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Caracas / Venezuela - Martes 16/09/03
 


Renta Petrolera
Francisco Mieres / Soberania.info - 15/09/03

Cuando intentamos entender y comunicar nuestra percepción de una problemática excepcionalmente enrevesada como la que hoy vive Venezuela, nos topamos a menudo con dificultades sorpresivas de interpretación, no de ideas complejas necesariamente, sino de simples vocablos de uso común y corriente, tales como democracia, desarrollo, ciudadanía, capitalismo, técnica, racionalidad, ética, crisis, naturaleza, etc. etc., creyendo que representan realidades bien sabidas, y entonces, ante los malentendidos, echamos de ver cuán engañosas y relativas esas palabras habituales de nuestro léxico.

Cuando las cuestionamos respecto a su verdadero valor y esencia en relación a su apariencia, nos damos cuenta del tremendo condicionamiento social a que hemos sido sometidos por las “civilizaciones que nos han formado” un modo de pensar y de hablar, hasta por las más liberales y abiertas y aun a veces por parte de las escuelas más radicales, como la marxista. Cuando ensalzamos el modelo de “la democracia” como el modo perfecto de gobierno –o el menos imperfecto, como decía Churchill- y luego nos enteramos de que el modelo original –el ateniense- era el dominio de la minoría ciudadana dueña del poder en la polis (ejercido por los políticos), así como de tierras y esclavos, entendemos algo la diferencia entre el dicho de la igualdad –en la Constitución- y el hecho de la desigualdad –en la realidad verdadera.

Y por qué es casi imposible hacer aceptar los intentos de concretar formas de genuina participación de los de abajo, de auténtico poder popular, aun bajo el imperio de una constitución que proclama la democracia participativa y protagónica. Entendemos, cuando nos libramos a estas impertinencias hermenéuticas, por qué la Inquisición y la Corona se preocupaban tanto por seleccionar lo que debían y lo que no debían leer los súbditos, y por qué persiguieron con tanta saña y condenaron tan tempranamente al joven Miranda en cuanto descubrieron su curiosidad por los escritos de la Enciclopedia o por el Corán. Comprendemos mejor la profundidad del escepticismo premonitorio de Simón Rodríguez, aun después de la independencia, sobre los dos principales enemigos que gravitaban sobre las jóvenes repúblicas americanas: “la racionalidad europea y la prosperidad norteamericana”. De allí la necesidad de “inventar” para “no errar”. Lo cual sigue siendo una utopía, pues la superioridad del dominio económico occidental se nos impuso por las armas, el comercio, la inversión, la diplomacia, el derecho, pero también por la literatura, la educación, el arte, los deportes, el cine y demás medios de idiotización masiva, y hasta por las corrientes políticas revolucionarias, que es el colmo de la ironía. Tan enorme carga de sabiduría ajena pero multisecular y bien equipada se ha hecho en nosotros una segunda naturaleza que es el más empedernido e incurable sindrome del subdesarrollo. La moraleja amarga es: desconfiad de las palabras, sobre todo de aquellas que parezcan más atractivas. No las lancéis al viento, no os dejéis atrapar por ellas. Razón le sobra al General Baduel cuando hace suya la paradoja taoísta: las palabras agradables no son por lo general verdaderas; las palabras verdaderas no son por lo general agradables. Atreverse a aprender la realidad detrás de las palabras agradables, cultivo predilecto de los políticos, y, lo más penoso y difícil, aprender a atreverse a denunciar esa realidad con las palabras que hagan falta, aun desagradables, es una prueba suprema para un liderazgo capaz de inventar lo nuestro y desprenderse de la sabiduría enajenante.

El eslabonamiento supuestamente fecundo entre desarrollo técnico, desarrollo económico y desarrollo social, todo cuantitativo y con signo positivo, es uno de los legados del marxismo que ha conducido a la postre a mayores confusiones y a graves derrotas, siendo la más espectacular el derrumbe de la Unión Soviética, nada más ni nada menos. Lecciones amargas para quienes habían seguido de buena fé, ciega fé, las pautas de la ortodoxia, convertida en dogma en las prácticas soviéticas. Amargo reaprendizaje impuesto por los reveses. Descubrir que la técnica no es neutral ni necesariamente buena, que el desarrollo económico como mero creciimiento de la producción o del ingreso puede resultar perverso y contrario a un desarrollo social como desarrollo de lo genuinamente humano, descubrir que la producción tiene un reverso inevitable que es la destrucción, todo ello es lo que se ha puesto de manifiesto en el discurso de Fidel Castro en la reciente asamblea mundial contra la desertización y la sequía celebrada en La Habana, su primer discurso ecológico, que varias décadas de aprendizaje le costó. Esta problemática ha sido puesto de manera dramática por la historia reciente sobre el tapete, y es un reto vigente para el pensamiento social, y su repertorio es abundante y complicado.

