Caracas / Venezuela -  
 
    Dos fantasmas de Marx
    Luis Marín* / Soberania.org - 16/05/12
   
  ¿Cómo se pasa de Miranda, Bolívar y Sucre, a Diosdado Cabello, Henry Rangel Silva y Cliver Alcala Cordones?  
     
¿Qué se quiere decir cuando se habla de “progreso”?
   

La cátedra Pío Tamayo de Historia Actual ha replanteado la polémica entre comunismo y socialdemocracia bajo la pregunta de si serán dos fantasmas que todavía recorren a Venezuela. Intentan responder Jesús Hermoso por el partido Bandera Roja y Carlos Canache Mata por Acción Democrática. Basta escuchar sus disertaciones para obtener una visión completamente ortodoxa de ambas posiciones, coincidentes punto por punto con la polémica tradicional, escenificada hace ya más de un siglo en Europa central.

La pertinencia y actualidad del pensamiento de Marx se demostraría, según Jesús Hermoso, en la inestabilidad intrínseca del capitalismo, que lo lleva de crisis en crisis, hasta su fatal desaparición en algún día postrero. La causa de las crisis periódicas es la concentración de capital en pocas manos paralela a la depauperación progresiva de los trabajadores, por lo que la creciente producción, por un lado, contrasta con la incapacidad de consumo por el otro, generando la superproducción y la miseria simultáneas, ínsitas al capitalismo, contradicción que debe llevarlo, inevitablemente, al colapso.

El sistema capitalista se destruye a sí mismo mediante un proceso dialéctico. Esto lo certifican, no autores marxistas, ni los líderes de los indignados, sino columnistas del Wall Street Journal y Business Week, refrendados por algunos premios nobel de economía “burgueses”.

¿Por qué AD fracasa en Venezuela, pese a la inspiración marxista de Rómulo Betancourt; lo mismo que fracasará el “revisionismo” de Chávez? Porque no entienden una cuestión esencial. Que la clave está en la propiedad de los medios de producción; que no deben caer en ningún caso en manos del Estado sino en manos de los trabajadores. Eso sí sería auténtico socialismo.

Carlos Canache Mata (CCM) centra su exposición exactamente en el mismo punto, citando al padre del revisionismo, Eduardo Bernstein. Ciertamente, él constató hace más de un siglo que la profecía de Marx de la depauperación progresiva no se había cumplido, así como que “durante muchos años el número de ricos había aumentado en vez de disminuir”. Esto es “un hecho que ya no es posible seguir poniendo en entredicho”.

Aunque CCM no lo haya citado en estos términos, la posición de Bernstein es histórica y no puede ser negada ni siquiera por Jesús Hermoso quien, no obstante, sigue sosteniendo, con fe de carbonero, que la depauperación de la población es un hecho inequívoco y que la clase media no crece en ninguna parte, ni siquiera en EEUU. Lo que sí cita CCM son las consecuencias de este raro sentido de la realidad de la socialdemocracia, en oposición al aventurerismo comunista: desechar la revolución violenta, a favor de avanzar en elecciones parlamentarias, lo que debe conducir a la toma del poder por medios pacíficos, para poner el Estado al servicio de la causa de los trabajadores, mediante una legislación apropiada.

En lo económico, no es necesario estatizar todo, debe optarse por la economía mixta, con participación privada, bajo la súper vigilancia del Estado. En lo político (esto es sorprendente) acogen al liberalismo; pero con un Estado corrector, porque es bien sabido que dejada a su libre juego la competencia produce muchas magulladuras y abandona a no pocos a la vera del camino.

El mercado es la medida de la máxima libertad posible, con el mínimo control indispensable, puesto que es imposible que un concilio de burócratas pueda decidirlo todo, qué producir y a cuánto. El doctor CCM no cita a Norberto Bobbio; pero la suya es una versión de “socialismo liberal” que quizás se encuentre en más mentes de lo que se supone en Venezuela que, como se sabe, es el territorio de lo imposible.


Venezuela ausente

Lo primero que sale a relucir a la hora de los comentarios es la gran ausencia de Venezuela en estas teorías; pero sobre todo la carencia de ideas propias e innovadoras, que es lo que nos exige el país en la actualidad. La inspiración del foro provino de la Proclama publicada en la Revista La Alborada, en 1910, al inicio de la era gomecista; coincidencialmente cuando se desarrollaba en Europa la disputa arriba reseñada entre reforma o revolución.

La exigencia de aquellos pioneros eran las “ideas”, sanas, fuertes, fértiles, las únicas que pueden sembrarse y dar frutos para el porvenir. Es decir, de lo que sigue careciendo lastimosamente Venezuela hasta el día de hoy. Un hecho curioso es que, pese a lo contrastante de las exposiciones, tanto los revolucionarios como los reformistas forman parte de la llamada Mesa de la Unidad Democrática y marchan hombro a hombro hacia la salida electoral. Incluso el doctor CCM sugirió que sí hay ideas ¡en el programa de gobierno de la MUD!

