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Cuando intentamos entender y comunicar nuestra percepción
de una problemática excepcionalmente enrevesada como la que
hoy vive Venezuela, nos topamos a menudo con dificultades sorpresivas
de interpretación, no de ideas complejas necesariamente,
sino de simples vocablos de uso común y corriente, tales
como democracia, desarrollo, ciudadanía, capitalismo,
técnica, racionalidad, ética, crisis, naturaleza,
etc. etc., creyendo que representan realidades bien sabidas, y entonces,
ante los malentendidos, echamos de ver cuán engañosas
y relativas esas palabras habituales de nuestro léxico.
Cuando las cuestionamos respecto a su verdadero valor y esencia
en relación a su apariencia, nos damos cuenta del tremendo
condicionamiento social a que hemos sido sometidos
por las “civilizaciones que nos han formado”
un modo de pensar y de hablar, hasta por las más liberales
y abiertas y aun a veces por parte de las escuelas más radicales,
como la marxista. Cuando ensalzamos el modelo de “la
democracia” como el modo perfecto de gobierno –o
el menos imperfecto, como decía Churchill-
y luego nos enteramos de que el modelo original –el ateniense-
era el dominio de la minoría ciudadana dueña del poder
en la polis (ejercido por los políticos), así como
de tierras y esclavos, entendemos algo la diferencia entre
el dicho de la igualdad –en la Constitución- y el hecho
de la desigualdad –en la realidad verdadera.
Y por qué es casi imposible hacer aceptar los intentos
de concretar formas de genuina participación de los de abajo,
de auténtico poder popular, aun bajo el imperio de una constitución
que proclama la democracia participativa y protagónica.
Entendemos, cuando nos libramos a estas impertinencias hermenéuticas,
por qué la Inquisición y la Corona
se preocupaban tanto por seleccionar lo que debían y lo que
no debían leer los súbditos, y por qué persiguieron
con tanta saña y condenaron tan tempranamente al joven Miranda
en cuanto descubrieron su curiosidad por los escritos de la Enciclopedia
o por el Corán. Comprendemos mejor la profundidad
del escepticismo premonitorio de Simón Rodríguez,
aun después de la independencia, sobre los dos principales
enemigos que gravitaban sobre las jóvenes repúblicas
americanas: “la racionalidad europea y la prosperidad
norteamericana”. De allí la necesidad de “inventar”
para “no errar”. Lo cual sigue siendo una utopía,
pues la superioridad del dominio económico occidental se
nos impuso por las armas, el comercio, la inversión, la diplomacia,
el derecho, pero también por la literatura, la educación,
el arte, los deportes, el cine y demás medios de idiotización
masiva, y hasta por las corrientes políticas revolucionarias,
que es el colmo de la ironía. Tan enorme
carga de sabiduría ajena pero multisecular y bien equipada
se ha hecho en nosotros una segunda naturaleza que es el más
empedernido e incurable sindrome del subdesarrollo. La moraleja
amarga es: desconfiad de las palabras, sobre todo de aquellas que
parezcan más atractivas. No las lancéis al
viento, no os dejéis atrapar por ellas. Razón le sobra
al General Baduel cuando hace suya la paradoja
taoísta: las palabras agradables
no son por lo general verdaderas; las palabras verdaderas no son
por lo general agradables. Atreverse a aprender la realidad
detrás de las palabras agradables, cultivo predilecto de
los políticos, y, lo más penoso y difícil,
aprender a atreverse a denunciar esa realidad con las palabras que
hagan falta, aun desagradables, es una prueba suprema para
un liderazgo capaz de inventar lo nuestro y desprenderse de la sabiduría
enajenante.
El eslabonamiento supuestamente fecundo entre desarrollo técnico,
desarrollo económico y desarrollo social, todo cuantitativo
y con signo positivo, es uno de los legados del marxismo que ha
conducido a la postre a mayores confusiones y a graves derrotas,
siendo la más espectacular el derrumbe de la Unión
Soviética, nada más ni nada menos. Lecciones amargas
para quienes habían seguido de buena fé, ciega fé,
las pautas de la ortodoxia, convertida en dogma en las prácticas
soviéticas. Amargo reaprendizaje impuesto por los reveses.
