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Artículo
Caracas / Venezuela - Martes 2/09/03
 


Cogestón es administración de la crisis capitalista
Ángel Cristóbal Colmenares E. / Soberania.info - 02/09/03

El desarrollo y profundización de la lucha de clases a escala internacional en un proceso que contempla internacionalización-centralización del capital, nuevas divisiones del trabajo, incorporación de técnicas productivas y modelos de acumulación y --desde el sector de los trabajadores-- una creciente repulsa tanto a la explotación directa como a los aparatos de control que la facilitan y legitiman, obliga a la burguesía a buscar respuestas eficaces al creciente deterioro de la “paz social”, hoy menos que nunca garantizada por el sindicato como aparato mediador y controlador.

Hablando en términos locales, Venezuela, país de economía capitalista estructuralmente deformada desde que su majestad el petróleo se aposentó sobre un territorio cuya producción era básicamente agrícola, trayendo técnicas y elementos de un desarrollo completamente desconocido, vive hoy una etapa de cambios políticos, económicos y sociales que abren posibilidades ciertas a los sectores históricamente excluidos, en primer lugar a la clase obrera.

Uno de los cambios que vivimos fue enterarnos de ser accionistas originarios de la principal industria del país: Petróleos de Venezuela, S. A. (PDVSA), de cuya propiedad habíamos sido desposeídos y a la cual hoy, por mandato constitucional, tenemos posibilidades de recuperar. Pero debemos tener claro que tal recuperación debe ser obra de nuestros propios esfuerzos, toda vez que la lucha de clases no ha desaparecido, los sectores populares no hemos “tomado el poder”, como incorrectamente suele decirse, y ni siquiera tenemos al gobierno, aunque sí parte de él. La gran ventaja es que el presidente Chávez, líder de todo este movimiento, hasta ahora se ha mostrado fiel al compromiso de profundizar el proceso de empoderamiento del sector popular, y la correlación de fuerzas en centros locales de poder como la Fuerza Armada sigue inclinada a favor de los cambios propuestos.

Es necesario entender que durante mucho tiempo la dirección política del país mantuvo al movimiento popular desmovilizado, fragmentado y aterrorizado. En esa tarea jugaron su papel todos los aparatos de control estatal, desde la escuela hasta la los medios de difusión masiva, y el dominio ejercido sobre el movimiento popular también tuvo su resultado de imposición de una cultura determinada, de una forma específica de ver al mundo y a la sociedad. Y una de las expresiones de tal cultura fue la separación total que la dirección política trazó entre el petróleo y el pueblo. La “nacionalización” del recurso energético solo significó un buen negocio para las compañías aceiteras internacionales y la continuación de la transferencia de grandes sumas de dinero hacia otros lugares mientras al interior de PDVSA una minoría gozaba de prebendas por su fidelidad a los centros de mando extranjeros y remachaba el dominio de la cultura corporativa sobre la mayoría de los trabajadores, a quienes se trató de introyectar una falsa visión de ellos mismos como seres extraordinarios, superiores al resto de trabajadores y de ciudadanos.

Esa falsa visión adoptó la forma de una cultura organizacional que trazó líneas divisorias tanto entre los trabajadores al interior de la corporación como entre éstos y el mundo que vive más allá de los límites de la empresa en todos los sitios donde ésta tiene instalaciones. Se impuso así un divorcio entre PDVSA y las comunidades, como si los trabajadores que en aquella laboran no fueran ellos mismos miembros de esas comunidades. Pero se trataba de crear una falsa conciencia. Se trataba de que los trabajadores al servicio de la corporación se creyeran distintos y superiores al resto de los mortales. Era “la gente del petróleo”, una aristocracia bien pagada. Se trataba de esconder la realidad de un país sumido en la más espantosa crisis social y moral, producto en parte del derroche que tras la cultura organizacional pedeveca se desarrollaba.

Esa cultura organizacional está vigente y en muchos casos al mando en PDVSA.

