Los retos del Congreso Petrolero
Francisco Mieres
/ Soberania.info
- 04/09/03
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Intentando precisar lo que es más típico del trance
crítico que hoy vive la sociedad global, y en especial su
sistema económico, debemos subrayar algunos rasgos más
bien de tipo cualitativo por encima de lo cuantitativo habitual
y que van más allá del mero enfoque coyuntural. Hoy
es evidente que las dramáticas sacudidas que hundieron la
coyuntura económica en 1998, con epicentro en Asia, acabaron
con la estabilidad relativa económica global, con el sistema
de regulación central (FMI-BM-&) y con el “Consenso
de Washington” como formulación oficial de
la política neoconservadora (“neoliberal”)
impuesta por el centro del Imperio. Lo que ha seguido es
una prolongada recesión que se ha asentado básicamente
en el área OCDE, núcleo del capitalismo desarrollado,
arruinando sus ramas claves del s. XX –automotor, petróleo,
transporfe, industria bélica, agroindustria- pero también
afectando agudamente las anunciadas y proclamadas como ramas de
vanguardia portadoras de las nuevas tecnologías: comunicaciones,
información, microelectrónica, robótica, Internet
(lo que The Economist llama “the great telecoms crash”).
Ello significa que la onda impulsora del nuevo auge económico,
que nunca llegó a ser vigorosa, se ha derrumbado estrepitosamente,
causando una catástrofe financiera sin precedentes, en que
la confianza y la especulación han sido sustituidas por la
trampa y la corrupción empresariales sin límites,
y en que la brecha creciente entre grandes magnates y trabajadores
se ha convertido en abismo, agravando la crisis crónica de
subconsumo que destruye cada vez más la estructura y la estabilidad
del capitalismo contemporáneo. La crisis
coyuntural se ha convertido en decadencia estructural profunda,
que ni el FMI, ni el BM ni la OMC ni la OCDE, ni las potencias,
ni las trasnacionales saben cómo manejar, y que el Emperador
Bush pretende resolver con la fuerza bruta.
Por eso, estamos en presencia de una aguda crisis
de confianza del público en las grandes corporaciones
transnacionales financieras, petroleras, de telecomunicaciones y
de información, que ha tomado por sorpresa a sus megagerentes
y publicistas, sobretodo en USA, pero también en Europa y
Japón, creada por la sucesión de derrumbes de las
cotizaciones en las bolsas, las oleadas de quiebras de grandes firmas
y las pérdidas ocasionadas a los accionistas e inversionistas
menores, causadas por prácticas fraudulentas que han causado
escándalos en cadena al revelarse. Especialmente
irritante ha sido el descubrimiento de que empresas especializadas
de auditoría y contabilidad han sido arrastradas a la complicidad
con sus empresas clientes sujetas a su supervisión.
Y para remate, los organismos reguladores nacionales e internacionales
se han hecho cómplices de los fraudes y saqueos contra los
deudores, los débiles, los consumidores, los pobres.
El caso más escandaloso ha sido el de la quiebra de Arthur
Andersen, la famosa firma de auditoría, arrastrada
por la de la Enron Oil and Gas, provocada por su
gerencia corrupta. Debilidades y complacencias se han puesto de
relieve igualmente en los organismos públicos encargados
de velar por el interés público por la regulación
y el control de la empresa privada. Houston, capital de
Texas y autoproclamada capital de la energía, ha
sido señalada como el centro principal de la conchupancia
irregular entre corporaciones y gobierno. Todo esto se
ha traducido en una caída sin precedentes de la credibilidad
del sistema corporativo dominante en la economía y de las
cúpulas políticas que lo secundan. La corrupción
como palanca del incremento de la ganancia capitalista no ha sido
nunca ajena a la moral del sistema, pero ahora se ha revelado, como
escándalo, a una opinión pública por lo general
crédula en el Norte. No se ha podido tampoco ocultar la complicidad
de los grandes medios de información. Para
nosotros, los del Sur, la historia de abusos, desafueros, sucias
manipulaciones del poder en detrimento de nuestras economías
y soberanías cometidos por las transnacionales es ya legendaria.
Pero para las actuales generaciones del Norte es un descubrimiento
importante, que puede ayudar a cambiar muchas cosas. E n buena medida,
el novísimo movimiento antiglobalización se alimenta
de allí.