Descubrir que la técnica no es neutral ni necesariamente
buena, que el desarrollo económico como mero creciimiento
de la producción o del ingreso puede resultar perverso y
contrario a un desarrollo social como desarrollo de lo genuinamente
humano, descubrir que la producción tiene un reverso inevitable
que es la destrucción, todo ello es lo que se ha
puesto de manifiesto en el discurso de Fidel Castro
en la reciente asamblea mundial contra la desertización y
la sequía celebrada en La Habana, su primer
discurso ecológico, que varias décadas de aprendizaje
le costó. Esta problemática ha sido puesto de manera
dramática por la historia reciente sobre el tapete, y es
un reto vigente para el pensamiento social, y su repertorio es abundante
y complicado.
Si tales malentendidos pueden causar desastres mayúsculos,
de gran escala histórica, otros muchos de menor cuantía,
pero de enormes repercusiones para pueblos y comunidades enteras,
están presentes en la interpretación de nuestras sociedades
nacionales, insertas en el marco impuesto por grandes potencias
y por grandes monopolios transnacionales de influencia y escala
mundial. No hay que ir muy lejos para hallarlos. Las concepciones
coincidentes sobre la economía internacional reinantes en
los grandes centros de regulación derivados de las grandes
convenciones globales, como el FMI y el Banco Mundial, y ahora la
Organización Mundial de Comercio, apoyadas por la Secretaría
de Finanzas del Gobierno de USA, y por la Casa Blanca, que condujeron
a un Credo de Preceptos llamado “Consenso de Washington”,
y que se impusieron como recetas obligatorias a países en
dificultades, llamadas “paquetes de ajuste”, que hundieron,
en lugar de salvar, esas economías. El caso de Argentina
ha sido el más notorio. La acumulación de fracasos
ha sido tan aplastante que, salvo los más pertinaces recalcitrantes
conservadores, ese conjunto de concepciones, llamado neoliberalismo,
se ha derrumbado, dejando una anarquía en la cúpula
del dominio financiero-monetario central, es decir, una crisis de
política económica, y una recesión general,
ya no sólo en la periferia débil, sino en
el propio núcleo central de comando.
El surgimiento del llamado “movimiento anti-globalización”,
en una cadena de acciones de protesta paralelas a las asambleas
de las organizaciones internacionales de regulación, canalizadas
luego en el “Foro Social Mundial” con
sede inaugural en Porto Alegre, son el testimonio
de la reacción de las mayorías afectadas por una política
económica contraproducente, criticada además
a fondo en obras de Stiglitz (Premio Nobel de Economía
2000), Soros, Chomsky, Nader, Greider, Thurow,
por sólo citar a los norteamericanos. Ante el derrumbe
de la razón económica, la cúpula petrolizada
de la Casa Blanca parece haber optado por la fuerza bruta , como
si fuera posible asesinarr a todos los que difieren, en todo el
mundo, como diría Clinton. Ante esta reducción
al absurdo, una nueva razón, una nueva conceptualización
se imponen, que no terminan por aflorar. Esta ausencia de razón
rectora, este vacío de liderazgo y de metas en el seno de
las elites mundiales, y su sustitución por el terrorisno
de ambos lados, nos pone ante uno de los cuadros críticos
más desconcertantes y lamentables que haya jamás sufrido
la humanidad. Lo que ha ocurrido en la sede central de la ONU y
de su Consejo de Seguridad en Nueva York antes y después
de la agresión a Iraq, la destrucción de su sede en
Bagdad, la repetición de la violencia en Iraq y en Afganistán,
la matanza diaria en Israel, la portesta social en este momento
cntra la OMC en Cancún, son episodios del horror
siniestro a que nos ha traído el desarrollo y la civilización
occidental.
La violencia como partera de la historia. A la
postre y al final de todo lo sangriento, una nueva criatura alumbraba,
más hermosa y más humana. La lucha de clases, trocada
a veces en lucha de naciones, nos aproximaba a un mundo cada vez
mejor. Mas el balance del siglo XX, el más sangriento de
la historia, parece negar la ilusión de un happy end. Para
enfrentar y superar la pesadilla de un Imperio esquizofrénico
esparciendo sus armas de destrucción masiva, hace falta poner
a funcionar la razón humana colectiva, con la obligación
de repensar el mundo, de repensarlo en su complejidad, y más
allá de las ilusiones simplistas y unidimensionales. Nuestra
única libertad hoy es la conciencia de la necesidad de repensar
el mundo.
Hablando ya no del mundo, sino de Venezuela, aunque es evidente
que estamos involucrados, queramos o no, en el inmenso lío
que entraña la querella de las grandes palabras atractivas,
en nuestro caso hay dos que tocan la entraña de nuestra realidad
básica energética , especialmente generadoras de confusión:
nacionalización y renta.
