Discurso del Canciller Roy Chaderton ante la OEA
Roy Chaderton Matos
(Canciller Rep. Bolivariana de Venezuela) / Santiago
de Chile - 09/06/03
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En este punto de la gobernabilidad, a riesgo de hacer el
papel de aguafiestas y de vecino incómodo, pero ejerciendo
el derecho a la libertad de expresión que también
deben tener los Estados dentro de la comunidad internacional, quiero
presentar en nombre del gobierno de la República Bolivariana
de Venezuela, algunas reflexiones sobre temas que desde el norte
hasta el sur de este continente comienzan a debatirse en los albores
del siglo XXI, en contra de las costumbres y creencias socialmente
aceptables y aceptadas.
En términos generales, el concepto de iniciativa
privada tiene un buen nombre. Nosotros coincidimos con
esa alta valoración. Creemos profundamente en la libertad
del individuo para desarrollar al máximo -sin trabas ni prohibiciones-
todo su potencial de responsabilidad social para crecer espiritualmente
y generar beneficios materiales, que contribuyan a fortalecer las
instituciones de las sociedades verdaderamente democráticas,
y estimular la participación individual o colectiva de la
persona humana en procura de la libertad, la prosperidad y la paz.
Apreciamos a las personas que arriesgan sus recursos, crean, producen,
compiten, generan riqueza y empleo, pagan sus impuestos y contribuyen
a acercarnos a la justicia social.
Es tan bueno el nombre de la iniciativa privada que hemos terminado
convencidos, irracionalmente, de que sólo el Estado puede
cometer violación y atropello de los valores, principios,
normas y procedimientos que consagran y protegen los derechos individuales.
Este dogma con el pasar del tiempo ha permitido hacernos
de la vista gorda ante todas las rupturas y usurpaciones cometidas
por la iniciativa privada en los espacios de la legalidad y la legitimidad.
Esto explica que circunstancias heterodoxas, como la violación
de los derechos humanos por iniciativa privada, sean desconocidas
por políticas ortodoxas y por burócratas de corto
alcance racional y profunda insensibilidad social, configurada en
la comodidad del aislamiento y la lejanía de los acontecimientos.
De acuerdo a algunos expertos, amansados por intereses
creados, sólo los Estados violan los derechos humanos.
¡Sólo los Estados violan los derechos humanos!
Aseguran con voz heroica y movimientos acartonados. Entonces,
ocurre que tesis como ésta no permitiría catalogar
como violación de los derechos humanos los actos terroristas
cometidos por Al Quaeda, la ETA, las FARC o las AUC. No sería
así, violación de los derechos humanos, volar a una
familia por los aires o secuestrar a una persona por años.
Lo mismo pasa con la libertad de expresión y el
derecho a la información. En nuestro criterio, la
supresión de la libertad de opinión y los intentos
de destrucción del pensamiento disidente, no sólo
deben ser reprochables cuando los comete el Estado, sino igualmente,
cuando son producto de la iniciativa privada. El
debate sobre este tema comienza a florecer y a expandirse en cobertura
e intensidad por la geografía mundial, pero desafortunada
y afortunadamente, Venezuela se ha convertido en un laboratorio
donde se confrontan los derechos democráticos básicos
y la dictadura mediática.
Los medios han usurpado en Venezuela los espacios abandonados
por los partidos políticos tradicionales, desplazados del
poder por la vía democrática y, en nombre del interés
privado, se crea la noticia, se manipula y deforma la información
y se procuran apoyos internacionales ingenuos y no tan ingenuos,
para diseñar una realidad virtual que oculta y censura a
la realidad real. La censura no es mala porque la ejerza una autoridad,
y aceptable o perdonable cuando se haga en nombre de la libertad
de expresión. Esto sería una aberración, que
nos convertirá -si no decimos a tiempo que el Rey está
desnudo- en gobiernos mudos, ciegos y sordos.
Hoy día se nos hace vetusta la capacidad institucional
para responder y enfrentar la creciente agresividad de los intereses
privados antidemocráticos, que a veces logra incorporar en
su favor a intereses supranacionales en nombre de la democracia.