Si tales malentendidos pueden causar desastres mayúsculos, de gran escala histórica, otros muchos de menor cuantía, pero de enormes repercusiones para pueblos y comunidades enteras, están presentes en la interpretación de nuestras sociedades nacionales, insertas en el marco impuesto por grandes potencias y por grandes monopolios transnacionales de influencia y escala mundial. No hay que ir muy lejos para hallarlos. Las concepciones coincidentes sobre la economía internacional reinantes en los grandes centros de regulación derivados de las grandes convenciones globales, como el FMI y el Banco Mundial, y ahora la Organización Mundial de Comercio, apoyadas por la Secretaría de Finanzas del Gobierno de USA, y por la Casa Blanca, que condujeron a un Credo de Preceptos llamado “Consenso de Washington”, y que se impusieron como recetas obligatorias a países en dificultades, llamadas “paquetes de ajuste”, que hundieron, en lugar de salvar, esas economías. El caso de Argentina ha sido el más notorio. La acumulación de fracasos ha sido tan aplastante que, salvo los más pertinaces recalcitrantes conservadores, ese conjunto de concepciones, llamado neoliberalismo, se ha derrumbado, dejando una anarquía en la cúpula del dominio financiero-monetario central, es decir, una crisis de política económica, y una recesión general, ya no sólo en la periferia débil, sino en el propio núcleo central de comando.

El surgimiento del llamado “movimiento anti-globalización”, en una cadena de acciones de protesta paralelas a las asambleas de las organizaciones internacionales de regulación, canalizadas luego en el “Foro Social Mundial” con sede inaugural en Porto Alegre, son el testimonio de la reacción de las mayorías afectadas por una política económica contraproducente, criticada además a fondo en obras de Stiglitz (Premio Nobel de Economía 2000), Soros, Chomsky, Nader, Greider, Thurow, por sólo citar a los norteamericanos. Ante el derrumbe de la razón económica, la cúpula petrolizada de la Casa Blanca parece haber optado por la fuerza bruta , como si fuera posible asesinarr a todos los que difieren, en todo el mundo, como diría Clinton. Ante esta reducción al absurdo, una nueva razón, una nueva conceptualización se imponen, que no terminan por aflorar. Esta ausencia de razón rectora, este vacío de liderazgo y de metas en el seno de las elites mundiales, y su sustitución por el terrorisno de ambos lados, nos pone ante uno de los cuadros críticos más desconcertantes y lamentables que haya jamás sufrido la humanidad. Lo que ha ocurrido en la sede central de la ONU y de su Consejo de Seguridad en Nueva York antes y después de la agresión a Iraq, la destrucción de su sede en Bagdad, la repetición de la violencia en Iraq y en Afganistán, la matanza diaria en Israel, la portesta social en este momento cntra la OMC en Cancún, son episodios del horror siniestro a que nos ha traído el desarrollo y la civilización occidental.

La violencia como partera de la historia. A la postre y al final de todo lo sangriento, una nueva criatura alumbraba, más hermosa y más humana. La lucha de clases, trocada a veces en lucha de naciones, nos aproximaba a un mundo cada vez mejor. Mas el balance del siglo XX, el más sangriento de la historia, parece negar la ilusión de un happy end. Para enfrentar y superar la pesadilla de un Imperio esquizofrénico esparciendo sus armas de destrucción masiva, hace falta poner a funcionar la razón humana colectiva, con la obligación de repensar el mundo, de repensarlo en su complejidad, y más allá de las ilusiones simplistas y unidimensionales. Nuestra única libertad hoy es la conciencia de la necesidad de repensar el mundo.

Hablando ya no del mundo, sino de Venezuela, aunque es evidente que estamos involucrados, queramos o no, en el inmenso lío que entraña la querella de las grandes palabras atractivas, en nuestro caso hay dos que tocan la entraña de nuestra realidad básica energética , especialmente generadoras de confusión: nacionalización y renta.

