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En un episodio de opereta Chávez regresó al
poder después de 48 horas preso.
¿Qué tan
débil queda?
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Estaba
muerto y sus mismos verdugos lo resucitaron. No hay leyenda bíblica
ni artículo de la "bicha" (la Constitución) que pueda
explicar lo que ocurrió en esas 48 horas que parecen haber
cambiado a Venezuela para siempre. Desde diciembre, Hugo
Chávez
Frías veía cómo el poder se le derretía
al calor de la crisis económica y las protestas que en los últimos
cuatro meses lo habían hecho caer en las encuestas. Pero
con la terquedad de un comandante de tropa, él se mantenía
en su tesitura: no dejó de abrir frentes de combate.
El último había sido con Petróleos
de Venezuela (PDVSA), que terminó irritando a buena parte de la sociedad,
celosa por la suerte del conglomerado estatal, verdadero motor
económico del país. Su caída era la más
anunciada de la historia política contemporánea de
la convulsionada Latinoamérica, pero
los métodos
utilizados por una oposición tan bizarra como desorganizada,
lograron lo inimaginable: transformar a Chávez de un "loco
asesino" en "un líder martirizado" por la derecha económica
de Venezuela en menos de 48 horas. Detrás de la caída
y resurrección de Chávez hay una historia de poder,
liderazgos ocasionales y traiciones que apenas ahora es posible
comenzar a develar.
Al oído de Fidel
El
miércoles de la semana pasada, los medios de comunicación,
Fedecámaras y la Confederación
de Trabajadores de Venezuela (CTV), la tríada antichavista,
marcharon hacia el Palacio de Miraflores reclamando la renuncia
del Presidente en el marco de la huelga general por tiempo indeterminado
que la CTV había organizado después de los despidos
arbitrarios de los empleados de PDVSA. Como nunca, Chávez
estaba acorralado en Miraflores y su primer escudero, el ministro
de Defensa, José Vicente
Rangel, lanzó la idea de convocar a los Círculos
Bolivarianos a salir a la calle para "defender
la Revolución",
una decisión que en esos momentos parecía un intento
de apagar el fuego con gasolina.
Enfrentamientos con la Guardia
Nacional, la aparición de
la Policía Metropolitana (a cargo del opositor alcalde de
Caracas, Alfredo Peña) y de francotiradores
de dudosa procedencia apostados en los edificios, consumaron la
masacre. Las cifras oficiales indican que 12 personas murieron
y otras 52 resultaron heridas.

"Tienes que dar marcha
atrás
ya con
el asunto de PDVSA o es el fin" Fidel Castro
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En la noche, cuando los ánimos estaban más que exacerbados
y Caracas era tierra de nadie, Chávez buscaba desesperadamente
amarrarse a una esperanza. Llamó a miembros de la Iglesia
Católica y pidió perdón; buscó a periodistas
críticos "pero racionales" para conversar,
pero sus celulares estaban apagados al igual que parecían
cerrados los caminos para hallar una salida a la crisis.
Sólo
encontró un oído dispuesto al otro lado de la línea
en su principal aliado internacional, el comandante Fidel Castro. "Tienes
que dar marcha atrás ya con el asunto de PDVSA o es el fin",
le recomendó el líder cubano curtido en mil batallas
políticas y múltiples conspiraciones.
Chávez no tuvo tiempo. Mientras los líderes de la
oposición encabezados por el presidente de Fedecámaras
(el gremio que agrupa a los empresarios), Pedro
Carmona y el jefe
de la CTV, Carlos Ortega, se encontraban reunidos
analizando las salidas institucionales que podían poner
al Presidente fuera de Miraflores, sucedió lo peor. "La
traición de Carmona
no tiene perdón", le dijo a CAMBIO con enfado uno
de los hombres que durante meses participó en las reuniones
donde se preparaba la caída de Chávez. Empresario
periodístico,
cerebral y apegado a las normas democráticas, hoy se niega
a ser citado con nombre y apellido por razones más que obvias. "Estábamos
reunidos en la sede de Fedecámaras analizando todos los
aspectos jurídicos y constitucionales para forzar la convocatoria
de un referendo con el ánimo revocar el mandato de Chávez
como reza la Constitución. Llevábamos horas recibiendo
noticias, consultando abogados y constitucionalistas para ultimar
un debate que llevaba meses y ahí Carmona se lanzó por
su cuenta", rememora con dolor.