Pero aquí hay una confusión que es conveniente aclarar. Los programas de gobierno, que se dan al menudeo y hay muchos en el mercado, deberían ser consecuencia de las ideas, los pasos y medidas para alcanzar los fines últimos que éstas proponen; pero no son las ideas que aquí se están reclamando, que son las que les servirían de inspiración. Veamos, por ejemplo, alguna “idea” en que parece inspirarse la MUD.


La idea de progreso

La única que ha esbozado y que repite como un leitmotiv el candidato único es que cree en el progreso, que es “progresista”. Por si cupiera alguna duda, añade que el modelo con que simpatiza es Brasil; en cuya bandera, por cierto y no por casualidad, puede leerse el slogan: “Orden y Progreso”. Ahora bien, ¿qué idea es ésta? ¿Qué se quiere decir cuando se habla de “progreso”? Además de la percepción intuitiva de que todo cambia para mejor, entraña una confianza absoluta en la Razón, que guía a la ciencia y la técnica, para transformar el medio físico, por lo que podemos mirar al futuro con sobrado optimismo.

Esta es la esencia de la filosofía positiva de Augusto Comte, cuyo esfuerzo intelectual consistió en unir dos corrientes hasta entonces irreconciliables: el orden (del partido reaccionario) y el progreso (de los revolucionarios). Su mayor aspiración era reconciliar una sociedad fracturada por la revolución para edificar otra sociedad orgánica, cuya esencia es la unidad y unanimidad. El punto de partida de la sociedad positiva es la educación de los jóvenes, pues la organización intelectual y moral precede y dirige a la reorganización política, cuyo fin es la estabilidad, la solidaridad y el orden.

No en balde el de Comte ha sido descrito como el sistema más completo de despotismo espiritual y temporal que haya salido nunca del cerebro de un ser humano, con la probable excepción de Ignacio de Loyola, en palabras atribuidas a John Stuart Mill. La fe en el progreso sucumbió en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, el optimismo positivista evaporado en las chimeneas de Auschwitz; hoy nadie cree seriamente en la perfectibilidad indetenible del ser o la sociedad humana.

En verdad, el positivismo tiene un hermano bastardo en el decadentismo, porque tan pronto se cree en uno como se cae necesariamente en el otro. Basta pensar que los malos de ahora son más malos que los malos de antes, con lo que se llega a la consecuencia necesaria del progresismo, que la maldad también progresa, en cuyo caso, no marchamos hacia un futuro promisor sino todo lo contrario, hacia la más horripilante decadencia.

Quien sacó las consecuencias necesarias del positivismo fue el marxismo y bajo sus banderas se cometió la primera matanza burocrática que signó al siglo XX, la matanza de Katyn. La racionalidad técnica para el asesinato masivo. El nacionalsocialismo llevó la matanza a escala industrial, usando exactamente los mismos métodos que se utilizarían para fabricar automóviles o embazar alimentos. La ciencia y la tecnología puestas al servicio del exterminio.

Venezuela es el último país en que alguien puede plantear con seriedad la idea de progreso. Un bromista de la Web se dio a la tarea de elaborar listas de los ilustres venezolanos que han estado a la cabeza de Instituciones del Estado para terminar en esto que tenemos hoy en día. El Congreso de la República en manos de Cilia Flores y Dario Vivas; el Tribunal Supremo de Justicia, Luisa Estela Morales; la Contraloría, Clodosbaldo Ruffian; la Fiscalía, Luisa Ortega Diaz; el Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena; la Procuraduría, Carlos Escarrá y ahora no se sabe quién; tantos y tan ilustres cancilleres, para terminar en Nicolás Maduro. ¿Y la Presidencia de la República? ¿Las Fuerzas Armadas?



Si fuera cierta la leyenda que tanto infla el espíritu nacional y este país ha sido cuna de libertadores y si es que ellos fueron como los pinta la historiografía oficial, que ahora lícitamente puede ponerse en duda, ¿cómo se pasa de Miranda, Bolívar y Sucre, a Diosdado Cabello, Henry Rangel Silva y Cliver Alcala Cordones? ¿De Carabobo, Boyacá y Pichincha, al asalto de la Pepsi Cola, la toma del escuadrón motorizado de la Policía Metropolitana y el Plan Bolívar 2000?

¿Cómo hacer una operación de este tipo y seguir creyendo en el progreso? La verdad es que Venezuela es un país decadente sin pasar por ningún período de esplendor, como solían creer los historiadores naturalistas, tan enamorados de las “etapas”. Sigue, pues, en pié el reto lanzado por la Cátedra Pío Tamayo: ¡Muestren una idea, una sola idea original e inspiradora! A 100 años de la desesperada Proclama de La Alborada, seguimos esperando las ideas que puedan  sembrarse como semillas para que florezca el porvenir. Pero el único fantasma que nos acompaña siempre, es el Silencio.

   
   
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[*] Luis Marín, Abogado y politólogo venezolano. Graduado en la Universidad Central de Venezuela (UCV), Caracas, en 1981. Profesor de la UCV / E-mail: lumarinre@gmail.com

   
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