Esta conducta favorece la impunidad como la reincidencia y estimula
la expansión de las tendencias totalitarias propiciadas por
el sector más oscuro de la iniciativa privada.
En Venezuela existe una dictadura mediática. En
el pasado, los medios chantajeaban al sector político y ejercían
presiones insoportables para alcanzar sus objetivos. Cualquier objeción
era castigada con la destrucción moral o el silenciamiento.
Hace veinte años, un Presidente venezolano, demócrata
cristiano [1], cometió
la osadía de aplicar normas que son práctica habitual
en las democracias más avanzadas, y prohibió por razones
de salud pública la publicidad de licores y cigarrillos.
Desde entonces, por decisión de los tiranos empresariales
fue condenado a lo que en derecho romano se llama la muerte civil.
Simplemente ni existió, ni existe ni existirá. No
es entrevistado, mencionado ni invitado. Apenas dos publicaciones
de modesta influencia le permiten un artículo semanal, mientras
sus propios compañeros de partido se hacen los desentendidos.
¡Qué vergüenza!, saber que en tiempos de nuestra
última dictadura la TV privada de Venezuela tenía
mejores programas culturales e infantiles, en contraste con la programación
mediocre y violenta de hoy.
Como ya lo dije en una pasada sesión del Consejo Permanente
de la OEA, cuando las multitudes se lanzaron el 13 de abril a las
calles de Venezuela para pedir el regreso del Presidente derrocado
y todas las guarniciones militares de Venezuela se activaron para
rescatar la constitucionalidad, los medios venezolanos,
especialmente las televisoras privadas, transmitieron sólo
programación infantil para los adultos, cuando lo acostumbrado
es transmitir programación adulta para los niños.
Gracias -en principio- a un periodista colombiano, Antonio
José Caballero, la comunidad internacional se enteró
de que había una revuelta popular y militar contra la dictadura
empresarial que en sólo tres días disolvió
todas las instituciones democráticas.
Ofrecemos a los interesados en esta organización evidencias
de la presencia de seudo demócratas venezolanos, festejando
la instalación del gobierno golpista de abril del 2002, así
como copias del libro de oro con las firmas de los adherentes al
crimen anticonstitucional. Encontrarán ustedes muchas sorpresas...
Los medios, cuando no sirven a la democracia lo hacen a
favor de razones y causas innobles. Ya hablé de su incesante
prédica golpista en el caso venezolano. Pero hoy debo denunciar
aberraciones que han sido presentadas como pintorescas y risueñas
y que un público no desquiciado habría rechazado con
horror. Se trata del racismo.
Nuestros medios presentan formas cubiertas o descubiertas
de racismo. No encontrarán ustedes en Venezuela presentadores
de noticias ni anfitriones de programas de opinión de color
negro o mestizo. ¡En un país donde somos de todos los
colores y mezclas. No hay niños negros en los comerciales
publicitarios. Sólo niños rubios con corte de totuma
o flequillos y se llaman siempre Danielito, quizá evocando
a Daniel el Travieso ("Dennis the Menace"). De esa manera
se crea un patrón cultural de referencia física profundamente
violento y agresivo.
No velado, no sutil, no inconsciente, y mucho menos insinuado,
es el racismo abierto y descarado que me obliga a denunciar a varios
medios venezolanos y a presentadores de televisión y periodistas
por propiciar el odio y el desprecio racial entre venezolanos. Me
pregunto si no merece un mínimo de atención el hecho
de que medios privados, al referirse a altas autoridades oficiales
venezolanas de piel morena o negra, los llamen, directamente, sin
anestesia, "monos", "macacos", "chimpancés"
o "monacales".
Por cierto, algunos de estos periodistas insultaron al Secretario
Gaviria, brutalmente, después de su primera reunión
con los dueños de medios venezolanos y acusaron al ex Presidente
Carter de haber recibido 10 millones de dólares del Gobierno
venezolano para apoyar a la Mesa de Negociación y Acuerdos.
