¿Hasta cuándo la ambivalencia?
Francisco Mieres
/ Soberania.info
- 15/09/03
|
Se ha hecho evidente hasta para los más incrédulos
la ambivalencia de nuestra política petrolera,
basada en la visión “causa rosa”
sustentada por los directivos del MEM y de PDVSA desde el propio
inicio del gobierno, y que desde entonces venimos denunciando (véase
en La Razón del 31-01-99 mi artículo
“¿Política petrolera de la Causa Rosa?”,
basado en citas textuales del libro sobre privatización petrolera
de Alí Rodríguez).
Esa política permitió que siguieran operando
las trampas que dejó tendidas Giusti antes de volver al seno
de la Royal Dutch Shell como comisionado ad hoc en el gabinete petrolero
de Bush, las que yo había señalado en artículo
en El Nacional tres semanas antes (“Sortear
las trampas”). Esas trampas (INTESA,
la internacionalización,
la apertura,
la violación de la cuota OPEP, la evasión fiscal y
cambiaria, etc. etc.) han sido mortales para PDVSA, para el Fisco,
para el Banco Central y para el pueblo de este país, y fueron
detectadas en detalle por los Comisarios en PDVSA Rafael Darío
Ramírez –padre del actual Ministro- y Eudomario Carruyo,
y por la Contraloría General, amén de tesis
doctorales, entre las que destaca la del mexicano Juan Carlos
Boué acerca de la internalización,
resumida luego en un trabajo publicado en la Revista de Economía
y Ciencias Sociales de la Facultad de Economía de la UCV
el año pasado. Ante todas esas evidencias, en lugar de cortar
por lo sano, las autoridades petroleras dejaron hacer y
deshacer a los sucesores de Giusti, autoerigidos en la “meritocracia”
autocrática gobernante en PDVSA y en el MEM, que ratificaron
proyectos y convenios legados por Caldera y Arrieta. E
incluso por propia iniciativa nos metieron en el ALCA petrolero
y en la Comisión de Energía de USA,
en detrimento de la OLADE y de la OPEP,
en búsqueda obsesiva de una alianza de largo plazo con la
superpotencia y de la presencia del capital monopolista petrolero
extranjero en nuestro país. Hasta apoyaron a Bush
en el rechazo al Convenio Climático de Kyoto que busca mitigar
las emisiones que envenenan la atmósfera y el hábitat
mundial.
Envalentonado por tanta complacencia, los muchachos de Bush se sintieron
dueños de PDVSA, y con su bendición desataron el golpe
de abril, cuando Chávez designó Presidente
a alguien que no
les cuadraba, y colocaron en Miraflores al jefe de
Venoco, que es una filial de PDVSA en sociedad
con los Sosa Rodríguez. Derrotados
a la postre, Alí
Rodríguez vino a amnistiarlos y a reincorporarlos,
encubriéndolos en su labor conspirativa que los llevó
a repetir el intento bushista en diciembre, con los desastres que
aún no conocemos del todo. Pues bien, mientras somos
objeto de esta agresión, el embajador Alvarez
es encargado de negociar con Bush la entrega de crudo para su reserva
estratégica, o sea, para su máquina de guerra,
desplegada hoy en torno a Iraq, y la garantía de
petróleo seguro y barato a largo plazo, ¡otra
vez!, y los jefes de PDVSA y el MEM viajan, en pleno golpe, a Nueva
York y Washington, ¡a negociar
con los agresores!, mientras Chávez viaja al sur, a Porto
Alegre para afirmar que aplicamos una política petrolera
soberana y para buscar el apoyo de los pueblos a tal política.
Para llevar al colmo la contradicción, Alvaro
Silva Calderón en la OPEP se afana en tranquilizar
a las potencias del Norte asegurando que la agresión de Bush
a Iraq no desestabilizará el mercado petrolero, porque la
OPEP suplirá lo que deje de producir el país agredido.
