1975: la fuga del Cuartel San Carlos
Pedro Reyes Millán / Soberania.info
- 16/01/04
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OPERACIÓN: JESÚS ALBERTO MÁRQUEZ
FINOL "EL MOTILON"
Mártir de la revolución
venezolana
Hora: 6:45 p.m. Día: 18 de enero. Año: 1975.
Con el cuerpo ligeramente apoyado sobre un vehículo estacionado
al lado izquierdo de la calle que subía de la plaza El
Panteón al Hospital Vargas, a unos setenta
metros del mismo, estábamos el compañero Carlos y
yo, esperando recibir el aviso de que se había cumplido
la primera fase de la operación.
Un grupo comando integrado
por seis revolucionarios, tomaría
militarmente una casa de dos plantas, ubicada en el ángulo
derecho de la esquina San Rafael. Esta casa, cuya fachada principal
estaba orientada hacia el norte en un trozo de calle ciega, de
unos 15 metros de largo y que terminaba abruptamente en la parte
alta de la quebrada, tenía en el segundo piso un balcón
desde el cual se dominaba plenamente toda la calle que, en subida,
caía perpendicularmente sobre la calle perimetral de la
fachada lateral derecha del Cuartel San Carlos, el cual era para
la época una fortaleza militar del régimen, convertida
en cárcel política desde el gobierno de Rómulo
Betancourt. Al frente de esta unidad y coordinando toda la operación,
estaba el extraordinario amigo y excelente combatiente Tito
González
Heredia (Rojita), quien, una vez dominada la situación dentro
de la casa, ubicó estratégicamente a sus hombres
en el balcón -cinco guerrilleros de amplia experiencia en
el combate, armados con fusiles automáticos- quienes, de
ser develada la operación, tenían la misión
de hacer infranqueable el acceso a la calle, de más o menos
100 metros de largo, por donde debíamos salir. La segunda
unidad de comandos, de 4 combatientes, entre ellos el compañero
Carlos y yo, más el grupo de presos rescatados, que confiábamos
serían los 23 ya comprometidos en la fuga. Justo a las siete
de la noche, apareció en el balcón un combatiente
con una toalla blanca. Era la señal convenida, el plan entraba
en su segunda fase.
Carlos y yo empezamos a caminar calle abajo, a
un ritmo moderado; llegamos a la esquina de San Rafael, dimos una
mirada disimulada al balcón y cruzamos a la derecha, subiendo por la acera
del mismo lado, hasta llegar a la casa marcada con el número 20-1; era la segunda, contando de la esquina del Cuartel hacia
abajo. Sabíamos que allí vivía el músico Víctor
Cuica. Tocamos la puerta que estaba cerrada, nos
identificamos verbalmente como agentes del DIM que cumplíamos
la rutina de visitar las casas adyacentes al cuartel; nos fue franqueado
el acceso por la esposa del músico y una vez adentro, sin
hacer alarde de nuestras armas, pero dejándolas ver, explicamos
a la señora que haríamos una revisión del
inmueble. Previa comprobación de que sólo había
dos personas adultas en la casa (la señora Iraida, esposa
del músico y otra dama, más o menos de la misma edad,
cuyo nombre no recuerdo), tiramos la señal acústica
que debía ser respondida por los compañeros que,
para ese momento, podían estar a unos 3 metros por debajo
de los cimientos de la casa y a más de 50 metros de sus
celdas... se oyeron tres golpes lejanos, tímidos, cautelosos,
debajo del piso de la casa; repetí la contraseña
y la respuesta se hizo más audible; no había duda:
estábamos sobre el objetivo. Entrábamos en la tercera
fase de la operación. Nos comunicamos, vía radio,
con la pareja que traía el maletín con las herramientas
y al poco rato llegaron Salomón y El
Gancho con el equipo.
