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Caracas / Venezuela - Jueves 23/10/03
 


Congreso levanta-ronchas
Francisco Mieres / Soberania.info - 23/10/03

El Congreso Petrolero de Maracay, aunque silenciado por los medios de idiotización masiva y por el oficialismo, está lejos de pasar “inadvertido”. Ya el hecho de que se realizara, pese al hostigamiento primero vergonzante y después obsceno de parte de La Campiña, al que se plegó a la postre el gabinete, es un triunfo de los de abajo dentro y fuera del petróleo, de los que defendieron la soberanía nacional y las instalaciones en ambos golpes de Estado lanzados por los boys de Giusti-Bush.

En esas jornadas forjaron y se apropiaron de la terrible consigna “PDVSA es nuestra” y no la han soltado ni la van a soltar. Allí y en los encuentros sucesivos se ha ido articulando una alianza cívico-militar de los de abajo, trabajadores, vecinos y soldados, en multitud de organizaciones locales y regionales, desbordando las burocracias sindicales y políticas tradicionales de obediencia vertical, y que confluyeron en el audaz propósito de celebrar este insólito encuentro nacional desde abajo y de los de abajo, para –entre otras cosas- invitar al diálogo a las autoridades petroleras y políticas y solicitarles cuentas sobre sus actuaciones y sus planes y propuestas en materia petrolera, energética, geopolítica, con vistas a generar juntos, los de abajo y los de arriba, una “nueva PDVSA” propiedad real del pueblo soberano, y una “nueva política petrolera” garante de la soberanía nacional, todo ello como expresión concreta de la democracia participativa y protagónica pautada en la Constitución Bolivariana vigente.

Desde que el Bloque Patriótico de Oriente lanzó la iniciativa, el silencio frío y hostil de los de La Campiña confirmó las tendencias allí presentes a devenir en una nueva autocracia criolla, sustitutiva de la mitocracia agente directa de la potencia McBushita instalada allí por Quirós y Giusti, con la anuencia de CAP-Caldera. Sus respuestas implícitas fueron la ausencia en los encuentros regionales y el bloqueo de la información sobre el Congreso en sus redes de comunicación. Cuando se percataron de que las redes paralelas populares funcionaban y que el movimiento de los de abajo contaba con la simpatía y la solidaridad de oficiales de alto rango, y que el congreso de veras iba, entonces se quitaron la máscara y optaron por movilizar los más arteros recursos del poder para frustrarlo, haciéndole una guerra ladina, urdida por astutos politiqueros de “uña en el rabo”, que lograron embaucar al gobierno. Pese a todo, fracasaron y se realizó el milagro del Congreso, que ahora está aquí, convertido en movimiento constituyente, como inmenso tejido de organizaciones populares autónomas, con el sector petrolero como eje.

Lo interesante del Congreso es que puso sobre el tapete la sinceración de la democracia “participativa y protagónica”, a diferencia de la representativa obviamente engañosa y demagógica, en la materia clave para el país: el petróleo, base de nuestra economía y de nuestra soberanía, y por ende asunto clave de Estado, de un Estado cuyo poder reside en el pueblo, de un Estado del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Cómo el pueblo ejerce de veras ese poder en petróleo, en el trazado de la política petrolera y en la empresa nacional petrolera es la cuestión clave que el Congreso plantea. En términos bien sencillos: el pueblo, base social del Estado, debe participar en la conducción de esa Base de la economía y la soberanía nacional, al lado de la gerencia de la empresa, y de la cúpula del Estado, en un consejo superior estatal, como el estatuido en el art. 251 de la Constitución. El pueblo debe participar a través de un órgano constituyente, consultivo y contralor, al cual deben sometérseles las propuestas de política energética-petrolera, los proyectos de planes de negocios y las modalidades de negociaciones sobre nuestros recursos de hidrocarburos, así como los resultados de las gestiones realizadas. Este órgano tendrá participación tanto en la directiva de PDVSA como en el consejo superior de Estado. Podría formarse a partir de juntas locales de energía y estrategia, autopostuladas –como las juntas de conservación ambiental establecidas en la Ley del Ambiente- o electas en comicios municipales, cuyos representantes formarían un comité nacional permanente. Una asamblea inicial de instalación de la red de juntas locales dictaría los estatutos para el funcionamiento del órgano popular establecido y escogería las autoridades del comité permanente.

Para nuestros demócratas representativos de La Campiña, resulta inaceptable la creación de este extraño órgano constituyente petrolero, que ejercería una presunta soberanía popular en esta materia. Según el Ministro de Energía y Minas, la política petrolera y la dirección suprema de PDVSA corresponden exclusivamente al Presidente y a él mismo. El pueblo no tiene arte ni parte en estos asuntos claves, demasiado importantes. Eso queda reservado para los expertos de las cúpulas. Eso mismo piensa el jefe de PDVSA. Desde su regreso de Viena proclamó el evangelio betancourista de que “hay que apartar al pueblo y a los trabajadores del sector de la política petrolera”. Eso es asunto de gobierno. Punto. ¿Mala lectura de la constitución? ¿Interpretación autocrática? ¿Dónde queda lo participativo y protagónico de ella?. Se trata, en todo caso, de la visión más ortodoxa de la democracia: gobierno a nombre del pueblo, pero no por ni para el pueblo.

Es la misma que expresa E. Díaz Rangel cuando critica la aspiración de que nuestra base social controle nuestra base económica –y política: PDVSA. Betancourt decía que había que separar el petróleo de la política, para poder aplicar el fatalismo geopolítico que nos sometía necesariamente a la gran potencia. Estos delicadísimos asuntos sólo pueden plantearse en la intimidad de las cúpulas, bien lejos de las indiscreciones del populacho, al que le toca hacer coro y aplaudir, no importa lo que diga la constitución

Otra forma de decir lo mismo es que quien no sea del personal petrolero es ajeno a la industria, y no tiene que inmiscuirse en sus asuntos internos. ¿El petróleo pertenece a sus trabajadores, y sólo a ellos? Ellos son unos 20 mil, frente a unos 10 millones de la fuerza de trabajo. O sea, el 2 por mil. ¿Encarnan ellos solos la conciencia o la vanguardia o la propiedad de la sociedad venezolana sobre su petróleo? ¿La encarnan sus dirigencias sindicales o sus “representantes” en el directorio de PDVSA? Las pretensiones de exclusividad los exponen al ridículo, como exponentes anacrónicos de la “aristocracia obrera”.

Tales deformaciones degradan y niegan la democracia participativa, haciendo de ella una farsa, como en la tragicomedia de California, víctima de la megaestafa de la petrolera Enron y ahora en manos de un payaso de Hollywood, una y otro de la dinastía McBushita.


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