La nacionalización, reivindicación de origen socialista, porque entraña la propiedad, el control y el disfrute por toda la sociedad nacional de un recurso, servicio o derecho, nació en Venezuela como la panacea para la industria de los hidrocarburos, como la culminación de un largo proceso de reformas parciales preparatorias, hasta la meta de la plena soberanía nacional colectiva sobre nuestro recurso y nuestra actividad fundamental. Sin embargo, durante el proceso de discusión legislativa y pública aparecieron tantas debilidades y contradicciones que menoscabaron el resultado final, la ley respectiva, convirtiéndola no en garantía del ejercicio de la soberanía nacional plena, sino en un híbrido fruto de la negociación con el poder foráneo, en una “ley-convenio”, que le permitía al gran poder corporativo petrolero extranjero el ejercicio de derechos de intervención y tutela, a través de convenimientos al margen de la ley, ejercidos no sólo por representantes directos de las empresas matrices, sino también de un grupo de gerentes venezolanos con formación, mentalidad y lealtad transnacionales ubicados en puestos claves de decisión, y liberados de obediencia respecto al Estado, como un “caballo de Troya”. Fue una nacionalización “chucuta”, que albergaba en sí misma los gérmenes y los agentes del retroceso hacia la desnacionalización, la privatización y la reversión del control clave hacia el big oil transnacional. Ello fue lo que ocurrió.

Con las riendas en manos de esa supuesta “meritocracia”, la nacionalización se convirtió en su contrario, y la principal empresa en un meta-Estado apoyado por el poder petrolero foráneo, mucho más poderoso que el Estado nacional, al cual le niega el derecho de dirigir la política petrolera y la propia empresa, convertida de nuevo en enclave foráneo, junto con las múltiples filiales y joint-ventures dentro y fuera del país, con la influencia y la presencia directa del gran capital extranjero. Ese “caballo de Troya” fue la vanguardia de los golpes de Estado y contra la nación de abril y diciembre del 2002, en el intento de liquidar lo poco que quedaba de nuestra soberanía nacional. Ese intento fue derrotado gracias a la alianza popular cívico-militar. Sus líderes más obvios han salidode PDVSA, otros han quedado adentro. Esos líderes ahora dirigen movimientos político-gremiales de abierta oposición de tendencia golpista y pretenden convertirse en vanguardia intelectual de la enajenación masiva, con la ayuda del poder mediático y del diplomático de las potencias imperialistas. Por ende, nuestra soberanía sigue en jaque. Esta amarga lección del manejo de una atractiva palabra convertida en consigna nacional está lejos de ser asimilada por el grueso de la población.

La otra palabra, más ladina aún, que tiene mucho que ver con la cuestión energética venezolana es renta. Es más complicada, porque es contradictoria en su propia esencia, pues siendo un ingreso, es sin embargo mal visto, y ha adquirido mala reputación. Aunque las credenciales de su introducción en Venezuela, asociada al petróleo, como renta petrolera, son de excelencia, pues son clásicas, marxistas, matemáticas y alemanas, la verdad es que su utilización en el país ha dado lugar a confusiones no menores que la otra. Hasta el punto de haberse llegado a decir que la causa principal de nuestros reiterados fracasos económicos es la renta petrolera, al hacernos botarates e incapaces de “sembrar el petróleo” en una actividad reproductiva que nos asegure el “desarrollo sustentable”. En esta visión la renta es una criatura perversa que nos deja el excremento del diablo como una maldición insuperable. Cuanto mayor la renta, peor.

