Su majestad la mafafa
Domingo Alberto Rangel* / El Mundo (Venezuela) - 11/02/09
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En zonas de la América Latina imperan la hipocresía y el cinismo
Sobre tales sentimientos o actitudes ha sido posible edificar allí regímenes o gobiernos ambiguos, en el fondo inmorales, pero atrayentes en su superficie. El más destacado o conocido de tales gobiernos impera en Bolivia, dirigido por Evo Morales, quien explota su cara de indio, pero debe el poder a la coca.
Morales es el Pablo Escobar Gaviria sin metralleta, como la versión edulcorada e inofensiva del narcotráfico. Inició su carrera el señor Morales como dirigente sindical de los sembradores de coca de las faldas del Chapare en Bolivia, que no son proletarios, sino pequeño burgueses del campo.
Posee cada uno unas hectáreas de tierra que sembradas con la planta maldita arrojan unas pocas toneladas de hoja. Los cocaleros, como se los conoce en Bolivia, no tenían ninguna significación en aquel país.
Pero un buen día, en El Alto de La Paz y en la altiplanicie de Cochabamba aparecieron unos individuos que ofrecían sumas fabulosas por cada libra de hoja, pagándola con unos billetes verdes que la gente no había visto jamás, pero despertaban codicias tempestuosas. Los cocaleros podían pagar desde aquel momento, así lo intuyeron ellos, grandes sumas a quienes les sirvieran de voceros. Había nacido Evo Morales como figura política. Escobar Gaviria hizo o inició el mismo periplo, pero agregó una metralleta y eso le impidió llegar a la Presidencia en Colombia.
No muy distinto de Evo es el señor Uribe. Ha hecho carrera enfrentando la violencia, persiguiendo el crimen, pero antes de lanzarse a tal carrera puso unas gríngolas en sus ojos de supuesto apóstol. Iba a enfrentar y aplastar a la guerrilla, por lo cual era imperioso olvidar, amnistiar o sobreseer a los paramilitares. No se combate en dos frentes al mismo tiempo. Guiado por estas reglas tácticas, el señor Uribe persiguió a los insurgentes de izquierda, pero ignorando o algo peor, perdonando a los destacamentos paramilitares que desde los ochenta han hecho correr sin asco torrentes de sangre.
Por desgracia para Uribe, contenida, no vencida la guerrilla, ciertos destacamentos paramilitares fueron olvidados en el reparto del botín y sus comandantes emitieron el correspondiente e inevitable rezongo.
Colombia y Latinoamérica vieron entonces cómo entre el jefe de Estado y los dirigentes paramilitares de esta catadura surgía una polémica que en algún momento llegó a insinuar una guerra ad hoc. Uribe es el jefe de la derecha latinoamericana. Preside un Estado que ya figura entre los tres o cuatro más importantes al sur del Río Grande; ha contenido, que no derrotado a una guerrilla legendaria; pudo reelegirse pero, astuto y previsor, prefirió pasar por insobornable republicano, lo cual habla de su olfato político con elocuencia concluyente.
Debajo de Evo Morales y de Álvaro Uribe laten dos o tres leyes objetivas de la política latinoamericana de hoy. La primera de tales leyes es que en países como Colombia o Bolivia se puede gobernar sin los narcos, pero nunca contra los narcos. En ambos países y además en el Perú- tienen los narcos un derecho de veto sobre la política del Estado. En Colombia y en Bolivia, desde el Cardenal Arzobispo hasta la izquierda parlamentaria tienen alguna relación con la coca. No hay elección en la cual no haya uno o varios candidatos a la Presidencia financiados por dineros provenientes de Su Majestad la mafafa.
La segunda ley preconiza algo peor. El narcotráfico ha penetrado todas las instituciones represivas o de vigilancia, desde Santa Cruz de la Sierra en Bolivia hasta San Cristóbal, en Venezuela. También ha penetrado el narcotráfico las instituciones en los Estados Unidos. Un negocio que deja tanto dinero como el petróleo goza de prerrogativas ilimitadas. Las campañas contra el narcotráfico sólo revelan hipocresía o cinismo.
[*] Domingo Alberto Rangel / E-mail: darangel@cantv.net
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