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Carmona, que guardó silencio a lo largo de buena parte
de la reunión, abrió la boca para despedirse: "Estoy
muy cansando, me voy para el hotel Four Seasons, me ducho y me
cambio", advirtió. Pero no fue propiamente la pijama lo
que se puso a las 2:30 de la madrugada, en la suite 452 del hotel,
este empresario petroquímico de 61 años. Se
cambió el
traje y salió hacia Fuerte Tiuna a las últimas conversaciones
con el general Efraín Vásquez Velasco y el contralmirante
Carlos Molina Tamayo (uno de los oficiales que se sublevó contra
Chávez en los últimos meses), que junto a un grupo
de 10 altos mandos militares venían organizándose
desde julio del año pasado para presionar al presidente
Chávez, según los informes de inteligencia de la Dirección de Seguridad e Inteligencia de Presidencia
(DISIP). "Creo
que llegó el momento. Tenemos el número necesario
de descontentos en las Fuerzas Armadas para pedirle a Chávez
que renuncie y asuma usted como presidente provisional",
le dijo Vásquez, a sabiendas de que en las calles los muertos eran
los suficientes para pasarse la Constitución por el forro.
El millón de almas que había enfrentado la represión
los había obnubilado en esas horas eternas.
Chávez
en el laberinto
La opinión pública asistía aterrorizada
en la madrugada del 12 a la salida de tanques, a los pronunciamientos
de diversas unidades militares y de generales que utilizaban los
medios para pedirles a sus compañeros de armas que depusieran
actitudes beligerantes. Mientras Carmona
se reunía con un
grupo de empresarios y de dirigentes residuales de COPEI (socialcristiano)
y ADECO (socialdemócrata), con los que iba a conformar su
gabinete, el enviado de Vásquez, general Nelson González,
llegó hasta Miraflores para emplazar a Chávez a que
renunciara y evitara nuevos enfrentamientos, ante el silencio sagaz
de Rangel, del ministro de Educación Aristóbulo Istúriz,
y del presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Baltazar
Porras (convocado por Chávez como testigo de una
negociación). "Yo
no voy a renunciar así porque sí. Sólo lo
haré ante la Asamblea Nacional, llegado el caso".
La
charla no duró más de media hora, según
los testigos de la Casa Militar que presenciaron la escena. A las
4:30 de la mañana, cuando Rangel e Istúriz habían
abandonado ya Miraflores con destino desconocido, Chávez
era sacado de su despacho y trasladado a la sede general de la Guardia de Honor presidencial
por el laberíntico
túnel
que une el cuartel con el palacio de gobierno.
Una
multitud volvió a las calles para celebrar la renuncia del "loco
comunista" y en los medios se daba a conocer un texto
con su dimisión
que nunca apareció. En la mañana, Chávez fue
trasladado del cuartel a la comandancia de
la Guardia Nacional, y en la tarde se le acondicionó una
oficina en el Fuerte Tiuna. El Jefe del Estado Mayor, general
Lucas Rincón, admitió la
dimisión de Chávez y Vásquez anunció la
instauración de una junta cívico-militar provisional,
encabezada por Carmona. El chavismo había muerto. Sin embargo,
ni el propio Chávez ni los militares golpistas sospecharon
que podía hacerse realidad esa máxima popular que
reza: "Los muertos que vos matáis, gozan de cabal salud".
