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Caracas / Venezuela -
 


Un país con “Síndrome del Paraíso”
Horacio Medina* / El Venezolano (USA) - 01/03/10


Con la llegada del petróleo a vida de los venezolanos, en los albores del siglo XX, nuestra historia comenzó a cambiar de manera importante. En contraposición con algunas opiniones, consideramos que el petróleo le permitió a Venezuela y, por ende, a los venezolanos, entrar con ímpetu y sobradas esperanzas, por la puerta que conducía al mundo del desarrollo. Indudables e indiscutibles fueron los avances que en materia de infraestructura vial, salud pública, educación, vivienda y desarrollo industrial, que le podemos atribuir al petróleo, en las décadas de los cincuenta y sesenta.

Venezuela, un país que a comienzos de la década de los sesenta tenía alrededor de 7 millones de habitantes, producía más de 3 millones 400 mil barriles de petróleo por día y exportaba el 80% de esa producción, lo cual le permitía registrar un ingreso per cápita envidiable, no sólo en el ámbito continental, sino también a nivel mundial.

La llegada de la década de los setenta, encuentra al país con una población de unos 12 millones de habitantes y, que todavía producía más de 3 millones 200 mil barriles diarios de crudo lo cual, se traducía, en cifras, todavía respetables, en el ingreso per cápita. Vale decir, a pesar de ver cómo los invitados a la fiesta habían aumentado de manera importante, aun la torta a repartir permitía servir trozos generosos.

En aquel momento, permanecía la percepción de temporalidad del recurso que nos había acompañado desde principios de la década de los sesenta, debidamente sustentada, en las escasas reservas probadas que se asentaban en los informes del Ministerio y en las altas tasas de producción que se reportaban, en razón de lo cual, la relación producción reservas permitía avizorar una corta vida del país como productor y exportador crudo. Sin embargo, una vez tomada la decisión de estatizar la industria, el esfuerzo del personal nacional concentrando en su mística de trabajo, dedicación, disciplina, talento, conocimiento y apuntalado por tecnología e inversiones, logra el milagro de revertir esa percepción de temporalidad cuando las reservas probadas y las expectativas de nuevas reservas, aunadas a una política de explotación racional, logran llevar hacia el largo plazo, la vida del país como productor y exportador de crudo.

También en esa década de los sesenta y, a principios de los ochenta, se hace presente una extraordinaria bonanza petrolera que irrigó de manera ilimitada, tanto en la dirigencia política del país como en vastos sectores de la sociedad civil, un intenso espíritu rentista dejando establecido un espejismo de país rico, difícil de erradicar.

Sin embargo, con el paso del tiempo, la bonanza petrolera sufre una merma importante y, entonces, los ingresos petroleros no pueden mantenerse y la tasa de crecimiento de la población supera con creces la de los precios del crudo en términos reales, tendencia que ha sido la misma en las décadas precedentes. En términos coloquiales, como mencionamos anteriormente, los invitados a la fiesta aumentaron exponencialmente y la torta era, básicamente la misma, nadie se preocupó en preparar la gelatina y el flan, para compensar la inevitable reducción en las raciones de torta a compartir. Hoy en día, somos un país que supera los 26 millones de habitantes, más del doble de la población a comienzos de los setenta y, con una producción de 2 millones 400 mil barriles por día, es decir, casi 1 millón de barriles menos que, aun a precios de 70 dólares el barril, no permiten compensar la reducción en los ingresos. Muchos más invitados a la fiesta y una torta más pequeña y, todavía, sin gelatina ni flan.

Como mencionara un compañero de nuestra “vieja” PDVSA, a quien no podemos precisar con exactitud, el país continúa sumido en su concepción irracional de una abundante base de recursos naturales y está afectado por el “Síndrome del Paraíso”.

Ciertamente, este mal acertadamente denominado como el “Síndrome del Paraíso”, no es inherente al régimen chavista, ya había sido inoculado por los gobiernos anteriores en el ADN del venezolano con el deliberado propósito de mantener el control de los ingresos provenientes de la renta petrolera. Sin embargo, en PDVSA, la “vieja”, el debate se produjo y la necesidad de abandonar la visión rentista y explotación de la mina, emerge con fuerza proponiendo una visión más amplia, holística del negocio, capaz de generar riqueza y procurar mecanismos de distribución más amplios y democráticos. Tal vez, de acuerdo con otras visiones emergentes, no suficientes. Pero el camino del cambio se abría paso en la orientación de una nueva política energética nacional.