En segundo lugar, el derrumbe persistente de las bolsas desde su
clímax en el 2000 es consecuencia de otro fenómeno
que ha contribuido a minar la fé del público en la
sabiduría del mercado y del empresario privado, que es el
primer artículo del credo neoliberal.. El crecimiento promisor
de la inversión financiera desde 1998 se basó en una
euforia especulativa de lanzamiento masivo de nuevas empresas de
vanguardia tecnológica, las de la “nueva economía”,
las llamadas “ dot.coms”, las de Sillicon
Valley, las de Internet. Pues bien, esa rama es ahora la
causante, protagonista y víctima principal del derrumbe.
Eso significa que la locomotora del progreso tecnológico
se ha descarrilado, pese a proclamarse como el non plus ultra en
el dominio del conocimiento. La tragedia ha llegado a su
máximo en las telecoms, los monopolios gigantes de las telecomunicaciones,
donde las exageraciones sobre las previsiones del crecimiento de
mercado y las sobreinversiones alcanzaron dimensiones catastróficas,
acumulando colosales deudas impagables, con secuelas terribles para
la banca y demás fuentes de financiamiento. La recuperación
de esta inmensa pérdida de capitales, de empleos y de ingresos
será muy lenta y penosa. El período que nos
espera es de largo estancamiento, cuando menos.
En tercer lugar, estos descalabros que afectan a la élite
corporativa de la globalización han liquidado las expectativas
optimistas surgidas en los 80-90 sobre el “fin de
la historia” y el reinado global del mercado, impulsado
por la nueva onda ascendente de la microelectrónica y la
informática. Pese al descalabro de la URSS,
que se suponía abría paso a la expansión gloriosa
del capitalismo como sistema único global de mercado, los
resultados de la última década del s. XX fueron desalentadores,
empezando por la propia ex-superpotencia en su intento de sustituir
el socialismo por el capitalismo como estructura básica.
La quiebra financiera, productiva, económica, institucional,
social y moral que allí se verificó supera todo lo
imaginable. Una mafia sin escrúpulos se apoderó
de sus ingentes recursos básicos, con la delincuencia, la
violencia y la corrupción como palancas claves para asumir
el poder económico y político.
La ruina y el empobrecimiento de la población han
sido espectaculares, todo lo cual condujo al colapso de 1998. A
eso se añadió el hundimiento de las economías
asiáticas iniciado el año anterior, con la excepción
de China, que se habían significado como las únicas
exitosas entre las subdesarrolladas. La OPEP, al decidir
un incremento del volumen de producción a fines de 1997,
en plena depresión asiática y por ende en la demanda
petrolera, aplicó la puntilla al provocar
un colapso de precios petrroleros, que sumó los países
exportadores de petróleo a la declinación global que
marcó el año siguiente. Se generó
un círculo vicioso, que corroboraba la paradoja observada
en el nuevo paradigma informático-electrónico, que
era su débil capacidad para impulsar la producción
real, manifestada en la caída de la tasa de crecimiento productivo
de la economía mundial a lo largo de la segunda mitad del
s. XX., y que un pensador del Norte expresó así: “no
se nota la influencia de las computadoras en la esfera productiva”.Pareció
que la burbuja inversionista que emergió luego, superaría
ese karma, Como hemos visto, ello no fue así. El centro del
Imperio sufre una nueva frustración, que no hace sino confirmar
la extraña tendencia del nuevo paradigma a generar capacidad
ociosa, desempleo, déficits, deudas, concentración,
desinversión y demás fenómenos recesivos. La
coincidencia de la tendencia recesiva con la coyuntura descendente
y con las anomalías estructurales críticas configuran
un cuadro excepcional depresivo difícilmente superable por
las élites dominantes, pues plantean una reforma estructural
profunda que sólo la sociedad en su conjunto podrá
imponer.
Por último, no debe olvidarse que un factor del descalabro
económico global fue la política neoliberal del “consenso
de Washington” impuesta a muchos gobiernos por la Secretaría
del Tesoro de USA, el Fondo Monetario y el Banco Mundial, a ravés
de los tristemente célebres “paquetes de ajuste”,
cuyos resultados catastróficos (examinados in extenso por
Stiglitz en su obra laureada “Globalization and its discontents”)
han desacreditado por completo la competencia y la autoridad de
los organismos reguladores controlados por las grandes potencias,
así como su substrato “científico” neoliberal.
Existe un clamor unánime acerca de la necesidad
urgente de una nueva regulación, verdaderamente democrática.
