durante la cadena audiovisual, Chávez recordó que el día de su liberación de la cárcel de Yare, en marzo de 1994, había dicho en el programa televisivo que entonces conducía José Vicente Rangel que su lucha revolucionaria comenzó un 8 de agosto, justamente el día en que ingresó a la Escuela Militar. Afirmación que no hace sino trastocar el incentivo peloteril o beisbolístico inicial por el de “revolucionario” del que se jacta en forma reiterada.

H.K.

 

[*] Link: http://www.veneconomia.com/site/files/articulos/artEsp2002_1500.pdf / Hemeroteca, Vol. 19 No. 1, Octubre de 2001 / VenEconomía Opina

 

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