Hoy se discute otra “reestructuración” en la empresa petrolera venezolana, uno de cuyos objetivos debe ser colocarla al servicio del desarrollo integral de la economía y la sociedad venezolanas, en articulación con los fines señalados por la Constitución. Pero esa “reestructuración” sería desvirtuada si en ella no participamos TODOS los trabajadores, firmemente vinculados al resto del colectivo (las comunidades) y a la Fuerza Armada. No se trata de que un grupo de expertos indique lo que debe hacerse. No puede ser que el concepto de participación sea desvirtuado y vengan unos sabios a “participarnos” lo que han hecho o dejado de hacer. Si no es obra de los trabajadores todo seguirá igual… o peor

Y especialmente relevante para esta discusión es lo atinente a la estrategia obrera, tanto dentro como fuera de PDVSA, pues se ha vuelto a poner de moda la conocida COGESTIÓN, arma del arsenal capitalista cuando la lucha de los obreros pone en riesgo su dominio. Recordemos que por los años ochenta hubo una intensa campaña publicitaria por la cogestión con urgentes llamados a incrementar la productividad y poner en práctica la concertación. Revisemos esa reciente historia. Verifiquemos quiénes hablaban de cogestión pero sin tomarse la molestia de explicar en qué consiste ella, con lo que la trilogía cogestión-productividad-concertación entraba a enriquecer la colección de palabras-milagro a cuyo solo enunciado los problemas se dan por solucionados. Quienes propagandizaban al término eran los mandarines del sindicalerismo, especialmente los de la CTV. Detrás estaban los dueños y señores de las máquinas, del conocimiento, del trabajo, de la vida de los trabajadores y del producto del trabajo, vale decir Fedecámaras, propietaria también de la CTV, como quedó evidenciado para todo público desde diciembre de 2001.

Hablemos entonces de COGESTIÓN.

En la medida de su desarrollo, que debe entenderse como despliegue de contradicciones internas y antagonismo permanente frente a la clase obrera, el capitalismo ha aprendido a utilizar técnicas que contrarresten tanto las tendencias al descenso de la tasa de ganancia (que es la relación entre la cuota de plusvalía expropiada a los obreros y la suma del capital invertido), superproducción, alargamiento en el tiempo de rotación del capital (parte de la crisis de realización), como a promover políticas que le permitan mantener a la clase obrera dispersa, desmovilizada y aislada de otros sectores explotados, en función de impedir que en el proceso de lucha el proletariado, en decidida acción conciente y autónoma, construya y depure su propio proyecto revolucionario, lo cual significa la construcción y estructuración de sus instancias político-organizativas, bases objetivas sobre las cuales levantará y consolidará la necesaria hegemonía.

Pero el dominio de la burguesía no es absoluto y a pesar de sus controles y técnicas la clase obrera se resiste a dejarse explotar, generándose choques y tensiones que comienzan casi siempre por reclamos reivindicativos inmediatos (salarios, horarios, derecho al trabajo) pero devienen en rechazo al autoritarismo, interrogantes acerca del trabajo, su utilidad, su destino, cuestionamientos que de generalizarse conducirían a la esencia del problema: la división del trabajo y de la propiedad, frente a lo cual se plantea entonces la represión abierta y sin tapujos con el consiguiente riesgo político de una deslegitimación radical y evidente, o búsqueda de nuevas respuestas políticas que permitan la continuidad (legitimación y reproducción) de las condiciones sociales capitalistas. Experiencias de tales enfrentamientos las podemos encontrar en los conflictos de trabajadores que se manifestaron durante 1981, muchos de ellos contra la voluntad de las cúpulas sindicales. En el diario “El Universal” del 26 de agosto de ese año el presidente de Fedecámaras, Ciro Añez Fonseca, declaraba:

“(…) Cuando se ha adoptado como norma de acción común y corriente para el logro de reivindicaciones sociales el paro, las huelgas, las operaciones morrocoy, el ausentismo, la paralización ilegal de actividades y de servicios públicos indispensables como la salud y el transporte, estamos en presencia de un peligroso deterioro del sistema”. Veinte años después esa misma Fedecámaras y sus socios de la CTV pondrán en práctica tan criticada norma de acción común contra un gobierno popular y legítimo que no se plega a sus órdenes.

Pero, ¿qué busca el capital con la cogestión?