Entre tanto, la ruina, la deuda y la devastación causadas
en la periferia constituyen hoy por hoy su única realidad,
y el grupo de los 7 permanece sordo al clamor mundial, salvo simulacros
de mala ley. Ante el descrédito y la caída de los
“mellizos de Bretton Woods”, la Organización
Mundial de Comercio ha pretendido tomar el relevo para
sostener las banderas del neoliberalismo contra el desarrollo endógeno
de los países de la periferia y a favor de la globalización
monopólica acentuada, pero sus métodos tramposos han
sido rápidamente denunciados por el movimiento de la
otra globalización, la de los pueblos, dando lugar
a las oleadas de protestas masivas que se iniciaron justamente en
su contra en Seattle en 1999 y que se han organizado
como Foro Social Mundial, con sede hasta ahora
en Porto Alegre.
En lugar de la búsqueda de reformas, la respuesta
desesperada que decidió aplicar la ultraderecha desde Washington
es la de concebir el mundo como su imperio, y forjarlo a su antojo
y medida por la vía pura y simple de las armas, sometiendo
o eliminando por la fuerza, tanto a los considerados enemigos como
a los aliados que no se plieguen incondicionalmente a su voluntad
. El Imperio Militar sobre todo el mundo es el sueño fascista
de la cúpula instalada en la Casa
Blanca. Se trata de una pesadilla patológica,
ciertamente, pero Afganistán e Iraq
son la prueba de que tales delirios imperialistas se han
impuesto como la política real de la superpotencia, convirtiéndose
en el principal reto para la humanidad. La “solución”
por reducción al absurdo que se propone Bush
es la insensatez misma, precisamente lo contrario de una salida
humana, y por tanto inviable, como ya lo muestran las “victorias”
logradas en el Medio Oriente, pero los inmensos daños que
acarrean allí y a la propia nación norteamericana
plantean detener con urgencia la monstruosidad en marcha.
La cuestión que se nos plantea a nosotros los del sur, que
somos el blanco más débil, y en especial a los países
petroleros, que somos el botín más apetecible, ya
que el petróleo del tercer mundo es uno de los móviles
obvios de la expansión, cómo ayudar a superar esta
pesadilla. Es aquí donde nuestra política
petrolera, y la que se logre coordinar en la OPEP,
pueden desempeñar un papel significativo. Sin descartar ninguna
de las posibilidades abiertas en el campo energético, institucional,
ambiental, social o político para buscar todas las alianzas
capaces de unir a la humanidad frente a esta amenaza.
No se trata, desde luego, de pretender que nuestro gobierno asuma
el papel suicida de vanguardia como héroe y mártir
del antiimperialismo, aplicando una política desafiante y
de ruptura con USA. Pero tampoco puede tratarse de sucumbir
al “fatalismo geopolítico” de Betancourt en busca
de una sumisión vergonzante que implique complacer los requerimientos
del imperio en detrimento de nuestros intereses como nación
y de nuestra soberanía. No se trata de archivar
a la OPEP, ni a la OLADE, ni a la integración latinoamericana
o suramericana, ni a los demás esquemas de cooperación
sur-sur en que el país está involucrado. No se trata
tampoco de condenar a priori toda negociación con el capital
extranjero ni con las potencias occidentales. Se trata de
aplicar una política firme, seria, coherente, apegada a las
leyes y a nuestros compromisos libremente asumidos con la comunidad
internacional, en procura de nuestro desarrollo endógeno,
en armonía con nuestra América, y de un mundo más
equitativo y más capaz de responder a las aspiraciones de
sus pueblos. Ello debe partir de una visión realista
e integral del mundo, con énfasis en la problemática
energética-ecológica, y geopolítica, desde
luego.
En tal sentido, el último Informe estadístico de British
Petróleum, que acaba de aparecer (junio de 2003),
aporta valiosas informaciones, que a primera vista parecen sorpresivas,
pero que ilustran los cambios reales que experimenta el mundo, contrarios
a los que han sido y son aún las fuerzas dominantes. La primera
sorpresa viene del alto crecimiento relativo en el 2002 del consumo
global de energía primaria, que alcanzó el 2,6%, casi
el doble del 1,4% que había sido el incremento medio anual
en la década pasada. La explicación de esta anomalía
es lo que podemos llamar la revelación del factor
CHINA. Si se excluye ese país, el incremento de
la demanda en el 2002 fue inferior al 1%, prosiguiendo la tendencia
occidental a la caída del consumo de energía. CHINA
aumentó su consumo en el récord de 20%, basándose
en su producción de carbón, que se elevó en
28% , lo que es otra novedad, pues elevó el carbón
al energético de mayor incremento en el 2002, con el 7%.
