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Caracas / Venezuela -
 


Volvió, pero...
José Vales / Revista Cambio (Colombia) - 16/04/02

En un episodio de opereta Chávez regresó al poder después de 48 horas preso.
¿Qué tan débil queda?

Estaba muerto y sus mismos verdugos lo resucitaron. No hay leyenda bíblica ni artículo de la "bicha" (la Constitución) que pueda explicar lo que ocurrió en esas 48 horas que parecen haber cambiado a Venezuela para siempre. Desde diciembre, Hugo Chávez Frías veía cómo el poder se le derretía al calor de la crisis económica y las protestas que en los últimos cuatro meses lo habían hecho caer en las encuestas. Pero con la terquedad de un comandante de tropa, él se mantenía en su tesitura: no dejó de abrir frentes de combate.

El último había sido con Petróleos de Venezuela (PDVSA), que terminó irritando a buena parte de la sociedad, celosa por la suerte del conglomerado estatal, verdadero motor económico del país. Su caída era la más anunciada de la historia política contemporánea de la convulsionada Latinoamérica, pero los métodos utilizados por una oposición tan bizarra como desorganizada, lograron lo inimaginable: transformar a Chávez de un "loco asesino" en "un líder martirizado" por la derecha económica de Venezuela en menos de 48 horas. Detrás de la caída y resurrección de Chávez hay una historia de poder, liderazgos ocasionales y traiciones que apenas ahora es posible comenzar a develar.

Al oído de Fidel

El miércoles de la semana pasada, los medios de comunicación, Fedecámaras y la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), la tríada antichavista, marcharon hacia el Palacio de Miraflores reclamando la renuncia del Presidente en el marco de la huelga general por tiempo indeterminado que la CTV había organizado después de los despidos arbitrarios de los empleados de PDVSA. Como nunca, Chávez estaba acorralado en Miraflores y su primer escudero, el ministro de Defensa, José Vicente Rangel, lanzó la idea de convocar a los Círculos Bolivarianos a salir a la calle para "defender la Revolución", una decisión que en esos momentos parecía un intento de apagar el fuego con gasolina.

Enfrentamientos con la Guardia Nacional, la aparición de la Policía Metropolitana (a cargo del opositor alcalde de Caracas, Alfredo Peña) y de francotiradores de dudosa procedencia apostados en los edificios, consumaron la masacre. Las cifras oficiales indican que 12 personas murieron y otras 52 resultaron heridas.



"Tienes que dar marcha atrás ya con
el asunto de PDVSA o es el fin"
Fidel Castro

En la noche, cuando los ánimos estaban más que exacerbados y Caracas era tierra de nadie, Chávez buscaba desesperadamente amarrarse a una esperanza. Llamó a miembros de la Iglesia Católica y pidió perdón; buscó a periodistas críticos "pero racionales" para conversar, pero sus celulares estaban apagados al igual que parecían cerrados los caminos para hallar una salida a la crisis.

Sólo encontró un oído dispuesto al otro lado de la línea en su principal aliado internacional, el comandante Fidel Castro. "Tienes que dar marcha atrás ya con el asunto de PDVSA o es el fin", le recomendó el líder cubano curtido en mil batallas políticas y múltiples conspiraciones.

Chávez no tuvo tiempo. Mientras los líderes de la oposición encabezados por el presidente de Fedecámaras (el gremio que agrupa a los empresarios), Pedro Carmona y el jefe de la CTV, Carlos Ortega, se encontraban reunidos analizando las salidas institucionales que podían poner al Presidente fuera de Miraflores, sucedió lo peor. "La traición de Carmona no tiene perdón", le dijo a CAMBIO con enfado uno de los hombres que durante meses participó en las reuniones donde se preparaba la caída de Chávez. Empresario periodístico, cerebral y apegado a las normas democráticas, hoy se niega a ser citado con nombre y apellido por razones más que obvias. "Estábamos reunidos en la sede de Fedecámaras analizando todos los aspectos jurídicos y constitucionales para forzar la convocatoria de un referendo con el ánimo revocar el mandato de Chávez como reza la Constitución. Llevábamos horas recibiendo noticias, consultando abogados y constitucionalistas para ultimar un debate que llevaba meses y ahí Carmona se lanzó por su cuenta", rememora con dolor.