¡Qué gran tarea para los burócratas de la OEA,
visiten Venezuela y comprueben estas denuncias! A menos
que crean que sólo los Estados cometen racismo.
¿Habrá excusas burocráticas o leguleyas para
no tomar el toro por los cuernos e identificar con nombres y apellidos
a los medios que permitieron esto y a los periodistas que transmiten
mensajes racistas? ¿Qué habría pasado, por
ejemplo, si en la Europa de los años veinte y treinta se
hubiera tenido el coraje de enfrentar a quienes humillaban y ofendían
a nuestros hermanos judíos?. Quizá habríamos
evitado los horrores del holocausto. ¿Es que acaso
se puede permitir la supresión de la libertad de expresión
en nombre de la libertad de expresión? ¿Es
que podemos banalizar nuestra obligación de no favorecer
las aberraciones de la mente y la conducta humana que conducen al
crimen político, a la injusticia social y a la guerra?
Identificar a los racistas es muy fácil, pero, si para los
burócratas interamericanos resulta muy difícil o cuesta
arriba, ponemos a su disposición para ser entregados en Caracas
todas las evidencias, que vamos a consignar parcialmente ante los
Cancilleres de América aquí reunidos y que también
hemos entregado a personalidades políticas y representantes
de los medios chilenos.
Algo pasa con este sistema interamericano. Por la sede
de la OEA en Washington ha pasado, para denunciar al Gobierno de
Hugo Chávez, un desfile de personajes venezolanos responsables
y culpables de la violencia mediática, pero, a pesar de nuestras
repetidas denuncias, públicas y privadas, al parecer a ninguno
de los expertos en derechos humanos se les ha ocurrido interrogarles
sobre este crimen aún impune.
¡Qué fácil parece ser atender denuncias
contra individuos y autoridades presuntamente incursas en violación
de los derechos humanos, y cuan difícil es atender la avalancha
de denuncias sobre amenazas contra las autoridades democráticas
en Venezuela! Quizá ello explique la lenta
reacción inicial de nuestro sistema para atender la primera
violación de la Carta Democrática Interamericana.
Todavía nos asombra que pasen inadvertidos los llamados a
asesinar a nuestro Presidente en las pantallas de TV, las primeras
páginas o artículos de los diarios venezolanos o desde
la ciudad de Miami.
Otra falta grave de los medios, ya no solamente en Venezuela
sino en nuestro mundo occidental, es la prédica que en nombre
de una justa y justificada lucha contra el terrorismo internacional
pretende crear un estereotipo de nuestros hermanos musulmanes como
potenciales terroristas, abriendo pasos a un fundamentalismo religioso
de inspiración cristiana que puede convertirse en un factor
detonante de intolerancia y violencia internacional, como si los
cristianos estuviésemos exentos de culpa y pudiésemos
señalar la paja en el ojo ajeno sin ver la viga que tenemos
en el ojo propio.
Quienes estamos acá somos, casi todos, representantes
de la civilización occidental y cristiana, y créanme,
¡por Dios!, que los cristianos somos gente muy peligrosa.
Cristianos somos los que industrializamos la esclavitud
y vendimos y compramos seres humanos en este Continente. Pero sin
ir tan lejos, cristianos los dictadores, la mayoría católicos
y dos o tres protestantes, que azotaron de horror a los pueblos
de este continente, a veces con el apoyo de jerarquías religiosas
golpistas. Cristianos los miembros del Ku Klux Klan y el senador
Joseph Mc Carthy, cristianos los terroristas que operan en Irlanda
del Norte en nombre de católicos y protestantes. Cristianos
los separatistas de la ETA. Cristianos los croatas que exterminaron
serbios y cristianos los serbios que exterminaron musulmanes. Cristianos
los culpables del genocidio en Ruanda y Burundi. Y si les parece
poco, cristiano un joven seminarista de Georgia de nombre Joseph
Diugasvili, más conocido en los círculos del crimen,
como Joseph Stalin. Cristiano también Benito Mussolini quien
está cobrando nuevos adeptos en la Venezuela de hoy, y si
les parece, para colocar la guinda en el tope del pastel, cristiano
Adolfo Hitler.