La
resurrección
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El
líder de la CTV y el resto de los miembros más
conspicuos del bando opositor no salían de su asombro. ¿Qué pasó? ¿Qué fue
lo que arregló Carmona con los militares?, se preguntaban
y les preguntaban. "Nos dijo que se instauraba un gobierno
provisional y que el general y ex presidente de PDVSA, Guaycaipuro
Lameda, volvía a su cargo, y que haría cesar en sus
funciones a todos los miembros de la Asamblea y el Tribunal Superior
de Justicia. Le hicimos saber las consecuencias que eso traería,
pero dijo que eso era lo que había arreglado con los militares -le
reveló a CAMBIO el empresario periodístico-. En
la tarde cuando hizo los anuncios después del juramento,
comenzamos a ver que se había desatado una caza de brujas
contra gobernadores y dirigentes del movimiento V República.
Prefirió convertirse
en un títere de los militares que seguir
jugando un rol ponderado por el bien del país como lo estaba
haciendo. Yo tomé distancia y me fui. Tenía claro
que ese gobierno sólo se justificaba en lo injustificable
del gobierno de Chávez".
Nadie
con sentido común y fuera de las pasiones políticas
dudaba que Chávez había llevado al país a
esa situación por sus propios errores, por su vocación
de ruptura, por su falta de muñeca política y por
su desconocimiento total (y de quienes lo acompañan) de
lo más elemental de las ciencias económicas. Pero
a Carmona y al grupito de empresarios que lo rodearon durante 36
horas les alcanzó con una sola aberración político-jurídica
para resucitar a Chávez: abolir la
Asamblea y el Tribunal de Justicia de un plumazo, vigilados de
cerca por un conjunto de militares que no controlaban la situación. Acto
seguido, ordenaron la detención del Presidente sin reparar
en que debían contar con una orden judicial y con los cargos
en su contra por parte del Ministerio Público. Con enemigos
así, las ansias de Chávez por permanecer en el poder
hasta el 2020, lejos están de ser una fantasía para
perpetuarse.
En la noche del 12, hasta los mismos miembros de la
oposición
manifestaron su preocupación. El general Fernando
Ochoa Antich, ex canciller durante la administración
de Rafael
Caldera (1994-1999) y uno de los más fervientes
antichavistas, le dijo a CAMBIO: "Por donde se mire esto
es un golpe de Estado y no deja de inquietarme".
El contragolpe

"Esto es
un golpe, y de derechas. Yo no me sumo" General Raúl Isaías Baduel.
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En
la madrugada del 13, cuando todavía no se habían
acallado los ecos del cuartelazo de militares y empresarios, y
los medios festejaban la caída del Presidente, el general
paracaidista Raúl Isaías Baduel revisó la
Constitución y sus apuntes universitarios en el programa
Andrés Bello (aquel que permitió a los hombres
de armas estudiar junto a los civiles en las universidades). "Esto
es un golpe, y de derechas. Yo no me sumo. Prefiero retirarme de
la fuerza antes de convalidar esto. Pero no me voy a ir con las
manos vacías", le dijo a su secretario, sargento Adrián
Muñoz.
Horas después, al frente de la Brigada
Aérea de
Maracay, desconoció la autoridad de los jefes militares
y de Carmona sin saber que su actitud sería determinante
en la vida política de su ex compañero de estudios,
Hugo Rafael Chávez Frías.
Con Baduel
se levantaron las unidades de Carabobo y Aragua, al mando del general
Verde Gratarol. El silencio de Vásquez,
de Carmona y de los medios no logró ocultar los saqueos
que desde temprano comenzaron a protagonizar los Círculos
Bolivarianos en los barrios más populares del gran Caracas,
a donde el chavismo es casi un acto de fe. Mientras tanto, en el
centro de la capital, con cierta timidez y mucho temor, los vendedores
ambulantes comenzaron a cantar: "!Queremos ver a Chávez!".
El
depuesto presidente fue traslado a la base naval de Turiamo, 100
kilómetros al este de la capital. Su esposa Marisabel se
comunicaba con sus amigos periodistas en busca de llegar a la CNN y contarle al mundo lo que su ex esposo le había jurado
por sus hijos: "Yo no renuncié jamás". Sólo
pudo hacerlo en la tarde, cuando Chávez se las ingenió,
con la asistencia de un soldado raso de la Guardia Nacional, para
enviar un mensaje claro, escrito de puño y letra de Chávez: "Turiamo,
13 de abril de 2002, a las 14:45 horas, al pueblo venezolano: Yo,
Hugo Chávez Frías, venezolano, Presidente de la República
Bolivariana de Venezuela, declaro: No he renunciado al poder legítimo
que el pueblo me dio. ¡Para siempre!", Hugo Chávez.
