El cero como meta
Milagros Socorro* / El Nacional (Venezuela) - 22/11/09
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Ya descubrí por qué Alí Rodríguez Araque conserva cierta reputación de seriedad. No más que un jirón, pero demasiado, para lo que ha sido su reciente desempeño como funcionario y economista.
Tuve la revelación esta semana, cuando bajé el volumen del televisor para no escuchar las irresponsables babiecadas del ministro de Economía y Finanzas; y de pronto, en un segundo, pasé de verlo como un idiota que repite las cantinfladas de Chávez a percibirlo como un hombre sensato, sobrio y moderado ¿Qué es esto?, me alerté, con ese pasmo sobresaltado que experimentamos cuando topamos de frente con una falsa certeza que hemos venido albergando y que nos ha conducido a emitir juicios errados. Subí el volumen y, qué alivio, ahí estaba otra vez el Mujiquita del mandón, el recitador de boberías, el cínico que apoyó el despido de 20 mil trabajadores de la industria petrolera, sin honrar sus derechos laborales ni detenerse a considerar el daño que se le hacía a tan fundamental rubro productivo.
Hagan la prueba. Ustedes dejan el audio y escuchan al comandante Fausto plantado frente al país diciendo que “el Gobierno nacional continúa trabajando para cerrar el año con un crecimiento cero”. Esto es, -por favor, corríjanme los especialistas-, como si un paciente reportara a su médico que está empeñando toda su voluntad para mantener sus 200 kilos, no fumar más de tres cajetillas y ejercitarse al menos tres minutos al día. Se jacta el enfermo de su afán por no alterar un cuadro agónico.
Y ahora quiten completamente el sonido. Verán que el bufón aparece como un sujeto solemne, de aire litúrgico; y entonces da la impresión de que estuviera anunciando un balance de cero en inflación, cero en racionamiento eléctrico, cero en inconstancia en el racionamiento de agua… tal es el magisterio que emana de sus gestos.
Hundo el botón que devuelve la sonoridad al televisor y ahí está el mismo fracasado, atribuyendo el despiporre de la economía, y todo el desastre que abruma a los venezolanos, a la baja de los precios petroleros cuya alza, “es dictaminada por los mercados especulativos y no por la relación entre oferta y demanda”. Y una se pregunta, indignada, pero ¿este no es el recadero de Chávez, quien aseguró en una alocución pública que si le ponían el barril de petróleo a cero, él, con toda frescura, se limitaba a tomarse un vaso de agua? Cómo es, entonces, que la inflación de dos dígitos, el desempleo, la baja en la demanda de bienes y consumos, en suma, la estanflación que azota a Venezuela es culpa de los especuladores del mercado de hidrocarburos.
Venga otra vez la voz de Alí Rodríguez y, sin alterar ese aire lóbrego que en Maracaibo llaman “forro de urna”, lo oímos reconocer lo inocultable, el hecho de que el Producto Interno Bruto (PIB) retrocedió un 4,5% en el tercer trimestre de 2009, después de haber caído un 2,4% en el segundo. Pero su balance de fin de año es que tendremos un crecimiento “modesto”. La verdad es que no se aparta ni un milímetro del modelo de Chávez: dice lo mismo, engaña con idéntica frialdad, no difiere un ápice de los deleznables galimatías con que el autócrata intenta disfrazar una realidad que muerde con saña la nuca de la ciudadanía.
Hazlo enmudecer en la pantalla para que veas sus intentos de aparecer protocolario, hierático, no desmelenado como ciertos payasos. Si no lo oyes podrías moverte a engaño y concluir que un señor de modales tan augustos no puede meterse en el mismo saco de aquellos hombrecitos sin dignidad, que no titubean en contradecirse ni en enviar un pueblo entero a la desgracia. Parece que todos sus pensamientos y energías están concentrados en lucir “lo más aparte”. Cuidado. No me confundan con cualquier folklórico. Yo soy un académico, un tipo ceremonioso. Pero prestas oído a sus declaraciones y está diciendo que Venezuela debe prepararse para “un posible conflicto armado”.
Conclusión: a Alí Rodríguez lo prefiero calladito. Así proyecta la ilusión de que se está presentando un informe que da cuenta de cero homicidios, cero secuestro express, cero parturientas ruleteadas, cero fuga de cerebros, cero medios de comunicación cerrados, cero corrupción administrativa, cero abusos de los jerarcas bolivarianos, cero deterioro de la infraestructura. Y, lo mejor, cero presos políticos.
[*] Link: http://www.milagrossocorro.blogspot.com/ / E-mail: milagrossocorro@gmail.com
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El Diente Roto
Pedro Emilio Coll **
A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.
Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo.
Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita transformación de Juan.
Juan no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.
-El niño no está bien, Pablo -decía la madre al marido-, hay que llamar al médico.
Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.
-Señora -terminó por decir el sabio después de un largo examen- la santidad de mi profesión me impone el deber de declarar a usted...
-¿Qué, señor doctor de mi alma? -interrumpió la angustiada madre.
-Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible -continuó con voz misteriosa- es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.
En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar.
Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del "niño prodigio", y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison... etcétera.
Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin pensar.
Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y "profundo", y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar.
Pasaron los años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro y estaba a punto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua.
Y doblaron las campanas y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.
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Cuento original del
venezolano Pedro Emilio Coll. Ensayista y periodista.
Natural de Caracas, 1872-1947.
Uno de los principales promotores del modernismo
en Venezuela.
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