Carmona, que guardó silencio a lo largo de buena parte de la reunión, abrió la boca para despedirse: "Estoy muy cansando, me voy para el hotel Four Seasons, me ducho y me cambio", advirtió. Pero no fue propiamente la pijama lo que se puso a las 2:30 de la madrugada, en la suite 452 del hotel, este empresario petroquímico de 61 años. Se cambió el traje y salió hacia Fuerte Tiuna a las últimas conversaciones con el general Efraín Vásquez Velasco y el contralmirante Carlos Molina Tamayo (uno de los oficiales que se sublevó contra Chávez en los últimos meses), que junto a un grupo de 10 altos mandos militares venían organizándose desde julio del año pasado para presionar al presidente Chávez, según los informes de inteligencia de la Dirección de Seguridad e Inteligencia de Presidencia (DISIP). "Creo que llegó el momento. Tenemos el número necesario de descontentos en las Fuerzas Armadas para pedirle a Chávez que renuncie y asuma usted como presidente provisional", le dijo Vásquez, a sabiendas de que en las calles los muertos eran los suficientes para pasarse la Constitución por el forro. El millón de almas que había enfrentado la represión los había obnubilado en esas horas eternas.


Chávez en el laberinto


La opinión pública asistía aterrorizada en la madrugada del 12 a la salida de tanques, a los pronunciamientos de diversas unidades militares y de generales que utilizaban los medios para pedirles a sus compañeros de armas que depusieran actitudes beligerantes. Mientras Carmona se reunía con un grupo de empresarios y de dirigentes residuales de COPEI (socialcristiano) y ADECO (socialdemócrata), con los que iba a conformar su gabinete, el enviado de Vásquez, general Nelson González, llegó hasta Miraflores para emplazar a Chávez a que renunciara y evitara nuevos enfrentamientos, ante el silencio sagaz de Rangel, del ministro de Educación Aristóbulo Istúriz, y del presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Baltazar Porras (convocado por Chávez como testigo de una negociación). "Yo no voy a renunciar así porque sí. Sólo lo haré ante la Asamblea Nacional, llegado el caso".

La charla no duró más de media hora, según los testigos de la Casa Militar que presenciaron la escena. A las 4:30 de la mañana, cuando Rangel e Istúriz habían abandonado ya Miraflores con destino desconocido, Chávez era sacado de su despacho y trasladado a la sede general de la Guardia de Honor presidencial por el laberíntico túnel que une el cuartel con el palacio de gobierno.

Una multitud volvió a las calles para celebrar la renuncia del "loco comunista" y en los medios se daba a conocer un texto con su dimisión que nunca apareció. En la mañana, Chávez fue trasladado del cuartel a la comandancia de la Guardia Nacional, y en la tarde se le acondicionó una oficina en el Fuerte Tiuna. El Jefe del Estado Mayor, general Lucas Rincón, admitió la dimisión de Chávez y Vásquez anunció la instauración de una junta cívico-militar provisional, encabezada por Carmona. El chavismo había muerto. Sin embargo, ni el propio Chávez ni los militares golpistas sospecharon que podía hacerse realidad esa máxima popular que reza: "Los muertos que vos matáis, gozan de cabal salud".


La resurrección


El líder de la CTV y el resto de los miembros más conspicuos del bando opositor no salían de su asombro. ¿Qué pasó? ¿Qué fue lo que arregló Carmona con los militares?, se preguntaban y les preguntaban. "Nos dijo que se instauraba un gobierno provisional y que el general y ex presidente de PDVSA, Guaycaipuro Lameda, volvía a su cargo, y que haría cesar en sus funciones a todos los miembros de la Asamblea y el Tribunal Superior de Justicia. Le hicimos saber las consecuencias que eso traería, pero dijo que eso era lo que había arreglado con los militares -le reveló a CAMBIO el empresario periodístico-. En la tarde cuando hizo los anuncios después del juramento, comenzamos a ver que se había desatado una caza de brujas contra gobernadores y dirigentes del movimiento V República. Prefirió convertirse en un títere de los militares que seguir jugando un rol ponderado por el bien del país como lo estaba haciendo. Yo tomé distancia y me fui. Tenía claro que ese gobierno sólo se justificaba en lo injustificable del gobierno de Chávez".

Nadie con sentido común y fuera de las pasiones políticas dudaba que Chávez había llevado al país a esa situación por sus propios errores, por su vocación de ruptura, por su falta de muñeca política y por su desconocimiento total (y de quienes lo acompañan) de lo más elemental de las ciencias económicas. Pero a Carmona y al grupito de empresarios que lo rodearon durante 36 horas les alcanzó con una sola aberración político-jurídica para resucitar a Chávez: abolir la Asamblea y el Tribunal de Justicia de un plumazo, vigilados de cerca por un conjunto de militares que no controlaban la situación. Acto seguido, ordenaron la detención del Presidente sin reparar en que debían contar con una orden judicial y con los cargos en su contra por parte del Ministerio Público. Con enemigos así, las ansias de Chávez por permanecer en el poder hasta el 2020, lejos están de ser una fantasía para perpetuarse.