Sin embargo, es necesario tener muy presente que, dado que los gobiernos de los países exportadores de materias primas no dependen del aporte fiscal de su población para financiarse, sus líderes pueden darse el lujo de ignorar las exigencias y necesidades de sus ciudadanos, incluso desarrollar e inocular en ellos una suerte de relación de dependencia de simbiosis parasitaria con el Estado benefactor. Sumado a esto, cuando el carácter intrínseco del sector gobernante, no es democrático, esta realidad se torna en peligro aún mayor. Además, cuando se considera que esta inmensa cantidad de recursos monetarios públicos, pueda ser controlada por
pocos individuos que no rinden cuentas al resto de la sociedad, la corrupción es inevitable y el control es demoledor.

De allí que la decisión de
tomar control de PDVSA, el sector militar, las instituciones públicas y los Poderes Independientes se hicieron una necesidad ineludible para el régimen chavista, a partir del mismo 1999. Tal vez, puedan ilustrarnos las similitudes de países tan diferentes como Rusia, Irán o Venezuela, grandes productores de petróleo, presentan en sus formas autoritarias, militaristas y totalitarias de ejercer el Poder. Cada uno en su estilo, pero similares.

Así hemos llegado a la situación actual, un país dependiente en grado extremo de la renta petrolera, y un régimen con tanto poder concentrado y con importantes recursos monetarios de los cuales dispone sin ningún tipo de gestión contralora. Por supuesto eso hace pensar, con razones de sobra, que la salida de estos gobiernos del poder, resulta extremadamente compleja. También indica que se requiere una comprensión precisa del problema. Requiere además, de una visión políticamente amplia, signada por la inclusión de las partes, aun aquellas con grados de disidencia importante y de una de capacidad de tomar decisiones y ejecutarlas.

Sin embargo, este mismo régimen ha provisto en su accionar, una opción de salida importante. Más allá de su deterioro político, de su pérdida de credibilidad y negligencia intrínseca, ha procurado la destrucción de su fuente primaria de recursos. Este régimen, en su desaforado interés de imponer una ideología y en su convicción de perpetuarse en el poder, ha procurado la destrucción de la industria petrolera, vale decir, no sólo que ha reducido el tamaño de la torta, sino que se olvidó de preparar la gelatina y el flan, lo cual directamente compromete y de manera muy seria, el futuro, no solamente el relacionado con su permanencia en el poder, sino el de las próximas generaciones de ciudadanos venezolanos. Vale decir nuestro futuro, el de nuestros hijos y, posiblemente de nuestros nietos.

Se han materializado daños a instalaciones de producción, refinación, distribución de combustibles, flota de buques y daños al ambiente. En la eliminación de fuentes de trabajo,
sustitución de venezolanos por extranjeros y por personal sin conocimiento, destrucción de la mística de trabajo y el compromiso. En la venta de instalaciones en Venezuela y el Exterior. En la pérdida de clientes internacionales, en los mercados más importantes y cotizados.

Con
despachos a Cuba y países “amigos”, sin cobrar deudas pendientes y en condiciones absolutamente lesivas al patrimonio nacional, mientras que, por ejemplo, se importa gasolina a grandes costos para el país. En los cambios en la estructura organizacional, en criterios técnicos y lineamientos comerciales, basados en criterios político-ideológicos y beneficios de grupos ajenos al interés nacional. En fin, en la desnacionalización, la entrega de Soberanía y en la corrupción moral y ética generalizada.

A esto estamos enfrentados, y así como para poder asegurar la construcción de una nueva empresa se requiere incorporar talentos con experiencias y conocimientos, la aplicación oportuna de tecnologías propias o de terceros, mística, compromiso y el retorno de los principios y valores, también requerimos un cambio político importante en la dirigencia, la que está en el poder y la que pretende ocuparlo. Una dirigencia política que pueda liberarse y liberar al país del “Síndrome del Paraíso”, reorientando su gestión de futuro. El momento es ya y ahora, ¿podremos lograrlo? 

 

 

[*] Periódico "El Venezolano", Miami, USA. Sección "Entorno Energético". Horacio Medina / Presidente de UNAPETROL / E-mail: hormed2007@gmail.com

 

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