Cogí las herramientas y los compañeros tomaron adecuada
posición dentro de la casa; pedimos a las dos señoras
que continuaran sentadas frente al televisor viendo su programa "Feria
de la Alegría", un musical donde estaba interviniendo el
dueño de la casa.
Dotado de un estetoscopio, un taladro de
percusión, una
mandarria y un palín, golpeé de nuevo el piso; ahora
los compañeros debían emitir con precisión
la respuesta, para ayudarme a ubicar en la superficie el sitio
donde debía empezar a perforar. Los golpes se oían
dentro de un cuarto ubicado a la derecha de la sala; el sitio estaba
cerrado con llave; la esposa del músico informó que
ese cuarto contenía los muebles y otros enseres domésticos
de un inquilino de la casa. Logramos abrir el cuarto, y una vez
dentro, volví a dar la señal; esta vez la respuesta
se oyó debajo de una lavadora que estaba en un rincón
de la habitación; la desplazamos y utilizando el estetoscopio
con pequeños golpes en el piso, fui ubicando el sitio donde
debía cortar; un cuadrado de más o menos 40 centímetros
quedó trazado en el piso. Había transcurrido poco
menos de una hora; quedaba por hacer el trabajo mas fuerte. Pedí aumentar
el volumen del televisor buscando ocultar el ruido del taladro
al perforar el concreto: Afuera, en la calle, la gente oía
emocionada el juego de béisbol entre los eternos rivales,
el Caracas y el Magallanes... yo pensaba: "Dios quiera que también
los centinelas del cuartel estén pendientes del juego". Las señoras empezaron a sentirse inquietas; como que presintieron
que algo grande estaba por suceder. Me arrodillé sobre el
piso con el taladro en las manos: iniciaba una tarea en la que
estaban seriamente comprometidas nuestras vidas. Empecé a
perforar pensando cómo hacer para que el ruido del taladro
a esa hora de la noche no nos delatase. Fueron dos horas de intenso
trabajo; había logrado romper la loza del piso y sacar un
bloque de mas o menos 40x40 centímetros de espesor. El grado
de tensión ahora era menor; el taladro ya no era necesario,
el trabajo resultaba más fácil y menos ruidoso; había
que cavar la tierra, buscando conectar ese hueco con el túnel
que venía del San Carlos. Cavé por un tiempo que
se volvió eterno. De pronto, Salomón ordenó silencio
y todos quedamos a la expectativa. Se oyó abrir la puerta
de la calle y entró un señor; Salomón esperó que
cerrara la puerta y lo apuntó con su arma; lo hizo seguir
hasta la cocina, donde fue inmovilizado. Resultó ser un
agente del DIM que vivía en la casa. Se le requisó y
se le despojó del arma que portaba; las mujeres se asustaron
e imploraban que no les hiciéramos daño. Para ellas
ya todo estaba claro: nosotros éramos guerrilleros. Se les
explicó que nuestra intención no era matar a nadie,
que se quedaran tranquilas, que nada malo les iba a ocurrir.
De allí en adelante, me olvidé de todo cuanto sucedía
alrededor; asumí la tarea con toda la fuerza, la pasión
y el entusiasmo que la misma exigía. Continué excavando
hasta que el palín no encontró resistencia; se desprendió un
terrón que dejó un hueco del tamaño de un
puño; mi alegría fue inmensa, indescriptible; había
acertado por completo. Estábamos sobre el túnel...
abajo había una luz encendida; mis manos cobraron nuevo
impulso, la tierra caía con violencia, el hueco quedó despejado.
Me detuve un instante: abajo la mirada sonriente y anhelante del
amigo, compañero de muchos años de cárcel,
a quien, parece mentira, tenía la más absoluta seguridad
de que sería el primero de los presos que vería.