¿Con quién estamos, en definitiva? ¿con
el Imperio del Norte o con los pueblos del Sur? Este es
el agudo dilema que se plantea para La Campiña y para Miraflores:
¿cuál es nuestra verdadera política
petrolera? ¿la de Alí o la de Chávez?.
En diciembre/enero se hizo evidente que la complacencia
de la nueva directiva de PDVSA, que la dejó a merced del
enemigo al permitir que la red de CITGO
en el exterior y demás filiales prosiguieran
su fraude contra el Fisco y el BCV y que Intesa permitiera a la
SAIC de USA seguir al frente de todas las operaciones internas a
través de su control informático centralizado,
pues fue lo que les permitió embargar y detenerlos flujos
internos e internacionales tanto físicos, de bienes y servicios,
como financieros y administrativos, y dejar a ciegas y en desconcierto
total a los “directores”sin brújula
ni batuta.
Fue la intervención de la Fuerza Armada tanto en el mar como
en tierra firme lo que permitió rescatar el poder y la dirección
de las operaciones petroleras para el gobierno venezolano, y parapetear
a una directiva temblequeante y carente de autoridad y de firmeza,
ducha sólo en las artes de la politiquería ladina
y ambivalente, que había convertido la victoria de abril
en derrota vergonzante, con su táctica de “realismo
geopolítico” betancourista y calderista propicio para
la entrega al Imperio agresivo de una parte de nuestros recursos
básicos y de su control a fin de conservar “algo”
de nuestra soberanía, como si ésta pudiera ser compartida
y negociada con quien se pretende el amo del mundo, desde hace ya
un siglo.
A esa conclusión llegó Juan Vicente Gómez
a raíz de la primera querella del gran capital del
Norte sobre nuestros hidrocarburos, el cual, una vez perdida la
causa en los tribunales no vaciló en lanzar una sangrienta
rebelión armada que asoló todo nuestro territorio,
nuestra economía y nuestra población, con el mote
de “revolución libertadora”,
en la que también salió derrotado, y luego lanzó
las flotas imperiales contra nuestros puertos y barcos y la “diplomacia
del big stick” de Roosevelt y sus
acólitos contra el gobierno de Castro. La
capitulación de Gómez ante el joven Imperio que desgarró
a Cuba y arrancó el istmo de Panamá a Colombia para
construir allí su canal puso a las órdenes del gran
capital nuestros recursos del subsuelos y marcó nuestra vergonzosa
lacra de semicolonia durante todo un siglo. Pese
a la OPEP y a la nacionalización, pese a Betancourt y a Caldera,
el gomecismo, metamorfoseado, sigue gobernándonos desde PDVSA
, en el marco de la socialdemocracia y de la democracia cristiana.
Nuestra oligarquía mantuana, concentrada
en Caracas, siempre fue sumisa a la situación colonial, por
derivar de ella sus privilegios como amos de esclavos y de tierras,
desde hace ya 500 años. Por eso le resultó muy natural
adherirse al realismo gomecista, prestar
sus servicios y compartir las migajas de las concesiones petroleras
con los gringos. Del Club Paraíso al Country
Club, los amos del valle se han mantenido como vasallos de los nuevos
colonizadores, “que ya no traen espadas, sino taladros”...y
computadoras. Sus descendientes más jóvenes
forman las legiones de mayameros que se sienten más cómodos
en La Florida que en su país.
Pero lo que nos parece realmente grave es que aquellos que en su
juventud fueron militantes radicales del comunismo y del
socialismo, se fueran amoldando, con el
paso de los años y su ascenso al liderazgo, al fatalismo
de nuestra condición de país puertoriqueño
y a la invencibilidad del Imperio, con un siglo de intervencionismo
grosero en todo el mundo. Para ellos, la soberanía
plena es una utopía anacrónica. Han terminado,
dentro de su fina astucia, por cultivar habilidades gatopardianas
para mantenerse en la cuerda floja del equilibrio entre soberanía
y sumisión que nos evite la arremetida brutal y sangrienta
del Imperio y nos permita mal que bien alguna influencia
en el manejo compartido de nuestros recursos básicos, los
hidrocarburos en primer lugar. ¿Es esta visión
realista aceptable para nuestro pueblo? ¿Lo es para nuestro
gobierno?. He aquí el dilema fundamental de política
energética que se nos plantea en este momento. ¿Existe
un grado menguado de soberanía limitada que sea aceptable
para la nación, sin importar lo que se diga en la Constitución?
