El fin de la oligarquía
Rafael Eduardo Micheletti* / Soberania.org - 22/12/08
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Si la clasificación de los sistemas políticos debe hacerse en virtud de las variables más poderosas y profundas que operan en una sociedad, y si las palabras tienen algún sentido, podemos decir que en la Argentina existe una oligarquía, a pesar de la democracia formal, porque hay una concentración excesiva de poder que nos impide decidir suficientemente sobre nuestra vida y destino como pueblo.
Dicha oligarquía está formada por actores de todos los sectores, desde la economía hasta los sindicatos, y es originada fundamentalmente por la avidez de poder de una clase dirigente que, por medio de la práctica de un clientelismo sistemático, el vaciamiento de las instituciones de control, la manipulación de la Justicia, una presión impositiva creciente e injustificada, un gasto público ineficiente y corrupto, privilegios para empresarios acomodados y la absorción de los recursos de las provincias, se las ha arreglado para regenerar constantemente un entorno de fragmentación, apatía y desesperanza, en el que gran parte de los ciudadanos aparecen débiles e indefensos ante una maquinaria estatal omnímoda y despiadada, que no escatima esfuerzos para mantenerlos dependientes y sumisos.
No es casualidad que nuestra endeble democracia haya producido tan malos resultados durante sus ya 25 años de vida, a pesar de que ha sido la democracia, precisamente, por medio de la experimentación con políticas públicas en constante perfeccionamiento y sometidas al control popular, lo que ha dado origen al desarrollo integral y sustentable a lo largo de la historia de la humanidad.
Si miramos en retrospectiva lo ocurrido hasta ahora, nos daremos cuenta de que, cada vez que se implementó el sufragio universal en nuestro suelo, la concentración de poder fue en aumento, la violencia tendió a desatarse y el clientelismo y la corrupción sistemáticos parecieron acentuarse.
Los tres períodos en que la Argentina estuvo regida por el voto popular universal (1916-1930; 1946-1955; 1983…) fueron momentos en que los indicadores económicos y sociales tendieron en general a desacelerarse y decaer. Desde 1870 a 1918 la Argentina creció en promedio un 5% anual; desde 1919 a 1930 un 3% y durante el gobierno de Perón fuimos el país de América que menos creció después de Bolivia.
Por su parte, si bien es cierto que durante el siglo XX, fruto del avance de la historia y de las comunicaciones, aparecieron sindicatos y movimientos sociales que reclamaron regulaciones favorables a los trabajadores, desempleados, ancianos y niños, resulta sorprendente el dato de que, para el año 1920, el salario medio del trabajador argentino era igual al del americano y superior al del francés, record jamás igualado en la historia posterior de nuestra patria.
Entonces, ¿es la democracia la culpable de nuestros males, o podemos decir que sin república no puede haber democracia y que, por lo tanto, jamás hemos visto los argentinos aún funcionar la verdadera democracia dentro de nuestras fronteras?
De hecho, el desaceleramiento económico y el estancamiento social durante los períodos supuestamente democráticos estuvieron acompañados por un significativo deterioro institucional. Durante estos períodos, la división de poderes y el imperio del derecho tendieron a retroceder para dar lugar a una discrecionalidad creciente en el manejo de los fondos públicos.
Durante el primer gobierno de Yrigoyen, se triplicó la burocracia, se crearon cargos públicos sin tareas asignadas, se firmaron decretos en blanco que quedaban en manos de punteros barriales y se desviaron fondos públicos para financiar una extensa red de clientelismo en todo el país, por medio de las comisiones radicales, en las que los pobres podían recibir, no de manos del Estado sino de un partido político particular, desde ayuda social hasta asesoramiento legal.
Por su parte, el peronismo, a partir del golpe de Estado de 1943, se hizo paulatinamente con este aparato clientelar de vasallaje, que había creado el radicalismo durante sus primeros años de gestión, por medio de las unidades básicas, a lo que se sumó una política sindical y empresaria claramente corporativa y monopólica que incrementó aún más la discrecionalidad del Estado y la sumisión de la población.
Basta decir que, durante el primer peronismo, no sólo se persiguió a los opositores, sino que, además, había que estar afiliado al partido oficialista para integrar los sindicatos creados por el Estado o para ser funcionario público, todo lo cual no hizo sino aumentar exponencialmente la capacidad de extorsión para recaudar votos y adhesiones por medio de la maquinaria estatal.
En los últimos 25 años de democracia formal, es decir, de sufragio universal, lo que hemos visto fue más de lo mismo: la misma oligarquía concentrando un poder excesivo que le permite violar la ley o acomodarla a su gusto, la misma pobreza funcional al sistema que es promovida por el mismo y la misma prepotencia y falta de escrúpulos a la hora de administrar fondos públicos para fines partidarios particulares. Y si queremos buscar algo en común de todos los períodos supuestamente democráticos es, sin dudas, el dominio político de los mismos partidos tradicionales de la Argentina, que ahora se encuentran agrupados en torno a un nuevo liderazgo personalista y autoritario.
Estamos ante un gobierno que dice querer romper con el pasado, pero que se sostiene con el apoyo de intendentes y gobernadores que se encuentran enquistados en sus cargos, en algunos casos, desde hace décadas, sospechados de corrupción reiterada y al mando de redes extensas de clientelismo que consagran el más crudo vasallaje, como se sabe que ocurre, por ejemplo, en el conurbano bonaerense y en tantas provincias oficialistas del interior del país.
