Obama y el significado del cambio
Rafael Eduardo Micheletti* / Soberania.org - 11/11/08
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El reciente triunfo de Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos marca un antes y un después en la historia política de ese país y del mundo. Muchas tradiciones, desviaciones y limitaciones del tradicional sistema democrático representativo parecen estar empezando a ser dejadas de lado.
No es que los Estados Unidos no fueran una democracia, de hecho lo fueron siempre y una de las más perfectas y estables del mundo. Pero como toda creación humana, la democracia ha sido y será siempre un sistema perfectible, al tiempo que necesariamente estará condicionada por la realidad cultural y tecnológica de la sociedad a la cual rija.
Cuando nació el sistema democrático y republicano, el mundo empezaba a transitar por la Era Industrial, en la que los medios de masas, la centralización de la producción y su separación del consumo, la concentración poblacional, la organización empresarial más bien vertical y la productividad media del trabajo humano hacían que necesariamente, para participar y ganar en política, uno tuviera que tener buenas conexiones con la clase alta o en el mejor de los casos también con la media-alta.
La comunicación era masificada y más costosa, por lo que sólo aquellos que lograban recaudar mucho dinero desde un comienzo podían dar a conocer sus ideas y propuestas. Y este dinero sólo podía ser recaudado de manera efectiva dentro de la clase más bien alta, debido a que era la que mantenía contactos considerables con la clase dirigente y debido también a que la comunicación masificada y vertical limitaba en gran medida una participación y un involucramiento económico considerable del electorado.
Esto no quiere decir que la democracia era una ilusión, y que solamente gobernaba una clase cerrada y hermética de pocos grandes empresarios. De hecho, los Estados Unidos han sido siempre un país muy descentralizado, en el que la mayoría de las decisiones se toman a nivel local, muchas veces por medio de la democracia directa, dejando que a nivel nacional se tenga que gobernar sobre cuestiones muy específicas, sometidas además al control por medio del voto de un electorado con amplio acceso a la información y suficiente independencia económica y cultura democrática como para poder ejercer ese voto de manera responsable.
Un país no se desarrolla económica y socialmente como lo hizo Estados Unidos solamente porque allí aparecieron algunos inventos tecnológicos de gran importancia. La tecnología se difunde y el conocimiento puede ser incorporado por todos los países si se lo proponen. El desarrollo integral y sustentable sólo es posible en una sociedad que, de alguna manera, logra reflejar en gran medida sus intereses legítimos en la actividad política.
Por lo tanto, no me parece creíble la idea consistente en que en los Estados Unidos no hay democracia, en que la democracia representativa es una ilusión y en que no hay mayor diferencia entre un líder totalitario y uno democrático. La diferencia es abismal y es la misma que existe entre una sociedad pobre y una desarrollada.
Sin embargo, como dije antes, la democracia es perfectible, y no sólo eso, sino que además, por ser un sistema abierto a la participación popular, se renueva constantemente permitiendo un perfeccionamiento estable y pacífico.
Esto último es lo que creo que estamos viendo hoy en día en los Estados Unidos, en Obama y en un pueblo estadounidense que salió a las calles, se involucró en la política y votó en un grado nunca antes visto en la historia, y todo ello cuando, a pesar de los problemas que pueda tener, son una sociedad avanzada y desarrollada en la que los partidos políticos mayoritarios están mayormente de acuerdo sobre políticas de Estado fundamentales que hacen a las grandes cuestiones, todo lo cual no hace sino que muchas veces los estadounidenses sientan que su voto no es importante, que las cosas van a seguir igual y que no hay mucho por mejorar en su sistema político a nivel nacional.
Se trata de un pueblo que desde sus comienzos practicó la democracia en todos los órdenes y ámbitos de la vida, desde la religión, pasando por los sindicatos y demás asociaciones civiles, hasta los propios partidos políticos que en sus internas someten a los posibles candidatos a una competencia formidable, en la que deben estar alrededor de un año debatiendo públicamente, respondiendo preguntas y explicando su programa de gobierno con una dedicación y determinación extremas.
Este sistema, sin embargo, y aceptándolo y conociéndolo los propios electores estadounidenses, por las condiciones sociales y tecnológicas antes señaladas, no podía dejar de estar fuertemente influenciado por los lobbies, que son un fenómeno muy común en las democracias representativas a escala nacional, y que consisten sencillamente, no en actos de corrupción, sino en negociaciones transparentes que llevan a cabo sectores sociales y económicos en forma unida para lograr tener más peso en el proceso de decisión política.
