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Caracas / Venezuela - Miércoles 3/09/03
 


En una tranquila campiña inglesa (III)
Walter Martínez (Dossier) / Últimas Noticias (Venezuela) - 31/08/03

Cuando Margaret Thatcher estaba en el poder, tenía más de tres millones y medio de desocupados como consecuencia de sus políticas económicas inspiradas por Von Hayek. Pero la oportunidad de ir a la guerra por Las Malvinas hizo que todos los súbditos británicos se arroparan con el tricolor de la Union Jack, y olvidaran el desmantelamiento del Estado y de los beneficios sociales. Ronald Reagan, o más bien, quienes le escribían los libretos al “Gran Comunicador”, bebían de las mismas fuentes y ofrendaban igualmente a Marte. Al regreso de Santiago, y de paso por Caracas, Von Hayek me dijo en el transcurso de una exclusiva para el Canal 8: “Mi teoría económica sólo va a funcionar en Chile; y eso, porque está Pinochet; y en Argentina, si acaso los militares saben manejar las cosas”.

No obstante, ni el MI-5 pudo prever que quemarían el centro de Londres cuando la hoy Baronesa se pasó de la raya con la paciencia de los contribuyentes británicos y decidió aumentar los impuestos municipales. En esa época, primavera de 1983, un año después de Las Malvinas, uno de los más finos programas de humor de la televisión inglesa era “Yes, Prime Minister”.

Tuvo tanto éxito en su sarcasmo, que hasta se convirtió en un producto de exportación. En ese programa se jugaba hasta con el drama nuclear en plena Guerra Fría y se demostraba la pomposa superficialidad con que los personajes claves del Gabinete y el Gobierno manejaban los temas más trascendentales, escamoteándolos a la opinión pública.

Los libretos eran tan sabrosos que terminaron convertidos en libros; y al final, hasta apareció una edición llamada The Complete Yes Minister, subtitulada Los Diarios de un Ministro del Gabinete por el “muy honorable James Hacker MP”. Tanto el programa como su versión impresa eran un genuino producto con la marca de calidad de la BBC. La intocable y querida “Tía BB” se cobraba así los “daños colaterales” que le infligiera la Sra. Thatcher durante la campaña del Atlántico Sur, al defenestrar a su director y ocupar los transmisores de Ascension Islands. Aún tengo algunas cintas de esas risibles transmisiones, donde un presunto locutor con un dejo de acento asiático, estilo restaurant chino, y unas sobreactuadas “y” griegas pretendiendo sonar porteñas, remedaba a la Rosa de Tokio en la Segunda Guerra Mundial y anunciaba a los congelados conscriptos de qué se iban a morir. Nunca ha dado buenos dividendos políticos en las Islas Británicas meterse con la BBC. Cuando Edward Murrow, micrófono en mano y subido a los techos de Busch House, trasmitía en vivo y en directo las batallas de la Luftwaffe con la Royal Air Force en los cielos de Londres, y casi se podía oír al otro lado del Atlántico el maravilloso sonido del Merlin V-12 de los Spitfire, o el tableteo de las ráfagas de los Messerschmitt109, el Primer Ministro Winston Churchill entendió claramente que también la “Tía BB” pasaba por uno de sus “momentos más brillantes”. Llegó incluso a ofrecerle la Dirección de la BBC a Ed Murrow, padre de la Escuela de grandes periodistas audiovisuales heredada por Walter Cronkite; pasando por encima del hecho de que no se trataba de un súbdito británico, sino de un estadounidense que luego haría historia como anchorman de la CBS y crítico del mal uso dado al poder de la televisión. Otra muestra de la influencia de la “Tía BB” fueron las proclamas dirigidas al otro lado del Canal, a la Francia ocupada, por un joven oficial rebelde llamado Charles De Gaulle, a quien sintonizaban en secreto en las buhardillas y sótanos. Ahora la BBC libra otra de sus legendarias batallas contra el Gobierno de turno. Fue ella quien investigó la dudosa versión oficial sobre la presencia de armamento de destrucción masiva en Irak para justificar la invasión, acompañando a George W. Bush. Fue ella la que transmitió la tristemente célebre afirmación de Tony Blair ante el Parlamento en el sentido de que Sadam Hussein era capaz de lanzar ese tipo de armamento “con sólo 45 minutos de preaviso”.