La nacionalización, reivindicación
de origen socialista, porque entraña la propiedad, el control
y el disfrute por toda la sociedad nacional de un recurso, servicio
o derecho, nació en Venezuela como la panacea para la industria
de los hidrocarburos, como la culminación de un largo proceso
de reformas parciales preparatorias, hasta la meta de la plena soberanía
nacional colectiva sobre nuestro recurso y nuestra actividad fundamental.
Sin embargo, durante el proceso de discusión legislativa
y pública aparecieron tantas debilidades y contradicciones
que menoscabaron el resultado final, la ley respectiva, convirtiéndola
no en garantía del ejercicio de la soberanía
nacional plena, sino en un híbrido fruto de la negociación
con el poder foráneo, en una “ley-convenio”,
que le permitía al gran poder corporativo petrolero extranjero
el ejercicio de derechos de intervención y tutela, a través
de convenimientos al margen de la ley, ejercidos no sólo
por representantes directos de las empresas matrices, sino también
de un grupo de gerentes venezolanos con formación, mentalidad
y lealtad transnacionales ubicados en puestos claves de decisión,
y liberados de obediencia respecto al Estado, como un “caballo
de Troya”. Fue una nacionalización “chucuta”,
que albergaba en sí misma los gérmenes y los agentes
del retroceso hacia la desnacionalización, la privatización
y la reversión del control clave hacia el big oil transnacional.
Ello fue lo que ocurrió.
Con las riendas en manos de esa supuesta
“meritocracia”, la nacionalización
se convirtió en su contrario, y la principal empresa en un
meta-Estado apoyado por el poder petrolero foráneo, mucho
más poderoso que el Estado nacional, al cual le niega el
derecho de dirigir la política petrolera y la propia empresa,
convertida de nuevo en enclave foráneo, junto con las múltiples
filiales y joint-ventures dentro y fuera del país, con la
influencia y la presencia directa del gran capital extranjero. Ese
“caballo de Troya” fue la vanguardia de los golpes de
Estado y contra la nación de abril
y diciembre
del 2002, en el intento de liquidar lo poco que quedaba
de nuestra soberanía nacional. Ese intento fue derrotado
gracias a la alianza popular cívico-militar. Sus líderes
más obvios han salidode PDVSA, otros han quedado adentro.
Esos líderes ahora dirigen movimientos político-gremiales
de abierta oposición de tendencia golpista y pretenden convertirse
en vanguardia intelectual de la enajenación masiva, con la
ayuda del poder mediático y del diplomático de las
potencias imperialistas. Por ende, nuestra soberanía
sigue en jaque. Esta amarga lección del manejo de
una atractiva palabra convertida en consigna nacional está
lejos de ser asimilada por el grueso de la población.
La otra palabra, más ladina aún, que tiene mucho que
ver con la cuestión energética venezolana es renta.
Es más complicada, porque es contradictoria en su propia
esencia, pues siendo un ingreso, es sin embargo mal visto, y ha
adquirido mala reputación. Aunque las credenciales de su
introducción en Venezuela, asociada al petróleo, como
renta petrolera, son de excelencia, pues son clásicas,
marxistas, matemáticas y alemanas, la verdad es que su utilización
en el país ha dado lugar a confusiones no menores que la
otra. Hasta el punto de haberse llegado a decir que la causa
principal de nuestros reiterados fracasos económicos es la
renta petrolera, al hacernos botarates e incapaces de “sembrar
el petróleo” en una actividad reproductiva que nos
asegure el “desarrollo sustentable”. En esta
visión la renta es una criatura perversa que nos deja el
excremento del diablo como una maldición insuperable. Cuanto
mayor la renta, peor.
¿Verdad que hay algo sumamente extraño en
tamañas aseveraciones?. La teoría detrás de
esta anomalía es que la renta de la tierra, de la cual la
renta petrolera sería la peor especie, es que se trata de
un ingreso anacrónico, feudal, medioeval, no legítimo
dentro del capitalismo, no adaptado a su lógica, un rezago
que frena su expansión y que por eso está destinado
a desaparecer. Es un ingreso derivado de una propiedad
concentrada monopolista de vastas extensiones de subsuelo rico en
hidrocarburos por parte de terratenientes privilegiados que se han
hecho con el poder en regiones atrasadas dotadas por la providencia
de esos riquísimos y escasos recursos, no ganados legítimamente.
