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Caracas / Venezuela -
 


Solución a la "servidumbre voluntaria"
Wendy McElroy* / The Independent Institute (USA) - 25/08/08



Los tiranos se rodean de hombres malos porque les gusta ser adulados y ningún hombre de espíritu elevado les adulará. Aristóteles


Étienne de La Boétie

Un ensayo del siglo 16 intitulado Discourse of Voluntary Servitude del jurista francés Étienne de La Boétie (1530–1563) discurre acerca de una cuestión que obsesiona a aquellos que aman la libertad: ¿Por qué los individuos obedecen leyes que son injustas?

El Discourse ofrece una perspectiva. El mismo examina la psicología de aquellos que obedecen, la de aquellos que imparten las ordenes, y la de aquellos que se resisten a ellas. La Boétie estaba en particular, interesado en dilucidar porqué obedece la gente. Se preguntaba: “Si un tirano es un solo hombre y sus súbditos son muchos, ¿por qué consienten ellos su propia esclavitud?”

La Boétie no consideraba que el Estado gobernase principalmente a través de la fuerza. En principio, había muchos más esclavos que agentes del Estado: incluso si un pequeño porcentaje del populacho se negaba a obedecer una ley, esa ley se volvía inaplicable. Además, la mayoría de los individuos obedecían sin que fuesen obligados a hacerlo. La Boétie desarrolló una explicación alternativa a la que denominó la “servidumbre voluntaria.”

La Boétie adquirió su prestigio sobre la base de un breve ensayo en el que sostenía que la tiranía es “derrotada de manera automática” cuando los individuos se rehúsan a consentir su propia esclavitud. Su argumento ha llevado a que muchos concluyeran que la resistencia no-violenta y la desobediencia civil son las mejores estrategias con las cuales oponerse al poder estatal.


Antecedentes de La Boétie

El Discourse circuló en un principio en Francia de manera privada (alrededor del año 1553) con el telón de fondo de la guerra exterior y del conflicto interno. Las naciones-estado europeas —gobiernos que reclamaban vastas facultades dentro de territorios definidos— estaban en su apogeo. Los monarcas absolutos colisionaban unos con otros y con sus propios ciudadanos a los cuales les exigían dinero y obediencia. El siglo 16 dio nacimiento a la tiranía que eventualmente conduciría a la Revolución Francesa.

La Boétie se encontraba bien posicionado para observar a la sociedad a su alrededor, la cual estaba gobernada por el Rey Francisco I. Nacido en una familia opulenta y políticamente conectada, La Boétie escapó del analfabetismo, de la miseria y de la enfermedad que afectaban a la mayoría de sus compatriotas. El hambre era algo tan común que los hombres tallaban cruces sobre el pan recién horneado para simbolizar la santidad de la comida. Las plagas aparecían repetidamente. Mientras que el campesino luchaba por sobrevivir, los impuestos estatales consumían un tercio o más de sus ingresos, con los diezmos de la iglesia absorbiendo otro décimo. Bandas errantes de soldados robaban alimentos a su antojo y secuestraban a los hijos jóvenes para cubrir sus filas. No obstante ello, la Francia del siglo 16, con una población estimada de 16 millones de habitantes, era la nación más rica, más civilizada y más populosa en Europa.

Francia era también una monarquía, lo que significaba que el poder nacional no se encontraba distribuido entre los parlamentos o las autoridades locales sino que reposaba solamente en el rey. A fin de recaudar dinero para la guerra, Francisco le vendía títulos a los “nouveaux riche” quienes formaban una nueva aristocracia. Mientras tanto, las legiones de abogados aumentaban a medida que se dedicaban a administrar al estado creciente.


¿Qué papel desempeñaba el hombre común?