¿Verdad que hay algo sumamente extraño en tamañas aseveraciones?. La teoría detrás de esta anomalía es que la renta de la tierra, de la cual la renta petrolera sería la peor especie, es que se trata de un ingreso anacrónico, feudal, medioeval, no legítimo dentro del capitalismo, no adaptado a su lógica, un rezago que frena su expansión y que por eso está destinado a desaparecer. Es un ingreso derivado de una propiedad concentrada monopolista de vastas extensiones de subsuelo rico en hidrocarburos por parte de terratenientes privilegiados que se han hecho con el poder en regiones atrasadas dotadas por la providencia de esos riquísimos y escasos recursos, no ganados legítimamente. Esta es una derivación de la condena de los padres de la economía contra la propiedad terrateniente generadora de la renta de la tierra, totalmente anihistórica. Las reformas agrarias llevarían, con la mayor competencia, a abolir la renta de la tierra. Como se puede ver, se juzga la renta petrolera, que es un ingreso por encima de la “legítima ganancia empresarial capitalista”, a partir de una supuesta racionalidad capitalista, propiciadora de la libre competencia, y donde los títulos de propiedad reconocidos son los de los medios de producción producidos y los de la fuerza de trabajo. Por añadidura los beneficiarios de la renta petrolera que se deriva de su exportaciones son grupos minoritarios que monopolizan el Estado, lo que añade una anomalía. En el capitalismo puro la propiedad es privada por excelencia y no se concibe el Estado como propietario de recursos productivos. Si el Estado emerge como exportador o empresario, entonces se asoma otra anomalía: el socialismo. Tal visión de la renta resulta, en suma, de un enfoque a partir de la lógica supuesta del modelo de capitalismo de competencia perfecta, que no admite la renta, pero que no ha existido nunca sino en la imaginación y en los textos de los primeros economistas.

Esa visión es tanto más absurda cuando se aplica en el siglo XX, en pleno dominio del capitalismo monopolista, cuyo poder se concentra como nunca antes en unas cuantas corporaciones globales, cuyo ingreso fundamental es, precisamente, la renta monopólica, basada en el control del mercado oligopolista por un puñado de megaempresas. Esa visión, que podría motejarse de candorosa, es sin embargo una visión con uñas, o mejor dicho, con garras, porque sirve de sustento a la Carta Energética Europea, cuyo objetivo clave es la eliminación de la renta que cobra el Estado, esto es, de la regalía, y de cualquier ingreso estatal análogo, verbigratia, el cobro de peaje por los oleoductos o gasductos.

El objetivo más general en los países productores es la privatización, desestatización y desregulación de los hidrocarburos, para que reine el “libre mercado”. Tales metas se han logrado parcialmente en Rusia, donde 2/3 de los yacimientos y demás activos petroleros ha sido privatizado, así como 60% de los gasíferos, y en los países ex-soviéticos del Caspio. Todo ello para que el crudo, el gas o los productos lleguen baratos a los países importadores, cuyos Estados –ellos sí- serán libres de cobrar los impuestos que a bien tengan. Por eso el absurdo de la susodicha teoría llega al clímax cuando se pretende aplicar la tesis del intercambio desigual a los países exportadores de petróleo, pero a la inversa, o con piquete al revés, según la cual estos países superexplotan a los importadores al cargarles la renta, sin parar mientes en que se pagan precios de monopolio en ambos lados del flujo comercial internacional (como lo ha mostrado el clamor sobre los precios de medicamentos) y de que las corporaciones petroleras del norte son las intermediarias en la cadena de la extracción hasta el consumo de productos, asegurando una tajada del valor creado, amén de que los estados de las potencias occidentales vía impuestos a los productos han elevado su participación en la factura total que pagan los consumidores.

En suma, el mundo de hoy es uno de monopolios y de rentas, y la petrolera es una de ellas. Los estados son agentes activos en el mercadeo, y no sólo los petroleros, cuyo protagonismo crece porque su producto es cada vez más escaso, y con la concentración crece el poder de mercado, o sea, de cobrar una renta mayor, en buena hora. El grado y el modo en que lo ejerza depende de su conveniencia nacional, incluyendo las relaciones geoestratégicas, y no sólo necesariamente de las condiciones del negocio, o del mercado. Puede, cuando le convenga, aplicar discriminación de precios o de otras condiciones, según el cliente, lo que es práctica normal del corporativismo monopólico. Por añadidura, no se puede téoricamente aplicar la explicación de la renta de la tierra a la renta del petróleo, porque en un caso se trata de productos y procesos renovables, y en el otro se trata de un producto no renovable, que se va agotando a medida que se produce, y que por tanto comporta ipso facto una reducción del activo físico que debe compensarse en el precio. A lo que se añade que por lo general a causa de la exploración, perforación, extracción, transporte, refinación y procesamiento del petróleo se generan daños al entorno y a sus recursos naturales que comportan un costo que las más de las veces no se paga explícitamente, y que queda como una deuda ecológica para futuras generaciones. Por todas esas razones esa teoría de la renta petrolera que condujo a condenar la defensa de precios altos por la OPEP se ha ido convirtiendo en una antigualla.

Razones adicionales para repensar el mundo, a Venezuela y.. a Petróleos de Venezuela...


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