En definitiva, con aliados como Moyano, que se opone a la libertad sindical, con funcionarios como De Vido, que maneja millones prácticamente sin control, disciplinando y concentrando la economía, y con patoteros como D’Elía, capaz de formar un ejército y usarlo a discreción en contra de la gente con la complicidad del gobierno, el llamado kirchnerismo no ha hecho sino asegurarle el poder a una oligarquía que se veía crecientemente amenazada como consecuencia de las alteraciones sociales de los últimos tiempos, el avance de las comunicaciones y el ascenso de partidos políticos republicanos, partidarios de una democracia con contenido y de reformas esenciales y de sentido común que hagan a la transparencia, la cercanía del poder y la efectividad e imparcialidad de las leyes, fruto de la vocación de servicio que tiende a prevalecer en su interior desde el momento en que su incipiente poder emana de la confianza que puedan generar en un electorado relativamente libre, a base de ideas y resultados.
No es casualidad que Cristina haya perdido las últimas elecciones en la clase media, ni que pueda oponerse a reformas que todos reclamamos y seguir ganando elecciones. No es que una persona con dificultades económicas vaya necesariamente a votar mal, pero si existe una pobreza permanente, una red descentralizada y extensa de clientelismo alimentada constantemente por gobiernos locales de tipo feudal, así como una relación psicológica y económica de dependencia fomentada por los punteros políticos que conforman la maquinaria política tradicional de nuestro país, se le hace muy difícil a mucha gente, por diversas razones, poder elegir su voto de manera realmente libre, informada y conciente. Y es por eso que con la mayor urgencia debemos, aquellos que no estamos en una situación de dependencia o desesperación, volcarnos hacia la actividad política y social, en la medida de nuestras posibilidades, para que el clientelismo y la ignorancia tengan cada vez menos influencia en las elecciones de nuestro país, y pueda nuestro sistema político ser el fruto del accionar partidos que, por su propia esencia y organización, tiendan a hacer prevalecer en su interior a las personas más capaces e idóneas, en vez de a aquellas que menos escrúpulos y más ambiciones personales poseen.
Estos partidos democráticos o de servicio de los que necesitamos cobran cada vez más fuerza en la Argentina y son el elemento final del que necesita una democracia para poder funcionar de manera efectiva. Por otra parte, están llamados a obtener cada vez un mayor apoyo de una población cansada de que los dos mismos partidos políticos, protagonistas desde hace ya casi un siglo, nos lleven una y otra vez, en nombre de las ideologías más diversas y haciendo uso del más despiadado engaño, hacia el mismo abismo de pobreza y desesperanza.
El actual sistema oligárquico hace prevalecer intereses ilegítimos debido a la excesiva concentración de poder que permite y fomenta el clientelismo sistemático y constante que lo sostiene, y es esto lo que nos lleva una y otra vez hacia la decepción, como la que podemos sentir ahora cuando, a fines de 2008, tras cinco años de efecto rebote, condiciones internacionales óptimas y superávits gemelos, hay nuevamente en la Argentina un 30% de pobreza, se mueren escandalosamente ocho niños al día por desnutrición, del último plan de viviendas anunciado dos veces (en las campañas de 2005 y 2007) se ha ejecutado solamente cerca del 2%, hemos descendido puestos en materia de corrupción, el otrora prestigioso instituto oficial de estadísticas se encuentra intervenido y sus cifras adulteradas y nuestra presidenta, luego de empeorar y descuidar las relaciones con la mayor parte del mundo y desalentar todo tipo de planificación a largo plazo e inversión genuina y sustentable, se encuentra de gira por el país que, según Transparencia Internacional, posee las empresas más proclives a pagar sobornos y coimas en el exterior (Rusia), con el supuesto objetivo de captar inversiones.
Durante la crisis del campo la población argentina ha demostrado que ya no está dispuesta a esperar hasta el último momento para levantarse contra el abuso de poder y la negligencia estatal, al tiempo que el 2001 nos demostró a todos que, por más historia y renombre que pueda tener un partido, puede desaparecer de un día para el otro si repite una y otra vez los mismos errores y malos resultados.
Es muy probable, por lo tanto, que estemos asistiendo nada menos que al advenimiento de la democracia en la Argentina, así como al terrible final de una oligarquía centenaria, que con diferentes nombres y mediante diversos mecanismos ha logrado sobrevivir y camuflarse durante tantos años en medio de una democracia falsa y formal, resquebrajada en su momento por sucesivos golpes de Estado y reducida a la insignificancia por los partidos de poder que han dominado la escena política de nuestro país durante los últimos años.
El cambio que se avecina es más profundo de lo que parece a simple vista, y se expresa en un paulatino reemplazo del anticuado sistema de partidos que tuvimos durante el último siglo, lo que dará lugar a un nuevo sistema político, más abierto, transparente y competitivo, que le deje mucho menos espacio a los corruptos e inescrupulosos, y que por eso tienda a perseguir de una manera mucho más eficiente el interés general de todos los ciudadanos argentinos.
(*) Rafael Eduardo Micheletti /
Secretario de organización y presidente de la filial Santa Fe del Centro de Estudios de los Intereses Nacionales (CEIN). / Tel: (0341) 156-916835 / Blog: www.rafamicheletti.blogspot.com /
E-mail: rafamicheletti@hotmail.com
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