www.soberania.info
 
Artículo
Caracas / Venezuela -
 


Imperialismo, petróleo y diplomacia
Domingo Alberto Rangel / Semanario Quinto Día No. 381 (Venezuela) - 27/02/04

El comandante Chávez no tiene la fuerza del león o el arrojo del rinoceronte, pero le sobran la astucia del zorro, la marrullería del ratón y la zamarrería del conejo. Chávez no merece, desde luego, otro canto a la batalla de Bailén; sin embargo, es digno de uno de esos joropos que narran las trapacerías de un llanero marrajo. El comandante sabe emboscarse como hace el león, sí, como para cazar un gato inflándolo, presentarlo como si fuese un tigre.

Desde 1999, cuando asumió la Presidencia, viene simulando un batallar contra grandes poderes mundiales, pero todo en ese campo es simulación, para que lo clasifiquen entre los felinos cuando no pasa de roedor, o hace oficio real de roedor. Hasta ha aprendido a rugir como león de la Metro Goldwing Mayer y su melena es tan larga como la de Ronaldinho Gaucho.

Sabe Chávez, como lo sabe el león, que el elefante es el animal más poderoso, suerte de tanque de guerra hecho de gruesa piel y con patas tan grandes como una columna dórica, ese animal es el verdadero rey de la creación. En la política mundial el elefante se llama United States of America. Chávez entonces rasca las grandes orejas del elefante, caricia que hace reír a éste, o apenas le importuna. Como si fuese una hazaña, el comandante se jacta de ella y, en el coro de los animales, lanza unos bramidos de búfalo que han logrado vencer en singular batalla a su peor enemigo. Lástima que Esopo el griego haya muerto hace milenios, pues con todo esto habría fabricado brillantes fábulas.

Traduciendo al lenguaje corriente

Traduciendo este relato al lenguaje y a las realidades de la vida cotidiana, tendríamos que decir que Chávez sabe simular una batalla con el imperio americano para dragonear de ello como hace el chimpancé en el África austral cuando, enrollada su cola a un árbol, tira de la trompa del elefante para jactarse luego de esa proeza ficticia. Chávez se cuida, cada vez que alude a alguna realidad o faceta de la vida yanqui, de precisarla para reducir así el riesgo.

Hace días, para citar el ejemplo reciente, censuró a Bush, mencionándolo por su nombre para que los costos se reduzcan al mínimo, a propósito de la ingerencia en la política venezolana. No habló del presidente de Estados Unidos o del Gobierno norteamericano, se refirió a Bush. ¿Buscaba algo concreto con esta alusión tan personal? Desde luego que tras ellas hay una picardía como la del chimpancé que baila frente al elefante para luego jactarse de haberlo desafiado. Demostrarlo pediría narrar una historia bien guardada en las páginas medio amarillentas de nuestra política de poder. Chávez y los suyos saben que dentro de las realidades internacionales de hoy no pueden ellos gobernar sin entenderse, entregarse o rifarse con algún sector poderoso del imperio norteamericano.

Sin Estados Unidos o contra Estados Unidos puede gobernar Fidel Castro, que sí es un revolucionario, puede sostenerse Cuba donde sí hubo una revolución y proyectarse La Habana donde hay realidades auténticas. El régimen venezolano, en cambio, desafía de día y se transa de noche, es elefante bajo la luz del sol y ratoncillo a medianoche.

La diplomacia de Alí

Chávez tiene relaciones fraternas casi con un ala del Partido Demócrata, que es tan imperialista como el Partido Republicano. Entre paréntesis, los demócratas han movilizado la infantería de marina lo mismo que los republicanos, el ejemplo más pertinente de ello es Woodrow Wilson, demócrata apostólico, vendedor de derechos humanos y propagador de cartillas cívicas, quien, no obstante, ordenó el desembarco de la infantería de marina en Venezuela. Si lo dudan, busquen un texto de historia elemental para confirmarlo.

Los demócratas tienen intereses en el petróleo. Al Gore, candidato a la presidencia en el año 2000, derrotado de manera muy dudosa por George W. Bush, tiene acciones en la Occidental Petroleum, como las tuvo su padre, el extinto senador del mismo nombre. Alí Rodríguez tiene relaciones con el Gore de hoy, como las tiene también con el señor Richardson, ex secretario de Energía.

El verdadero canciller de este régimen, desde 1999 hasta hoy, ha sido Alí Rodríguez, quien es, entre todos los dirigentes del Gobierno, el único que posee una formación teórica y una perspectiva internacional; los demás, sin excepción, son aldeanos hasta lo pintoresco. Rodríguez es el artífice del pacto de Chávez con el ala del Partido Demócrata.

Aprender a vestirse y a complacer

Alí Rodríguez es, desde luego, como todos los cabecillas del presente Gobierno, un réprobo del izquierdismo. También lo son Juan Barreto, Nicolás Maduro o José Khan. Pero hay una diferencia entre Rodríguez y todos los demás: Alí Rodríguez parodia a Rómulo Betancourt quien, cuando dejó de ser comunista, allá por 1935, estando aún exiliado bajo Gómez, entendió que la voltereta para que fuera válida debía ser completa. Y se hizo, hasta su muerte, rabioso anticomunista.

Ahora los gringos, sean demócratas o republicanos, no exigen el anticomunismo en el certificado de limpieza ideológica que han de exhibir los renegados, porque la URSS no existe y China es un baratillo transnacional. Basta a los gringos que el candidato les sirva. Alí Rodríguez repite por ello lo mismo que decían Giusti, Quirós Corradi y Calderón Berti: Venezuela es el mejor proveedor de petróleo.

El general Baduel aspira a hacer desplazar a Alí Rodríguez de Pdvsa. Para lograr ese objetivo el presidente de la República debe dejar de llamarse Hugo Chávez y entrar a llamarse Raúl Baduel. Con unos intelectuales de alquiler, el general Baduel no alcanzará ningún objetivo. Los mujiquitas, mi general, sirven para la prosa cotidiana, pero nunca para cambiar el menudo por la morocota, como decía, rezándole al Nazareno de Achaguas, un llanero que mentaban Juan Parao y manejaba con la misma maestría el lazo pa'amarrá un novillo que una lanza pa'jodé a un cristiano.


Imprimir Imprimir Enviar a un amigo Enviar
Arriba
Volver
Volver a página anterior
 
Regresar a Portada
Portada