La fuente más conspicua y que por algún tiempo se pudo mantener bajo el secreto profesional fue el ahora presuntamente suicidado Dr. James Kelly. Kelly era muy respetado nacional e internacionalmente, tanto en el ámbito académico como en el teatro de operaciones, a la hora de investigar armamento de destrucción masiva; figura respetada también en el Ministerio de Defensa para el que igualmente trabajaba. Cultivaba un muy bajo perfil y gozaba de gran aprecio en su entorno. Pero de pronto se vio sobre expuesto y vapuleado. Su fidelidad a la verdad le llevó a criticar los fundamentos del Informe de Inteligencia en que se basó el discurso del Primer Ministro, el cual, a su vez, fue tomado como referencia por el Secretario de Estado Colin Powell cuando ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se refirió al Dossier de Inteligencia británico catalogándolo de “exquisito en detalles”.

El Dr. Kelly había advertido claramente al periodista de la BBC Andrew Gilligan, que los datos manejados habían sido burdamente manipulados para hacerlos más “atractivos” (sexed-up) políticamente, de manera de obtener la autorización del Parlamento para ir a la guerra. Tal como informamos en un Dossier anterior (Últimas Noticias, 25/08/03) el Dr. Kelly había advertido a un alto diplomático británico: David Broucher, Representante Permanente ante la Conferencia de Desarme de Ginebra, quien lo confirmó bajo juramento ante el Comité de Investigación presidido por Lord Hutton, que si Irak era invadido “él podría aparecer muerto en los bosques”. Invadieron, y el Dr. Kelly apareció muerto en los bosques. Ahora, con el conflicto empantanado, en una desgastante guerra de guerrillas, soldados muriendo y oleoductos ardiendo, y sin poder garantizar ni siquiera la más elemental versión de ley y orden o de servicios públicos, responsabilidad ineludible e inexcusable para cualquier potencia ocupante, el costo de las decisiones se pone en evidencia.

Nuestra vieja teoría sobre los medios de comunicación como teatro de operaciones paralelo o alternativo al teatro real, se confirma hasta en la lucha por el control de la BBC, lo que significa un descarado intento de controlar la opinión pública.

La organización estadounidense “Media Tenor” que hace seguimiento a los medios de comunicación internacionales, afirma, según John Pilger del Daily Mirror que “la BBC permitió menos disensión contra la guerra que todas las principales cadenas internacionales a las que inspeccionaron, incluidas las redes estadounidenses”.

Sin embargo, algunos anticuerpos quedaban todavía en la vieja “Tía BB”. Caso contrario, el periodista Andrew Gilligan no hubiera podido destapar la olla en la que hoy el Gobierno de Tony Blair se cocina a fuego lento en su propia salsa.

El tema de si la BBC estaba o no en contra de la guerra compite ahora con otro más jugoso:

La supervivencia política del Primer Ministro Tony Blair y del Gobierno Laborista.

No ha sido suficiente que Tony Blair calificara los argumentos de la BBC como “completamente absurdos”, sino que agregó que se trataba de “un ataque que tenía como objetivo no sólo el centro de la Oficina del Primer Ministro, sino la forma como nuestros servicios de información trabajan, y contra el país en su conjunto”.

La huidiza entrada y salida de Tony Blair ante la Corte de Lord Hutton, oportunidad en que se usaron diferentes caravanas de vehículos para despistar, no impidió que fuera abucheado y se le mostrara en un monigote con una larga nariz.

Las pancartas eran crueles y los ánimos de quienes le gritaban cosas feas demostraban por qué muchos de ellos le estaban esperando desde la noche anterior y hasta durmieron en la acera en sacos de acampar.

El control mediático que hasta ahora tuvo Tony Blair se debió al trabajo del ahora renunciante Alastair Campbell, su Jefe de Comunicaciones, veterano periodista de escabrosa vida y verdadero monje gris en la campaña mediática para preservar la imagen y el futuro político de Tony Blair desde que ganó la candidatura de los Laboristas en 1994. Es la primera cabeza que el Gobierno lanza a los leones. Al mismo tiempo, su “compañera sentimental”, Fiona Millar, abandona su cargo de Asesora de Cherie Blair, esposa del Premier. El rechazo en las encuestas de opinión (59% ) va paralelo con la suerte del Primer Ministro. Las dramáticas declaraciones de renuncia de los ex-Ministros Robin Cook y Claire Short, quienes se opusieron desde el comienzo a la invasión a Irak, recobran vigencia. Será interesante observar de ahora en más, la actitud queasuma el Ministro de Defensa, Geoff Hoon.

Con el Gobierno de Tony Blair sería impensable una serie como “Yes, Prime Minister”. Pero ahora le sobra material a la BBC para competir con aquellos exitosos libretos.


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