Esto hace de China, con la cuarta parte de la población
mundial, un caso aparte dentro de la dinámica económico-energética
mundial, un caso extraordinario de crecimiento endógeno a
ritmos sin precedentes. Al mismo tiempo, China es importador
fuerte de energía y productor de relieve, y por otra parte
se liga crecientemente al mercado externo como exportador industrial,
incluso en las ramas más avanzadas de equipos e insumos electrónicos,
software, etc, habiendo desplazado incluso a la maquila
mejicana como suplidor del mercado de USA. Con ello ha
logrado convertirse en centro de un polo alternativo a la OCDE en
Asia-Pacífico, como región de mayor dinamismo económico
y de consumo energético, con carbón y gas como elementos
básicos. Ese polo resulta fuertemente atractivo para Rusia
y la región de Caspio en el mercado de la energía,
sin hablar de su importancia creciente en el Medio Oriente petrolero.
La región Asia-Pacífico sin China elevó su
consumo de energia 11.5% en 2002.
La otra cara de la moneda está en Europa y en Japón,
que redujeron su consumo total de energía el año pasado,
y en América Latina con crecimiento cero, y en las demás
regiones es insignificante. Este estancamiento, que se hace más
manifiesto en el petróleo, refleja la crisis estructural
que padece el capitalismo central (la OCDE) entre otras cosas por
su propia incapacidad para autoabastecerse en petróleo, que
es la base de su paradigma tecnológico, y las dificultades
para sustituirlo por gas y otras energías. La OPEP tiene
que afrontar esta realidad inevitable, que la va dejando cada vez
más con el monopolio de las reservas y de la producción
del crudo, al mismo tiempo que la demanda tiende a estancarse a
largo plazo, y aplicar su capacidad creciente de regulación
de su oferta para seguir valorizando el petróleo. Lo que
acaba de ocurrir nos da un ejemplo. Debido a la caída de
la demanda, la OPEP redujo en el 2002 su producción por segundo
año consecutivo, bajándola de 29 MM b/d en enero a
27.4 MM b/d en diciembre; pero los precios repuntaron de 18 a 32$/b
(precios Brent) entre esos dos meses, y los ingresos brutos crecieron
aproximadamente de 16 a 27 millardos de $ en los dos meses, que
significaron un aumento acumulativo de ingresos de 65 millardos
de $ para el área OPEP. ¡Nada despreciable!
Claro, este “sacrificio” de la zona OPEP benefició
también a otras regiones exportadoras, en especial la ex-URSS,
y a algunas empresas, y tuvo también sus víctimas,
Iraq y Venezuela, “gracias” a las ocurrencias de Su
Majestad Bush y sus acólitos nativos. En el 2003
Venezuela se ha resarcido parcialmente por la reanudación
de exportaciones y el mantenimiento de altos precios, mientras Iraq
ha sido conducida al desastre por la agresión imperial, Durante
el bienio 2001-2002 la OPEP redujo producción en 2.67 MMb/d,
desde 31 MMb/d, cuando se excedió con 3.7<MMb/d deincremento.
El resto del mundo elevó su extracción en1.45 MMb/d
en 2002, con 800 Mb/d en área ex-U(RSS, llegando a 9.48 MMb/d.
Su consumo de 3.4 MMb/d, les deja unos 6 MMb/d para exportación.
La zona OPEP consume algo más de 5 MMb/d, y su capacidad
exportadora llega a 23 MMb/d, casi 2/3 de la exportación
mundial de 36 MMb/d de crudo. Elocuente indicador de su
poder de mercado.
En el otro extremo, las potencias de la OCDE muestran su
dependencia
creciente de las fuentes externas de petróleo.
Entre 1992 y 2002 sus reservas de crudo bajaron de 109 a
72 millardos de bbls (7% de las mundiales), mientras su producción
se ha estancado en 21 MMb/d (29% de la global), y la duración
teórica de sus reservas ha caído a menos de 10 años.
El máximo de penuria lo sufre Norte América
(USA, Canadá y México), que fuera el epicentro
indiscutido durante más del medio siglo inicial de producción
y exportación. Sus reservas probadas cayeron de 91 a 50 millardos
de bbls, en la última década y su producción
se ha estancado en 14 MMb/d (en USA bajó de 9 a 7.7 MMb/d).
La región más poderosa se ha convertido en la más
débil. Tal es el drama del Imperio. La vieja Europa
y Japón se han adaptado a la escasez mejorando la eficiencia
en el uso de energía y reduciendo su consumo. Pero
Su Majestad Bush se empeña en mantener el “american
way of life”, derrochador de energía y devastador
del ambiente, y aspira a hacerlo a costa de la OPEP y de los demás.