En la noche del 12, hasta los mismos miembros de la oposición manifestaron su preocupación. El general Fernando Ochoa Antich, ex canciller durante la administración de Rafael Caldera (1994-1999) y uno de los más fervientes antichavistas, le dijo a CAMBIO: "Por donde se mire esto es un golpe de Estado y no deja de inquietarme".


El contragolpe


"Esto es un golpe, y de derechas. Yo no me sumo" General Raúl Isaías Baduel.

En la madrugada del 13, cuando todavía no se habían acallado los ecos del cuartelazo de militares y empresarios, y los medios festejaban la caída del Presidente, el general paracaidista Raúl Isaías Baduel revisó la Constitución y sus apuntes universitarios en el programa Andrés Bello (aquel que permitió a los hombres de armas estudiar junto a los civiles en las universidades). "Esto es un golpe, y de derechas. Yo no me sumo. Prefiero retirarme de la fuerza antes de convalidar esto. Pero no me voy a ir con las manos vacías", le dijo a su secretario, sargento Adrián Muñoz.

Horas después, al frente de la Brigada Aérea de Maracay, desconoció la autoridad de los jefes militares y de Carmona sin saber que su actitud sería determinante en la vida política de su ex compañero de estudios, Hugo Rafael Chávez Frías.

Con Baduel se levantaron las unidades de Carabobo y Aragua, al mando del general Verde Gratarol. El silencio de Vásquez, de Carmona y de los medios no logró ocultar los saqueos que desde temprano comenzaron a protagonizar los Círculos Bolivarianos en los barrios más populares del gran Caracas, a donde el chavismo es casi un acto de fe. Mientras tanto, en el centro de la capital, con cierta timidez y mucho temor, los vendedores ambulantes comenzaron a cantar: "!Queremos ver a Chávez!".

El depuesto presidente fue traslado a la base naval de Turiamo, 100 kilómetros al este de la capital. Su esposa Marisabel se comunicaba con sus amigos periodistas en busca de llegar a la CNN y contarle al mundo lo que su ex esposo le había jurado por sus hijos: "Yo no renuncié jamás". Sólo pudo hacerlo en la tarde, cuando Chávez se las ingenió, con la asistencia de un soldado raso de la Guardia Nacional, para enviar un mensaje claro, escrito de puño y letra de Chávez: "Turiamo, 13 de abril de 2002, a las 14:45 horas, al pueblo venezolano: Yo, Hugo Chávez Frías, venezolano, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, declaro: No he renunciado al poder legítimo que el pueblo me dio. ¡Para siempre!", Hugo Chávez.

Minutos después fue trasladado a la isla de Orchila desde donde lo pensaban sacar del país. La carta llegó a manos del presidente de la Asamblea, William Lara, y del diputado Pedro Carreño, que se encargaron de fotocopiarla y distribuirla en los barrios que ardían de bronca. Los dos mil manifestantes que se agrupaban en las inmediaciones de Miraflores y bramaban "!Queremos ver a Chávez!" y "!Fuera la dictadura!" por la avenida Urdaneta y frente al Capitolio, en la tarde se transformaron en decenas de miles.

"Sabíamos que aún no era el momento, pero no puedo explicar qué fue lo que pasó"
Carlos Ortega, líder de la CTV.

Mientras tanto, al general Baduel se le sumaban otras unidades militares como la de Falcón, y a Vásquez no le quedó más remedio que echar marcha atrás. En una conferencia de prensa, sólo transmitida por radio, el comandante del Ejército anunció que las Fuerzas Armadas apoyarían al gobierno provisional sólo "si respetaba todos los cargos electos en las elecciones del 99, y la Constitución junto a los derechos sociales de todos los venezolanos". Con los medios aún transmitiendo en cadena -lo que terminó siendo un boomerang para la estrategia de la oposición antichavista-, el vicepresidente Diosdado Cabello comandó una sutil estrategia de desinformación con rumores un poco más descabellados que su apellido y su incipiente calva, mientras otros ministros como Istúriz, lideraban el ataque a piedra de Radio Caracas, Globovisión y Televen.

Chávez, ¿conciliador?

El aparato chavista ya estaba funcionando a toda marcha, mientras la oposición se desarticulaba en sus propios y encontrados intereses y apetencias de poder. La CTV había quedado marginada de las decisiones, pero aún así su líder, Carlos Ortega, le dijo a CAMBIO que no quería "hablar de traiciones porque no lo he analizado", y reconoce que les faltó estrategia, organización y liderazgo. "Sabíamos que aún no era el momento, pero no puedo explicar qué fue lo que pasó", aseguró Ortega.