Su obediencia era esencial para la autoridad estatal, pero existían varios reclamos sobre su lealtad. Dios exigía obediencia pero el monarca absoluto era ungido por Dios y bendecido por la Iglesia Católica. El surgimiento de los protestantes en Francia —llamados hugonotes– implicaba que un segmento creciente de la sociedad no reconocía a la autoridad divina del rey. Existían también lealtades provinciales. La mayoría de los franceses le brindaban primariamente lealtad a la provincia de su nacimiento antes que a la nación o al rey, y las provincias diferían ampliamente en costumbres, practicas religiosas, y lenguaje. El rey temía que las potencias extranjeras se aliasen con las provincias rebeldes, especialmente aquellas con una tendencia hacia el protestantismo.

La obediencia se volvió más difícil de procurar con la invención de la imprenta, la cual puso a disposición del hombre común a las opiniones disidentes. A medida que las publicaciones se difundían, también lo hicieron los intentos de censura. En 1559, fue publicada la primera lista papal de libros prohibidos.

El Discourse fue muy probablemente escrito mientras La Boétie era un estudiante de abogacía en la Universidad de Orleáns, destacada por su actividad hugonota. De hecho, uno de sus profesores sería más tarde quemado en la hoguera por hereje. El ensayo fue en respuesta a un evento especifico —la Revuelta de la Gabela en Bordeaux. La gabela era un impuesto muy impopular sobre la sal, la cual no solamente era una necesidad humana sino también un monopolio gubernamental. Los manifestantes asesinaron al director general de la gabela junto a dos de sus oficiales. En represalia, 140 plebeyos fueron muertos, muchos otros fueron azotados, y se impusieron multas exorbitantes.

La Boétie era un observador perspicaz de las demandas concurrentes sobre la obediencia del pueblo. Cuando los individuos finalmente se rebelaban, observaba y se preguntaba porqué el Estado parecía ser capaz de hacer cualquier cosa que deseaba, sin importar cuan tiránica ella fuese. ¿Por qué la gente no se levantaba nuevamente, esta vez en masa? Como resultado de tal especulación, La Boétie escribió lo que el historiador francés Pierre Mesnard ha llamado: “la solución humanista al problema de la autoridad.”


El discurso sobre la servidumbre voluntaria

¿Por qué los individuos gustosamente consienten su propia esclavitud? Para La Boétie, la obediencia colectiva de la sociedad se origina en “un vicio para el cual ningún término puede ser hallado lo suficientemente ruin, de cuya naturaleza en sí misma se reniega y al que nuestras lenguas se rehúsan a mencionar.” La Boétie denominaba a este vicio monstruoso la “servidumbre voluntaria.”

¿Pero por qué esta servidumbre voluntaria es un vicio en lugar de ser una virtud? Debido a que la misma contradice a la naturaleza, explicaba La Boétie. A cada hombre le es dada su propia capacidad de razonar, y la virtud radica en cultivar su propia independencia innata. Incluso dentro de los animales inferiores, existe un fuerte y natural impulso a la libertad. Los animales que han probado la libertad se resisten al cautiverio, aunque eso pudiese costarles incluso la vida. Exclamaba La Boétie:

"Dado que las propias bestias, aun las hechas para el servicio del hombre, no pueden acostumbrarse al control sin protestar, ¿qué maligno designio ha desnaturalizado tanto al hombre que él, la única criatura realmente nacida para ser libre, carece de la memoria de su condición original y del deseo de retornar a ella?"

La libertad del hombre exigía la muerte de la tiranía. El defender el tiranicidio contra un gobernante que ha quebrantado las leyes de Dios no era nada novedoso en la teoría europea, pero La Boétie tenía un enfoque diferente: la manera de “matar” a un tirano era destruyendo su poder a través de la resistencia no-violenta. De esa forma, el pueblo mataba no a un hombre sino a la propia tiranía. La libertad requería solamente que un número suficiente de individuos le retirasen su consentimiento y cooperación.

