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El malentendido entre el gobierno venezolano
y el Banco Central a propósito de la propuesta del incremento de crédito
para pequeños productores y empresarios no se justifica,
como tampoco el alboroto armado al respecto por los medios. Ello
es signo de nuestro bajo nivel institucional, así como de
la improvisación y la falta de coordinación reinantes
entre nuestras autoridades.
Se trata a mi juicio de una tempestad
en un vaso de agua, desatada entre otras cosas por una infeliz
presentación de la propuesta por parte del Presidente, que
la hacía aparecer como una solicitud de un millardo de $
de las reservas internacionales para el Fisco Nacional. Para agravar
la confusión, ni la interpretación ni la respuesta
del Banco Central han sido del todo adecuadas, a mi juicio.
El problema
central que está planteado es el requerimiento
de incrementar sustancialmente los montos de financiamiento del
crédito para los pequeños y medianos empresarios
de la ciudad y del campo, es decir,
los industriales al lado de los agropecuarios -y no sólo de estos últimos-, de
abaratar ese crédito y de facilitar los mecanismos de obtención. Esa necesidad se hizo vigente y urgente desde el inicio de los
años 30 del siglo pasado, cuando se precipitó la
gran depresión mundial, y de ese reconocimiento surgieron
los primeros organismos bancarios estatales de desarrollo (Banco
Agrícola y Pecuario, Banco Obrero, Banco Industrial), amén
del Ministerio de Agricultura y Cría, así como los
organismos de regulación cambiaria. En buena medida la aparición
de Banco Central de Venezuela es la coronación de este proceso
vital de intervención del Estado como palanca clave del
desarrollo de la economía nacional, y no meramente como
autoridad monetaria, financiera y cambiaria. La
fijación
de las tasas de interés para combatir la usura y abaratar
el crédito productivo y el apoyo a las instituciones de
desarrollo preexistentes eran metas claves tan importantes como
la política de cambios diferenciales a favor de nuestros
rubros agrícolas de exportación, y se estableció en
leyes como la del Banco Industrial, por ejemplo. Más tarde,
la creación sucesiva de organismos de desarrollo como la
Corporación Venezolana de Fomento, Corpoindustria, el Fondo
de Crédito Industrial, el ICAP y otros fondos agropecuarios
e hipotecarios han sido testimonios de la necesidad de reforzar
esta política de industrialización y de mejoramiento
económico y social del campo junto con mayor autoabastecimiento
y seguridad alimentaria.
Esta red de organismos estatales de financiamiento
de actividades productivas es también, por cierto, un desmentido
a la afirmación según la cual "el Banco Central,
como las instituciones bancarias, está limitado legalmente
a conceder sólo financiamiento a corto plazo". Esta aseveración
sorprendente acerca del alcance del mecanismo de redescuento en
manos del BCV puede entenderse como la persistencia de la autolimitación
que le impuso su Directorio desde los años ochenta, al
privarse de fijar las tasas de interés, cuando fue barrido
por la oleada neoliberal procedente del Fondo Monetario Internacional,
y fue tomado por representantes de la banca privada, que adoptaron
como credo el Consenso de Washington.
La aplicación de esta
política de liberación de las tasas de interés
y de apertura a la banca privada extranjera llegó al clímax
del absurdo cuando el BCV elevó su tasa de redescuento al
60%, como secuela del retroceso en la OPEP a fines de 1997 logrado
allí por Arrieta y Giusti, ministro
de energía y
minas y presidente de PDVSA, con la iniciativa de eliminar
la regulación
de la oferta petrolera por la OPEP, y el colapso de precios que
provocó el aumento de producción decidido. Fue una
década larga de política neoliberal y desnacionalizadora,
con efectos contractivos en el desenvolvimiento productivo del
país.
En 1999, desde Corpoindustria, propusimos un programa
de ampliación
substancial y abaratamiento del crédito para la pequeña
y mediana industria, con búsqueda de apoyo en el Ministerio
de Industria, en el Banco Industrial y FONCREI, y del respaldo
del prestamista de última instancia, el Banco
Central. Esa
propuesta, boicoteada vergonzantemente por el sector gubernamental,
fracasó. Su paradójico resultado fue la eliminación
del Ministerio de Industria y de Corpoindustria., así como
del ICAP y demás fondos de apoyo agrícola. La penuria
de crédito resultante para estos sectores económicos
es la consecuencia previsible de aquel disparate. Es lo que aparentemente
se trata de corregir ahora, de manera imperfecta, parcial e improvisada.
El
Banco Central puede y debe recuperar su calidad de organismo supremo
de desarrollo.
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