1. Garantizar la “paz social”, es decir, la ausencia de luchas obreras para que la patronal pueda efectuar la planificación de los costos y la programación económica, o como lo planteaba Fedecámaras en su “Carta de Maracaibo”: “FEDECÁMARAS tiene legítimo interés en un gremialismo laboral bien orientado, fuerte y organizado, libre de compromisos y ataduras políticas, porque el diálogo entre los dos grandes interlocutores de la producción, para que sea constructivo y fecundo, requiere la mayor representatividad, para que así pueda cumplir y hacer cumplir las respectivas cuotas de obligaciones, sacrificios y esfuerzos que han contraído, dentro del gran compromiso social, ante la Nación”. El diálogo, bajo condiciones de la división social del trabajo, seguiría desarrollándose en ausencia de la clase obrera, “representada” por dirigentes y especialistas que deciden a espaldas de ella y luego, si hay tiempo, informan lo que aprobaron.

Es curioso también que los dirigentes de FEDECÁMARAS pasaran por alto que la cúpula de la CTV jamás hizo elecciones que legitimaran su dirección y los componentes de su aparato eran nombrados por los cogollos de AD y de COPEI. Pequeños detalles sin importancia.

2. Distraer a los obreros de los problemas planteados por las relaciones verticales en la fábrica, que podrían llevar a la fuerza obrera organizada a disputar a los patronos el derecho a determinar los ritmos de producción, qué productos fabricar, el nombramiento de los jefes o capataces y los despidos. Así, las relaciones capitalistas de producción son preservadas permaneciendo los patronos con la sartén asida por el mango, es decir, sin que su dominio y propiedad sobre las máquinas, sobre el trabajo y sobre el producto de éste sean discutidos y puestos en peligro.

En el caso de PDVSA, si los trabajadores somos accionistas originarios no se debería plantear conflicto alguno para que nuestras organizaciones de clase participen tanto en la programación de la producción como en el reparto de los beneficios, pasando por el conocimiento previo de todos y cada de los contratos que en ella se hagan.

3. Dividir a los obreros dentro y fuera de las fábricas al incorporar a ciertos trabajadores a la gestión empresarial, con lo que éstos creen romper las barreras de clase sin darse cuenta (en el mejor de los casos) de su utilización como coartada ideológica para engañar incautos pues cualquier trabajador aceptado en la mesa directiva de una empresa capitalista solo hará de figura decorativa sin posibilidad alguna de tomar decisiones reales, dado que todas las empresas configuran un circuito de producción y distribución articulado al mercado, que es monopolizado por los capitalistas y su Estado. Mientras los trabajadores no tengamos decisión verdadera sobre ese Estado y controlemos el mercado, no podremos autodeterminarnos política y económicamente. En todo caso, a los capitalistas les importa poco dar algunas prebendas a determinado grupos de trabajadores en un área productiva precisa mientras su control sobre el proceso total de producción se mantenga y reproduzca.

Pensemos en lo que nos sucede ahora mismo en la principal empresa del Estado venezolano, donde se habla de “una nueva PDVSA” que realmente no se ve pues muchos de sus gerentes superiores y medios son los mismos que la condujeron al desastre, a la chatarrizaciónprogramada y al atentado contra el colectivo nacional, mientras sus “normas y procedimientos” impiden cualquier incidencia real de los trabajadores en los asuntos importantes.

Son las mismas bases, idénticos marcos organizacionales, igual chantaje tecnocrático de los abultados curricula, la sacrosanta “experiencia” y el todavía invariable control sobre las operaciones de comercialización, envueltas en un impenetrable secreto de iniciados.

4. Contribuir a mantener el “secreto de la producción”, o sea la manipulación de cuentas, el uso de contabilidades dobles, la utilización de falsos índices de costos y comercialización. De esa manera la clase dominante conserva el monopolio del saber y continúa legitimando y ocultando las verdaderas relaciones que nacen en la explotación del trabajo ajeno y se extienden a todas las esferas de la sociedad, pues la clase que domina en lo material también es dominante en lo espiritual. Como exponían Marx y Engels (“LA IDEOLOGÍA ALEMANA”): “Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas”.

5. Esparcir la idea de la colaboración de clases, es decir, la “innecesaria” lucha obrera contra la burguesía y su Estado, que así es presentado como algo natural y eterno, ajeno a la acción humana. La idílica “participación de todos” sustituye al combate de la clase por su emancipación definitiva y hace creer a algunos en la posibilidad de ser “socios de su empresa”, de la que espera cobrar dividendos arrancados a otros obreros. Hoy en Venezuela, como previamente asentamos, existe una coyuntura favorable para que los trabajadores conquistemos espacios y consolidemos posiciones estratégicas en función de la construcción de un país de justicia social.

