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Caracas / Venezuela -
 


La guerra contra Hamas
Rafael Eduardo Micheletti* / Soberania.org - 21/01/09

Nuevamente se ha desatado la violencia en esa castigada zona geográfica que es Medio Oriente. Allí, lamentablemente, las negociaciones de paz y los mejores esfuerzos y deseos de fraternidad parecen ser barridos cada día por una furia que sorprende y paraliza. Es muy fácil, ante esta situación, caer en la tentación de repudiar a los judíos, pueblo que ha alcanzado un desarrollo tecnológico y armamentístico tan importante que deja a los palestinos en una pequeñez para ellos vergonzosa, transformando, a la vista de todos, sus misiles en piedras, su odio en apenas un grito y su territorio en un pantano.

Sin embargo, las balas y los misiles de los palestinos fundamentalistas penetran, matan y causan mucho dolor en las familias de aquellos que un día, quizás con la idea de juntarse con sus amigos, salir a trabajar o visitar a algún familiar, salieron de sus casas para no volver. Esas muertes duelen y mucho, no sólo en las víctimas y sus familiares, sino en todo un pueblo que respeta la dignidad humana y considera a cada persona un fin en sí mismo, con una especial nostalgia a los suyos, por cuya prosperidad y felicidad muchos judíos dieron la vida.

Los judíos fueron perseguidos siempre por los peores regímenes, los más retrógrados y totalitarios, ya que son un pueblo que siempre se destacó por el cultivo de la independencia personal y el deseo de autosuperación, virtudes que, por lo menos, dificultan la concentración excesiva de poder.

Cuando les permitieron crear un Estado diminuto en medio de enormes Estados árabes que lo querían hacer desaparecer, no sólo se animaron y se defendieron admirablemente, sino que además crearon una democracia exitosa, con un Estado de Derecho ejemplar, una economía desarrollada y con el índice de educación universitaria más elevado del planeta, dándole al mundo una cultura riquísima, plagada de premios nóbeles y avances tecnológicos.

Mientras tanto, los países árabes circundantes, con su extenso territorio y su petróleo, no hacían más que planear la destrucción de Israel. Tanto odio tenían y alimentaban, que ponían ese siniestro objetivo por encima de su propio desarrollo, y así de pobres permanecieron, dándole al mundo problemas en vez de soluciones.

Ahora Israel, después de haber cedido parte de su territorio, un territorio logrado a base de sangre y sacrificio, recibe ataques diarios, inexplicables y desarticulados de parte de una milicia totalitaria, terrorista y fanática como lo es Hamas, que tiene un Estado que administrar pero que sólo se entretiene matando judíos, aunque aparezcan ante el mundo como seres predeterminados y obstinadamente rutinarios, intentando lo imposible de una manera que, a la inmoralidad, suma un tinte de inmadurez y falta de objetivos elevados que roza lo ridículo.

Israel quiso aguantar. Los pueblos, y por lo tanto las democracias, quieren la paz. El problema es que los judíos tienen un amor propio considerable, se sienten dignos, aman la vida y no toleran la idea de que gente inocente pueda seguir muriendo inútilmente, sin que nadie haga nada para que la situación de totalitarismo que genera esa violencia que irradia más allá de las fronteras de la Franja de Gaza continúe indefinidamente.

Me parece adecuado hacer una cita que, sorprendentemente, tiene una enorme actualidad Entre otras, éstas fueron las palabras a las que dio lugar el último auto de fe de una judía de 18 años antes de ser quemada en Lisboa por la Inquisición:


“Si el cielo os ha amado lo bastante para daros a conocer la verdad, os ha favorecido con una gracia inmensa; pero, ¿les toca a los hijos que han recibido la herencia de sus padres el aborrecer a sus hermano
s que no la recibieron? Si poseéis la verdad, no nos la ocultéis con la manera de proponerla. El carácter de la verdad es el triunfo en los corazones y los entendimientos, no es la impotencia que confesáis queriendo imponerla con suplicios. (…). Vivís en un siglo en que la luz natural es más viva que nunca, la filosofía ilumina los entendimientos, los derechos respectivos de los hombres se hallan mejor establecidos, como el imperio de una conciencia sobre la otra. Por lo tanto, si no desecháis las antiguas precauciones, vuestras propias pasiones, es menester declarar que sois incorregibles, incapaces de toda luz, de toda instrucción, de toda enmienda. Y bien desgraciada es la nación que concede autoridad a hombres así.”


Si los pueblos cristianos pudimos corregirnos, si Turquía está construyendo una democracia prometedora, si los nuevos medios de comunicación de alcance mundial aumentan el intercambio y el aprendizaje recíproco entre las diversas culturas, podemos afirmar entonces, con toda la fuerza a nuestro alcance, que los pueblos musulmanes también podrán adoptar la tolerancia como forma de vida, la democracia como instrumento y la paz como prioridad. Sólo hace falta la valentía, de ellos y de nosotros, para que se creen cuanto antes las condiciones en que la verdadera voluntad humana, aplacada por el terror y la ignorancia, florezca en medio de libertad y sabiduría.

 

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Nota:

[1] Montesquieu, El espíritu de las leyes, Editorial Heliasta, Buenos Aires, 2005, página 459.

 

 

(*) Rafael Eduardo Micheletti / Secretario de organización y presidente de la filial Santa Fe del Centro de Estudios de los Intereses Nacionales (CEIN). / Tel: (0341) 156-916835 / Blog: www.rafamicheletti.blogspot.com / E-mail: rafamicheletti@hotmail.com

 

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