Esto no le quita al elector el derecho al voto, y en una democracia representativa evita en gran medida que una minoría pueda usar el Estado de manera discrecional en contra de la población, dado que por el grado de competencia y transparencia que existe en una democracia representativa real, y debido a que estos lobbies no están formados en general por un puñado de empresarios sino por sectores más amplios de la sociedad con intereses en común, como la Sociedad del Rifle, la Comunidad Judía, la Comunidad Gay, la Comunidad Negra o Latina, los Evangelistas, etc., lo que defienden son intereses legítimos, y no ilegítimos.
Esa es la gran diferencia entre el corporativismo totalitario, vertical, surgido desde arriba hacia abajo, y un cierto grado de corporativismo del que necesita la democracia, surgido desde abajo hacia arriba, de manera libre y voluntaria, y producto de una amplia participación en una comunidad económicamente desarrollada en la que un par de empresarios no podría hacer la diferencia ni tentar demasiado a ningún candidato hasta el punto de lograr reflejar en la política intereses ilegítimos y privilegios que sólo los beneficiarían a ellos mismos, en desmedro del resto de la sociedad.
Ese corporativismo democrático, a pesar de todo, y aunque es fundamental en una etapa del desarrollo social y tecnológico, es lo que ha empezado a cuestionarse en los Estados Unidos. Hacia allí apuntó la mayoría de sus flechas el senador Obama, que habló de “lo lejos que está Washington del pueblo”, de “la necesidad de un cambio” y de “una nueva forma de hacer política”.
Y la razón de todo esto no es, como quieren creer algunos, la falta de democracia interna existente en los Estados Unidos, ya que de hecho siguen siendo uno de los países más democráticos del mundo, con una tradición democrática profunda y legendaria que hace que prácticamente nadie hoy en día pueda cuestionar seriamente sus instituciones, sino que las causas más profundas de este cambio se encuentran en la última gran revolución tecnológica y de las comunicaciones, en lo que Toffler llamaría “la transición de una sociedad industrial hacia una sociedad del conocimiento o de la información”.
Debido a la aparición de tecnologías de la información y la comunicación que tienden a la desmasificación y a la comunicación en red, de manera directa y personalizada, el conocimiento ha pasado a cobrar un protagonismo inusitado, haciendo que se abran las puertas a un cambio pacífico y gradual, pero no por ello menos profundo, que pone la política al alcance de la gente común, haciendo que cada vez cuente más el carisma, la capacidad y las ideas de las personas en vez de su dinero, sus contactos y el sistema de alianzas de lobbies que lo sustente a la hora de aspirar, por ejemplo, a la presidencia de los Estados Unidos de América.
Este cambio está recién empezando, y queda claro que no fue un invento de Obama, sino que este último lo aceleró y lo potenció con diversas actitudes y formas que le permitieron hacer una campaña mucho más democrática y participativa de lo que se había visto hasta ahora. Obama fue la persona indicada en el momento indicado, pero este cambio lo supera y trasciende, y es un eslabón más, creo yo, de los muchos que faltan hasta que en el mundo impere la democracia directa, que se ha hecho potencial y materialmente posible debido al último cambio tecnológico.
Barack Obama no sólo fue por mucho el que más dinero recaudó, sino que lo hizo fundamentalmente con pequeños y cotidianos aportes de las clases más bajas y medias de Estados Unidos. Nació en Hawai, muy lejos del centro de decisiones de la política grande de Estados Unidos, estudió en Indonesia hasta los diez años, y sin embargo pudo acceder a la Universidad de Harvard, ser el primer presidente afro americano de la revista jurídica de dicha universidad y escribir un libro, todo lo cual lo hicieron relativamente reconocido, permitiéndole demostrar su carisma, astucia y capacidad de liderazgo a nivel local y luego a nivel nacional y hasta incluso mundial.
Todo este cambio, que en un principio puede no parecer tan drástico y profundo, es el comienzo de una nueva forma de hacer política, signada por la comunicación desmasificada y de muy bajo costo, por la facilitación de la participación activa de toda la comunidad, la mayor importancia y actividad del conocimiento y la comunicación como factores determinantes de la política y una mayor democratización del financiamiento de la misma, que tendrá su correlato en los niveles de participación e involucramiento de la sociedad y por lo tanto de representatividad, transparencia, descentralización y eficiencia de las instituciones políticas vigentes.
Dependerá de Obama, en gran medida, el grado en que esta posibilidad de cambio sea aprovechada, pero queda claro que las puertas están abiertas, que el antecedente ya existe y que ya nada volverá a ser exactamente igual a como lo era antes en lo que continúa siendo, por más que a muchos les pese, la principal democracia de nuestro planeta Tierra.
(*) Rafael Eduardo Micheletti /
Secretario de organización y presidente de la filial Santa Fe del Centro de Estudios de los Intereses Nacionales (CEIN). / Tel: (0341) 156-916835 / Blog: www.rafamicheletti.blogspot.com /
E-mail: rafamicheletti@hotmail.com
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