Alzó sus brazos apoyado en el piso; yo estiré los
míos, aferradas las manos en un alarde de fuerza; pasaba
por el hueco, hacia la libertad, la enorme humanidad de Pablo
Hernández
Parra, el primero de los veintitrés presos políticos
que, cerca de la medianoche del 18 de enero del año 75,
conquistaban la libertad para incorporarse a la lucha desigual
que en el campo y las ciudades librábamos un reducido grupo
de venezolanos y venezolanas que dedicaron su vida a la construcción
de un mundo más justo y más humano.
Han pasado veintinueve
años de ese día. De los veintitrés
presos fugados, algunos murieron combatiendo al lado de otros valientes
compañeros en defensa del ideal patrio. La camarada Emperatriz
Guzmán murió en la llamada masacre
de Cantaura. Marcos
Ludeña, Vicente Contreras Duque y Quintín Maya también
regaron con su sangre las flores de sus sueños libertarios.
Su sacrificio, como el de tantos otros (más de diez
mil),
aún no ha sido justamente reivindicado ante el país
y el mundo, por quienes tenemos la obligación moral y el
compromiso histórico de hacerlo. Otros, como Marco
Tulio Cróquer, Alí Torres y el gordo
Darío (no recuerdo
su nombre completo), cayeron en manos de la policía y se
convirtieron en delatores y traidores de su clase y del movimiento
popular.
El camarada Tito González Heredia murió en una emboscada,
acribillado a balazos por la policía política del
gobierno de Carlos Andrés Pérez. La gran mayoría
continuamos siendo entusiastas, consecuentes luchadores por la
construcción de otro mundo posible.
Muchas otras cosas dignas
de ser contadas, sucedieron a partir de esa madrugada. Quizá este relato motive a otros compañeros
a hablar de las experiencias vividas, en el entendido de que esa
es una memoria que puede ayudar a la comprensión del grado
de desprendimiento, espíritu de sacrificio y mística
necesarios en la formación de todo aquél que aspire
conquistar una vida más digna para las mayorías.
Hemos
sido una generación que nunca ha renunciado a la
posibilidad de construir una sociedad donde la justicia y el bien
común oriente la relación entre los hombres; no hemos
estado conformes con el país que heredamos de nuestros padres
y haremos lo imposible para que ese no sea el mismo que hereden
nuestros nietos.
Es de elemental justicia destacar el hecho
de que esta operación
político-militar fue pensada y ejecutada en uno de los momentos
de mayor debilidad del movimiento revolucionario venezolano, y
que a pesar de su complejidad y magnitud, no produjo muertos ni
heridos en los sectores en pugna, convirtiéndose en una
lección de valentía, inteligencia y humanidad, para
un régimen que nunca tuvo el mínimo respeto por los
derechos humanos de sus adversarios, quienes en la mayoría
de los casos fueron torturados, encarcelados por años, incomunicados
y masacrados vilmente. Son muchos los casos que pudiéramos
nombrar; haré mención de uno que me tocó muy
de cerca por el grado de afinidad que me unía a él.
Jesús Alberto Márquez Finol (El Motilón) fue emboscado por tres agentes de la policía política
del presidente social-cristiano Rafael Caldera, quienes le propinaron
más de veinte tiros en el momento que caminaba cerca del
Teatro Los Cedros, en la Avenida
Libertador de Caracas. El
Moti se había fugado espectacularmente del séptimo
piso del Hospital Militar de Caracas y era buscado activamente
por todos los cuerpos de seguridad con la firme intención
de eliminarlo físicamente; ese día, jueves 1 de marzo
del año 73, ejecutaron cobardemente su sentencia, secuestrando
luego su cadáver para evitar que el pueblo tuviera la evidencia
de esa cobardía y convirtiera su entierro en manifestación
de duelo popular. Este y muchos otros crímenes, cometidos
en nombre de la defensa de la democracia representativa, fueron
silenciados por los cómplices y alcahuetas del régimen,
que hoy se rasgan las vestiduras reclamando derechos que disfrutan
plenamente y que ellos nunca respetaron.
Es auténtico.
* Pedro Reyes Millán
- C.I.
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