Después de todo:

"...el que de ese modo gobierna tiránicamente sobre ustedes, posee solamente dos ojos, solamente dos manos, solamente un cuerpo...; en verdad no posee nada más que el poder que ustedes le confieren para destruirlos. ¿Dónde ha adquirido él ojos suficientes como para espiarlos, si ustedes no se los proveen por sí mismos? ¿Cómo puede tener él tantos brazos con los cuales golpearlos, si no los toma prestados de ustedes? Los pies que pisotean vuestras ciudades, ¿de dónde los obtiene si no son los vuestros?"

Sin embargo los agricultores continuaban sembrando cultivos que eran confiscados. La gente acumulaba bienes para que los soldados los saquearan y criaban hijas para que ellos las violaran. Observaban como los hijos eran secuestrados para integrar las fuerzas armadas y morían peleando las batallas de otros. La Boétie se refería al campesino:

"Ustedes entregan vuestros cuerpos al trabajo duro a efectos de que él [el tirano o el Estado] pueda dedicarse a sus gustos y revolcarse en sus obscenos placeres; se debilitan a sí mismos a fin de que el más fuerte y el más poderoso los tengan a raya".

Para comprender porqué la gente consentía su propia esclavitud, La Boétie consideró primero el lado frívolo de la cuestión: la psicología del tirano.


La psicología del tirano

La teoría política tradicional definía a la tiranía haciendo referencia a la fuente del poder del gobernante. Es decir, ¿alcanzó el gobernante su posición mediante el nacimiento —la “consagración de Dios”— o de algún otro modo “legítimo”? Si así ocurrió, se consideraba que el rey podía gobernar justamente incluso si lo hacía malamente.

En contraste, La Boétie declaraba que el origen del poder era irrelevante para la definición de tiranía. Si un hombre gobernaba justamente era legítimo;
si lo hacía de mala manera, era un tirano.

Los tiranos caen dentro de tres categorías: aquellos elegidos para mandar; aquellos que heredaron el poder; y aquellos que lo detentaban por la fuerza. La Boétie se rehusaba a darle importancia a los medios por los cuales los tiranos alcanzaban el poder debido a que su método de gobierno parecía ser el mismo.

Pero a La Boétie le interesaba particularmente la psicología de los gobernantes elegidos, debido a que parecía que un gobernante cuyo poder provenía del pueblo debía ser “más soportable” que el de los otros. Debía ser agradecido o al menos reconocer su dependencia de la voluntad del pueblo. Sin embargo, cuando el gobernante elegido prueba el poder:
“planea jamás renunciar a su cargo.” El truco consistía en generar el consentimiento futuro del pueblo a efectos de asegurarse su continuidad en el poder. ¿Pero cómo?

La Boétie exploró las formas principales por las que un gobernante creaba el consentimiento.

El comienzo del mandato de un tirano era el periodo más dificultoso debido a que aquellos que no habían consentido su gobierno serían renuentes a obedecer, y la fuerza bruta podía ser necesaria. La fuerza bruta podía sofocar al disenso en el corto plazo, pero la misma nunca fue una buena opción. La violencia engendraba mártires, incrementaba la resistencia popular contra la autoridad, y evidenciaba la cara desagradable del poder de manera demasiado rotunda.

Pero a medida que transcurría el tiempo, la tarea del tirano se veía facilitaba. A través del condicionamiento y del entrenamiento, las generaciones futuras aceptarían pasivamente a la autoridad y obedecerían de manera automática. La Boétie observaba:

"Es increíble cuan pronto el pueblo se vuelve súbdito, como de forma tan súbita cae en un descuido tan completo de su libertad que la misma difícilmente pueda ser reavivada al punto de volverla a obtener, obedeciendo tan fácil y tan voluntariamente que uno es llevado a afirmar, al percibir dicha situación, que este pueblo en verdad no ha perdido su libertad sino que se ha ganado su esclavitud".

Generaciones que nacieron “bajo la servidumbre y que luego se nutrieron y criaron en la esclavitud” aceptaban su condición como algo natural. De esta manera, La Boétie veía a la “costumbre” como la primera explicación de la servidumbre voluntaria. La gente consideraba que la vida siempre había sido de esta manera, que la vida siempre sería de esta manera; y, por lo tanto, se necesitaba de un gran esfuerzo para introducir una nueva visión.