Minutos
después fue trasladado a la isla de
Orchila desde donde
lo pensaban sacar del país. La carta llegó a manos
del presidente de la Asamblea, William Lara, y del diputado Pedro
Carreño, que se encargaron de fotocopiarla y distribuirla
en los barrios que ardían de bronca. Los dos mil manifestantes
que se agrupaban en las inmediaciones de Miraflores y bramaban "!Queremos
ver a Chávez!" y "!Fuera la dictadura!" por la avenida Urdaneta
y frente al Capitolio, en la tarde se transformaron en decenas
de miles.

"Sabíamos que aún no era el momento,
pero no puedo explicar qué fue lo que pasó"
Carlos Ortega, líder de la CTV.
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Mientras tanto, al general Baduel se le sumaban otras
unidades militares como la de Falcón, y
a Vásquez no le quedó más
remedio que echar marcha atrás. En una conferencia de prensa,
sólo transmitida por radio, el comandante del Ejército
anunció que las Fuerzas Armadas apoyarían al gobierno
provisional sólo "si respetaba todos los cargos electos
en las elecciones del 99, y la Constitución junto a los
derechos sociales de todos los venezolanos". Con los medios aún
transmitiendo en cadena -lo que terminó siendo un boomerang
para la estrategia de la oposición antichavista-, el vicepresidente
Diosdado Cabello comandó una sutil estrategia de desinformación
con rumores un poco más descabellados que su apellido y
su incipiente calva, mientras otros ministros como Istúriz,
lideraban el ataque a piedra de Radio Caracas,
Globovisión
y Televen.
Chávez, ¿conciliador?
El
aparato chavista ya estaba funcionando a toda marcha, mientras
la oposición
se desarticulaba en sus propios y encontrados intereses y apetencias
de poder. La CTV había
quedado marginada de las decisiones, pero aún así su
líder, Carlos Ortega, le dijo a CAMBIO que
no quería "hablar
de traiciones porque no lo he analizado", y reconoce que
les faltó estrategia,
organización y liderazgo. "Sabíamos que aún
no era el momento, pero no puedo explicar qué fue lo que
pasó", aseguró Ortega.
Carmona, por su parte,
abandonó el
palacio para refugiarse en Fuerte Tiuna y desde allí eligió a
la CNN para confirmar la permanencia de la Asamblea Nacional, con
el argumento de que "rectificar es una virtud". En la noche, cuando
el 80% de las unidades militares apoyaban la nominación
interina de Cabello, nadie se acordaba ya de los contactos de los
chavistas con las Farc, de las acusaciones de "escuálidos" y "gorilas" del
Presidente contra los opositores o de la satanización de
la Iglesia Católica y la guerra que les declaró a
los medios de comunicación.
Chávez
se había convertido en el líder cautivo, en una mezcla
extraña de Juan Perón y Salvador Allende. "Sabía
que íbamos a volver pero nunca imaginé qué tan
pronto", le confió al país a las 5:00 de
la mañana
del domingo en el salón Ayacucho del Palacio de Miraflores,
donde pidió un aplauso para la prensa internacional.
En ese
momento Chávez apareció increíblemente
conciliador, admirado por sus seguidores como una especie de Cristo
herético. Era el broche de oro para ratificar que su peor
enemigo es él mismo y que en política nunca se termina
de conocer a los ocasionales aliados. Mientras tanto, en la sede
de la DISIP, donde se encuentra detenido, Carmona
aún no
recibe el agradecimiento del teniente coronel a quien ayudó a
resucitar antes del tercer día.
¿Un nuevo Chávez?
