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Como protagonista exitoso, Soros muestra en sus libros
( “La crisis del capitalismo global” y “La sociedad
abierta”), que la alianza dominante en esta sociedad post-industrial
-la del capital financiero con el mediático- ha convertido
el aparato productivo en un apéndice del sistema financiero-informativo,
cuyo principal “producto” es la fábula.
La venta de fábulas es el negocio más rentable
del mercado global, y sus managers más exitosos
–los llamados “analistas simbólicos”-
ocupan ahora las posiciones de mando entre los empresarios del Imperio,
entre los jerarcas del Consenso de Washington,
en Wall Street, en la banca y demás instituciones
financieras mundiales. Manejando sus habilidades prestidigitadoras
incluso contra sus socios, accionistas e inversores, estos fabuladores
han logrado embolsillar ingresos fabulosos, cien o más veces
mayores que los de los trabajadores calificados y aun profesionales.
La reciente revelación de estas prácticas dolosas
y fraudulentas en los centros del Imperio (New York, Houston,
Washington) ha sembrado el escándalo y la desconfianza
entre las víctimas inocentes, llevando a centenares de empresas
a la quiebra (Enron, Arthur Andersen, & &)
y a sus autores a los tribunales y a la cárcel. De paso,
una de las mayores víctimas de la Enron
de Texas fue la colectividad de California, timada en sus facturas
eléctricas en 50 millardos de $ en dos años de
“desregulación”, causante del déficit
record de ese estado (superior al de todos los demás estados
juntos) y del referéndum revocatorio a que está sometido
su gobernador Davis.
Ahora el escándalo acaba de estallar en la mera meca del
Imperio de la fábula: Wall Street. Su máxima
autoridad, Grasso, ha sido destituido después
de un cuarto de siglo allí, por incurrir en exceso
de abuso en sus ingresos, y todo el directorio está
en salsa por complicidad y contagio. Los excesos de especulación
con “acciones-chatarra” en la
“nueva economía” (de la alta tecnología)
fomentados por los intermediarios financieros ya habían provocado
un inmenso derrumbe de los valores allí cotizados, a partir
del 2000, que significó a la postre el desinfle de Sillicon
Valley y de las telecoms como vanguardia de la globalización.
Internet se volvió el “correo de las fábulas”.
La enlatadora principal de ilusiones, Hollywood
está de capa caída, aunque su gran ícono Schwarzeneger,
sin el mínimo temor al ridículo, aspire a la gobernación
más codiciada y más conflictiva, para repetir la triste
historia de Reagan, cuya única habilidad era la de repetir
historias. Dice Robert Reich, exSecretario del Trabajo de
Clinton (“The work of nations”): “En ninguna parte
se siente más fuerte la mítica fuerza del libre mercado,
y es defendida con más convicción, que en Wall Street,
y en la miríada de instituciones financieras y legales conectadas
con él”. Allí los analistas
simbólicos están en su reino. Ese olimpo
está ahora sacudido por la vergüenza y el escándalo.
Pero otro olimpo, no menos poderosos, está también
ahora obviamente perturbado por la pérdida de confianza de
los crédulos. Es la Casa Blanca, suprema fábrica
de embustes solemnes. Su jefe declara no haber dicho que
Saddam tenía armas de destrucción
masiva ni que estuviera involucrado en los atentados del 11-9. Otros
lo escribieron, y él lo leyó. Los autores
están en el Pentágono, en la CIA
o en la Vice-presidencia. Es obvio que las aclaratorias
empeoran su credibilidad. En suma, “al coincidir el
final de julio con el comienzo de agosto”, como diría
el corresponsal de Irún, las papas y el verano queman, los
bosques arden y la tormenta Isabel inunda las ciudades del este
de USA.
Desde luego, las trapacerías de los analistas simbólicos
en finanzas y en política no se limitan a USA. En este momento
está haciendo furor en Eurasia y Londres
la ocurrencia de Abramovich, uno de los oligarcas
rusos, hipermillonario por apropiación de recursos naturales
y fiscales, actual gobernador de Yakutia, en el
extremo oriente siberiano, convertido de pronto en el primer magnate
del futbol inglés, por compra del Chelsea,
con la nómina más cara del mundo, rebautizado
Chelski por los ingleses.
Por su parte, como buena provincia petrolera, Venezuela
fue convertida estos años en fábrica privilegiada
de mentiras, con centro en PDVSA y sus satélites mediáticos.
La caja negra financió la construcción del reino de
la “meritocracia”, bajo la batuta de Giusti, para blindarla
frente al Estado y sus advenedizos. Uno de sus
fabricantes fue la McKinsey&Co.,
empresa típica de los analistas simbólicos de USA.
Sorpresivamente, hizo su reaparición en PDVSA, después
de su recuperación de manos del Gral. Lameda en abril de
2002, contratada por la directiva para auditar por enésima
vez los cuestionados negocios extranacionales de PDVSA.
O sea, McKinsey está examinando a su propia criatura.
Pero la mayor sorpresa viene de la última revelación:
el director de esa empresa en Venezuela, y en el resto del área
andina, A. Plaz Castillo, es Presidente de SUMATE, cuyo principal
producto son las supuestas firmas al pie de la solicitud del referéndum
revocatorio. Para remate, este mismo personaje aparece como beneficiario
de contratos firmados con el IND, otorgados por el Viceministro
de Deportes, para la promoción de los juegos deportivos de
Cojedes a través de firmas como A&P, Make Entertainments,
Iter Consultores, etc. Comentarios sobran. La moraleja es que en
esta venta de fábulas tal vez haya que usar las artes del
engaño, mas no abusar de ellas.
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