Y, si me permiten una reflexión muy, muy personal;
y muy muy polémica, cristianos los que consagraron el genocidio
sofisticado y socialmente aceptable en los países más
"civilizados": la matanza silenciosa de los indefensos:
el aborto a capricho y a la medida.
Reflexionemos pues sobre el peligro de usar los medios
para exacerbar los fanatismos étnicos y religiosos. A Dios
gracias cristianos también Martín Luther King y la
Madre Teresa de Calcuta. Cristianos Gabriela Mistral y Dom Helder
Cámara. Cristianos Nelson Mandela y Raúl Silva Henríquez.
Cristianos también Billy Graham y Juán Pablo II.
¿En nombre de cuál principio, norma e inspiración
no podemos invitar a la polémica y a dar la cara a los responsables
de los medios y a algunos periodistas intocables. Ya es hora de
romper el último tabú de la democracia. Si es natural
polemizar con líderes políticos, Presidentes, por
supuesto, cardenales, gerentes, generales, líderes sociales,
obreros, personalidades famosas, así como instituciones,
¿cuál razón coloca a los medios por encima
de la ley y la exposición pública?
Díganme por favor, cuál es el poder divino
que impide que no podamos mencionar siquiera a los dueños
de los medios y a periodistas sin ser acusados de enemigos de la
libertad de expresión, sin correr el riesgo de ser víctimas
de golpes mediáticos.
¿Por qué en el norte de nuestro hemisferio
el descubrimiento de mentiras transmitidas al público causa
escándalos, renuncias y castigos? Pero, cuando esto ocurre
en Venezuela algunas simpatías se vuelcan hacia los dueños
de los medios cuya protección se invoca. ¿Por qué
es posible en otros países abrir debates y polémicas
públicas sobre las regulaciones mediáticas mientras
en Venezuela se nos reprocha el derecho a legislar como en las democracias
más avanzadas para proteger al público, especialmente
a los niños, de la prédica del odio social, la violencia,
la propaganda de guerra y la pornografía?
¿Por qué en nombre de la libertad de expresión
se permite la manipulación de la salud mental de televidentes
y lectores? ¿Por qué se permite incitar a la guerra
civil y al odio entre compatriotas? ¿En nombre de la libertad
de empresa?, ¿en nombre de las leyes del mercado?, ¿en
nombre de cuál razón que no atente contra nuestros
valores democráticos y constitucionales? Un buen
tema para abrir una amplia investigación que podría
comenzar por Venezuela, donde nos interesa que nos vean, nos curioseen
a los seguidores del Gobierno y de las modestas fuerzas de la oposición
democrática, pero también a la poderosa oposición
golpista, dueña de medios y recursos.
Por eso se nos hace oportuno concluir con el MENSAJE DEL
SANTO PADRE PARA LA XXXVII JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES
SOCIALES, el 24 de enero del 2003, día de San Francisco
de Sales.
"Los medios sirven a la libertad sirviendo a la verdad,
y por el contrario, obstruyen la libertad en la medida en que se
alejan de la verdad y difunden falsedades o crean un clima de reacciones
emotivas in controladas ante los hechos. Sólo cuando la sociedad
tiene libre acceso a una información veraz y suficiente,
puede dedicarse a buscar el bien común y respaldar una responsable
autoridad pública."
"De hecho, con frecuencia los medios prestan un valiente
servicio a la verdad; pero a veces funcionan como agentes de propaganda
y desinformación al servicio de intereses estrechos o de
prejuicios de naturaleza nacional, étnica, racial o religiosa,
de avidez material o de falsas ideologías de tendencias diversas.
Ante las presiones que empujan a la prensa a tales errores, es imprescindible
una resistencia ante todo por parte de los propios hombres y mujeres
de los medios, pero también de la Iglesia y otros grupos
responsables".
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Nota de Soberania:
[1] Luis Herrera Campins
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