Pero no debemos caer en el espejismo de “haber tomado el poder”. No. El poder, como correlación de fuerzas sociales, reside en actores y lugares distintos incluso al gobierno central, al cual podemos identificar como aliado de los sectores populares. Pero ello no basta. Mientras el movimiento popular, y en lugar preponderante los trabajadores, no construya su autonomía política y organizativa, no habrá cambio posible.

La estrategia de la cogestión está centrada en el logro de aumentar la productividad del trabajo, cuyo decrecimiento está ubicado en una doble determinación: la resistencia de los trabajadores y la ley tendencial a la baja en la tasa de ganancias, condicionada ésta por el propio desarrollo tecnológico. La composición orgánica del capital (relación entre capital constante y capital variable) nos dice dónde se afinca la inversión: si en máquinas, edificios y materias primas (capital constante) o en la compra de de fuerza de trabajo (capital variable)

Los saltos en el desarrollo tecnológico obligan a los capitalistas a ponerse al frente de su rama productiva adquiriendo las maquinarias y equipos más nuevos, pues con ello ahorran mano de obra y arruinan a quienes no pueden competir con ellos, profundizándose así la tendencia al monopolio; pero la contradicción a superar es que las máquinas, por si solas, no producen riquezas, sino que es la fuerza de trabajo humana la que se auto valoriza al modificar la materia prima y operar la maquinaria, creando nuevos productos que llevan consigo el plustrabajo, vale decir la parte de trabajo invertida por el hombre pero que no se le paga, pues el salario es el precio de costo de la reproducción del obrero como mercancía.

Sin fuerza de trabajo viva no hay posibilidad de de obtener plusvalía. De allí la preocupación empresarial por contar con una fuerza laboral tranquila, dócil y muy productiva, preocupación compartida por los lugartenientes sindicales que colaboran activamente por la “paz laboral” desde diferentes perspectivas, unos con poses y lenguajes radicales, otros bueycansadamente, pero todos dividiendo, desmovilizando y fragmentando la conciencia obrera.

En PDVSA es también discutible el papel y la estructura del sindicato, pero ese es tema de un trabajo distinto.

De allí la proposición de CONTROL OBRERO, cuyo sentido está indisolublemente ligado al objetivo de cambio revolucionario del capitalismo, donde el control obrero busca rebasar la discordancia existente entre las reivindicaciones más progresistas de la clase obrera, formuladas a nivel sindical, y el propósito estratégico de acelerar la lucha de clases en su conjunto en función de generar rápidamente la penetración revolucionaria hacia el control del poder político, planteando una impugnación global al dominio capitalista y creando situaciones de DUALIDAD DE PODER que, partiendo de las fábricas, se generalicen y profundicen a todos los ámbitos de la sociedad.

En tal sentido la única manera de UNIR Y MOVILIZAR a los trabajadores es ATACANDO EL PODER DE CLASE de los patronos y de su Estado, planteando combates en las áreas restringidas de su dominio, fundamentalmente aquellas donde reside la capacidad de decisión y por tanto inasimilables y mortales para el capitalismo.

Se trata entonces de reivindicar el PODER PERMANENTE del movimiento de los trabajadores sobre todos los aspectos de la relación de trabajo: salarios, jornada, contratación, cadencia de ritmos productivos, única forma de que la clase obrera pueda ejercer un control efectivo sobre la política administrativa de la empresa y orientarla en el sentido proletario de colectivismo y solidaridad, pues cuando los trabajadores hagamos del CONTROL OBRERO una línea política, ese será el comienzo del fin para las relaciones jerárquicas que nacen en la fábrica y se reproducen en toda la sociedad; es decir, el movimiento obrero organizado estará también dando un golpe a la división social del trabajo, madre de la burocracia, reemplazando a los “jefes” por trabajadores elegidos en asambleas, revocables en todo momento y responsables ante la base y no ante el patrono o sus aparatos de control.

La clase obrera no podrá superar su estado de división, desmovilización y defensiva hasta tanto conquiste su AUTONOMÍA POLÍTICA Y ORGANIZATIVA, objetivada en su proyecto estratégico y sus estructuras autónomas de masas, desde las cuales establezca políticas de alianzas con otros sectores explotados, acercamiento a estamentos profesionales y estudiantiles revolucionarios.

Solo así podrá definir un camino realmente proletario, verdaderamente clasista.


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