Hugo
Chávez tiene una nueva oportunidad. El frustado golpe con
el que empresarios, sindicalistas y militares intentaron sacarlo
del poder, lo obliga a replantear su estilo de gobierno, su actitud
de confrontación que le hizo ganar enemigos hasta con dirigentes
que lo acompañaron desde que estaba en la cárcel
pagando su alzamiento contra el gobierno de Carlos
Andrés
Pérez. En su primer discurso
al país una
vez retomado el cargo, prometió solucionar el conflicto
de Petróleos
de Venezuela (PDVSA), aceptando la renuncia del presidente de la
empresa, Gastón
Parra, y del resto del
directorio. Apareció por
primera vez autocrítico, y prometió "rectificar lo
que hemos hecho mal". Sin embargo, en este punto enfrenta un delicado
problema: no es creíble para vastos sectores de la sociedad.
Después de la fallida intentona extraconstitucional
del empresario Pedro Carmona y de los militares que lo acompañaron
en las 48 horas sin Chávez, el presidente ya no es el mismo.
Según conocedores consultados por CAMBIO en
Caracas, el mandatario ratificó su control sobre un 20%
de las Fuerzas Armadas, la tropa y los mandos de la misma. Pero
sin embargo, enfrentado a algo más de un 20% de oficiales
que le son esquivos, mientras el resto, fiel al espíritu
de cuerpo, se mueve hacia donde soplen los vientos políticos,
en pos de salvaguardar el rol profesional del sector castrense.
Para
el analista Fausto Masó, "Chávez no va a
ser ahora un presidente títere (de los militares). El tiene
condiciones de mantener el control de las Fuerzas Armadas, pero
los opositores, ese millón de personas que salió a
la calle el miércoles, están allí. Sólo
le falta organización y un liderazgo que ahora, posiblemente,
tardará más
en surgir".
Recobrado
el orden constitucional, la suerte del Gobierno se dirimirá ahora
en la Asamblea Nacional. Allí el chavismo cuenta con una
mayoría de sólo seis escaños, después
del éxodo de los grupos que se fueron alejando del Movimiento
V República. Habrá que ver entonces,después
de los últimos acontecimientos, cómo se acomodan
las cargas.
El
sábado en la noche, en el fragor de los acontecimientos,
el vicepresidente Diosdado Cabello admitió la
posibilidad de que Chávez convoque a nuevas elecciones anticipadas
para legitimar su menguado poder o, en todo caso, para dirimir
en las urnas la polarización extrema de la sociedad. Pero
a la luz de los balances del domingo, no parece que eso vaya a
ocurrir. Al menos por el momento.
Julio Borges, líder del
centroderechista Primero Justicia, que acompañó las
primeras horas de la ilegítima
gestión de Carmona, reclamó ayer "elecciones
a la brevedad en las que Chávez pueda participar y así evitar
nuevos conflictos como el que acabamos de vivir".
Borges
y su Partido gozaban hasta la semana pasada de una buena ubicación en las encuestas. Desde otros sectores de oposición
el periodista y analista Rafael Poleo, tal vez
el crítico
más ácido con el que cuenta el chavismo, asegura "que
es preferible un Chávez más tranquilo que el engendro
de gobierno que había formado Carmona y su concepción
del poder, propia de su condición de miembro del Opus Dei".
El
talón de Aquiles de Chávez, hoy más que
nunca, sigue siendo la economía. Los que perdieron en el
golpe son los sectores empresarial y financiero que no veían
en Chávez a alguien confiable, en especial después
de que impulsara las normas dictadas bajo la llamada ley habilitante
en noviembre último. "No me extrañaría
que los mercados nos deparen una amarga sorpresa el lunes cuando
abran",
afirma Constanza Salazar, analista del Banco
Provincial.
Tanto Masó como
Poleo coinciden en que ahora "la oposición
deberá dejar caminar a Chávez para saber cuáles
serán sus próximos movimientos". Conflictivo
por naturaleza, no son muchos los que esperan que las 48 horas
de cautiverio lo hayan ayudado a reflexionar, algo que ni sus
amigos sacerdotes, ni su esposa Marisabel habían podido
lograr. Si lo hizo, si en verdad el que volvió es un nuevo
Chávez, es
posible que consiga terminar su mandato sin nuevos episodios
como el que acaba de suceder. Si no, lo que le espera a Venezuela
es incierto y difícil de predecir, salvo en un aspecto:
será peor
que lo que ya ha vivido.