Carmona, por su parte, abandonó el palacio para refugiarse en Fuerte Tiuna y desde allí eligió a la CNN para confirmar la permanencia de la Asamblea Nacional, con el argumento de que "rectificar es una virtud". En la noche, cuando el 80% de las unidades militares apoyaban la nominación interina de Cabello, nadie se acordaba ya de los contactos de los chavistas con las Farc, de las acusaciones de "escuálidos" y "gorilas" del Presidente contra los opositores o de la satanización de la Iglesia Católica y la guerra que les declaró a los medios de comunicación.

Chávez se había convertido en el líder cautivo, en una mezcla extraña de Juan Perón y Salvador Allende. "Sabía que íbamos a volver pero nunca imaginé qué tan pronto", le confió al país a las 5:00 de la mañana del domingo en el salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, donde pidió un aplauso para la prensa internacional.

En ese momento Chávez apareció increíblemente conciliador, admirado por sus seguidores como una especie de Cristo herético. Era el broche de oro para ratificar que su peor enemigo es él mismo y que en política nunca se termina de conocer a los ocasionales aliados. Mientras tanto, en la sede de la DISIP, donde se encuentra detenido, Carmona aún no recibe el agradecimiento del teniente coronel a quien ayudó a resucitar antes del tercer día.


¿Un nuevo Chávez?

Hugo Chávez tiene una nueva oportunidad. El frustado golpe con el que empresarios, sindicalistas y militares intentaron sacarlo del poder, lo obliga a replantear su estilo de gobierno, su actitud de confrontación que le hizo ganar enemigos hasta con dirigentes que lo acompañaron desde que estaba en la cárcel pagando su alzamiento contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez. En su primer discurso al país una vez retomado el cargo, prometió solucionar el conflicto de Petróleos de Venezuela (PDVSA), aceptando la renuncia del presidente de la empresa, Gastón Parra, y del resto del directorio. Apareció por primera vez autocrítico, y prometió "rectificar lo que hemos hecho mal". Sin embargo, en este punto enfrenta un delicado problema: no es creíble para vastos sectores de la sociedad.

Después de la fallida intentona extraconstitucional del empresario Pedro Carmona y de los militares que lo acompañaron en las 48 horas sin Chávez, el presidente ya no es el mismo. Según conocedores consultados por CAMBIO en Caracas, el mandatario ratificó su control sobre un 20% de las Fuerzas Armadas, la tropa y los mandos de la misma. Pero sin embargo, enfrentado a algo más de un 20% de oficiales que le son esquivos, mientras el resto, fiel al espíritu de cuerpo, se mueve hacia donde soplen los vientos políticos, en pos de salvaguardar el rol profesional del sector castrense.

Para el analista Fausto Masó, "Chávez no va a ser ahora un presidente títere (de los militares). El tiene condiciones de mantener el control de las Fuerzas Armadas, pero los opositores, ese millón de personas que salió a la calle el miércoles, están allí. Sólo le falta organización y un liderazgo que ahora, posiblemente, tardará más en surgir".

Recobrado el orden constitucional, la suerte del Gobierno se dirimirá ahora en la Asamblea Nacional. Allí el chavismo cuenta con una mayoría de sólo seis escaños, después del éxodo de los grupos que se fueron alejando del Movimiento V República. Habrá que ver entonces,después de los últimos acontecimientos, cómo se acomodan las cargas.

El sábado en la noche, en el fragor de los acontecimientos, el vicepresidente Diosdado Cabello admitió la posibilidad de que Chávez convoque a nuevas elecciones anticipadas para legitimar su menguado poder o, en todo caso, para dirimir en las urnas la polarización extrema de la sociedad. Pero a la luz de los balances del domingo, no parece que eso vaya a ocurrir. Al menos por el momento.

Julio Borges, líder del centroderechista Primero Justicia, que acompañó las primeras horas de la ilegítima gestión de Carmona, reclamó ayer "elecciones a la brevedad en las que Chávez pueda participar y así evitar nuevos conflictos como el que acabamos de vivir".

Borges y su Partido gozaban hasta la semana pasada de una buena ubicación en las encuestas. Desde otros sectores de oposición el periodista y analista Rafael Poleo, tal vez el crítico más ácido con el que cuenta el chavismo, asegura "que es preferible un Chávez más tranquilo que el engendro de gobierno que había formado Carmona y su concepción del poder, propia de su condición de miembro del Opus Dei".