El pensador del Renacimiento Francés Michel de Montaigne, quien era el mejor amigo de La Boétie, dramatizaba el increíble poder de la tradición en su ensayo intitulado “Of Custom.” El mismo se inicia con estas palabras:

"Él pareciera haber tenido una percepción correcta y verdadera del poder de la costumbre, fue quien por vez primera ideó el relato de una compatriota que, habiéndose acostumbrado a jugar con y a cargar en sus brazos a un becerro joven, y que continuó haciéndolo de manera cotidiana a medida que el mismo crecía, logró mediante esta costumbre, que, cuando el mismo creció y se volvió un gran buey, ella seguía siendo capaz de levantarlo".

Pero, sostiene La Boétie, unos pocos tratan siempre de deshacerse del “peso de la servidumbre,” quizás debido a que “recuerdan a sus ancestros y a sus situaciones anteriores.” Conscientes de la historia, comparan al pasado con el presente y se atreven a anhelar un futuro mejor:

"Estos son quienes, poseyendo buenas mentes, las han entrenado adicionalmente mediante el estudio y el aprendizaje. Incluso si la libertad desapareciese por completo de la tierra, tales hombres la inventarían".


El control de la información

Después de que la mayoría se hubiese acostumbrado a la obediencia automática, el principal desafío del tirano era el de reducir la disidencia. Existían dos medios básicos para hacerlo: controlar a la prensa y monopolizar la educación, en razón de que los “libros y la enseñanza, más que cualquier otra cosa, le brindan a los hombres el juicio para comprender su propia naturaleza y para aborrecer la tiranía.” De este modo, el tirano evitaba que el pueblo comparase al pasado con el presente; y controlaba que lo que la gente creyera fuese posible en el futuro.

Además, con el control de la información, el tirano podía “educar” al pueblo en la creencia de que actuaba solamente para favorecer el bienestar público. Él podía inculcar el dogma de que su administración era una
personificación viviente de conceptos tales como la justicia, la tradición, el patriotismo, la ley y el orden, o el bien público. Así, oponerse al tirano se torna equivalente a oponerse a dichos conceptos.

El tirano reforzaba esta imagen de perpetuidad mediante un
proceso de mistificación: es decir, procuraba aparecer como algo más grande de lo que un mero ser humano es. Así, el gobernante alineado con la religión, juraba hacer respetar la ley de la tierra, recurrir a la autoridad de una constitución o de un documento fundacional, etcétera. Presidía sobre las exhibiciones de pompa, vestía a sus agentes en uniformes, construía monumentos, participaba en rituales del cargo, y alojaba a las autoridades de sus tribunales y de otras instituciones en costosos e impresionantes edificios.

Este era un segundo motivo que explica porqué los individuos le rendían obediencia automática –una prensa regulada y un sistema escolar los había convencido de que la autoridad del gobernante era legitima. La mistificación de su poder los llevaba un paso más adelante: se volvían atemorizados por él y lo veían como algo más que un mero ser humano, tan falible como ellos mismos.


El soborno

Los individuos que no podían ser atemorizados bien podían ser comprados. Y, de esa manera, el gobernante se involucraba también en dadivas.

La Boétie señalaba que los “juegos, farsas, espectáculos, gladiadores, bestias extrañas, medallas, cuadros, y otros de tales narcóticos” patrocinados por el Estado eran utilizados por los “pueblos antiguos.”
Estas distracciones eran “el señuelo hacia la esclavitud.” El pueblo se fascinaba tanto por sus placeres que no se percataban de su esclavitud. En otras épocas, los gobernantes literalmente alimentaban al pueblo mediante la distribución de raciones de alimentos. “Y entonces todos vergonzosamente gritarían, ‘Larga vida al Rey!’” destacaba desdeñosamente La Boétie. “Los tontos no se percataban de que meramente estaban recuperando una porción de su propia propiedad, y de que su gobernante no podría haberles dado lo que se encontraban recibiendo sin primero habérselo quitado a ellos.” Al proveer pan y circo —bienestar estatal y distracciones populares— el pueblo era sobornado para que entregara su libertad.