En otros términos, ¿es negociable la Constitución?
Lo cual impone establecer en qué medida los convenios, asociaciones,
creación de filiales autónomas o sometidas a poderes
externos, cesiones de soberanía de jurisdicción, negociaciones
sobre doble tributación o garantías y promesas a empresas
inversionistas extranjeras o a tribunales o árbitros extranjeros,
celebrados o por celebrarse, constituyen violación
de la Constitución, y proceder a las rectificaciones
que se requieran.
O por el contrario, aun siendo violatorias de la Constitución,
aceptarlas como males inevitables. En cuyo caso
la reiterada proclamación de nuestra soberanía se
convierte en ejercicio de demagogia intolerable. Nuestra
perversa experiencia del último cuarto de siglo es la de
la conversión de nuestra principal empresa petrolera en un
caballo de Troya que supera y somete al Estado nacional, haciéndose
un meta-Estado transnacional aliado del gran capital petrolero mundial
y de los Imperios que lo albergan, para lo cual acaban por ganar
la complicidad de la clase política gobernante.
Los órganos del Estado teóricamente superiores de
PDVSA terminaron siendo colonizados por ésta. Cuando
el gobierno de Chávez decidió ejercer la soberanía
sobre el petróleo, fue derrocado. Esta vez no hubo “revolución
libertadora” sino golpe
de Estado petrolero. El inexplicable paso atrás
del gobierno y el intento de conciliación con el caballo
de Troya resultó en la revuelta
de diciembre, cuyo epicentro y protagonista fue la
meritocracia exógena de PDVSA, cuyo propósito
explícito de derrocar el gobierno fué proclamado por
Giusti. Todo ello, mostró que los agentes del capital foráneo
y del Imperio tienen como misión no un cierto grado de poder
dentro del país y de su sector petróleo-gas, sino
todo el poder, la reversión de la nacionalización,
la anulación del poder del Estado y la privatización
total, lo que, de paso, difundieron internacionalmente en 1997,
con la silente anuencia de Caldera.
Los dramáticos acontecimientos del 2002 revelaron
para la mayoría de la población y para las fuerzas
armadas que el dilema era: colonia o soberanía.
Que no hay términos medios, que los intentos de complacer
parcialmente la voracidad energética del Imperio para apaciguarlo
dan lugar a un crescendo de sumisiones cuya desembocadura es la
renuncia al control estatal de los recursos. Es lo que nos enseña
igualmente la historia de América Latina, desde Argentina
con la creación de la primera empresa estatal petrolera de
América Latina, Yacimientos Petrolíferos Fiscales,
la guerra del Chaco, desatada entre Bolivia y Paraguay por los agentes
de Rockefeller, la nacionalización mexicana del Tata Cárdenas
y la historia de PEMEX, la de Petrobras con “o petróleo
é nosso”, que marcaron la época de oro del desarrollo
latinoamericano, hasta la malhadada onda actual de desnacionalización
y privatización lanzada por los paquetes de ajuste del FMI
y el Consenso de Washington junto con el endeudamiento sin límites,
recetas que han hundido la región en sus peores simas morales,
políticas y económicas.
Sin soberanía plena petrolera no hay soberanía
nacional, es la moraleja. Sin soberanía, los países
petroleros se convierten en “repúblicas bananeras”.
El gobierno tiene el deber moral ante el pueblo soberano de explicarse
sobre esta problemática clave actual, pues son demasiados
los signos de que las autoridades petroleras tienen aún la
brújula perdida.
Imprimir
Enviar |
|
Arriba |
Volver |
|
|
 |
Portada |
|