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Caracas / Venezuela -
 


Irán ¿primera víctima de la crisis petrolera?
Orlando Ochoa Terán* / Semanario Quinto Día (Venezuela) - 26/06/09

Tal como ahora, los acontecimientos que desencadenaron la caída del Shah, sorprendieron al mundo. Nada ni nadie parecía oponerse a la Gran Revolución Blanca de un monarca que alimentó su ego con petróleo.




El próximo mes de septiembre habrán transcurrido dos años del ultimátum que el presidente Chávez le ofreció a Brasil y a Paraguay para que aprobaran el ingreso de Venezuela a Mercosur. Un año antes, también en septiembre, estaba supuesto a que un representante del régimen bolivariano ocupara un puesto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El mismo año, con exaltado entusiasmo anunció desde Damasco: “Siria y yo construiremos un nuevo mundo”. En encuentros con el hoy cuestionado y acorralado presidente Mahmoud Ahmadinejad, de Irán, se pronunció con parecidos ditirambos e hipérboles que anunciaban el fin del imperialismo.

¿Qué ha pasado desde entonces? Nada que no haya sido anticipado. La caída de los precios del petróleo cambiaron la realidad que algunos autócratas atribuían a dotes geoestratégicas y a una
disparatada noción ideológica que construiría un nuevo orden internacional sobre las ruinas del sistema capitalista.

Con una parecida arrogancia, tan familiar en estos tiempos en Venezuela, el Shah de Irán conjuró el espíritu de Ciro el Grande para continuar la obra del monarca muerto hace 25 siglos y desafiar las fuerzas de gravedad de la política tal como hoy lo repite el ayatolá Jamenei.


El espejo venezolano

Daniel Yergin, en su historia del petróleo THE PRIZE The Epic Quest for Oil, Money & Power narra este alienante proceso de intoxicación petrolera con tanta precisión que resulta inevitable  su resonancia con la realidad venezolana actual.

“Era evidente” –dice Yergin- “que Irán no podía absorber el vasto crecimiento de los ingresos petroleros que inundó al país. Los petrodólares dilapidados en proyectos extravagantes de modernización o corrupción, generaron caos y tensión política y social a través de toda la nación. Los renglones importados crecieron exponencialmente  mientras la producción agrícola declinaba.  La electricidad nacional no podía satisfacer la demanda y los apagones se sucedían uno tras otro en todo el país. El tráfico y los buhoneros paralizaban a Teherán. El orden hubo de ser impuesto por la fuerza.  Nada de esto cuadraba con la ambición de convertir a Irán en un poder mundial”.


Borrachera

La intoxicación petrolera no les permitió ver que la Gran Revolución Blanca era tan falsa como la sangre real de la dinastía Pahlavi. En diciembre de 1977, a sólo meses de la insurgencia popular islámica, el presidente Jimmy Carter de EE UU, el hombre mejor informado del mundo,  celebró el Año Nuevo con el Shah y brindó con estas adulantes palabras: “Por Irán y el gran liderazgo del Shah, una isla de estabilidad en una de las más inestables áreas del mundo. Un tributo de admiración por el amor que le ofrece a su pueblo”.

En septiembre de 1978, a sólo semanas del alzamiento popular que daría al traste con la Gran Revolución Blanca, un informe de la DIA (Inteligencia del Ejército de EEUU) hacía sus predicciones: “Se espera que el Shah permanezca activo en el poder más allá de los próximos 10 años”. 

Cuando se inició la Revolución Islámica el ayatolá Jomanei,  amenazó con “torrentes de sangre”. Lo cumplió. Los allegados del Shah sufrieron represalias, torturas y destierros. Miles de funcionarios y oficiales de las FFAA fueron ejecutados y pagaron el odio que habían desatado. Prisión, humillaciones e indignidades se extendieron a sus familiares. Militares y allegados políticos del Shah acudían a cualquier medio de transporte para huir de Irán. Países negaron la visa a fugitivos vinculados con el Shah para no provocar la furia de los mullahs. ¿Se repite el ciclo? ¿Esta vez una revolución dentro de la revolución?

El Shah vivió en carne propia la humillación. Se refugió primero en Egipto, luego en Marruecos, más tarde en las Bahamas y después en México. Enfermo y urgido de tratamiento médico especializado, el presidente Carter impidió, abiertamente, que se tratara en EE UU. Después de meses de disputa y de influencias ejercidas por Henry Kissinger y David Rockefeller, le permitieron hospitalizarse en secreto en el Cornell Medical Center de Nueva York. Divulgada la noticia, el orgulloso monarca fue obligado a salir de EEUU para instalarse en la pequeña isla de Contadora, gracias a la misericordia del dictador Manuel Noriega, hoy prisionero en un establecimiento penal de la Florida. Finalmente muere en el Cairo.

Como en la película
El Mago de Oz -observa Yergin- el Shah descubrió que no era más que un simple mortal.

 

 

[*] Orlando Ochoa Terán / E-mail: o.ochoa@att.net

 

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