Este soborno directo empalidecía en significación, no obstante, junto a una forma indirecta a la que La Boétie denominaba “la causa principal y el secreto de la dominación, el apoyo y el basamento de la tiranía.” Este era el soborno institucionalizado mediante el cual millones de personas eran empleadas en puestos públicos y recibían fondos financiados con impuestos a fin de poder pagar sus cuentas. Estos empleados estatales “se aferraban al tirano” y le ofrecían su lealtad. Algunos empleados estatales, tales como los oficiales de policía, se convertían en las manos del Estado, alcanzando a toda la sociedad para implementar leyes y políticas. Los intelectuales apoyados mediante los impuestos, tales como los profesores universitarios y los beneficiarios de becas gubernamentales, se volvían la voz del Estado, defendiendo su legitimidad. Aún otros, desempeñándose como oficinistas o agentes menores, hacían que la maquinaria diaria del Estado rechinase.

Durante generaciones, una basta nueva clase de individuos emergía dentro de la sociedad: individuos que servían al estado a cambio de un salario financiado con impuestos.
Estos empleados estatales voluntariamente destruían su propia libertad y la de sus vecinos. Y lo hacían sin pensarlo debido a que la fuerza de la costumbre los llevaba a creer que las cosas siempre habían sido de esta manera y que siempre lo serían.


La solución de La Boétie para la servidumbre voluntaria

Retire su consentimiento, quite su cooperación. Le aconsejaba La Boétie al hombre común:

"No les pido que coloquen las manos sobre el tirano para derribarlo, sino simplemente que ya no lo apoyen más; entonces lo verán, como un gran Coloso, cuyo pedestal ha sido apartado, caer por su propio peso y romperse en pedazos".

Por ofrecer este consejo, Gene Sharp, autor de la obra definitiva sobre la no-violencia, The Politics of Nonviolence, comentaba:

"El Discourse de La Boétie es un ensayo altamente significativo sobre la fuente última del poder político, los orígenes de la dictadura, y los medios por los cuales los individuos pueden evitar la esclavitud política y liberarse".

Este fue el legado del Discourse. ¿Pero qué hay del hombre real? A la temprana edad de 33 años, La Boétie murió en los brazos de su amigo Montaigne, quien por este suceso se vio motivado a escribir su famoso ensayo “On Friendship.” El ensayo retrataba a la relación entre ellos como a una “unión de almas.” Y fue fundamentalmente a través de este ensayo que un mundo más amplio conoce a Étienne de La Boétie.

Es solamente en los círculos políticos que son celebrados los puntos de vista de La Boétie sobre la psicología de la tiranía y de la obediencia. Allí es reconocido como una de las primeras voces en favor de la desobediencia civil y de la resistencia no-violenta contra la autoridad.

Si La Boétie está en lo correcto, si la libertad es un impulso humano natural, entonces la propia naturaleza apoya la lógica de no cooperar con la tiranía. Existe algo dentro del hombre y de la bestia que resiste la tensión de una correa. En vez de romper la tensión atacando a aquellos que detentan las riendas, La Boétie le decía a la gente que dejasen que la tensión aminore. Los individuos deberían rechazar tanto a la violencia como a la sumisión. Simplemente deberían decir NO.

En esa palabra, yace la libertad.

 

 

[*] Link: http://www.elindependent.org/articulos/article.asp?id=1162 / Wendy McElroy es Investigadora Asociada en The Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century. Artículo publicado el 1 de mayo de 2003 / © Copyright 2003, The Future of Freedom Foundation / Traducido por Gabriel Gasave

 

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