El talón de Aquiles de Chávez, hoy más que nunca, sigue siendo la economía. Los que perdieron en el golpe son los sectores empresarial y financiero que no veían en Chávez a alguien confiable, en especial después de que impulsara las normas dictadas bajo la llamada ley habilitante en noviembre último. "No me extrañaría que los mercados nos deparen una amarga sorpresa el lunes cuando abran", afirma Constanza Salazar, analista del Banco Provincial.

Tanto Masó como Poleo coinciden en que ahora "la oposición deberá dejar caminar a Chávez para saber cuáles serán sus próximos movimientos". Conflictivo por naturaleza, no son muchos los que esperan que las 48 horas de cautiverio lo hayan ayudado a reflexionar, algo que ni sus amigos sacerdotes, ni su esposa Marisabel habían podido lograr. Si lo hizo, si en verdad el que volvió es un nuevo Chávez, es posible que consiga terminar su mandato sin nuevos episodios como el que acaba de suceder. Si no, lo que le espera a Venezuela es incierto y difícil de predecir, salvo en un aspecto: será peor que lo que ya ha vivido.

Perfil / Carmona, flor de un día

Pedro Carmona Estanga, el empresario que terminó convertido en la cabeza de un efímero gobierno de transición que no superó las 48 horas, fue el hombre que como presidente de Fedecámaras -el gremio empresarial más importante de Venezuela- adquirió papel protagónico en la oposición y quien lideró la resistencia al presidente Chávez que la semana pasada intentó exigir su renuncia.

Tras las multitudinaria manifestación que fue contenida a bala cuando se dirigía al palacio de Miraflores, fue escogido a puerta cerrada como jefe del nuevo gobierno por un grupo de militares, sacerdotes y políticos que se reunieron en la madrugada del viernes pasado en la comandancia del Ejército en Caracas, cuando se aseguraba que el presidente Chávez había dimitido. Entonces se pensó que sería el hombre perfecto para la transición y para emprender la tarea de recobrar el hilo constitucional con unas nuevas elecciones democráticas. Pausado, conciliador y sin ambiciones políticas conocidas, nadie alcanzó a imaginar que su tránsito por el Ejecutivo sería tan breve.

Economista de 61 años y con una larga y reconocida trayectoria en el sector petroquímico, llegó a la presidencia de Fedecámaras hace menos de un año, con el mandato de reconstruir el ya deteriorado diálogo de la empresa privada con el gobierno. Al frente de la institución, fraguó una alianza insólita de empresarios y sindicatos, alianza que le permitió organizar dos paros nacionales, el último de los cuales casi logra tumbar a Chávez.

Después de un controvertido paso por el poder que en pocas horas le permitió hacer tabla rasa de la nomenclatura chavista, Carmona está hoy detenido y enfrenta la posibilidad de un juicio por usurpación de funciones e intento de golpe de Estado. La suerte de Carmona está echada y reposa en manos del presidente Chávez.

La guardia leal al comandante


El poder de Hugo Chávez en las Fuerzas Armadas radica en los jefes de comando y en la tropa. Fueron ellos quienes hicieron la verdadera resistencia al fracasado golpe cívico-militar. Mientras el general Raúl Isaías Baduel se levantaba en Maracay y los simpatizantes rodeaban el Palacio de Miraflores, los soldados y los suboficiales de la Guardia de Honor presidencial se impusieron una tarea: convencer a los oficiales y jefes que de que apoyaran al presidente Chávez.

La Guardia de Honor había rendido honores 24 horas antes a Pedro Carmona como jefe de Estado de facto. Con la gente presionando en la calle, el cuartel de la guardia entró en estado de alerta. "Un grupo de suboficiales discutíamos con la tropa qué hacer y ahí se decidió planteárselo al comandante, general Jesús del Valle Morado -le dijo a CAMBIO el sargento Alberto Prieto-. Nosotros, los soldados, dimos el primer paso. Los estimulamos para que apoyaran a nuestro presidente, a que apoyaran el regreso de nuestro comandante. No fue un motín o una rebelión, pero estuvo cerca. Los soldados no estábamos para apoyar un golpe de Estado y los oficiales lo entendieron".

Por su parte, el soldado Juan Rivas admitió que estaban a punto de la insurrección: "Si los oficiales no llegan a ponerse de nuestro lado, no sé lo que habría pasado. Nosotros nos habíamos levantado".Esto explica por qué, cuando Chávez se bajó del helicóptero que lo trajo a palacio desde la isla de Orchila (el último lugar de su cautiverio de 48 horas), rompió la rutina militar y se confundió en un abrazo con varios soldados de la Guardia de Honor presidencial.


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