Esta es una derivación de la condena de los padres
de la economía contra la propiedad terrateniente generadora
de la renta de la tierra, totalmente anihistórica. Las reformas
agrarias llevarían, con la mayor competencia, a abolir la
renta de la tierra. Como se puede ver, se juzga la renta petrolera,
que es un ingreso por encima de la “legítima ganancia
empresarial capitalista”, a partir de una
supuesta racionalidad capitalista, propiciadora de la libre competencia,
y donde los títulos de propiedad reconocidos son
los de los medios de producción producidos y los de la fuerza
de trabajo. Por añadidura los beneficiarios de la renta petrolera
que se deriva de su exportaciones son grupos minoritarios que monopolizan
el Estado, lo que añade una anomalía. En el capitalismo
puro la propiedad es privada por excelencia y no se concibe el Estado
como propietario de recursos productivos. Si el Estado emerge como
exportador o empresario, entonces se asoma otra anomalía:
el socialismo. Tal visión de la renta resulta, en
suma, de un enfoque a partir de la lógica supuesta del modelo
de capitalismo de competencia perfecta, que no admite la renta,
pero que no ha existido nunca sino en la imaginación
y en los textos de los primeros economistas.
Esa visión es tanto más absurda cuando se
aplica en el siglo XX, en pleno dominio del capitalismo monopolista,
cuyo poder se concentra como nunca antes en unas cuantas corporaciones
globales, cuyo ingreso fundamental es, precisamente, la renta monopólica,
basada en el control del mercado oligopolista por un puñado
de megaempresas. Esa visión, que podría motejarse
de candorosa, es sin embargo una visión con uñas,
o mejor dicho, con garras, porque sirve de sustento a la Carta
Energética Europea, cuyo objetivo clave es la eliminación
de la renta que cobra el Estado, esto es, de la regalía,
y de cualquier ingreso estatal análogo, verbigratia, el cobro
de peaje por los oleoductos o gasductos.
El objetivo más general en los países productores
es la privatización, desestatización y desregulación
de los hidrocarburos, para que reine el “libre mercado”.
Tales metas se han logrado parcialmente en Rusia, donde
2/3 de los yacimientos y demás activos petroleros ha sido
privatizado, así como 60% de los gasíferos, y en los
países ex-soviéticos del Caspio. Todo ello para que
el crudo, el gas o los productos lleguen baratos a los países
importadores, cuyos Estados –ellos sí- serán
libres de cobrar los impuestos que a bien tengan. Por eso el absurdo
de la susodicha teoría llega al clímax cuando se pretende
aplicar la tesis del intercambio desigual a los países exportadores
de petróleo, pero a la inversa, o con piquete al revés,
según la cual estos países superexplotan a
los importadores al cargarles la renta, sin parar mientes
en que se pagan precios de monopolio en ambos lados del flujo comercial
internacional (como lo ha mostrado el clamor sobre los precios de
medicamentos) y de que las corporaciones petroleras del norte son
las intermediarias en la cadena de la extracción hasta el
consumo de productos, asegurando una tajada del valor creado, amén
de que los estados de las potencias occidentales vía impuestos
a los productos han elevado su participación en la factura
total que pagan los consumidores.
En suma, el mundo de hoy es uno de monopolios y de rentas,
y la petrolera es una de ellas. Los estados son agentes
activos en el mercadeo, y no sólo los petroleros, cuyo protagonismo
crece porque su producto es cada vez más escaso, y con la
concentración crece el poder de mercado, o sea, de cobrar
una renta mayor, en buena hora. El grado y el modo en que lo ejerza
depende de su conveniencia nacional, incluyendo las relaciones geoestratégicas,
y no sólo necesariamente de las condiciones del negocio,
o del mercado. Puede, cuando le convenga, aplicar discriminación
de precios o de otras condiciones, según el cliente, lo que
es práctica normal del corporativismo monopólico.
Por añadidura, no se puede téoricamente
aplicar la explicación de la renta de la tierra a la renta
del petróleo, porque en un caso se trata de productos y procesos
renovables, y en el otro se trata de un producto no renovable, que
se va agotando a medida que se produce, y que por tanto comporta
ipso facto una reducción del activo físico que debe
compensarse en el precio. A lo que se añade que por lo general
a causa de la exploración, perforación, extracción,
transporte, refinación y procesamiento del petróleo
se generan daños al entorno y a sus recursos naturales que
comportan un costo que las más de las veces no se paga explícitamente,
y que queda como una deuda ecológica para futuras generaciones.
Por todas esas razones esa teoría de la renta petrolera
que condujo a condenar la defensa de precios altos por la OPEP se
ha ido convirtiendo en una antigualla.
Razones adicionales para repensar el mundo, a Venezuela y.. a Petróleos
de Venezuela...
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