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Perfil / Carmona,
flor de un día
Pedro
Carmona Estanga, el empresario que terminó convertido en
la cabeza de un efímero gobierno de transición que
no superó las 48 horas, fue el hombre que como presidente
de Fedecámaras -el gremio empresarial más importante
de Venezuela- adquirió papel protagónico en la oposición
y quien lideró la resistencia al presidente Chávez
que la semana pasada intentó exigir su renuncia.
Tras las
multitudinaria manifestación que fue contenida
a bala cuando se dirigía al palacio de Miraflores, fue
escogido a puerta cerrada como jefe del nuevo gobierno por un grupo
de militares,
sacerdotes y políticos que se reunieron en la madrugada
del viernes pasado en la comandancia del Ejército en Caracas,
cuando se aseguraba que el presidente Chávez había
dimitido. Entonces se pensó que sería el hombre perfecto
para la transición y para emprender la tarea de recobrar
el hilo constitucional con unas nuevas elecciones democráticas.
Pausado, conciliador y sin ambiciones políticas conocidas,
nadie alcanzó a imaginar que su tránsito por el Ejecutivo
sería tan breve.
Economista de 61 años y con una larga
y reconocida trayectoria en el sector petroquímico, llegó a
la presidencia de Fedecámaras hace menos de un año,
con el mandato de reconstruir el ya deteriorado diálogo
de la empresa privada con el gobierno. Al frente de la institución, fraguó una
alianza insólita de empresarios y sindicatos, alianza que
le permitió organizar dos paros nacionales, el último
de los cuales casi logra tumbar a Chávez.
Después de un controvertido paso por el poder que en pocas
horas le permitió hacer tabla rasa de la nomenclatura chavista,
Carmona está hoy detenido y enfrenta la posibilidad de un
juicio por usurpación de funciones e intento de golpe de
Estado. La suerte de Carmona está echada y reposa en manos
del presidente Chávez.
La guardia leal al comandante
El
poder de Hugo Chávez en las Fuerzas Armadas radica en los
jefes de comando y en la tropa. Fueron ellos quienes hicieron
la verdadera resistencia al fracasado golpe cívico-militar.
Mientras el general Raúl Isaías Baduel se
levantaba en Maracay y los simpatizantes rodeaban el Palacio de
Miraflores, los soldados y los suboficiales de la Guardia de Honor
presidencial se impusieron una tarea: convencer
a los oficiales y jefes que de que apoyaran al presidente Chávez.
La
Guardia de Honor había rendido honores 24 horas antes a
Pedro Carmona como jefe de Estado de facto. Con la gente presionando
en la calle, el cuartel de la guardia entró en estado de
alerta. "Un grupo de suboficiales discutíamos
con la tropa qué hacer y ahí se decidió planteárselo
al comandante, general Jesús del Valle Morado -le dijo a CAMBIO el sargento
Alberto Prieto-. Nosotros, los soldados, dimos el primer paso. Los estimulamos
para que apoyaran a nuestro presidente, a que apoyaran el regreso de nuestro
comandante. No fue un motín o una rebelión, pero estuvo cerca.
Los soldados no estábamos para apoyar un golpe de Estado y los oficiales
lo entendieron".
Por su parte, el soldado Juan Rivas admitió que estaban
a punto de la insurrección: "Si los oficiales no llegan a ponerse
de nuestro lado, no sé lo que habría pasado. Nosotros nos habíamos
levantado".Esto explica por qué, cuando Chávez se bajó del
helicóptero
que lo trajo a palacio desde la isla de Orchila (el último lugar de su
cautiverio de 48 horas), rompió la rutina militar y se confundió en
un abrazo con varios soldados de la Guardia de Honor presidencial.
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