Este anacronismo imperial está en el centro de la
tragedia mundial. La OPEP tiene en sus manos, junto con
Rusia, la clave para que esta tragedia cese. La comunidad de intereses
es evidente. La reciente visita oficial de las autoridades saudíes
a Moscú puede ser un buen augurio.
Porque lo peor es que, como si no bastara con el actual,
otro drama puede estarse gestando con el gas, donde Rusia es la
potencia máxima, secundada por la región del Caspio,
y por Irán, Qatar y Argelia, en un área muy concentrada.
De la política rusa en hidrocarburos nos hemos ocupado
en otro trabajo (El mundo de la ex-URSS, en hidrocarburos), para
desmontar el espantajo fabricado por la publicística occidental
acerca de una supuesta “guerra petrolera” entre
Moscú y Rhiad. El papel del gas ha sido sometido a hipérbole
como alternativa barata y abundante para el petróleo escaso.
No hay tal. Es cierto, según el Informe de B.P., que las
reservas de gas son relativamente más abundantes que las
del petróleo, en términos de aumento reciente y de
relación con las tasas actuales de utilización. Las
reservas de crudo aumentaron 50% en 1982-92, y menos del 5% del
92 al 2002; las de gas crecieron 60% del 82 al 92 y 13% en1992-2002.
Como se ve, las diferencias no son sustanciales. Menos todavía
cuando se comparan las regiones que más lo explotan. La ex-URSS,
que alberga 1/3 de las reservas mundiales, mantuvo el mismo nivel
(de 55 billones de metros cúbicos) en los últimos
10 años. Las de la OCDE están en 2002 algo por debajo
de hace 20 años, con 15 billones de m3. Son las de la OPEP
las que más han crecido en todo el período, y su extracción
es la menor en términos relativos, por lo que su perspectiva
de duración es la mayor. En el epicentro de la OCDE, en Norteamérica,
se repite el cuadro que vimos en petróleo: baja de reservas,
producción estancada, subida de importaciones, elevación
de precios. La capacidad productiva está en baja
y el déficit se ensancha tendencialmente, mientras USA sube
su demanda. En el 2002 la elevó en 3.9%, mientras
fue de 2.8% en el mundo, con Asia-Pacífico en el clímax
con 7% de aumento. Rusia subió su producción luego
de varios años de descenso, gracias al lanzamiento del campo
supergigante Zapoliarnoe, cuyo nombre indica su
cercanía al polo norte y por ende su carestía. El
otro gran productor es su vecino Noruega, con incremento de 21%,
lo que subraya la significación de la zona ártica,
y ratifica la constatación de que no hay tampoco
gas barato. El enorme déficit norteamericano amenaza
con crear en gas una coyuntura crítica similar a la que se
generó en petróleo a mediados de los años 70s
(la “crisis energética”), que dinamizó
la OPEP y terminó en las nacionalizaciones. Hasta
ahora, la OPEP ha prestado poca atención a este aspecto clave
de la cuestión energética que puede fortalecerla como
organización rectora del mercado y a su aproximación
a Rusia que podría consolidarla como tal.
En cuanto a la energía nuclear, se hace cada día más
obvio que no tiene futuro. Su producción se mantiene
por inercia, la OCDE la ha abandonado y la resistencia social y
ambientalista aumenta.
La energía hidroeléctrica mostró cierto repunte
en 2002, que puede prolongarse, aunque tiene limitaciones obvias,
pero las otras modalidades de uso del agua han sido lamentablemente
abandonadas o han sufrido deterioros que se manifiestan en déficits
crecientes, sequías y desertización de que son víctimas
los países de la periferia. La desatención a los factores
climáticos cada vez más traumáticos por parte
de los Estados del sur y de la OPEP se ha puesto de relieve en la
reciente cumbre de La Habana, donde ni siquiera
un programa de reforestación del sur se formuló. Allí
Fidel Castro pronunció su primer discurso ecológico,
esbozando el paradigma del “otro desarrollo” y del “otro
mundo posible”. La solidaridad de los “nuevos
ricos” de la OPEP con sus hermanos pobres del sur
para impulsar las energías nuevas y renovables debería
ser parte de la agenda no sólo ecológica y energética,
sino también geopolítica. Ello debería ser
parte de la “otra globalización”,
la de los de abajo, la de los pueblos. Pero lo que ha hecho es menospreciar
las otras energías, obstaculizar la ratificación del
protocolo de Kyoto, sumándose vergonzantemente
al paradigma anacrónico de Su Majestad Bush.
En general, la incorporación de la variable ecológica
al desarrollo socioeconómico está entre nosotros todavía
en pañales, lamentablemente, en especial entre los planificadores
y los petroleros.
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